| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Guy de Maupassant La herrumbre IntraText CT - Texto |
Transcurrieron tres meses.
Una tarde, habiendo
comido muy bien, y titubeando un poco, el barón, mientras fumaba su pipa, dijo
al señor de Courville:
-Si usted supiera cuánto me acuerdo a todas horas de Berta
Vilers, tendría compasión de mí.
Courville, a quien la conducta del barón en aquel asunto
había molestado un poco, aprovechó la oportunidad para manifestarle sus
pensamientos, y dijo:
-Amigo mio, cuando se tienen complicaciones de cierta clase,
no se va tan adelante como usted lo hizo en ciertos asuntos, porque, después de
todo, pudo muy bien tener en cuenta mucho antes el motivo que le hacía
retroceder...
El barón, confundido, dejó de fumar.
-Si y no. Nunca sospeché que sucediera una cosa tan
desagradable.
El señor Courville, impaciente, insistió:
-Debe prevenirse todo.
Pero el barón, con los ojos clavados en la oscuridad para
convencerse de que nadie andaba por allí que pudiera oírlo, prosiguió en voz baja:
-Ya comprendo que disgusté a ustedes, y voy a excusarme
confesando la verdad. Hace veinte años que vivo solamente para la caza. No me
agrada otra cosa, usted lo sabe, ni me ocupo en otra cosa. Por esto, cuando me
decidí a contraer ciertos deberes, cuando me agradó Berta, un escrúpulo, un
escrúpulo de conciencia vino a turbarme. Hacía mucho tiempo, mucho, que perdí
la costumbre de..., de..., del amor; en fin, ignoraba si aún sería capaz de...,
de... ¿Comprende? Pasaron dieciséis años desde que..., que... por última vez.
En esta soledad no es fácil..., no es fácil... ¡ eso! Faltan ocasiones. Además,
tampoco las buscaba; me parecía más divertido perseguir a las perdices que a
las mujeres. Pero en el momento de comprometerme a casarme, tuve mis dudas, desconfié
de mí. ¡Caramba! Si en el instante oportuno... cuando ya es imposible
retroceder no..., no... ¡no saliera el tiro! Un hombre honrado no debe faltar
nunca a sus compromisos; y el que se casa queda obligado a..., a..., a ciertas
cosas. Para cerciorarme de lo que alcanzarían mis fuerzas, decidíme a pasar
ocho días en París. En los ocho días, ¡nada! ¡ Pero absolutamente nada! Y no
por falta de pruebas. He acudido a cuanto había mejor en todos los géneros. Aseguro que por ellas tampoco ha
quedado... Sí... Verdaderamente..., acudían a todos los recursos... Pero ¿qué
quiere usted? Hubieron de retirarse todas lo mismo..., sin haber conseguido
nada. Me decidí a probar otros ocho días..., y otros ocho, esperando siempre.
Comí en los restaurantes una porción de salsas picantes, que me han estropeado
el estómago... ¡Todo inútil! Siempre lo mismo... ¡Nada! Comprenderá usted que
ante la prueba evidente y en tales circunstancias, yo no podía..., no debía...
Y me retiré, bien a disgusto, por no haber otro camino decoroso.
El señor de Courville se retorcía para no soltar la
carcajada. Y estrechando gravemente la mano del barón, le dijo:
-Compadezco a usted -y le acompañó hasta mitad de camino
aquel día.
Luego, al encontrarse a solas con su mujer, se lo refirió
todo, extremando la nota burlesca. Pero la señora Courville no reía: escuchaba
poniendo atención, y cuando su marido hubo terminado, le dijo con mucha
gravedad:
-El barón es un simple. Tuvo miedo. No hay más. Voy a
escribir a Berta que la esperamos inmediatamente.
Y como el señor de Courville recordase las inútiles y largas
pruebas de su amigo, la señora replicó:
-¡Bah! Tonterías. Cuando un hombre quiere de veras a su
mujer, ¿lo entiendes?, hace... lo que necesita... Eso... no le falta nunca.
Y el señor de Courville quedó silencioso y algo confuso.
FIN