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| Guy de Maupassant La herrumbre IntraText CT - Texto |
Una semana, dos, tres semanas pasaron; el
barón no volvía. Los señores de Courville, sorprendidos, inquietos, no sabían
qué decirle a su amiga, que ya estaba advertida de las intenciones
matrimoniales de Gontrán. Todos los días mandaban recado, inútilmente, porque
no había noticias, y los criados nada sabían.
Pero una tarde, mientras la señora Vilers cantaba
acompañándose al piano, una doncella entró a dar un recado misterioso al señor
Courville de parte de un caballero que le aguardaba en la antesala y quería
verle.
Era el barón, demudado, envejecido, en traje de viaje. Al
ver a su antiguo camarada, estrechándole las manos, con fatigada voz le dijo:
-Acabo de llegar en este instante, y vengo a ver a usted.
No puedo más.
Luego calló, dudando, y visiblemente contrariado prosiguió
al fin:
-Quería decir lo antes posible..., que del asunto que motivó
mi viaje..., ¿recuerda usted? Pues ... nada..., un fracaso...; nada.
El señor de Courville le miró estupefacto:
-¿Cómo? ¿Un fracaso? ¿Por qué?
-¡Oh! No me lo pregunte, se lo ruego; sería difícil y
doloroso para mí decirlo; pero tenga usted la seguridad completa de que me
porto como un hombre honrado... Nada... Imposible... No debo casarme; no es
justo engañar a nadie. Volveré cuando se haya ido esa señora. Me sería violento
verla. Gracias. Adiós.
Y se fue corriendo.
Toda la familia deliberó, discutió, supuso mil cosas.
Dedujeron, al fin, que la vida del barón encerraba un gran misterio, acaso
hijos naturales, tal vez unos amores viejos. En fin, el asunto presentaba
síntomas de gravedad, y para no entrar en complicaciones dificultosas
advirtieron hábilmente a la señora Vilers, la cual regresó a su casa tan viuda
como de su casa había salido.