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| Guy de Maupassant La Casa Tellier IntraText CT - Texto |
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias satisfechas;
y cuando entraron al albergue, refrescadas, descansadas para el trabajo de la
noche, Madame no tuvo empacho en decir:- Es lo de menos, ya me aburría esa
casa.-
Cenaron
pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate esperaron a los
clientes habituales; y el pequeño farol iluminaba, el pequeño farol de virgen,
indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta el rebaño.
En un abrir
y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo como, no se supo por qué el
Señor Philippe, el hijo del banquero, tuvo la amabilidad de avisar por un
mensajero al Señor Tournevau, prisionero en su familia.
El salador
tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café cuando
un hombre se presentó con un mensaje en la mano, el señor Tournevau, muy
nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: " El cargamento de bacalaos regresó; el barco entró
a puerto; buen negocio para usted. Venga rápido -.
Buscó en sus
bolsillos, dio veinte centavos al mensajero, y enrojeciendo hasta las orejas: -
Es necesario, dijo, debo salir - Le entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa.
Llamó, luego, cuando apareció la sirvienta: - Mi abrigo, pronto, rápido y mi
sombrero. - Apenas estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y
el camino le parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El establecimiento
Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces ruidosas de los
hombres del puerto hacían un ensordecedor griterío. Luisa y Flora no sabían a
quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo más que nunca sus
sobrenombres de "las dos Bombas". Se las llamaba de todas partes a la
vez; no daban abasto para el trabajo, y la noche para ellas se anunciaba
ajetreada.
La tertulia
del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal
de comercio, el pretendiente habitual pero platónico de Madame, conversaba muy
bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un entendimiento se
hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex-alcalde, tenía a Rosa a
caballo en sus piernas; y ella nariz con nariz con él, pasaba sus manos cortas
por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo desnudo sobresalía
por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del
pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del
vendedor viajero.
La gorda
Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del señor
Pimpesse, el recaudador de impuestos, y el torso sobre el chaleco del joven
señor Philippe del cuál colgaba al cuello su mano derecha, mientras en la
izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela
parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y ella
terminaba la conversación con estas palabras: - Sí mi amor, esta noche, esta
bien. - Luego, hizo sola un pie de vals rápido a través del salón: - Esta noche
todo lo que quieran - gritó ella.
La puerta se
abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de entusiasmo
estallaron: ¡Viva Tournevau!. Y Rafaela, que seguía girando, fue a caer sobre
su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una palabra, la
levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la puerta del
fondo, y desapreció en las escaleras a los dormitorios con su fardo viviente,
en medio de aplausos.
Rosa que
excitaba al ex-alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos patillas
al mismo tiempo para mantener derecha su cabeza, aprovechando el ejemplo: -
Vamos, hace como él - decía. Entonces el viejecillo se levantó y ajustándose el
chaleco, siguió a la muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y
Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor Phillippe gritó: - Yo
pago la Champaña. Madame Tellier envíe a buscar tres botellas. - Entonces
Fernanda abrazándolo le dijo al oído: -¿Bailemos, quieres? él se levantó, y,
sentándose delante la espineta centenaria, dormida en una esquina, hizo salir
un vals, un vals ronco, lloroso, del vientre plañidero del instrumento. La
muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor
Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El señor Vasse, que
había sido antaño un gran bailarín, hacía figuras, y Madame le miraba con ojos
cautivadores, con esos ojos que responden - sí -, un - sí -, más discreto y más
delicioso que una palabra.
Federico
trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe hizo la
invitación a una contradanza.
Los cuatro
bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente, dignamente, con
afectación, reverencias y saludos.
Después se
pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió, satisfecho, confortado,
radiante. Gritó: - No sé que le pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta
noche. - Luego cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando: ¡ -
Caramba, esto si que es lujo ! .
Sobre la
marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se abrazó
con la bella judía que tenía en el aire, sin dejar que sus pies tocaran el
suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea
para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse,
cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada: - Quiero
bailar -, gritó. Rafaela preguntó : - ¿Y tú tío? -. Rosa exclamó: - ¿Él? Duerme
ya, el se duerme enseguida.- Cogió al señor Dupuis que estaba libre sobre el
diván, y la polca se reanudó.
Pero las
botellas estaban vacías : - Yo pago una - , dijo el señor Tourmevau; - Yo
también - anunció el señor Vasse. - Lo mismo yo -, concluyó el señor Dupuis.
Entonces todos aplaudieron.
La fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente,
hacían una apresurada vuelta de vals, mientras que sus clientes, abajo se
impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de
pena.
A medianoche
se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y cuándo se la
buscaba para un frente a frente, se daban cuenta en ese momento que un hombre
también faltaba.
- ¿De donde
vienen ustedes? Preguntó graciosamente, el señor Phillippe, justo en el momento
que el señor Pimpesse entraba con Fernanda. - De ver dormir al señor al señor
Poulin - contestó el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme y todos
sucesivamente subían a ver dormir al señor Poulin con una u otra de las
señoritas que se mostraron de una complacencia inusual. Madame cerraba los
ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse como para ultimar los
detalles de un affaire ya acordado.
Finalmente,
a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y Pimpesse, dijeron que
se retiraban, y querían saldar sus cuentas. Se les cargó solamente el champaña,
y, más aún a seis francos la botella en vez de diez francos, el precio de
costumbre. Y como ellos se asombraron de esta generosidad, Madame, radiante,
les respondió:
- Por que no
todos los días es fiesta. -
G. de Maupassant, Mayo 1881