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| Guy de Maupassant La señorita Perla IntraText CT - Texto |
El Señor
Chantal se detuvo. Estaba sentado en el borde de la mesa de billar, los
pies colgando, y manipulando una pelota con su mano izquierda, mientras con su
derecha arrugaba un trapo que servía para borrar los puntos sobre la pizarra y
que llamábamos “el trapo de la tiza”. Un poco rojo, la voz sorda, hablaba
consigo mismo, perdido en sus recuerdos, avanzando suavemente, a través de las
cosas antiguas y los viejos sucesos que despertaron en su pensamiento, así
cuando atravesamos caminando los antiguos jardines de la familia, dónde fuimos
criados y donde cada árbol, cada sendero, cada planta, cada seto puntiagudo,
los laureles perfumados, los tejos, cuyas semillas rojas y grasosas
triturábamos entre los dedos, hacen surgir a cada paso un pequeño acontecimiento
de nuestra vida pasada, uno de esos pequeños sucesos insignificantes y
deliciosos que forman el fondo mismo, la trama de la existencia.
Yo estaba frente
a él, apoyado contra la muralla, mis manos descansando en mi taco de billar
ocioso.
Él continuó al
cabo de un minuto:
¡Jesús, Qué
bonita era ella a los dieciocho años... y graciosa... y perfecta... ¡Ah!
¡Hermosa... hermosa... hermosa y buena... y muy buena…una muchacha encantadora…
Tenía los ojos…los ojos azules…transparente…claros…como yo nunca había visto
parecidos…Jamás!
Se calló
nuevamente. Yo pregunté:
— ¿Por qué nunca
se casó?
Respondió,
no a mí, sino a la palabra en pasado "casó".
—¿Por qué? ¿Por
qué? No ha querido…nunca ha querido. Tenía, sin embargo, treinta mil francos de
dote, y fue solicitada muchas veces…ella nunca ha querido. Parecía triste en
aquella época. Eso era cuando yo me casé con mi prima, la pequeña
Carlota, mi mujer, con quien estuve comprometido durante seis años.
— Miré al Señor
Chantal, y me pareció que yo penetraba en su alma, y que yo penetraba
repentinamente en uno de esos humildes y crueles dramas de corazones honrados,
de corazones sinceros, de corazones sin culpa, uno de esos dramas
inconfesables, inexplorados, que la gente no sabe, incluso las propias
silenciosas y resignadas víctimas. Una curiosidad precipitada me impelió de
repente, y pronuncié:
— ¿Es usted con
quién debió casarse, Señor Chantal?
Se
estremeció, me miró y dijo:
— ¿Yo? ¿Casarme
con quién?
— La Señorita
Perla.
— ¿ Por qué?
— Porque usted la
amaba más que a su prima.
Me miró fijamente
con ojos extraños, redondos, espantados, luego tartamudeó:
— ¿Yo la he
amado…yo? … ¿Cómo? ¿Quién te dijo eso? …
— Porque,
cualquiera puede ver que… y es la misma causa por la que usted tardó tanto
tiempo en desposar a su prima que había estado esperando durante seis años.
Dejó caer la
pelota que él tenía en su mano izquierda, y tomando a dos manos el trapo de la
tiza, y cubriéndose la cara, comenzó a sollozar en él. Lloraba de una manera
desconsolada y ridícula, como llora una esponja que se aprieta, por los ojos, la
nariz y la boca al mismo tiempo. Tosía, escupía, se sonaba en el trapo de la
tiza, se secaba los ojos, estornudaba; volvieron a fluir de nuevo las lágrimas
por todas las arrugas de su cara, con un ruido de garganta que hacía pensar en
gárgaras.
Yo me sentía
asustado, avergonzado; Quise correr lejos, y no supe qué decir, que hacer, que
intentar.
De repente la voz
de la Señora Chantal resonó en la escala.
— ¿Terminaron ya
de fumar?
Abrí la puerta y
grité:
— Sí
señora, ya bajamos.
Entonces me
precipité hacia su marido, y tomándolo por los codos:
— Señor Chantal,
mi amigo Chantal, escúcheme; su mujer nos está llamando; serénese, domínese
rápido. Debemos bajar; cálmese. Tartamudeó:
—
Sí... Sí... Yo voy... pobre muchacha... voy... dile que voy.
— Comenzó a
limpiar cuidadosamente su cara con el trapo, que después de dos o tres años
borrando la tiza de la pizarra, le dejó medio blanco y medio rojo la frente y
la nariz, las mejillas y la barbilla pintarrajeados de tiza, sus ojos hinchados
aún, llenos de lágrimas.
Lo tomé por las
manos y lo arrastré a su dormitorio, mientras murmuraba:
— Le pido perdón,
le pido mil perdones, Señor Chantal, por haberle causado esta pena... pero...
pero... yo no sabía... usted... usted entiende.
Apretó mi mano:
— Sí...
sí... hay momentos difíciles...
Entonces
sumergió la cara en su lavatorio. Cuando se levantó, no me pareció
suficientemente presentable; pero ideé una estratagema. Como se angustiaba más
mirándose en el espejo, le dije:
Todo lo que debe
decir es que tiene una mota de polvo en el ojo y puede llorar delante de todos
tanto como usted desee.
Bajó
frotándose los ojos con su pañuelo. Todos se preocuparon; todos querían buscar
la mota que no existía; y se contaron las historias de casos similares dónde
había sido necesario llamar a un médico.
Me reuní junto a
la Señorita Perla y la miré, atormentado por una curiosidad abrasadora que
devenía en sufrimiento. Ella debió ser muy bella en efecto, con sus dulces
ojos, tan grandes, tan tranquilos, tan grandes que parecía que nunca los
cerraba, como lo hacían los otros humanos. Su vestido era un poco ridículo, un
verdadero vestido de solterona, que le sentaba mal sin parecer torpe.
Me parecía
que veía dentro de ella, como hacía poco había visto el alma del Señor Chantal;
me di cuenta, de principio a fin, de esta vida humilde, simple y sacrificada.
Pero una necesidad me vino a los labios, una necesidad irresistible de
preguntarle, de saber si ella también lo había amado; si ella había sufrido,
como él este largo, sufrimiento secreto, profundo, que no se ve, que no se
sabe, que no se supone, pero que aparece en la noche, en la soledad del
dormitorio oscuro. La miraba, y veía latir su corazón bajo su blusa bordada,
y me pregunté si esta dulce cara inocente había llorado, cada noche, en
la profundidad suave de la almohada, y sollozado, su cuerpo sacudido de
sobresaltos, por la fiebre del lecho ardiente. Le dije en voz baja, como hacen
los niños que rompen una joya para ver lo que hay dentro:
— Si usted
hubiera visto llorar al Señor Chantal, hace un momento, le habría tenido
lástima.
Ella se
estremeció:
—
¿Qué? ¿Estaba llorando?
—¡Ah!, ¡Sí,
estaba llorando!
—¿Y por qué?
Parecía muy
conmovida. Yo le contesté:
— Por su
culpa.
— ¿Por
mi culpa?
— Sí. Me
contó cuánto la había amado en el pasado; y cuánto le había costado casarse con
su prima en lugar de usted.
Su cara
pálida pareció alargarse un poco; sus ojos que siempre permanecían abiertos,
sus ojos tranquilos se cerraron repentinamente tan rápido que pareció que
se cerraban para siempre. Se resbaló de su silla al suelo, y se desplomó,
suavemente, lentamente, como lo habría hecho una bufanda al caer. Yo grité:
—
¡Socorro!¡Socorro! La Señorita Perla se siente mal. La Señora Chantal y sus
hijas vinieron en su ayuda, y mientras ellas buscaban agua, una toalla y
vinagre, tomé mi sombrero y me puse a salvo. Me alejé a grandes pasos, mi
corazón agitado, mi conciencia llena de remordimientos y pesar. Y a veces también
me sentía contento; sentía que había hecho algo loable y necesario.
Me
preguntaba: — ¿Hice mal?¿Hice bien? . Ellos tenían eso en su alma como se
guarda una bala de plomo en una herida cerrada. ¿No serán ahora más felices?.
Era demasiado tarde para que recomenzaran su tortura y bastante temprano para
que ellos se recordaran con ternura.
Y puede ser
que una tarde de la próxima primavera, conmovidos por un rayo de la luna que
cae sobre la hierba, a sus pies, a través de las ramas, se tomarán y apretarán
la mano en memoria de todo este sufrimiento opresivo y cruel; y quizás también,
este corto contacto les puede infundir en sus venas un poco de esta emoción que
no habían conocido, y dará a esas dos almas resucitadas, en un segundo, la
rápida y divina sensación de esa embriaguez, de esa locura que da a los
enamorados más felicidad en un estremecimiento, que no pueden experimentar en
toda su vida, otros hombres.
Guy de Maupassant