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Guy de Maupassant
Cantó un gallo

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III

    Torcieron a la derecha, por un camino estrecho, y de pronto, para evitar una rama que le impedía el paso, ella se inclinó sobre su acompañante, de tal modo, que le hizo cosquillas en la cara con su abundante y rizado cabello. Entonces él no pudo contenerse y, apoyando en la mejilla de la mujer sus bigotazos rubios, la besó con fiereza.
    Ella no se rebeló de momento, quedando inmóvil bajo aquella caricia abrasadora; pero al poco rato se sacudió violentamente, y, sea por casualidad, sea de intento, sus labios encontraron los del hombre.
    Luego el caballo de Berta salió al galope y el barón la siguió; así fueron mucho rato en silencio y sin dirigirse ni una mirada.
    El tumulto de la cacería estaba ya próximo; la espesura parecía estremecerse, y de pronto, rápido, tronchando las ramas de los arbustos, ensangrentado, sacudiendo a los perros que le hacían presa, el jabalí apareció.
    Entonces el barón, riendo triunfalmente, dijo:
    -Quien me quiera, que me siga.
    Y desapareció entre los matorrales como si el bosque lo hubiera tragado.
    Cuando Berta llegó, minutos después, a una calva del bosque donde no había malezas ni árboles que privaran la vista, el barón se levantaba del suelo, manchado, con la chaquetilla rota y las manos ensangrentadas; el jabalí,tendido a sus pies, mostraba en el cuello el cuchillo de caza del barón, hundido hasta el puño. Regresaron de noche, con antorchas encendidas, en un ambiente suave y melancólico. La luna plateaba los resplandores rojizos de las teas; columnas de humo ennegrecían el azul del cielo. Los perros comían las entrañas y tripas del jabalí, saltando y ladrando. Los ojeadores y los monteros hacían ruidosa música, turbando el silenció del bosque, repetida por los ecos ocultos de lejanos valles, despertando a los ciervos y turbando en sus madrigueras a los conejos.
    Las aves nocturnas revoloteaban, sorprendidas, y las damas, alteradas por tantas emociones dulces y violentas. apoyándose en el brazo de los caballeros, se apartaban por las avenidas arenosas, antes que los perros acabaran su festín.




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