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| Guy de Maupassant Cantó un gallo IntraText CT - Texto |
Torcieron a la derecha, por un camino
estrecho, y de pronto, para evitar una rama que le impedía el paso, ella se
inclinó sobre su acompañante, de tal modo, que le hizo cosquillas en la cara
con su abundante y rizado cabello. Entonces él no pudo contenerse y, apoyando
en la mejilla de la mujer sus bigotazos rubios, la besó con fiereza.
Ella no se rebeló de momento, quedando inmóvil bajo aquella
caricia abrasadora; pero al poco rato se sacudió violentamente, y, sea por
casualidad, sea de intento, sus labios encontraron los del hombre.
Luego el caballo de Berta salió al galope y el barón la
siguió; así fueron mucho rato en silencio y sin dirigirse ni una mirada.
El tumulto de la cacería estaba ya próximo; la espesura
parecía estremecerse, y de pronto, rápido, tronchando las ramas de los
arbustos, ensangrentado, sacudiendo a los perros que le hacían presa, el jabalí
apareció.
Entonces el barón, riendo triunfalmente, dijo:
-Quien me quiera, que me siga.
Y desapareció entre los matorrales como si el bosque lo
hubiera tragado.
Cuando Berta llegó, minutos después, a una calva del bosque
donde no había malezas ni árboles que privaran la vista, el barón se levantaba
del suelo, manchado, con la chaquetilla rota y las manos ensangrentadas; el
jabalí,tendido a sus pies, mostraba en el cuello el cuchillo de caza del barón,
hundido hasta el puño. Regresaron de noche, con antorchas encendidas, en un
ambiente suave y melancólico. La luna plateaba los resplandores rojizos de las
teas; columnas de humo ennegrecían el azul del cielo. Los perros comían las
entrañas y tripas del jabalí, saltando y ladrando. Los ojeadores y los monteros
hacían ruidosa música, turbando el silenció del bosque, repetida por los ecos
ocultos de lejanos valles, despertando a los ciervos y turbando en sus
madrigueras a los conejos.
Las aves
nocturnas revoloteaban, sorprendidas, y las damas, alteradas por tantas emociones
dulces y violentas. apoyándose en el brazo de los caballeros, se apartaban por las
avenidas arenosas, antes que los perros
acabaran su festín.