ESCENA XVI
Los mismos - Raphaële - Un marsellés
RAPHAËLE (volviendo a entrar) ¡Magnífico! He aquí un hombre que me gusta;
nos hace eso en dos tiempos.
UN MARSELLÉS (entrando) Hola, hermozaz.
LAS MUJERES.- Entrad pues, somos muy
amables, muy educadas, muy guarras.
EL MARSELLÉS.- Yo zé bien que eztaiz aquí para
ezo. Faltaría maz que no fuezeis guarraz, zino al día ziguiente nadie vendría a
veros, pequeñaz.
(las mujeres lo rodean)
RAPHAËLE.- Elegidme queridito.
EL MARSELLÉS.- Y yo zé bien. Y como quierez que yo elija, siendo todas
maravillozamente bellaz. Yo eztoy muy confundido, zoiz todaz encantadoraz.
RAPHAËLE.- Yo en vuestro lugar no tendría ninguna duda.
EL MARSELLÉS.- ¿ Y ezo ?
RAPHAËLE.- Yo elegiría a Raphaële
EL MARSELLÉS.- Raphaële, apuezto que zoiz voz; solicito ver las
habitacionez.
RAPHAËLE.- Venid.
EL MARSELLÉS.- ¿ Quierez que te lo haga ? No podré forrar mi dedito. ¡
Bravo por la querida Marzella! Uzted no conoce la Canebière5. Allí hay hermozaz mujeres
que lo tienen tan grande como mi zombrero. ¡Trono de Dioz! si hazta ze puede
uno introducir allí dentro.
MICHÉ.- Venga bromista, uno conoce la Canebière, ¡como si las pollas
marsellesas fuesen más poderosas que las de los demás !
EL MARSELLÉS.- ¡ Laz pollaz marzellezaz ! Son como el mazcarón de proa
de un navío. ¡Y no oz guztaría si tuviezeiz una entre laz nalgaz,
MICHÉ.- A mí desde luego que no.
EL MARSELLÉS.- ¡ Zin contar que deberíaiz tener un famozo culo para
recibirla ! Una polla marzelléza, mirad, cuando me empalmo zoy terrible, y me
empalmo ziempre. Una vez, amigo, me había acoztado con una mujer,
dezgraciada, la follé, la bifollé, la trifollé, la refollé, y cuando hube
acabado, en la duodécima vez, zin interrupción, advertí que eztaba muerta. Mi
polla le había agujereado el vientre, y el médico, que certificó la defunción,
reconoció que había zido axfiziada por mi polla que le había entrado en la
garganta.
FATMA.- Pues bien, gracias, tu puedes hurgar que yo follo contigo.
MICHÉ.(burlándose).- Pues fíjate, yo en un incendio un día subí
al cuarto piso de una casa que estaba en llamas. Había allí cuatro personas que
salvar. Tomé al marido sobre mi espalda, al padre de la mano derecha, la madre
de la mano izquierda, quedaba la esposa, ¿cómo hacer? La subí a caballo sobre
mi polla, y descendiendo la escalera, sin detenerme, me la follé cuatro veces,
una vez en cada piso.
CRESTA DE GALLO. Ahi tiene, sí señor, él se empalma como el obelisco.
EL MARSELLÉS.- ¡ El obelizco ! para mí una minucia cuando debía cazarme
RAPHAËLE.- ¡ Ah ! estáis casado.
EL MARSELLES.- Eztoy feliz ziendo viudo. Mi futura ezpoza me tentaba de
tal modo cuando le hacía la corte que, al volver a mi habitación por la noche,
y quería mear en mi bacinilla, era impozible, mi polla eztaba enhiezta. Habría
mojado todo el techo, ezo era tremendo, ¿ qué habría hecho uzted ?
CRESTA DE GALLO.- No lo sé.
MICHÉ.- Yo habría meado por la ventana.
EL MARSELLÉS.- ¡ Y los vecinoz, coño ! ¡ Metí la polla por la chimenea y
meé por encima de loz tejadoz !
MICHÉ.- ¡ Bien ! Voy a mostrarle algo que jamás ha visto. Es la polla de
mi abuelo que he hecho disecar. Es todo lo que me ha dejado, y verá como se lo
gastan los miembros de mi familia. (dirigiéndose a Cresta de Gallo) ¡
Vamos, descubre el objeto !
(Cresta de Gallo abre las cortinas del fondo. Se ve un inmenso pene de cartón
colgado en la pared)
EL MARSELLÉS.- ¡ Ah ! Confiezo que nunca he vizto nada parecido. Y
cuando se empalmaba debía zer bien hermoza.
(Saluda al falo)
MICHÉ.- ¡ Señoras, por el poder de vuestros encantos concededle su
primer vigor !
(las mujeres hacen unos pases con plumas de pavo real y bailan con paso
oriental alrededor del falo, mientras que Cresta de Gallo, mediante un
mecanismo, lo coloca en posición de erección.)
EL MARSELLÉS.- ¡ Ah ! ¡ ya no aguanto máz ! ¡ ven precioza !
CRESTA DE GALLO.- ¡ Raphaële ! ¡ Es imposible, va a reventarla !.
RAPHAËLE.- ¡Eres tonto!, ya he visto otras.
(Miché sale. Cresta de Gallo y las mujeres quieren seguirlo)
EL MARSELLÉS.- Me laz follaría bien a todas. (A Cresta de Gallo
enseñando el falo) Tu, quédate, vaz a hacer el bufón. Zorritas, hacedme una
pequeña representación ahí.
(Trata de follar a Raphaële)
CRESTA DE GALLO (dándole a la manivela) ¡ Ah ! ¡desgraciado!, ¡
que suplicio ! Esto me recuerda la época en la que tocaba las campanas; ¡ ah !
¡ Raphaële ! ¡ que suplicio ! ¡ Cómo es !. Y luego conmigo no querrá.
(El marsellés se tira un pedo follando)
RAPHAËLE.- Este maldito marsellés, siempre bromeando.
EL MARSELLÉS.- Todo me hace reír, yo no dizfruto.
RAPHAËLE.- ¡ Vamos pues !
EL MARSELLÉS.- ¡ Eh ! yo no gozo. No zé como ze hace. Ez la primera vez
que me paza.
RAPHAÉLE.- No vale la pena bromear tanto.
(ella se levanta)
EL MARSELLÉS.- ¡Eh, querida, ze hace lo que ze puede, coño...
(mira su polla)
RAPHAËLE.- Eso no es natural. ¿ Qué es lo que tienes, cerdo ? Tienes la
sífilis.
EL MARSELLÉS.- ¡ Eh ! Ezo no ez nada, ez de nacimiento.
CRESTA DE GALLO (aterrorizado le lleva una palangana) Vamos,
lávate enseguida.
EL MARSELLÉS.- Zeñoraz, yo oz zaludo.
LAS MUJERES.- Y nuestros honorarios, nuestros honorarios.
EL MARSELLÉS.- ¡ Eh ! mira que zoiz zorras, no me jodaiz, ¡ queréiz el
dinero por no hacer nada ! (al público) Ez la primera vez que ezto me
paza. (Se disculpa.)
RAPHAËLE.- ¡ Eh ! ¡ vete pues cojón blando ! ¡ Camello de la Canebière !
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