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Guy de Maupassant
Ese cerdo de Morin

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III

    Durante la comida enloquecí por completo. Ella se había puesto junto a mí, y nuestros pies, nuestras manos y nuestras miradas se cruzaban y se confundían sin cesar.
    Luego salimos al jardín. A la luz de la luna me la comí a besos; mi boca no se apartaba de la suya, febril y lasciva. El tío y Rivet hablaban acaloradamente sin acordarse de nosotros.
    Llegó un telegrama: la señora de Tonelet aplazaría su regreso hasta la mañana siguiente, en el tren de las seis veinticinco.
    Tonelet dijo:
    -Ya es tarde y tendremos que madrugar. Enriqueta, enséñales a estos caballeros dónde tienen sus habitaciones.
    Y se fue, dándonos las buenas noches. Enriqueta nos acompañó primero al cuarto de Rivet, después guióme al mío. Viéndome solo con ella, la oprimí entre mis brazos estuve a punto de ahogarla con mis caricias.
    Cuando ya se abandonaba por completo y mi triunfo era seguro, recobró en un instante sus energías y huyó.
    Me acosté muy agitado, ansioso, pensativo, triste. Luego llamaron dulcemente a mi puerta.
    -¿Quién va?
    -Yo.
    Me vestí de prisa y abrí. Enriqueta entró.
    -No había preguntado a usted con qué se desayuna.
    Ya la tenía otra vez en mis brazos.
    -Yo tomo..., tomo..., tomo...
    Pero haciendo un esfuerzo soberano, se desasió de mí, apagó la luz y se fue.
    ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? Furioso, deliraba. Salí al corredor con la palmatoria en la mano. Era preciso encontrarla; pero ¿dónde tendría su alcoba? ¿Y si, abriendo puertas al azar, diese yo en la del tío? Medité una excusa. ¡Claro! Le diría que buscaba el cuarto de mi amigo Rivet para tratar de un asunto urgente. Abrí una puerta; la Fortuna me ayudó. Vi a Enriqueta en la cama, y, acercándome de puntillas, dije:
    -Me olvidé, señorita, de pedir a usted un libro para entretener mis desvelos.
    Enriqueta resistió; pero bien pronto abrí el libro que buscaba y cuyo nombre me callo. Era, verdaderamente, la más maravillosa de las novelas, el más divino de los poemas.
    Cuando acabamos la primera página, volvimos la hoja y fuimos hojeando con afán tantos capítulos, que amanecía y aún estábamos mal satisfechos.
    Luego volví a mi cuarto. Rivet me sorprendió y dijo, amenazándome:
    -¿Has arreglado ya por completo el asunto del puerco de Morín?
    A las ocho hablamos con la tía. Pronto nos convinimos y todo quedó acordado satisfactoriamente. Hasta quisieron organizar una expedición campestre para obsequiarnos y divertirnos. Enriqueta me rogaba que aceptásemos; yo acepté, pero Rivet se opuso con tan extremada tenacidad, que hube de rendirme y regresar a la Rochela con mi amigo, quien me pellizcaba, murmurando:
    -Me habéis hartado ya, tú y el puerco de Morín con su asunto.
    En la redacción de La Cloche mucha gente nos aguardaba.
    -¿Consiguieron ustedes arreglar eso del puerco de Morín?
    Recobrando su buen humor, Rivet dijo:
    -Sí, todo se arregló al fin, gracias a éste; yo no hice nada; éste lo hizo todo.
    Y llevamos a Morín la noticia.
    Embutido en un sillón, con sinapismos en las piernas y compresas de agua fría en la frente, le hallamos triste, angustiado, moribundo. Su mujer tenía clavados los ojos en él como una fiera que se dispusiese a devorarle.
    La satisfacción que le proporcionamos le animó un poco; pero su salud quedó muy resentida.
    La gente le llamaba el Puerco de Morín, y este apodo cruel era su martirio. Después de sufrir mucho durante dos años, murió.




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