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Guy de Maupassant
La señorita Perla

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I

            Que extraordinaria idea había tenido, realmente, esa noche, de elegir por reina a la Señorita Perla. Voy todos los años a celebrar Noche de Reyes a la casa de mi viejo amigo Chantal. Mi padre que era su camarada más íntimo me llevaba allá cuando  yo era un niño. He continuado y continuaré sin duda mientras yo viva y en tanto exista un Chantal en este mundo.
            Los Chantal, por lo demás, llevan una existencia peculiar; viven en París como si vivieran en Grasse, Evetot, o Pont-un-Mousson.
            Son dueños de una casa con jardín junto al observatorio. Viven allí como si estuvieran en provincia. De París, del verdadero París, no saben nada, no sospechan nada; ¡ellos están lejos, muy lejos!. De vez en cuando, sin embargohacen un viaje, un largo viaje. La señora Chantal va a las grandes provisiones, como se dice en familia. He aquí como se hace el gran aprovisionamiento.
            La señorita Perla que tiene las llaves del armario de la cocina (porque los armarios de la ropa blanca son administrados por la propia Señora dueña de casa), verifica si el azúcar está a punto de terminarse, si las conservas se han agotado y que no queda gran cosa en el fondo de la bolsa de café.
            Así en guardia contra la hambruna, la Señora  Chantal pasa la inspección a lo que queda, tomando notas en una libreta. Luego que ha anotado muchos números, se entrega, en primer lugar a largos cálculos y a continuación mantiene largas discusiones con la Señorita Perla. Finalmente, sin embargo, se ponen de acuerdo y fijan la cantidad de cada cosa que se aprovisionarán para tres meses: azúcar, arroz, ciruelas, café, mermeladas, latas de arvejitas, de porotos, de mariscos, de pescado ahumado o salado, etc.
            Después de lo cuál se fija el día de compras, van en un coche, un coche de dos pisos, a una gran tienda de comestibles al otro lado del río en los barrios nuevos.
            La señora Chantal y la señorita Perla hacen este viaje juntas, misteriosamente, y vuelven a la hora de cenar, extenuadas aunque todavía excitadas, agitadas y apretujadas en el cupé, donde el techo está cubierto de paquetes y bolsas, como en un carro de mudanzas.
            Para los Chantal toda la zona de París situada al otro lado del Sena está constituida por los barrios nuevos, barrios habitados por una población singular, ruidosa, poco honorable, que pasa los días en vicios y placeres, las noches en juerga, y qué tira el dinero por las ventanas. De vez en cuando, sin embargo, llevan a las jóvenes hijas a la Opereta Cómica en el Teatro Francés, cuando la obra está recomendada en el periódico que lee el Señor Chantal.
            Las jóvenes tienen diecinueve y dieciséis años. Son dos hermosas muchachas, altas y saludables, muy bien educadas, demasiado bien educadas que pasan inadvertidas como dos bonitas muñecas. Jamás tendría la idea de flirtear o cortejar a las señoritas Chantal. Apenas se atreve uno a hablarles siendo ellas tan inmaculadas. Casi se teme ser mal educado al saludarlas.
            En cuanto al padre, es un hombre encantador, muy culto, muy franco, muy amable, pero que ama ante todo el reposo, la calma, la tranquilidad, y ha contribuido poderosamente así, a momificar su familia por vivir a su gusto en una inmovilidad paralizante. Lee mucho, charla con agrado, y se conmueve con facilidad. La ausencia de contactos y de no abrirse paso a codazos en el mundo ha hecho muy sensible y delicada su epidermis, su epidermis moral. La menor cosa le conmueve, le excita, y le hace sufrir.
            Sin embargo los Chantal tienen relaciones, pero relaciones restringidas, elegidas con cuidado en el vecindario. Intercambian también dos o tres visitas por año con parientes que viven lejos.
            En cuanto a mí, yo voy a cenar a su casa el quince de agosto y el Día de Reyes. Es parte de mis deberes como la Comunión Pascual para los Católicos.
            El 15 de agosto, se invita a algunos amigos, pero en Reyes, soy el único convidado extraño

 




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