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Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA
PANCRACIO
Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros
suspiros,
considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo
volveré,
a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida;
aunque será
mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar
esta
jornada; que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA
No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío
vos
parezcáis descortés; id en hora buena, y cumplid con
vuestras
obligaciones,
pues las que os llevan son precisas; que yo me
apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal que
pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del
término que habéis puesto.
Tenme, Cristina, que se me aprieta
el corazón.
Desmáyase LEONARDA
CRISTINA
¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad,
señor,
que, si yo fuera que vuesa merced, que nunca allá fuera.
PANCRACIO
Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el
rostro. Mas
espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen
virtud
para hacer volver de los desmayos.
Dícele las palabras; vuelve LEONARDA
diciendo:
LEONARDA
Basta: ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia,
bien mío;
cuanto más os detuviéredes, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre
Loniso os debe de aguardar ya en el coche. Andad con Dios;
que Él os
vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.
PANCRACIO
Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más
que
una estatua.
LEONARDA
No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y,
por agora,
más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la
mía.
CRISTINA
¡Oh, espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas
quisiesen
tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo,
que
otro gallo les cantase.
LEONARDA
Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a
tu señor
hasta dejarle en el coche.
PANCRACIO
No, por mi amor; abrazadme y quedaos, por vida mía.
Cristinica, ten
cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado
cuando
vuelva, como tú le quisieres.
CRISTINA
Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso
persuadir de manera a que nos holgu[e]mos, que no imagine en
la falta
que vuesa merced le ha de hacer.
LEONARDA
¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque,
ausente de mi
gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mí;
penas y dolores,
sí.
PANCRACIO
Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos,
los
cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.
[Vase] PANCRACIO
LEONARDA
¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz. Vayas, y no vuelvas;
la
ida del humo. Por Dios, que esta vez no os han de valer
vuestras
valentías ni vuestro recatos!
CRISTINA
Mil veces temí que con tus estremos habías de estorbar su
partida
y nuestros contentos.
LEONARDA
¿Si vendrán esta noche los que esperamos?
CRISTINA
¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello,
que esta tarde
enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran
paños,
una canasta de colar, llena de mil regalos y de cosas de
comer, que
no parece sino [u]no de los serones que da el rey el Jueves
Santo a
sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en
ella
empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aún
no están
acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay
ahora; y,
sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de
una oreja,
que huele que traciende.
LEONARDA
Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Riponce, sacristán de
las
telas de mis entrañas.
CRISTINA
Pues, ¿qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis
hígados y
navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita
cuando le veo,
como si nunca las hubiera tenido?
LEONARDA
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el
disimulo.
Llama a la puerta el estudiante CARRAOLANO, y, en
llamando, sin esperar que le respondan, entra
LEONARDA
Cristina, mira quién llama.
Estudiante Señoras, yo soy,
un pobre estudiante.
CRISTINA
Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno
muestra
vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. Cosa estraña
es ésta, que no hay pobre que espere a que le saquen la
limosna a
la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último
rincón,
sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no.
ESTUDIANTE
Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de
vuesa
merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra
limosna,
sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme esta noche
de las
inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece
que con
grandísimo rigor a la tierra amenazan.
LEONARDA
¿Y de dónde bueno sois, amigo?
ESTUDIANTE
Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de
Salamanca. Iba
a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el
corazón
de Francia. Vime solo; determiné volverme a mi tierra;
robáronme
los lacayos o compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña,
porque
él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se
me
hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además
limosnero.
Hame tomado a estas santas puertas la noche, que por tales
las juzgo, y
busco mi remedio.
LEONARDA
En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el
estudiante.
CRISTINA
Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa
esta noche,
pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real;
quiero decir
que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su
hambre; y más,
que me ayudará a pelar la volatería que viene en la
cesta.
LEONARDA
Pues, ¿cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa
testigos de
nuestras liviandades?
CRISTINA
Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la
boca.
Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?
ESTUDIANTE
¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es
que quiere
vuesa merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues
yo me confieso
por el mayor pelón del mundo.
CRISTINA
No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabía
pelar
dos o tres
pares de capones.
ESTUDIANTE
Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de
Dios,
soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...
LEONARDA
Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo
capones, sino
gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le
va? Y, a
dicha, ¿[es] tentado de decir todo lo que vee, imagina o
siente?
ESTUDIANTE
Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en
el Rastro,
que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.
CRISTINA
Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta
de dos
cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y
verá
misterios y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los
pies
que quisiere para su cama.
ESTUDIANTE
Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni
regalado.
Entran el SACRISTÁN Reponce y el BARBERO.
SACRISTÁN
¡Oh, que en
hora buena estén los automedones y guías de los carros de
nuestros
gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas
voluntades que sirven de basas y colunas a la amorosa
fábrica de nuestros
deseos!
LEONARDA
¡Esto sólo me enfada dél! Reponce mío: habla, por tu vida, a
lo
moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde
no te
alcance.
BARBERO
Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de
zapato;
pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.
SACRISTÁN
Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a
un
barbero romancista.
CRISTINA
Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y
aún más, que
supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia ni
de modos de
hablar: que cada uno habla, si no como debe, a lo menos,
como sabe; y
entrémonos,
y manos a labor, que hay mucho que hacer.
ESTUDIANTE
Y mucho que pelar.
SACRISTÁN
¿Quién es este buen hombre?
LEONARDA
Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta
noche.
SACRISTÁN
Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase
con
Dios.
ESTUDIANTE
Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la
limosna; pero
yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora
doncella,
que me tiene convidado; y voto a... de no irme esta noche
desta casa, si
todo el mundo me lo manda. Confíese vuesa merced mucho de
enhoramala
de un hombre de mis prendas, que se contenta de dormir en un
pajar; y
si lo han por sus capones, péleselos el Turco y cómanselos
ellos, y nunca
del cuero les salgan.
BARBERO
éste más parece rufián que pobre. Talle tiene de alzarse con
toda
la casa.
CRISTINA
No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y
demos orden
en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como
en misa.
ESTUDIANTE
Y aun como en vísperas.
SACRISTÁN
Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe
más
latín que yo.
LEONARDA
De ahí le deben de nacer los bríos que tiene; pero no te
pese,
amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.
[Vanse] todos, y sale Leoniso, COMPADRE de PANCRACIO, y
PANCRACIO
COMPADRE
Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda; no hay
cochero que no
sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel
barranco, ya
estuviéramos dos leguas de aquí.
PANCRACIO
A mí no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar
esta noche
con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta
tarde
casi para espirar, del sentimiento de mi partida.
COMPADRE
¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre!
Dadle gracias
por ello.
PANCRACIO
Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia
que se [le]
llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el
recogimiento han
hecho en ella su morada.
COMPADRE
Si la mía no fuera celosa, no tenía yo más que desear. Por
esta
calle está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas,
y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que [no]
me faltará
coche para la jornada. Adiós.
PANCRACIO
Adiós.
[Vanse]
los dos. Vuelven a salir el
SACRISTÁN [y] el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA,
CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el SACRISTÁN con la sotana
alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma
guitarra; y, a cada cabriola, vaya diciendo estas
palabras:
SACRISTÁN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA
Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése
orden
en cenar y
en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.
SACRISTÁN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA
Déjale, Cristina; que en estremo gusto de ver su agilidad.
Llama PANCRACIO a la puerta, y dice
PANCRACIO
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis
atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA
¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido
Pancracio es éste;
algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores,
a
recogerse a la carbonera: digo al desván, donde está el
carbón.
Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio
de modo
que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA
¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!
PANCRACIO
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte destos
señores. Escóndanse
ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar, que, si
allí me hallan,
antes pareceré pobre que adúltero.
CRISTINA
Caminen, que se hunde la casa a golpes.
SACRISTÁN
El alma llevo en los dientes.
BARBERO
Y yo en los
carcañares.
[Vanse] todos y asómase LEONARDA a
la ventana
LEONARDA
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO
Tu marido soy, Leonarda mía; ábreme, que ha media hora que
estoy
rompiendo a golpes estas puertas.
LEONARDA
En la voz, bien me parece a mí que oigo a mi cepo Pancracio;
pero
la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me
aseguro.
PANCRACIO
¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía,
tu
marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se
partió
esta tarde?
PANCRACIO
Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.
LEONARDA
Verdad; pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo
en uno
de mis hombros?
PANCRACIO
En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real,
con
tres
cabellos como tres mil hebras de oro.
LEONARDA
Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO
¡Ea, boba, no seas enfadosa, Cristinica se llama! ¿Qué más
quieres?
[LEONARDA]
¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele,
niña!
CRISTINA
Ya voy, señora; que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor
de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?
LEONARDA
¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal
suceso
me tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO
No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la
rueda
del coche, y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no
pasar
la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues
hay
tiempo. Pero ¿qué voces hay?
Dentro, y como de muy lejos, diga el
ESTUDIANTE:
ESTUDIANTE
¡Ábranme aquí, señores; que me ahogo!
PANCRACIO
¿Es en casa o en la calle?
CRISTINA
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el
pajar,
para que durmiese esta noche.
PANCRACIO
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo!
En verdad,
señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad,
que me
causara algún recelo este encerramiento; pero ve, Cristina,
y
ábrele, que se le debe de haber caído toda la paja a
cuestas.
CRISTINA
Ya voy.
LEONARDA
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le
acogiésemos
esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya
sabes mi
condición, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y
encerrámosle;
pero veisle aquí, y mirad cuál sale.
Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de
paja las
barbas, cabeza y vestido
ESTUDIANTE
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo
hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y
hubiera
cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO
¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE
¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me
tiene
atadas las manos.
PANCRACIO
¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis
de la
justicia!
ESTUDIANTE
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde
yo soy
natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición,
yo sé
que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá
no
estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la
necesidad
me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras
serán
tan
secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO
No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo
les
haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna
destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE
¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos
demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una
canasta
llena de cosas fiambres y comederas?
LEONARDA
¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea
yo de
lo que librarme no sé.
CRISTINA [Aparte]
El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a
Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome
está el corazón en el pecho.
PANCRACIO
Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me
holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta
de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no
sean
espantosas.
ESTUDIANTE
Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y
en
la de un barbero su amigo.
CRISTINA
¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque,
el
barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver
convertidos
en diablos!
Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos
bautizados?
ESTUDIANTE
¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o
para
qué se han
de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos
lo fuesen,
porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán
maravillas.
LEONARDA [Aparte]
¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras
maldades a
plaza; aquí soy muerta.
CRISTINA [Aparte]
¡ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!
ESTUDIANTE
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera hallastes amparo a
vuestra
desgracia, salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
sacad
la canasta de la fïambrera; no me incitéis a que de otra
manera
más dura os conjure.
Salid: ¿qué esperáis? Mirad que
si a
dicha el salir rehusáis, tendrá mal suceso mi nueva
quimera. Hora
bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos
humanos;
quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte,
que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos
demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
[Vase] el ESTUDIANTE
PANCRACIO
Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la
cosa
más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.
LEONARDA
Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?
CRISTINA
Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero ve
aquí
do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.
LEONARDA
¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán
Reponce y
al barbero de la plazuela!
CRISTINA
Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir
Jesús.
SACRISTÁN
Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros
del herrero,
que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos
espanta ni turba.
LEONARDA
Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no
tomen
menos.
ESTUDIANTE
Yo haré la salva y comenzaré por el vino.
Bebe
Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?
SACRISTÁN
De Esquivias es, juro a...
ESTUDIANTE
Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo
de
diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a
hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo,
y
cenar, y irnos con Cristo.
CRISTINA
¿Y éstos, han de cenar con nosotros?
PANCRACIO
Sí, que los diablos no comen.
BARBERO
Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los
que comen.
CRISTINA
¡Ay,
señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la
cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre,
y
parecen
diablos muy honrados y muy hombres de bien.
LEONARDA
Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen
hora.
PANCRACIO
Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.
BARBERO
Nuestro Señor pague a vuesa[s] mercede[s] la buena obra,
señores
míos.
CRISTINA
¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si
todos los
diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí
adelante.
SACRISTÁN
Oigan, pues, para que se enamoren de veras.
Toca el SACRISTÁN, y canta; y ayúdale
el BARBERO con el último verso no más
SACRISTÁN
Oigan los que poco saben
lo que con mi lengua franca
digo del bien que en sí tiene
BARBERO
La Cueva de
Salamanca.
SACRISTÁN
Oigan
lo que dejó escrito
della el bachiller Tudanca
en el cuero de una yegua
que dicen que fue potranca,
en la parte de la piel
que confina con el anca,
poniendo sobre las nubes
BARBERO
La Cueva de
Salamanca.
SACRISTÁN
En
ella estudian los ricos
y los que no tienen blanca,
y sale entera y rolliza
la memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
de alquitrán en una banca,
porque estas bombas encierra
BARBERO
La Cueva de
Salamanca.
SACRISTÁN
En
ella se hacen discretos
los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo
ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella,
ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos
BARBERO
La Cuev[a] de
Salamanca.
SACRISTÁN
Y
nuestro conjurador,
si es, a dicha, de Loranca,
tenga en ella cien mil vides
de uva tinta y de uva blanca;
y al diablo que le acusare,
que le den con una tranca,
y para el tal jamás sirva
BARBERO
La Cueva de
Salamanca.
CRISTINA
Basta: ¿que también los diablos son poetas?
BARBERO
Y aun todos
los poetas son diablos.
PANCRACIO
Dígame, señor mío, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron
todos estos bailes de las zarabandas, zambapalo y
Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?
BARBERO
¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y
principio.
PANCRACIO
Yo así lo creo.
LEONARDA
Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar
escarramanesco;
sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien
soy,
no me atrevo a bailarle.
SACRISTÁN
Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuesa merced cada
día, en una
semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien
poco.
ESTUDIANTE
Todo se andará; por agora, entrémonos a cenar, que es lo que
importa.
PANCRACIO
Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no,
con otras cien
mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de
salir de mi
casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias
que se
enseñan en La
Cueva de Salamanca.
FIN DEL ENTREMÉS
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