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HISTORIA DE ANTAÑO
Habitación
estilo Luís XV. Un gran fuego en la chimenea. Es invierno. La vieja marquesa
está en su sillón, con un libro en las rodillas; parece aburrirse.
UN
CRIADO, anunciando.
¡ El señor conde !
LA
MARQUESA
Por fin, querido conde, usted aquí;
Siempre pensando en los viejos amigos, gracias
Lo esperaba casi con ansiedad;
De verlo cada día ya lo he tomado como una costumbre;
Además, no sé por qué, esta tarde estoy triste.
Venga, vamos a sentarnos junto al fuego
Y a conversar.
EL
CONDE, sentándose después de haberle besado la mano.
Yo también estoy triste, marquesa,
Y cuando uno envejece resulta desmoralizante.
Los jóvenes tienen en el corazón exceso de alegría;
Un nubarrón en su cielo enseguida desaparece,
¡ Y siempre tantas metas, tantos amores que perseguir !
A nosotros, nos falta la alegría de vivir;
La tristeza nos mata, se aferra a nosotros
Como el musgo lo hace al árbol agotado. Mire usted,
Contra ese terrible mal hay que defenderse.
Y además, esta tarde, de Armont ha venido a visitarme.
Hemos removida la ceniza de viejos días,
Hablado de los viejos amigos y de los amores de antaño;
Y, desde ese momento, como una incierta sombra,
Vuelvo a recordar mi lejana juventud.
También he venido, triste y abatido,
A sentarme junto a usted y a hablar del pasado.
LA
MARQUESA
A mí me ha cogido un frío horroroso desde esta mañana;
Oigo el viento soplar, veo caer la nieve.
A nuestra edad, el invierno aflige y hace sufrir;
Cuando hiela tanto uno cree que va a morir.
Sí, charlemos, pues un buen recuerdo de juventud
Reaviva por momentos nuestra fría vejez.
Es como un poquito de sol...
EL
CONDE
Pero en un día de invierno;
Mi sol es muy débil y mi cielo encapotado.
LA
MARQUESA
Vamos, cuénteme alguna loca aventura.
Usted era, dice la historia, un gran espadachín.
Antaño, señor conde, insolente, guapo,
Rico, elegante y de altivo porte;
Ha protagonizado escándalos, y cruzado su hoja
Con más de un marido; pues una bella dama,
Una tarde que conversábamos, me ha contado, muy confidencialmente,
Que todos los corazones saltaban al ruido de sus pasos.
Si no me ha mentido, usted ha sido,
Gran merodeador de callejuelas y un alborotador;
Ha dormido cuatro meses en prisión
Por un paisano ahorcado en su casa,
El cual tenía, se dice, una esposa joven y bonita.
¡ La esposa de un paisano, conde, qué locura !
¡ Cuatro meses en prisión por eso ! Si hubiese sido
Por una dama de alta alcurnia y gran belleza,
Sea... Veamos, cuénteme alguna historia galante
Con una gran dama; un amor novelesco, con el clásico
Armario donde el marido, en sus regresos inesperados,
Sorprende al amante escondido entre los viejos vestidos.
EL
CONDE
¿ Y por qué siempre ha de ser una gran dama ?
Además las otras también gustan: la mujer
Está hecha para encantar, sea noble o no.
La gracia no tiene antepasados y la belleza no tiene alcurnia.
LA
MARQUESA
¡ Gracias ! Pero no quiero conocer sus amores banales.
Usted tiene otra cosa en el fondo de sus anales,
Querido conde, y ahora, lo escucho, ¡ Vamos !
EL
CONDE
La obedeceré, puesto que así lo desea.
¡Ah!, sin embargo, el proverbio es bien cierto, por mi alma,
Que dice que Dios quiere lo que quiere una mujer.
Cuando llegué a la Corte era un sentimental;
Pronto abrí los ojos; el despertar fue brutal
Por ejemplo. Yo amaba, amaba a la hermosa
Condesa de Paulé. La creía fiel.
Una noche la sorprendí en los brazos de otro amante;
Me rompió el corazón, marquesa, y tontamente
¡ La lloré dos meses ! Pero la Corte y la Villa
Se rieron a gusto. Esa calaña es envidiosa y vil,
Abuchea las desgracias y aplaude los éxitos;
Estaba equivocado, había perdido pues mi inocencia.
Sin embargo, poco después, tuve otra amante;
Pero repartíamos sus atenciones entre dos.
El otro era un poeta. Le componía versos,
La llamaba flor, estrella, astro del universo,
Y no sé que más nombres. Yo lo reté;
Era un espíritu hermoso, permaneció en su papel;
Demasiado cobarde para batirse, hizo un soneto...
Y todavía me río, tratándome de bendito.
Esta vez la lección puso término a mis dudas,
Cesé de ver a una, y las amaba a todas.
Y tomé por divisa un dicho muy antiguo:
« Muy loco es el que se fía » y me encontraba muy a gusto.
LA
MARQUESA
¿ Pero, antes, cuando usted declaraba su pasión,
Y suspiraba a los pies de alguna hermosa dama,
Cubriéndola de amor, de respetos y de cuidados,
Hablaba de este modo ?
EL
CONDE
No; pero al menos le confieso,
Entre nosotros, que la mujer es un crío mimado.
Se la ha halagado demasiado, y sobre todo ensalzado.
Sus acreditados aduladores, los compositores de sonetos,
Les vierten todo el día, como grifos,
Cumplidos destilados en zumo de poesía,
Y hacen de ella una niña henchida de fantasía.
¿ Cuándo menos ama ? Del todo; le es imprescindible,
Pero no a un amor de veinte años, cuyo único defecto
Es amar santamente, como se ama a esta edad,
Sino a un vividor; a aquel que se mira al paso
Con asombro y casi con respeto,
Toda mujer se emociona y tiembla ante su porte,
Porque él es, merece seguramente ese extraño título,
El primer seductor de Francia y de Navarra.
No es que sea joven, ni guapo, ni que tenga
Grandes cualidades... nada; pero ese hombre gusta
Porque ha vivido. He aquí lo extraño;
Y sin embargo es así como se seduce a este ángel.
Pero cuando algún otro viene a pedir, por azar,
Que tributo pagar por la limosna de una mirada,
¡ Ella ríe en sus narices y le pide la luna !
Y usted lo sabe muy bien, no hablo de una,
Sino de muchas.
LA
MARQUESA
Eso es muy galante; ¡ Gracias otra vez !
A mi vez, ahora, escuche bien esto:
Un viejo zorro marchito, pero ávido de carne fresca,
Merodeaba, cierta noche, triste y con el vientre vacío;
Iba, rumiando sus festines de antaño,
La gallina sorprendida una tarde en un rincón del bosque,
Y el ligero conejo que cazaba a la carrera.
La edad había agotado la fuente de esas dulzuras;
Era menos ligero y ayunaba a menudo.
Cuando un perfume de caza llevado por el viento
Le golpeó, un luminoso brillo apareció en su vieja pupila.
Observó, durmiendo y con la cabeza bajo el ala,
Algunas jóvenes gallinas posadas sobre un viejo muro.
Pero el zorro era torpe y el camino poco seguro,
Y a pesar de sus ganas, de su hambre y de su ayuno, dijo:
« Están demasiado verdes y buenas... para uno más joven. »
EL
CONDE
Marquesa, eso que usted dice es cruel;
Pero yo os responderé: Sansón y Dalila,
Antonio y Cleopatra, Hércules a los pies de Onfale.
LA
MARQUESA
¡ Usted tiene en amor una triste moral !
EL
CONDE
No; el hombre es como una fruta que Dios separa en dos.
Camina por el mundo; y, para que sea feliz,
Es necesario que encuentre, en su incierto devenir,
Su otra mitad; pero el azar lo lleva;
El azar está ciego y solo conduce sus pasos;
También casi siempre, no la encuentra.
Sin embargo, cuando por ventura la halla...., ama;
Y creo que usted es la mitad
Que Dios me destinaba y que yo buscaba, pero
No os encontraba, y por tanto no os amé.
Después descubro que, nuestros caminos terminados,
La suerte ha unido, demasiado tarde, nuestros viejos destinos.
LA
MARQUESA
En fin, más vale eso, pero usted ha pecado,
Y yo no voy a dejar que se vaya de rositas.
¿ Sabe usted, mi querido conde, con qué le comparo ?
Su corazón está cerrado como el domicilio de un avaro:
Usted es el anfitrión y cuando lo van a visitar
Se imagina que se lo van a llevar todo,
Y no enseña a las personas más que un montón de antiguallas.
Veamos, ¡ menos rodeos y más tregua a las burlas !
Totalmente avaro, en un rincón, escondido un cofre lleno de oro,
Y el corazón más pobre tiene su pequeño tesoro.
¿ Que oculta en el fondo ? ¿ El retrato de una joven
De dieciséis años, que amó antaño; idilio ligero
Del que tal vez se avergüenza y oculta cuidadosamente,
No es así ? Pero, a veces, más tarde, se tiene necesidad
De ir a contemplar esas imágenes, dejadas
Allí, detrás de si; esas historias pasadas
De las que se sufre y sin embargo gusta sufrir.
Uno se encierra solo, una noche, para abrir
Cierto viejo libro y su viejo corazón; como se mira
La pobre flor entregada una bella tarde, y que conserva
La ligera fragancia de las primaveras de antes !
Se escucha, se escucha, y se oye su voz
Por los viejos recuerdos débilmente traída.
Y se besa la flor, cuyo impregnación ha quedado,
Como en la hoja de un libro, en la página del corazón.
¡ Oh, desgracia ! Cuando la vejez trae dolor,
Usted embalsama todavía nuestros últimos días,
Perfumes de viejas flores y de jóvenes años !
EL
CONDE
¡ Es cierto ! Incluso en este instante he sentido regresar,
En el fondo de mi corazón, un muy viejo recuerdo;
Y estoy dispuesto a contárselo marquesa.
Pero exijo de usted igual franqueza,
Capricho por capricho, y relato por relato;
Comenzará usted.
LA
MARQUESA
Así lo quiero.
Sin embargo mi historia es una simple niñería.
Pero, no sé por qué, las cosas de la juventud
Toman, como el vino, su solera envejeciendo,
Y de año en año se van engrandeciendo.
Usted conoce mucho de estas historietas:
Se trata de la primera novela de amor de las chiquillas,
Y cada mujer, cuenta al menos con dos o tres;
Yo no tuve más que una sola; y eso es porque, creo,
La he conservado en mi corazón más viva y más tenaz;
Y en mi vida ha ocupado mucho sitio.
Yo era muy joven entonces, pues tenía dieciocho años;
Había aprendido a leer con las viejas novelas;
A menudo había soñado en los antiguos senderos
Del viejo parque, mirando, en la noche, bajo los sauces,
Los reflejos de la luna, escuchando si el viento
No hablaba de amor a la rama, y soñando
En aquel a la que toda muchachita llama,
Que espera, ¡ al que cree que Dios ha creado para ella !
Luego descubrí que aquel con quién tanto había soñado,
Joven, orgulloso y encantador, llegó un día;
Y sentí brincar mi corazón de jovencita.
Me dispuse a amarlo; él me encontraba simpática...
Mi guapo hombre, por desgracia, partió al día siguiente;
Nada más: ni un beso, ni un apretón de manos,
Solo una mirada intercambiada que él olvidó enseguida.
Se había dicho: « Es monilla, la pequeña. »
Y eso le salió del corazón; ¡ pero Dios defiende
el burlarse así del amor de una niña!
¡Ah! encontrará usted a la mujer insensible; saltando
De capricho en capricho; vaya, ese es su error.
Ella podría amar, pero usted se lo impide;
¡ El primer amor que le llega, usted lo se lo quita !
¡ Pobre muchacha ! yo estaba loca y era muy crédula;
Pero usted va a encontrar esto muy ridículo,
Usted que se burla del amor... ¡ Lo esperé mucho tiempo!...
Como no regresó, me casé con el marqués.
¡ Pero confieso que habría preferido al otro !
He puesto mi corazón al desnudo, descúbrame el suyo
Ahora.
EL
CONDE, sonriendo
¿ Así que esto es una confesión ?
LA
MARQUESA
Y usted no tendrá mi absolución
Si aun se burla, malévolo hombre insensible.
EL
CONDE
Ocurrió en la Bretaña, en una época terrible
Que se denomina el Terror. Por todas partes se luchaba,
Yo estaba en Vendéen; servía a las órdenes de Stofflet.
Pues bien, dicho esto, aquí comienza mi historia.
Venía, ese día, de atravesar el Loira.
Nos habíamos retrasado. Éramos partisanos,
Algunos bravos amigos, algunos viejos paisanos,
Y yo su jefe, en total tal vez una centena,
Ocultos en los arbustos que rodeaban la llanura,
Protegiendo la retirada y cediendo poco a poco
Nuestros hombres, finalmente, habían cesado el fuego;
Y se dispersaban, según nuestra costumbre,
Cuando de repente un soldado, un Azul que, creo,
Se había acercado hasta nosotros gracias a los matorrales,
Salta en el camino y me dispara dos veces
Con su pistola. Le abrí la cabeza;
Pero yo tenía dos balas en el hombro.
Todo mi mundo estaba lejos. Como un sensato general,
Clavé el espolón en los flancos de mi caballo.
Entonces, a través de los campos, y con la cabeza extraviada,
Como un loco que huye, iba, las bridas caídas;
Finalmente, agotado, roto, no pudiendo más,
Caí, totalmente ensangrentado, en la ladera de un talud.
Pero pronto, cercad de mí, vi una luz
Y oí unas voces. Se trataba de una choza
A donde me dirigí, gritando: « ¡ Abrid, en nombre del rey ! »
Y además, al límite de mis fuerzas y muerto de frío,
Me desplomé, de repente, ante la puerta.
¿ Estuve mucho tiempo tumbado allí ?
No lo sé; pero cuando recobré el conocimiento,
Estaba en una buena cama bien caliente; de buenas personas,
Que esperaban mi despertar con inquietud,
Se volcaban, me rodeaban, totalmente solícitos;
Y vi, en medio de esos feos bretones,
Como un pájaro de los bosques incubado por unos pavos,
A una niña de dieciséis años. ¡ Ah !, marquesa, marquesa,
¡ Que ingenua cabecita y que exquisita gracia !
¡ Que bonita era con sus cabellos rubios
Bajo su pequeño gorrito, tan sedosos y tan largos,
Que una reina por ellos habría dado su riqueza !
Además tenía pies y manos de duquesa;
Si bien yo dudaba mucho de la virtud
De su gorda madre; yo por una brizna, habría
Vendido mis derechos de autor, por el lugar del padre.
¡Dios! ¡ Que hermosa estaba con su austera carita
Y púdica ! Y durante cuatro noches y tres días
Ella no abandonó mi cabecera; y siempre
La veía junto a mí, unas veces sentada,
Otras veces de pie, leyendo en su misal
Y rezando, ¿ pero por quién ? ¿ Por mí, pobre herido ?
¿ O por otro ? Además, su pequeño pie presuroso
Iba, venía, trotaba ágilmente por la habitación;
Y además, con sus ojos claros y dorados como el ámbar,
Me miraba; pues tenía unos ojos
amarillos como los del águila, y llenos de orgullo;
E incluso experimenté, cuando la vi a usted, marquesa,
Por primera vez, una gran sorpresa,
Encontrando esos ojos y esa mirada semejante
Que se hubiese dicho iluminada por un rayo de sol.
A mi fe que era tan fresca y bonita
Que, casi a mis espaldas, había cometido la locura
De ponerme a amarla. Pero he aquí que una mañana
Oí el cañón tronar en la lejanía.
Mi anfitrión entró de repente; totalmente pálido y sin aliento:
« ¡ Los azules ! ¡ los Azules ! dijo, van a rodear la llanura,
¡ Sálvese ! » Sin embargo todavía estaba débil,
Pero me levanté, pues el tiempo apremiaba.
Como un caballo encabritado al ruido de una trompeta,
La fiebre del combate me subió a la cabeza.
Pero ella, totalmente vestida de negro, como en un duelo,
Con algunas lágrimas en los ojos, me esperaba en el umbral.
Tomó el estribo cuando monté en la silla;
Y galante jinete, me incliné hacia ella,
Depositando alegremente un beso en su frente.
Ella se echó hacia atrás como bajo una afrenta;
Un fiero relámpago emergió de su orgullosa pupila,
Y rugiendo de vergüenza: « ¡ Ah !: Señor », me dijo.
Desde luego, ella no era lo que había pensado;
Había adoptado demasiada altivez, y yo había ofendido
Torpemente, burdamente, a la noble muchachita
La niña de alguna antigua y fiel familia
Que unos viejos criados ocultaban entre ellos,
Cuando el padre, con nosotros, luchaba contra los Azules.
¡Ah! tuve una compostura bastante idiota;
Pero en aquel tiempo yo era un poco Don Quijote,
Y todas las viejas novelas giraban en mi cerebro.
Así que descendiendo enseguida de mi caballo
Doblé humildemente una rodilla ante ella,
Y le dije: « Perdón, perdón, señorita;
Ese beso, créame, pues yo nunca miento,
No es el de un libertino o de un inconsciente, sino,
Si usted lo quiere, será de noviazgo.
Regresaré, si las batallas me lo permiten,
A buscar la prenda de amor que le he dejado.»
¡ Sea !, dijo ella riendo. ¡ Adiós ! novio mío.
Ella me levantó; luego con su bonita mano
Enviándome un beso: « ¡ Váyase, le perdono,
Dijo, y regrese pronto, bello desconocido ! »
Y partí...
LA
MARQUESA, tristemente
¿ Y usted, no regresó ?
EL
CONDE
¡ Dios mío ! no. ¿ Por qué ? Ni yo mismo lo sé.
Me dije: ¿ Es posible que me ame
Esa niña a la que vi un instante ? ¿ A su vez,
La amaba yo ? Vacilaba. ¿ Llegaría demasiado tarde,
Tal vez para encontrar a mi bella muchachita
Amando a cualquier otro, amada y madre de familia ?
Y luego esa vana propuesta de un loco, dicho sea de paso,
Sin duda había deslizado sobre ella, dejándole
Un bonito recuerdo, un dulce pensamiento.
¿ Además, la encontraría donde la había dejado ?
¿ Me había equivocado ? ¿ No era mejor
Conservar ese lejano recuerdo, fresco y alegre,
Verla siempre tal como la había pintado,
Y no volverla a ver, temer
No encontrarla, por desgracia ! Que desilusión ?
Pero eso me quedó como una obsesión,
Una vaga tristeza en el corazón, y como una duda
De una felicidad frecuentada, pero abandonada en mi camino.
LA
MARQUESA, con sollozos en la voz.
¿ Habría ella amado tal vez a ese desconocido ?
¡Solo Dios lo sabe! pero lo cierto es que usted no volvió.
EL
CONDE
¿ Marquesa, habré entonces cometido un tan grande crimen ?
LA
MARQUESA
Me decía usted hace un momento: « Considero
Que el hombre es como una fruta que Dios separa en dos.
Camina por el mundo; y, para que sea feliz,
Es necesario que encuentre, en su incierto devenir,
Su otra mitad; pero el azar lo lleva;
El azar está ciego y solo conduce sus pasos;
También casi siempre, no la encuentra.
Sin embargo, cuando por ventura la halla...., ama;
Y creo que usted es la mitad
Que Dios me destinaba y que yo buscaba, pero
No os encontraba, y por tanto no os amé.
Después descubro que, nuestros caminos terminados,
La suerte ha unido, demasiado tarde, nuestros viejos destinos.
¡ Demasiado tarde, por desgracia, pues usted no regresó !
EL
CONDE
¡ Marquesa, llora usted !...
LA
MARQUESA
No es nada, he conocido
A la pobre muchachita de la que usted ha hablado ahora mismo;
Ese relato me entristece; por eso lloro.
No es nada.
EL
CONDE
¡ La niña que antaño rezó por mí,
Marquesa, era usted !
LA
MARQUESA
¡ Pues bien ! sí, era yo...
El conde se pone de rodillas y le besa la mano. Está muy emocionado.
LA
MARQUESA
Vamos, no pensemos más en ello; era un tiempo de rosas.
Nuestra vieja y pálida cara ya no está hecha para estas cosas.
Reiría quién pudiera vernos en este momento!
Levántese, y para acabar esta vieja novela,
Recuerdo del pasado que no es ya de nuestra edad,
Tenga, conde, voy a darle su prenda;
Ya no soy una chiquilla y tengo el derecho a atreverme.
Ella lo besa en la frente. Luego con una sonrisa triste:
Si que ha envejecido, aquel pobre beso.
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