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Mi
querido colega y amigo,
Tengo una pequeña
historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que
llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me lo contó.
La tarea no es fácil en absoluto, ya
que mi amiga es una mujer de espíritu imperecedero y de expresión libre. Yo
nunca he tenido los mismos recursos. No puedo, como ella, dar este loco júbilo
a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras
demasiado especiales, me declaro incapaz de encontrar, como usted, los
delicados sinónimos.
Mi amiga, que es además una mujer de teatro de gran talento,
no me ha autorizado a hacer pública su historia.
Así que me veo obligado a reservar
sus derechos de autor por si ella quisiera, un día u otro, escribir esta
aventura ella misma. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Siendo mejor conocedora
del tema, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.
Pero vea usted en que aprieto me
encuentro. Necesitaría, desde la primera palabra, encontrar un vocablo similar,
y querría que fuese genial. La tos no es mi problema. Para entendernos,
necesito un comentario o una perífrasis del estilo del abad Delille:
—La tos de que se trata jamás
procede de la garganta.
Dormía (mi
amiga) al lado de un hombre amado. Era de noche, claro.
A este hombre, ella lo conocía poco,
o más bien, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, principalmente en el
mundo del teatro. Dejemos que se asombren los burgueses. En cuanto a dormir al
lado de un hombre poco importa que se le conozca poco o mucho, esto casi no
modifica la manera de actuar en la intimidad del lecho. Si yo fuera mujer creo
que preferiría los amigos nuevos. Deben
de ser, en todos los aspectos, más amables
que los asiduos.
Hay, en eso que se da en llamar la gente correcta, una manera
de ver diferente y que no es en absoluto la mía. Lo siento por las mujeres de
ese mundo; pero yo me pregunto si la manera de ver modifica sensiblemente la de
actuar...
Así pues, ella dormía al lado de un
nuevo amigo. Esto es algo delicado y difícil en exceso. Con un viejo compañero
uno coge demasiada confianza, uno nunca se enfada, puede volver a sus viejas
costumbres, dar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, sacar
toda la manta y envolverse dentro, roncar, refunfuñar, toser, digo toser a
falta de algo mejor, o estornudar (¿qué piensa usted de estornudar como
sinónimo?)
Pero para llegar hasta aquí hacen falta al menos seis meses
de intimidad. Y hablo de personas que son de un temperamento familiar. Las
otras siempre guardan ciertas reservas, con las que yo, por mi parte estoy de
acuerdo. Pero tal vez no todos tengamos la mima manera de sentir sobre esta
materia. Cuando se trata de hacer un nuevo conocido, de una nueva cita, que
podemos suponer sentimental, es necesario tomar algunas precauciones para no
incomodarlo en el lecho, y para guardar un cierto prestigio, poesía
y una cierta autoridad.
Ella dormía. Pero de repente un dolor, interior, punzante,
viajero, la recorrió. Éste comenzó en la cavidad del estómago y empezó a
moverse hacia...hacia...hacia la parte inferior del pecho con un discreto ruido
intestinal como de trueno.
El hombre, el nuevo amigo, yacía tranquilo, de espaldas, con
los ojos cerrados. Ella lo observaba por el rabillo del ojo, inquieta, indecisa.
Se encuentra usted, amigo, en una
sala de estreno, con un catarro en el pecho. Toda la sala ansiosa, anhelante en
medio de un completo silencio; pero usted ya no escucha nada, espera, loco, un
momento de rumor para toser. Hay, a lo largo de su garganta, unos cosquilleos,
un picazón espantoso. En fin, ya no lo soporta más. Peor para los vecinos.
Tose. Toda la sala grita: “¡a la calle!”.
Ella estaba en la misma situación,
obsesionada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, supongo
que ustedes ya me entienden, traduzcan)
Él parecía que dormía; respiraba tranquilo. Realmente dormía.
Ella se dijo:
—Tomaré mis precauciones. Intentaré
simplemente respirar, suavemente, para no despertarle. E hizo como esos que
esconden su boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar su garganta, sin
ruido, expectorando el aire con cuidado.
Fuera porque lo hizo mal o bien
porque el picor era demasiado fuerte, tosió.
Al punto, perdió la cabeza. ¡Qué
vergüenza si él se ha enterado! ¡Y qué riesgo!¡Oh! ¿Y si de casualidad no
estuviese dormido?¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparita,
creyó ver una sonrisa en su rostro que tenía los ojos cerrados. Entonces, si
reía... pues.. no dormía,... y si no dormía...
Intentó con la boca, realmente,
causar un ruido semejante, para... confundir a su compañero.
Éste no se parecía en absoluto.
¿Pero... dormía?
Ella se giró, se movió, le empujó
para cerciorarse.
Él ni se movió.
Entonces ella se puso a canturrear.
El hombre no se movía.
Volviéndose loca, lo llamó:
— Ernest.
Él no hizo ni un movimiento, pero
respondió rápidamente:
—¿Qué quieres?
Ella se estremeció. Él no dormía;
¡Jamás había dormido!...
Le preguntó:
—¿Entonces, no duermes?
Él murmuró con resignación:
—Ya lo ves.
Ella ya no sabía qué decir,
enloquecida. Por fin, dijo:
—¿No has escuchado nada?
Él respondió, siempre inmóvil:
—No.
Ella sentía como le venían unas
ganas locas de abofetearle, y, sentándose en la cama:
—¿Sin embargo me ha parecido...?
—¿Qué?
—Que alguien andaba por la casa.
Él sonrió. Indudablemente, esta vez
ella lo había visto sonreír, y él dijo:
—Déjame en paz, llevas media hora
molestándome.
Ella se estremeció.
—¿Yo?...Eso es difícil de creer.
Acabo de despertarme. Entonces, ¿no has escuchado nada?
—Si.
—¡Ah!
¡Al final sí que has escuchado algo!¿Qué?
—Han...¡tosido!
Ella dio un brinco y gritó
exasperada:
—¡Han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha
tosido? Pero, ¿tú estás loco? ¡Respóndeme!
Él comenzó a impacientarse.
—Veamos, ¿se acaba de una vez esta
monserga? Sabes perfectamente que fuiste tú.
Esta vez ella se indignó,
vociferando:
—¿Yo? ¿Yo?
¿Yo? ¿Yo he tosido? ¿Yo? ¡Yo
he tosido!¡Ah! Me insulta, me ofende, me
menosprecia. Así que, ¡adiós! ¡Yo no me quedo al lado de un hombre que me trata
así!
E hizo un movimiento enérgico para
salir de la cama.
—Vamos a ver, estate tranquila. Soy
yo el que ha tosido.
Pero ella tuvo un nuevo arrebato de
cólera.
—¿Cómo? ¡Usted ha ...tosido en mi
cama!... ¿a mi lado...mientras dormía? ¿Y lo confiesa?. Usted es innoble. Y
usted creerá que yo estoy con hombres que... tosen a mi lado... ¿Pero, por
quien me toma?
Y se puso de pié sobre la cama,
intentando saltar por encima para irse.
Él la cogió tranquilamente por los
pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y contento:
—Vamos a ver, Rose, estate
tranquila. Has tosido. Porque eras tú. Yo no me quejo, no me enfado; incluso
estoy contento. Pero, vuelve a acostarte, diantre.
Esta vez, ella se le escapó con un
brinco y saltó a la habitación; y buscaba desesperadamente sus ropas,
repitiendo:
—Y usted cree que yo voy a
permanecer al lado de un hombre que permite a una mujer... toser en su cama.
Usted es innoble, querido.
Entonces él se levantó y antes de
nada, la abofeteó. Después, como ella se resistía, la acribilló a pescozones;
y, tomándola después en brazos, la arrojó sobre la cama.
Y como permanecía tendida, indolente y llorando contra la
pared, él se volvió a acostar a su lado, y girando después su espalda hacia
él, tosió...tosió con un ataque de tos..., con silencios y reanudaciones.
De repente, se puso a reír, pero a
reír como una loca, gritando:
—¡Qué divertido!¡Qué divertido!
Y lo agarró bruscamente entre sus
brazos, pegando su boca a la de él, murmurándole con sus labios:
—Te quiero, gatito mío.
Y ya no durmieron más... hasta la
mañana.
Esta es mi historia, mi querido Silvestre.
Perdóneme esta incursión en su dominio. Hete aquí de nuevo una palabra
impropia. No es “dominio” lo que habría que decir. Usted me divierte tan a
menudo que no he podido resistir el deseo de arriesgarme un poco siguiendo sus
pasos.
Pero le quedará la gloria de
habernos abierto, muy a lo grande, esta senda.
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