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| Guy de Maupassant La señorita Perla IntraText CT - Texto |
Así que, este año, como los
años anteriores, me invitaron a cenar a la casa de los Chantal para festejar
Epifanía.
Según la
costumbre, abracé al señor Chantal, a la Señora Chantal y la señorita Perla, e
hice un gran saludo a las señoritas Luisa y Paulina. Me interrogaron sobre
miles de cosas, sobre los acontecimientos en los paseos públicos, sobre la
política, sobre lo que piensa la opinión pública de los negocios de
Tonkin, y sobre nuestros parlamentarios. La Señora Chantal, una señora
gorda, cuyas ideas siempre me dan la impresión de ser cuadradas como baldosas,
tenía la costumbre de emitir esta frase como conclusión a toda discusión
política:
— Todo
es mala semilla para mas tarde. — ¿Por qué siempre imaginé que las ideas de la
señora Chantal eran cuadradas?. No sé; pero todo lo que ella dice toma esta
forma en mi mente: un cuadrado, un cuadrado grande, con cuatro ángulos
simétricos. Hay otras personas cuyas ideas siempre me parecen redondas y ruedan
como unos aros. En cuanto empiezan una frase sobre cualquier cosa, ruedan, sin
parar, saliendo diez, veinte, cincuenta ideas redondas, grandes y pequeñas, qué
yo veo correr una detrás de la otra, hasta el final del horizonte. Otras
personas tienen también ideas puntiagudas…En fin, eso importa poco. Nos
sentábamos a la mesa y la cena terminaba sin haber dicho nada excepcional.
Al postre se trae
la Torta de Reyes. Todos los años el Señor Chantal era el rey. Si esto era
efecto de un azar continuado o una tradición familiar, yo no sé, pero él
encontraba infaliblemente el fríjol en su pedazo de pastel, y él proclamaba
Reina a la Señora Chantal. Por consiguiente, me quedé estupefacto cuando sentí
en un bocado de pastel algo tan duro, qué casi me hizo romper un diente. Saqué
suavemente esta cosa de mi boca y vi que era una pequeña muñeca de
porcelana, no más grande que una judía. La sorpresa me hizo exclamar:
— ¡Ah!
Todos me miraban,
y Chantal exclamaba aplaudiendo:
— ¡Es Gastón! ¡Es
Gastón! ¡Viva el rey! Viva el rey! — Todos repetían en coro:— ¡Viva el rey!. —
Me ruboricé hasta la punta de mis orejas, como sucede a menudo sin razón, en
situaciones que son un poco tontas. Yo permanecí con los ojos bajos, sujetando
entre dos dedos esta semilla de porcelana, esforzándome a reír sin saber qué
hacer o decir, cuando Chantal prosiguió:
— Ahora, debe
elegir una reina.
Entonces yo
estaba aterrorizado. En un segundo mil pensamientos y suposiciones cruzaron mi
mente. ¿Querían que yo escogiera una de las señoritas Chantal? ¿Era este un
truco para hacerme decir cuál de ellas prefería? ¿Era una suave, ligera presión
indirecta de los padres hacia un posible matrimonio? Las ideas de
matrimonio rondan sin cesar en las casas
con hijas casaderas, y toman todas las
formas, todos los disfraces, y todos los medios.
Un miedo atroz de
comprometerme me invadió, y también una extrema timidez ante la actitud
obstinadamente correcta y reservada de las Señoritas Luisa y Paulina. Elegir a
una de ellas en detrimento de la otra me parecía tan difícil como escoger entre
dos gotas de agua; Y entonces el miedo de aventurarme en un asunto donde yo
sería conducido al matrimonio a pesar mío, suavemente, por medios discretos e
imperceptibles y también tranquilos como este reinado intrascendente, me
perturbaba horriblemente.
Pero, de repente
tuve una inspiración, y le ofrecí a la Señorita Perla la muñeca simbólica. Al
principio todo el mundo se sorprendió, luego apreciaron sin duda mi delicadeza
y discreción, porque ellos aplaudieron furiosamente. Gritaban:
— ¡Viva la
reina!¡Viva la reina!
En cuanto a ella,
la pobre solterona, había perdido toda su serenidad; temblaba,
tartamudeaba y balbucía:
—No…no…¡Ah! No…yo
no…por favor… yo no …por favor……
Entonces, por
primera vez en mi vida, miré a la Señorita Perla y me pregunté quién era ella.
Estaba
acostumbrado a verla en esta casa, así como uno ve los viejos sillones
tapizados en los cuales ha estado sentándose desde la niñez sin fijarse nunca
en ellos. Un día, sin saber por qué, tal vez un rayo de sol que cae sobre
el sillón, y uno piensa de repente: Vaya, es muy interesante este mueble; y
entonces descubre que la madera ha sido trabajada por un verdadero
artista y que el tapiz es notable. Nunca me había fijado en la
Señorita Perla.
Era parte de la
familia Chantal, eso era todo. ¿Pero cómo? ¿A título de qué?. Era una persona
alta, delgada que se esforzaba en pasar desapercibida, pero que no era apocada.
Se le trataba amigablemente, mejor que una ama de llaves, menos que a un
pariente. Observé de repente, una cantidad de matices que yo nunca había
asociado hasta ahora.
La Señora Chantal
decía: "Perla" Las jóvenes: "Señorita Perla", y Chantal
sólo la llamaba "Señorita", quizás con un aire de respeto mayor.
Me puse a
observarla. ¿Qué edad tenía? ¿Cuarenta años? Sí, Cuarenta años. No era vieja,
era joven, ella se envejecía. Me sorprendí de repente por este hecho. Ella se
peinaba, se vestía, se presentaba ridículamente, y a pesar de todo, ella no era
en lo más mínimo ridícula, tanto que tenía una gracia simple, natural, una
gracia velada, cuidadosamente escondida. ¡Qué extraordinaria criatura,
verdaderamente! ¿Cómo no la había observado mejor?. Se peinaba de una manera grotesca
con ricitos de solterona, de lo más absurdos; y bajo esta cabellera de virgen
retocada, se veía una gran frente serena, atravesada por dos arrugas profundas,
dos arrugas de larga tristeza, luego dos ojos azules, grandes y tiernos, tan
tímidos, tan vergonzosos, tan humildes, dos bellos ojos que permanecían tan
ingenuos, plenos de asombros infantiles, de sensaciones jóvenes y también de
penas que habían entrado enterneciéndolos sin turbarlos.
Todo el rostro
era fino y mesurado, uno de esos rostros que se extinguen sin haber sido usados
o marchitados por las fatigas o las grandes emociones de la vida.
¡Que boca tan
bonita¡ ¡Qué dientes tan bellos! Pero se podía decir que no se atrevía a
sonreír.
Y,
repentinamente, la comparé con la Señora Chantal. Indudablemente la Señorita
Perla era mejor, cien veces mejor, más fina, más noble, más elegante.
Estaba
estupefacto de mis observaciones. Sirvieron el champaña. Dirigí mi vaso a la
reina bebiendo a su salud con un cumplido bien estudiado. Quiso, yo me di
cuenta, esconder su cara detrás de la servilleta. Entonces, cuando mojaba sus
labios en el vino transparente, todos gritamos:
— ¡La reina bebe!
¡La reina bebe!
Ella se puso roja
y se atragantó. Nos reímos; Aprecié bien, cuanto la amaban en esa casa.