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| Guy de Maupassant Cantó un gallo IntraText CT - Texto |
Dominada por los entusiasmos y placeres
del día, Berta dijo al barón:
-¿Quiere usted que demos un paseo por el parque?
Y él, sin responder, tembloroso, emocionado y desfallecido,
la siguió.
Se besaron bajo las ramas, casi desprovistas de hojas, que
dejaban paso a la claridad suave de la luna, y su amor, sus deseos, su ansia de
caricias' adquirieron tal vehemencia, que a punto estaban de caer al pie de un
árbol.
Los cuernos de caza habían enmudecido. Los perros no
ladraban ya.
-Retirémonos -dijo Berta.
Cuando se hallaron frente a la casa, ella murmuré con voz
temblorosa:
-Amigo mío, estoy fatigada; quiero acostarme.
Y mientras él abría los brazos para estrecharla dándole el
último beso, ella escapaba murmurando:
-No, no...; voy a dormir. ¡Quien me quiera que me siga!
Pasada uno hora, cuando toda la casa, en silencio, parecía
muerta, el barón salió de su cuarto, acercándose a paso de lobo a la puerta de
su amiga. Llamó dulcemente; pero como ella no respondía, se resolvió a entrar.
El pestillo no estaba echado.
Ella deliraba, de codos en la ventana.
El se arrojó a sus pies, besando el cuerpo de la mujer a
través de la bata de noche; Berta callaba, hundiendo sus dedos finos en la
cabellera del barón.
Y de pronto, desligándose, como si hubiera tomado una
importante resolución, murmuró con su expresión atrevida, pero en voz baja:
-Vuelvo en seguida; aguárdeme usted aquí.
Entonces, a tientas, confundido, con las manos temblorosas,
el barón se desnudó de prisa y se hundió entre las sábanas; se revolvía y se
estiraba con delicia; casi olvidaba sus amores al sentir acariciado por el
suave lienzo su cuerpo rendido.