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| Gregorio I Vida de S. Benito IntraText CT - Texto |
CAPÍTULO XXIII
DE UNAS RELIGIOSAS QUE DESPUÉS DE SU MUERTE FUERON READMITIDAS
A LA COMUNIÓN ECLESIAL, MERCED A UNA OBLACIÓN SUYA
GREGORIO.- Su lenguaje habitual, Pedro, no estaba desprovisto tampoco de poder sobrenatural, porque no podían caer en el vacío las palabras de la boca de aquel, cuyo corazón estaba suspendido en las cosas celestiales. Y si alguna vez decía algo, no ya ordenando sino amenazando, su palabra tenía tanta fuerza, que parecía que la hubiese proferido no con duda o vacilación, sino como una sentencia. En efecto, no lejos del monasterio vivían consagradas a Dios en su propia casa dos mujeres de noble linaje, a quienes cierto piadoso varón cuidaba de proveerles de todo lo necesario para su sustento. Pero en algunos, la nobleza de linaje suele engendrar vulgaridad de espíritu, puesto que los que recuerdan haber sido algo más que los demás, se desprecian menos en este mundo. Así, las citadas religiosas no habían domeñado perfectamente su lengua, ni siquiera bajo el freno de su hábito religioso, y frecuentemente con palabras injuriosas provocaban a ira a aquel piadoso varón, que les suministraba lo necesario para vivir. Éste, después de aguantar por largo tiempo sus ofensas, se dirigió al hombre de Dios y le contó las grandes afrentas que de palabra tenía que sufrir. El hombre de Dios, después de oír de ellas semejantes cosas, les mandó a decir: "Refrenad vuestra lengua, porque si no lo hacéis os excomulgaré". -Sentencia de excomunión que de hecho no lanzó, pues sólo amenazó con ella -. A pesar del aviso, ellas no corrigieron en nada su conducta. A los pocos días murieron y fueron sepultadas en la iglesia. Pero cuando se celebraba en ella el sacrificio de la misa y el diácono decía, según se acostumbra, en voz alta: "Si alguno está excomulgado salga fuera de la iglesia", su nodriza, que solía ofrecer por ellas la oblación al Señor, las veía salir de sus sepulcros y abandonar la iglesia. Después de comprobar repetidas veces que a la voz del diácono salían fuera de la iglesia y no podían permanecer en ella, recordó lo que el hombre de Dios les había mandado estando aún vivas, a saber: que las privaría de la comunión eclesial si no enmendaban su conducta y sus palabras. Entonces, sumamente apenada, comunicó el caso al siervo de Dios, el cual entregó por su propia mano una oblación, diciendo: "Id y haced ofrecer por ellas esta oblación al Señor y en adelante ya no estarán excomulgadas". Mientras se inmolaba la oblación presentada por ellas, el diácono, como de costumbre, dijo que salieran de la iglesia los excomulgados, pero en adelante no se las vio salir más del templo. Con lo que quedó de manifiesto que al no retirarse con los excomulgados, era porque habían sido recibidas a la comunión del Señor, gracias a su siervo Benito.
PEDRO.- Realmente, me admira que un hombre por más venerable y santo que fuera, viviendo aún en carne mortal, pudiera absolver a unas almas que estaban ya ante el invisible tribunal de Dios.
GREGORIO.- Pero, ¿es que no vivía en carne mortal el apóstol san Pedro, cuando oyó de la boca del Señor: Todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo? (Mt 16,1). Este poder de atar y desatar lo tienen ahora aquellos que gobiernan santamente, por su fe y sus buenas costumbres. Pero, para que el hombre terreno pudiera hacer tales cosas, el Creador de cielos y tierra bajó del cielo, y para que la carne pudiera juzgar incluso a los espíritus, Dios hecho carne por los hombres se dignó concederle esto: que su debilidad se elevara sobre sí misma, porque la fortaleza de Dios se había debilitado por debajo de sí misma.
PEDRO.- El razonamiento de tus palabras concuerda perfectamente con el
poder de sus milagros.