II
Intimamos al fin de un modo
singular. Yo acababa un estudio que me parecía muy atrevido, y lo era en
efecto. Algunos años más tarde alcanzó un precio de quince mil francos. Era
tan sencillo como dos
y dos son cuatro, y exento
de todas las reglas académicas. Toda la parte izquierda del lienzo
representaba una roca, una enorme roca rugosa, cubierta de algas pardas,
amarillas y rojas, sobre las cuales deslizábase el sol como aceite. La luz, sin
que apareciera cl astro, oculto detrás de mi, caía sobre la piedra y la doraba
con su fuego. No había más; un primer término de claridad deslumbradora:
inflamado, soberbio. A la derecha el mar; no el mar azul: el mar pizarroso,
verduzco, lechoso, bajo un cielo también recargado.
Yo estaba tan satisfecho de mi obra, que brincaba de gusto
cuando iba con ella de regreso para mi posada. Hubiera deseado que la
contemplara en aquel instante el mundo entero. Recuerdo que la enseñé á una
vaca, al borde del camino, diciéndole:
-Mira esto; no verás con frecuencia cosas parecidas.
Llegando a la casa, llamé a gritos a la señora Lecacheur
vociferando:
-jEh! patrona, patrona; salga usted en seguida y quítese las
telarañas de los ojos para ver esto.
La campesina .salió, contemplando mi obra con ojos estúpidos
que no distinguían nada, que no sabían siquiera si aquello representaba un buey
ó una cabaña.
Miss Harriet entraba, pasando detrás de mi en el momento en
que yo presentaba el lienzo para enseñárselo á la patrona. "La
endemoniada" no pudo dejar de verlo, porque yo cuidaba de colocarlo de
manera que no escapase a su vista. Miss Harriet se detuvo en seco, sobrecogida,
estupefacta. Era su roca, según creo, la roca donde solía subir para soñar a su
gusto.
Murmuró un "¡Aah!" británico tan acentuado y tan
halagador, que me volví hacia ella sonriendo y dije:
-Es mi último estudio, señorita.
Ella murmuró extasiada, cómica y tiernamente:
-¡Oh, señor! Usted interpreta la Naturaleza de un modo
palpitante.
Me ruboricé, a fe mía, más conmovido por aquel elogio que si
me lo hiciese una reina. Me sedujo, me conquistaba, me vencía. Le hubiera dado
un beso; ¡palabra de honor!
Me senté á su lado en la mesa, como siempre.
Por vez primera me habló, como si continuara en alta voz su
pensamiento.
-¡Ah! Yo adoro la Naturaleza.
Le ofrecí pan, le serví agua y vino. Aceptaba mis atenciones
con una sonrisita de momia. Y comencé á hablar de paisaje.
Terminada la comida y habiéndonos levantado a un tiempo,
anduvimos a través del corral; luego, atraído sin duda por el incendio
formidable que el sol poniente reflejaba en el mar, abrí el portillo que daba
hacia la costa y salimos juntos, como dos personas que acaban de comprenderse y
de penetrarse.
Era una tarde templada y dulce; una de esas tardes bienhechoras
en que la carne y el espíritu se sienten dichosos. El aire tibio y embalsamado,
lleno de los olores de las hierbas y de las algas, acariciaba el olfato con sus
perfumes silvestres, acariciaba el paladar con su sabor marítimo, acariciaba el
alma con su dulzura penetrante. Caminábamos por el borde del abismo, sobre un
mar anchuroso que removía sus pequeñas ondas á cien metros de profundidad; y
absorbíamos, con la boca entreabierta y el pecho dilatado, la fresca brisa que
después de atravesar el océano acariciaba nuestra piel: brisa lenta y salada,
porque había recibido el beso de las olas.
Envuelta en su chal A cuadros, con la expresión de inspirada
y mostrando los dientes, la inglesa contemplaba cómo el sol enorme se hundía en
el mar. Ante nosotros, lejos, muy lejos, en la línea del horizonte, un barco de
tres palos cubierto de velas dibujaba su contorno sobre un cielo inflamado, y
otro barco de vapor, más próximo, pasaba lanzando una columna de humo que
dejaba, como una nube oscura, un rastro en el cielo.
El globo rojo descendía constante y lentamente. Llegó á
tocar el agua detrás del barco de vela, el cual apareció, inmóvil como en un
cuadro de fuego, sobre el astro deslumbrador, que se hundía poco a poco
devorado por el mar. Aquello acabó. Sólo el barco de vela seguía ofreciendo su
perfil sobre un cielo dorado.
Miss Harriet contemplaba con ojos apasionados el fin
majestuoso del día; sintiendo un deseo inmoderado de abarcar el cielo, el mar,
el horizonte.
Murmuró:
-¡Aoh! He querido..., he querido.., he querido...
Una lágrima humedeció sus párpados. Luego prosiguió:
-¡...ser un pájaro y volar hacia el firmamento!
Y seguía de pie, rígida, como la vi tantas veces en la costa
envuelta en su chal purpurino. Se me pasaron ganas de hacer un apunte de
aquella figura en mi álbum. Hubiera parecido la caricatura del éxtasis.
Volví la cabeza para que no mc viera sonreír.
Luego seguí hablándole de pintura, como hablaría con un
camarada, indicando los tonos, las energías, el vigor, con los términos del
oficio. Ella escuchaba muy atenta, comprendiendo, tratando cuando no de
adivinar el oscuro sentido de las palabras y penetrar en mis ideas. De vez en
cuando murmuraba:
-¡Oh! Lo he comprendido, lo he comprendido. Era muy
palpitante.
Regresamos.
Al día siguiente en cuanto me vio, acercóse para tenderme la
mano. Y nos hicimos amigos.
Era una interesante criatura que tenía una especie de
resortes en el alma que la obligaban a manifestar a saltos sus emociones. Le
faltaba el equilibrio como a todas las solteras de cincuenta años. Parecía
confitada en una inocencia agriada; pero había conservado en el corazón algo
muy joven, algo inflamable aún. Adoraba la Naturaleza y sentía por los animales
un afecto exaltado, como el fermento de un vino de muchos años, como una
derivación del amor sensual que no había dado a los hombres.
Es cierto que la presencia de una perra dando de mamar a sus
cachorros, de una burra comiendo en el prado con su pollino entre las piernas,
de un nido de pájaros con las crías piando, con el pico abierto, la cabeza
enorme y el cuerpo desnudo, la hacían palpitar con emociones exageradas.
¡Pobres criaturas solitarias, errantes y tristes, de las fondas
y hosterias! iPobres
criaturas ridículas y lamentables! ¡Me inspiráis amor desde que pude conocer a aquélla!
Pronto comprendí que deseaba decirme algo, pero no se
atrevía, y para mi era un motivo de gozo su timidez. Cuando yo salía de mañana
con mi caja al hombro, ella me acompañaba un rato, silenciosa, con ansia
visible y buscando palabras para comenzar. Luego se apartaba de mí bruscamente
y se iba de prisa, con el balanceo de sus pasos.
Un día por fin se atrevió.
-Deseo ver cómo pinta usted. ¿Quiere? Siento una gran
curiosidad.
Y se puso colorada, como si hubiese pronunciado palabras muy
atrevidas.
La conduje basta el fondo del valle donde había comenzado un
gran estudio.
Se quedó de pie detrás de mí, observando todos mis gestos
con atención reconcentrada.
Luego, de pronto, acaso temerosa de molestarme, dijo:
-Gracias-, y se fue.
Pero en poco tiempo demostró mucha confianza y me acompañaba
todos los días con un placer visible. Llevaba su sillita de tijera debajo del
brazo, sin consentirme que yo se la cogiese, y se sentaba a mi lado. Allí
permanecía horas y horas inmóvil y muda, siguiendo con la vista la punta de mi
pincel en todos sus movimientos. Cuando yo conseguía, con un emplasto de color
puesto bruscamente con la cuchilla, un efecto justo y deseado, ella lanzaba
contra su voluntad un "¡Aoh" de asombro, de alegría, de admiración.
Sentía respeto y ternura por mis telas, respeto casi religioso por aquella
copia humana de la Naturaleza, la obra divina. Mis estudios le parecían así
como cuadros de santidad, y algunos veces me hablaba de Dios, queriendo
catequizarme.
¡Oh! Era un hombre bondadoso y agradable su Dios; una
especie de filósofo de aldea, sin grandes medios y sin gran poder, porque lo
suponía siempre desconsolado por las injusticias cometidas en su reino, como si
El no hubiese podido evitarlos.
Se mostraba excelentemente relacionada con el Creador y
hasta parecía recibir confidencias de sus secretos y de sus contrariedades.
Decía: "Dios quiere" ó "Dios no quiere", como un sargento
participando a un recluta lo que "el coronel ha ordenado".
Deploraba en el fondo de su corazón mi ignorancia de las
intenciones celestes, que se esforzaba en revelarme; y yo encontraba cada día
en mis bolsillos, en mi sombrero cuando lo dejaba en el suelo, en mi caja de
pinturas, en mis botas embetunadas ante mi puerta al levantarme, aquellos
libritos de propaganda piadosa, que sin duda recibía ella directamente del
Paraíso.
Yo la trataba como una antigua amiga, con una franqueza
cordial; pero pronto noté que sus maneras habían cambiado; al principio no le
di importancia.
Cuando yo trabajaba en el fondo de la cañada, la veía de
pronto aparecer, llegando con su marcha rápida y ondulante. Sentábase
bruscamente, fatigada como si hubiese corrido ó .como si alguna emoción
profunda la agitase.
Estaba muy colorada, con ese rojo inglés que ningún otro
pueblo posee. Luego, sin motivo, palidecía, poniéndose del color de la tierra y
como si fuese a desmayarse. Poco a poco recobraba su fisonomía ordinaria y
comenzaba la conversación.
Pero de pronto se interrumpía en una frase que dejaba sin
concluir, y se levantaba, yéndose tan de prisa y tan bruscamente, que me
preocupaba, imaginando si pude hacer alguna cosa que la disgustara ó la
hiriera.
Al cabo supuse que debía ser aquella su manera de ser, algo
modificada en mi honor, al principio de nuestras amistades.
Cuando entraba en la casa, después de andar hora tras hora
sobre una ladera azotada por el viento, sus largos cabellos retorcidos en
espiral, estaban lacios y colgaban como si se les hubiera roto el resorte.
Entraba en su cuarto para componerse y atusarse un poco, y
cuando yo le decía con una galantería familiar que la escandalizaba siempre:
"Hoy está usted hermosa como un astro, miss Harriet", le subía el
rubor a las mejillas: el rubor de la joven, el rubor de los quince años.
Al fin acabó mostrándose muy esquiva; ya no me acompañaba ni
me veía pintar. Supuse: "una crisis que pasará". Pero no pasó. Cuando
yo la dirigía la palabra, me respondía con afectada indiferencia ó con sorda
irritación. Tenía brusquedades, impaciencias, nervios. Solamente a las horas de
comer la veía y apenas hablábamos. Creyendo que sin mala intención acaso pude
ofenderla, una tarde la pregunté:
-Miss Harrict, ¿por qué no está usted conmigo como antes?
¿Qué hice para disgustarla? Siento verla indiferente.
Y me respondió con acento de cólera y algo de malicia:
-Estoy con usted lo mismo que siempre. Lo
que usted supone no es verdad,
no es verdad.
Y
corrió a encerrarse en su cuarto. A veces me miraba de un modo extraño. Luego
he creído que los condenados a muerte deben mirar así cuando les anuncian que
ha llegado el último día de su vida. Había en sus ojos una especie de locura;
una locura misteriosa y violenta, y además una fiebre, un deseo exasperado,
impaciente, impotente, de lo irrealizado y de lo irrealizable. Y me parecía
también adivinar en ella un combate interior: su corazón luchando con una
fuerza desconocida que no podía dominar; y acaso también otra cosa... ¡Qué sé
yo! ¡Qué sé yo!
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