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Guy de Maupassant
Campesinos

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II

    No se habló más -del pequeño Juanito Vallin. Sus padres iban cada mes a cobrar sus ciento veinte francos a casa de un notario, y vivían poco satisfechos de sus vecinos, porque la mujer de Tubache los llenaba de improperios, repitiendo sin cesar, de puerta en puerta, que se necesitaba ser criminal para, vender a un hijo; aquello era un horror, a su juicio y al de las gentes honradas; una torpeza, una porquería.
    Y luego alzaba entre sus brazos a su Carlitos, gritándole, como si la criatura estuviera en el caso de comprenderlo, y para que todos la oyesen:
    -Yo no te vendí; no soy capaz de venderte, ángel mío. Yo no vendo a mis hijos. No soy rica, pero no vendo a mis hijos.
    Durante algunos años repitió lo mismo todos los días; cada hora, las alusiones groseras fueron vociferadas para que llegasen a casa de los vecinos. La Tubache terminó por juzgarse muy superior a todas las madres de aquellos contornos, porque no había querido ceder a su Carlos como la Vallin cedió a su Juan.
    Y los que hablaban del asunto decían:
    -Claro que la proposición era tentadora; rechazándola, se portó como una buena madre.
    La citaban como un modelo, y Carlitos llegó a los dieciocho años con esta idea repetida sin cesar, considerándose muy superior a los otros muchachos, porque su madre no quiso venderlo.
    Los Vallin, algo aislados, vivían tranquilamente, gracias a la pensión. Esto .enardecía más los odios y los furores de la familia Tubache, que luchaba contra la miseria.
    Su hijo mayor fue soldado. El segundo murió. Sólo quedaba Carlos para ayudar a su padre, para procurar el sustento de su madre y dos hermanas.
    Tenía veintiún años, cuando una mañana vio llegar un lucido coche que se paraba frente a las cabañas. Un caballero joven, con su cadena de oro, se apeó, ayudando luego a bajar a una señora de pelo blanco.
    La señora le dijo:
    -Es ahí, en la segunda casa. Hijo mío. Y el joven entró en la de los Vallin.
    La mujer levantaba los manteles. y el hombre dormitaba en un rincón. Ambos alzaron los ojos. y el joven les dijo:
    -Buenos días, papá; buenos días. mamá. Se irguieron los dos, como espantados. La mujer balbució:
    -¿Es nuestro hijo? ¿Es mi Juan? ¿Eres tú?
    El joven la estrechó entre sus brazos, besándola Y repitiendo:
    -Buenos días, mamá.
    En tanto el hombre, tembloroso, decía con la calma propia de su carácter:
    -¿Ya está el chico de vuelta? -como si lo hubiera visto un mes antes.
    Pasados los primeros momentos, los padres quisieron lucir al chico; que todos lo vieran. Lo llevaron a casa del alcalde, a casa del cura y a casa del maestro.
    Carlos, desde la puerta de su cabaña los vio pasar.
    Por la noche, cenando, les dijo a sus padres:
    -Fueron ustedes muy tontos dejando que se llevaran al hijo de los Vallin.
    La madre respondía obstinadamente:
    -No quisimos vender a un hijo nuestro.
    El padre callaba. El hijo insistió:
    -No es muy desagradable que le sacrifiquen a uno como a Juan.
    Entonces el padre dijo, encolerizado:
    -¿Nos reprochas que no te vendiésemos?
    Y el joven respondió, brutalmente:
    -Si; lo reprocho. Fueron ustedes unos mentecatos. Padres como ustedes hacen la desgracia de sus hijos. Merecían ahora que yo los abandonase.
    La buena mujer lloraba, gemía, tragando cucharadas de sopa, vertiendo la mitad.
    -¡Y una se mata por criar a sus hijos!
    Entonces el mozo exclamó:
    -Para lo que soy, me valiera más no haber nacido. Viendo al otro, me ha dado un vuelco el corazón y he pensado: "¡Así podría ser yo!". Se levantó, prosiguiendo:
    -Lo mejor que puedo hacer es largarme de aquí. No quiero reprochar a todas horas la conducta de mis padres, que me hundieron en la miseria. ¡Nunca, nunca se lo perdonaré!
    Los dos viejos callaban, aterrados, llorosos.
    El muchacho seguía:
    -No: esta idea es demasiado triste; prefiero irme a otra parte, buscar mi vida lejos de aquí.
Abrió la puerta; resonaron voces alegres en el exterior: los Vallin festejaban a su hijo afortunado. Entonces Carlos, apretando los puños y dando una fuerte patada en el suelo, miró a sus padres con ojos llenos de ira, diciéndoles:
    -¡Miserables! ¡Eh!
    Y desapareció entre las negruras de la noche.

FIN




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