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Gregorio I
Vida de S. Benito

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CAPITULO XXVIII
DE UNA AMPOLLA DE CRISTAL ARROJADA A UNAS ROCAS, QUE NO SE ROMPIÓ

En aquel tiempo en que el hambre afligía gravemente la región de la Campania, el hombre de Dios distribuyó entre los pobres cuanto había en el monasterio, hasta el punto de no quedar apenas nada en la despensa, fuera de un poco de aceite en una vasija de cristal. Llegó al monasterio un subdiácono, por nombre Agapito, pidiendo con insistencia que le diesen un poco de aceite. El hombre de Dios, que se había propuesto darlo todo en la tierra para encontrarlo todo en el cielo, ordenó dar al demandante aquel poco de aceite que quedaba. Pero el monje encargado de la despensa, aunque oyó perfectamente la orden, hizo oídos sordos a la misma. Poco después, preguntó el abad si había dado lo que le había mandado. Respondió que no había dado el aceite, porque de haberlo hecho no habría quedado nada para los monjes. Airado entonces el santo, mandó a otros monjes que arrojasen por la ventana aquella vasija de cristal que contenía un poco de aceite, para que en el monasterio no se guardara nada contra la obediencia. Así se hizo. Debajo de la ventana había un gran precipicio erizado de enormes rocas. Arrojada, pues, la vasija de cristal, cayó sobre las rocas, pero permaneció tan sana como si no la hubieran lanzado; de tal manera que ni se rompió ni se derramó el aceite. Entonces el hombre de Dios mandó subirla y entera como estaba entregarla al subdiácono. Luego reunió a la comunidad y en su presencia reprendió al monje desobediente por su soberbia y poca fe.   
 




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