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| Guy de Maupassant En el mar IntraText CT - Texto |
Se leía recientemente en los diarios, las siguientes líneas:
"BOLONIA-SUR-MER, 22 de Enero. - Se lee: "Un terrible accidente vino
a sembrar la consternación entre nuestro gremio marítimo, que ha sufrido tanto
en los últimos dos años. El pesquero comandado por el Capitán Javel, entrando
al puerto, ha sido arrastrado al Oeste y vino a estrellarse sobre las rocas del
rompeolas del muelle.
"A pesar de los esfuerzos del bote de salvamento y las espías lanzadas por
el fusil lanza cuerdas, cuatro hombres y el grumete han perecido.
"El mal tiempo continúa. Se prevén nuevos desastres."
¿Quién es este Capitán Javel? ¿Es el hermano del manco?.
Si el pobre hombre arrojado por la ola y muerto quizás, bajo los restos de su
barco hecho pedazos, es el que yo pienso, tomó parte hace justo dieciocho años,
en otra tragedia terrible y simple como son todas estas tragedias tremendas del
mar.
Javel el mayor, era entonces patrón de un pesquero de arrastre.
El pesquero de arrastre es el barco de pesca por excelencia. Sólido, no teme
ningún mal tiempo, de casco redondo, remonta incesante sobre las olas como un
corcho, siempre fuera del agua, siempre azotado por los vientos duros y salados
del Canal de la Mancha, brega la mar, infatigable, la vela colmada, arrastra
por su costado una gran red de arrastre que raspa el fondo del océano despegando
y pescando todos los animales dormidos en las rocas, los peces planos pegados
en la arena, los corpulentos cangrejos con sus pinzas ganchudas, y las
langostas con sus antenas puntiagudas.
Cuando la brisa está suave y la ola pequeña, el barco se pone a pescar. Su red
está fija en todo su largo a una gran percha de madera guarnecida con hierro
que dejándola descender al movimiento de dos cabos que se deslizan sobre dos
poleas en los dos extremos de la embarcación. Y el barco, derivando por el viento
y la corriente, tira de este aparejo que saquea y devasta las profundidades del
mar.
Javel tenía abordo a su hermano más joven, cuatro hombres y un grumete. Había
zarpado de Boulogne en un bonito día despejado para calar la red.
Muy pronto el viento aumentó, y una borrasca obligó al pesquero a correr el
temporal. Alcanzó las costas de Inglaterra, pero la mar tempestuosa rompía
contra los acantilados y golpeaba contra la tierra, haciendo imposible la
entrada a los puertos. El pequeño barco regresó a alta mar y volvió a las
costas de Francia. La tempestad continuaba haciendo infranqueables los muelles,
llenando de espuma, de ruido y peligro todos los accesos a los refugios.
El pesquero volvió nuevamente remontando la cresta de las olas, sacudido,
agitado, chorreando, golpeado por las masas de agua, pero gallardo a pesar de
todo; acostumbrado a estos malos tiempos que a veces lo tenían cinco o seis
días errando entre los dos países vecinos sin poder recalar ni en uno ni en
otro.
Por fin el huracán se calmó cuando se encontraban en alta mar, y aunque la
marejada era fuerte el capitán dio órdenes de calar la red.
Así, el gran aparejo de pesca fue pasado sobre la borda, y dos hombres en la
proa y dos en la popa comenzaron a lascar sobre los motones los cabos que lo
sostenían. De repente tocó fondo, pero una ola grande escoró el barco, y Javel
el menor, que se encontraba en la proa y dirigía la maniobra de cala, se
tambaleó, y su brazo quedó atrapado entre el cabo que por un instante aflojó
por la sacudida y la cajera donde se deslizaba. Hizo un esfuerzo desesperado
para levantar el cabo con la otra mano, pero la red ya arrastraba y el cabo
tensado no cedió nada.
El hombre crispado por el dolor llamó. Todos corrieron en su ayuda. Su hermano
dejó el timón. Se lanzaron sobre el cabo, intentando librar el brazo que estaba
triturando. Fue en vano. ¾Debemos cortar -dijo un marinero, y tomó de su
bolsillo un gran cuchillo que podía en dos golpes, salvar el brazo del joven
Javel.
Pero cortar era perder la red, y esta red valía dinero, demasiado dinero, mil
quinientos francos; Y pertenecía a Javel el mayor que era muy cuidadoso de su
propiedad.
Gritó, con el corazón atormentado: -No, no corte, espere, yo voy a orzar. Y
corrió al puente cerrando toda la caña del timón a una banda.
El barco no obedeció nada, paralizado por la red que lo inmovilizaba y empujado
además por la fuerza de la marejada y el viento.
Javel el menor, se había dejado caer en sus rodillas, los
dientes apretados, los ojos angustiados.
No dijo nada. Su
hermano regresó, temiendo aún el cuchillo de un marinero: -Espere, espere, no
corte, echaremos el ancla.
El ancla fue fondeada dando toda la cadena, luego se empezó a virar el
cabrestante para aflojar las amarras de la red. Cedieron finalmente y liberaron
el brazo inerte, bajo la manga de lana ensangrentada.
Javel el joven parecía idiotizado. Le quitaron su camisa y vieron una cosa
horrorosa, una masa de carne donde la sangre brotaba a chorros que uno diría
era impulsada por una bomba. Entonces el hombre miró su brazo y murmuró:
-Jodió.
Luego, como la hemorragia hacía una poza sobre la cubierta del barco, uno de
los marineros gritó: -Se desangrará, debemos ligar la vena.
Entonces tomaron un cordel, un grueso cordel negro y embreado, y envolviendo el
brazo sobre la herida, apretaron con toda su fuerza. Los chorros de sangre
disminuyeron poco a poco y finalmente cesaron totalmente.
Javel el joven se paró, su brazo colgaba a su lado. Lo tomó con su otra mano,
lo levantó, lo giró, lo sacudió. Estaba todo destrozado, los huesos quebrados,
los músculos solamente retenían este pedazo de su cuerpo. Lo miraba con ojos
tristes, reflexivamente. Se sentó en una vela plegada y sus camaradas le
aconsejaron que mojara constantemente la herida para impedir el mal negro.
Pusieron un balde con agua a su lado, y de tiempo en tiempo sumergía un vaso en
él y bañaba la horrible herida, dejando caer sobre ella un chorrito de agua
clara.
-Estarías mejor abajo -le dijo su hermano. Bajó, pero al cabo de una hora
volvió, no se sentía bien solo. Y, además prefería el aire fresco. Él se sentó
sobre su vela y recomenzó a bañar su brazo.
La pesca era buena. Los grandes peces con sus panzas blancas yacían a su lado,
sacudidos por los espasmos de la muerte; los miraba sin cesar de mojar sus
carnes trituradas.
Cuando estaban por volver a Boulogne un nuevo ventarrón se desató, y el pequeño
barco reasumió su rumbo alocado, brincando y dando volteretas, sacudiendo al
triste hombre herido.
Vino la noche. El tiempo estuvo malo hasta la aurora. Cuando el sol salió, se
veía nuevamente la costa de Inglaterra, pero como la mar estaba mas calma,
volvieron hacia la costa francesa ciñendo.
Hacia la tarde Javel el menor, llamó a sus camaradas y les mostró unas manchas
negras, toda una asquerosa apariencia de pudrimiento sobre la porción del brazo
que ya no se sostenía a él.
Los marineros lo examinaban, mientras daban su opinión.
-Eso podría ser la Negra, pensó uno.
-Debe ponerlo en agua salada, declaró otro.
Trajeron entonces un poco de agua salada y la vertieron en la herida. El herido
se puso lívido, rechinó los dientes y se retorció un poco, pero no gritó.
Luego cuando el escozor se hubo calmado: -Dame tu cuchillo -le dijo a su
hermano:
El hermano le ofreció su cuchillo.
-Sostenme el brazo en el aire, derecho, tíralo hacia arriba.
Se hizo lo que pidió.
Entonces se puso a cortar a si mismo. Cortaba suavemente, cuidadosamente,
rebanando los últimos tendones con la hoja afilada como una navaja de afeitar;
Y pronto no tuvo más que un muñón. Dio un profundo suspiro y dijo:
-Era necesario. Estaba hecho mierda.
Parecía aliviado y respiraba con fuerza. Comenzó de nuevo a verter el agua en
el muñón de brazo que le quedaba.
La noche estaba mala aún y no podían recalar.
Cuando amaneció, Javel el menor, tomó su brazo cortado y lo examinó durante
largo rato. La gangrena estaba declarada. Sus camaradas vinieron también a
examinarlo y lo pasaron de mano en mano, lo tantearon, lo dieron vueltas, lo
olfatearon.
Su hermano le dijo: -debes tirar eso al mar inmediatamente.
Pero Javel el menor se enojó.
-¡Oh, no! ¡Oh, no! Yo no quiero. Es mío, ¿no es verdad? Es mi brazo.
Lo tomó y lo puso entre sus piernas.
Se pudrirá, dijo al hermano mayor. Entonces una idea sobrevino al herido. Para
conservar los pescados cuando se estaba largo tiempo en la mar, se les
amontonaba en barriles con sal.
Preguntó: -¿No se pudrirá si lo pongo en salmuera?.
-Es verdad -exclamaron los otros.
Entonces vaciaron uno de los barriles que estaba lleno de la pesca de los
últimos días; Y al fondo del barril pusieron el brazo. Lo cubrieron con sal, y
luego volvieron a reponer uno por uno los pescados.
Uno de los marineros dijo como broma: -Espero que no lo vendamos en la subasta.
Todo el mundo se rió, excepto los dos Javel.
El viento soplaba aún. Bordearon a la vista de Boulogne hasta la mañana
siguiente a las diez. El herido continuó sin cesar vertiendo agua sobre su
herida. De vez en cuando se levantaba y caminaba de un extremo al otro del
barco.
Su hermano que estaba en la caña lo seguía con la mirada, y movía su cabeza.
Por fin entraron a puerto.
El doctor examinó la herida y la encontró en buenas condiciones. Hizo una
completa curación y ordenó reposo. Pero Javel no quería acostarse sin haber
recuperado su brazo, y volvió rápidamente al puerto para buscar el barril que
había marcado con una cruz.
Se vació ante su presencia y recuperó su brazo, bien conservado en la salmuera,
arrugado y frío. Lo envolvió en una toalla que había traído para este propósito
y lo llevó a su casa.
Su esposa y niños examinaron largamente este resto del padre, tantearon los
dedos, quitaron los granos de sal que estaban bajo las uñas. Después se hizo
venir el carpintero para un pequeño ataúd.
Al día siguiente toda la tripulación del pesquero siguió el funeral del brazo
cortado. Los dos hermanos, lado a lado, encabezaban el cortejo; el sacristán de
la parroquia llevaba el cadáver bajo su axila.
Javel el menor, dejó de navegar. Obtuvo un modesto empleo en el puerto, y
cuando hablaba más tarde de su accidente, confidenciaba muy bajo a su
interlocutor:
-Si mi hermano hubiera querido cortar la red, yo tendría aún mi brazo, por
seguro. Pero él sólo consideró su propiedad."