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Guy de Maupassant
La herrumbre

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II

    Courville, Darnetot y las dos mujeres reían mucho con estas narraciones, en las cuales el barón ponía toda su alma; se animaba, levantaba los brazos, gesticulaba con todo su cuerpo; y llegando a referir la muerte de la pieza, reía también de un modo formidable, preguntando siempre a la conclusión:
    -Es curioso, ¿verdad?
    En cuanto la conversación tomaba otro rumbo, Gontrán se distraía y se arrinconaba canturreando algún toque de caza; de modo que, si un instante callaban todos, produciendo un brusco silencio de los que a veces cortan el rumor de las palabras, oíase de pronto la imitación de la trompa: "Ton, torontón, ton", que hacía Gontrán, inflando los carrillos como si realmente aplicase a sus labios el instrumento.
    Había consagrado a la caza su vida, sin pensar en otra cosa, y envejecía sin comprender siquiera que pudo vivir de otro modo, con otras preocupaciones. Bruscamente, un ataque de reuma le retuvo dos meses en cama, poniéndole a punto de morir de aburrimiento, y de tristeza. Como no tenía mujer alguna que le sirviese, pues le guisaba un viejo criado, éste no acertó a prepararle bien las cataplasmas ni a prevenir los mil cuidados que necesitan los enfermos. Su montero fue su enfermero, y como se aburría casi tanto como su amo, dormía de noche y de día en un sillón mientras Gontrán juraba y se desesperaba entre las sábanas.
    Las señoras de Courville iban a verle con frecuencia, y aquellas visitas le proporcionaban las únicas horas de calma y bienestar que se le ofrecían. Ellas preparaban algunos cocimientos y le servían el almuerzo primorosamente. Mientras se despedían, Gontrán murmuraba:
    -Caramba; deberían ustedes venirse a vivir aquí.
    Y ellas reían de buena gana.
    Cuando ya estaba casi restablecido y volvía de nuevo a cazar en los pantanos, una tarde fue a comer a casa de sus amigos; pero le faltaban su frescura y su alegría. Un pensamiento incesante le torturaba: el temor de que se le reprodujeran los dolores antes de levantarse la veda. Al despedirse, mientras las señoras le envolvían en una manta, y le abrigaban la garganta con un pañuelo, precauciones que por primera vez en su vida consentía entonces, murmuró tristemente:
    -Si mi dolencia se repite, soy hombre acabado.
    Cuando se hubo ido, la señora Darnetot dijo a su marido:
    -Será preciso casar al barón.
    Todos se llevaron las manos a la cabeza. ¿Cómo no se les había ocurrido aquel proyecto? Buscaron, durante la velada, cuál podía convenirle más, entre todas las viudas que conocían, y eligieron una, de cuarenta años, aún agradable y hermosa, bastante rica, de carácter alegre y muy bondadoso, que se llamaba Berta Vilers.
    Los Courvilles la invitaron a pasar un mes en su casa. Y fue. La viuda era bulliciosa, y el barón le hizo gracia, le gustó, desde luego. Divertíase con él como un juguete vivo, y pasaba horas enteras preguntándole socarronamente acerca de las ideas de los conejos y de las maquinaciones de los zorros. Gontrán distinguía formalmente las maneras de ver de diferentes animales, y les atribuía planes y razonamientos sutiles como a los hombres.
    Las atenciones que la viuda tuvo con él agradáronle; y una tarde, para manifestar su estimación, le rogó que fuera con él de caza, cosa que no había propuesto jamás a ninguna mujer. La invitación fue aceptada. Era una diversión para todos equipar a Berta. Cada uno ponía de su parte algo y ofrecía cualquier cosa; la viuda se presentó vestida con bota de caña y pantalón bombacho; falda corta, chaquetilla de terciopelo y gorra de mozo de jauría.




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