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Gregorio I
Vida de S. Benito

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CAPÍTULO XXXVIII
DE UNA MUJER LOCA, CURADA EN SU CUEVA

No ha mucho ocurrió el hecho que voy a narrar. Una mujer loca, mientras tuvo enajenado el juicio, vagaba día y noche por montes y valles, bosques y campos, sin descansar en parte alguna, sino donde le obligaba la fatiga.

Un día, después de haber andado errante durante mucho tiempo, llegó a la cueva del bienaventurado Benito y quedóse allí dormida, ignorando empero dónde había entrado. Al día siguiente, salió tan sana de juicio como si nunca hubiera sufrido desvarío alguno, y durante el resto de su vida conservó la salud que había recobrado.

PEDRO.- ¿Por qué vemos con frecuencia que sucede lo mismo con los santos mártires, que no hacen tantos milagros donde están sus cuerpos sepultados o hay reliquias suyas, y en cambio obran prodigios mayores donde no están sepultados?

GREGORIO.- No dudo, Pedro, que los santos mártires pueden obrar muchos prodigios allí donde yacen sus cuerpos, como de hecho así sucede, y allí hacen innumerables milagros a los que los solicitan con recta intención. Pero, porque las almas enfermizas pueden dudar de que los mártires estén presentes para escucharles donde saben que no están sus cuerpos, por eso es necesario que obren mayores milagros donde un alma débil puede dudar de su presencia. Pero la fe de aquellos que tienen el alma unida a Dios tiene tanto más mérito, cuanto que saben que aunque no estén allí sus cuerpos, no por eso dejarán de ser escuchados.

Por eso, la misma Verdad, para acrecentar la fe de sus discípulos, les dijo: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito (Jn 16,7). Pero siendo así que el Espíritu Paráclito procede continuamente del Padre y del Hijo, ¿por qué dice el Hijo que debe retirarse para que venga el que no se aleja jamás de él? Pues porque los discípulos, viendo al Señor en la carne, tenían deseos de verle siempre con los ojos corporales. Por eso les dijo con razón: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito. Como si dijera abiertamente: "Si no sustraigo mi cuerpo a vuestras miradas, no puedo mostraros lo que es el amor del Espíritu; y si no dejáis de verme corporalmente, jamás aprenderéis a amarme espiritualmente".

PEDRO.- Me gusta tu explicación.

GREGORIO.- Debemos hacer ahora una pequeña pausa en nuestra conversación, pues si hemos de seguir narrando los milagros de otros santos, preciso será que, entre tanto, con el silencio reparemos nuestras fuerzas.

Fin de la
Vida de San Benito Abad

 




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