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Carlos Garulo El latido del bosque IntraText CT - Texto |
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[EN EL FRENTE]
VATES CELESTES, VERSOS ESCULPIDOS con solemnes vocablos en desuso pide para su canto la epopeya.
¡Prosaico contracanto el de la vida!38: muerde la sal del mar el cuerpo de las naves y oxida las espadas, contra el yelmo quimérico de los sueños se estrellan las piedras irredentas.
I
EL PUERTO REMEMORA la orilla que dejaron, ahora con banderas amigas agitando su grito de esperanza: «Bienvenidos».
Tras el cerco de abrazos, acecha la ciudad con su oscuro cortejo de presagios. Suburbio, impenetrable más que una espesa selva. Cada puerta se entreabre como una mirada que recela. Los temores traducen la miseria que habla en dialectos de la lejana patria. El pan vacila sobre mesas desiertas, empeñadas en nutrir la esperanza contra el hielo de abandono absoluto o de nostalgia, de ignorar qué clase de día es el domingo, la señal de la cruz sobre la frente, las cosas aprendidas una vez en la infancia o preguntas, las más elementales, que el hambre y la ignorancia consideran ociosas.
— ¿Hemos girado acaso sobre los propios pasos? ¿No estamos donde estábamos un día, allá donde dejamos con sed a los que quedan, como si la verdad se fuera con quien parte? ¿Dónde están los gigantes que avivaron las ansias, nuestro entusiasmo imberbe? ¿Los salvajes sedientos de lo ignoto? ¿Se olvidaron las selvas y los ríos y las cimas de acudir a la cita?
Empecemos de nuevo a transitar las calles e invoquemos cosecha en los que son semilla y de recelos aún no entienden nada.
II
PERO PIAFA, COMO caballo inquieto, la memoria del propósito noble que condujo a la fe, en sus anhelos, a sembrar su costumbre en tierras nuevas39. Lejos de la ciudad, en la distancia inmensa e incalculable de todo lo ignorado, espera otra batalla muchas veces soñada pero nunca emprendida. La convicción insiste en abrazar el reto.
A ese frente cabalgan, aunque uncidos a la sombra de unos hombres armados: difícil derramar sobre una testa el agua redentora del bautismo si el ojo del fusil mira por darle caza con metralla de su infernal lenguaje.
— Lo más sensato ahora sería retirarnos, liberarnos del fuego, regresar a las tiendas de los sueños. — Es infame el camino. Y, así, la retirada a las quimeras. — Vivamos con la muerte en las cabañas del hombre amenazado de exterminio. Broten de ese cimiento manantiales que rediman su infortunio y el nuestro. Tiempo habrá para el alma si el cuerpo sigue vivo y entra la confianza a repoblar de huertos y esperanza las sabanas.
III
LA TAREA DE ESTAR solo frente a uno mismo en el estrecho espacio de las cuatro paredes de una tienda refleja en los espejos las endebles medidas de su fuerza40.
En un cortejo que desfila, todo es solemne, todo uniforme, todo perfecto y tan rotundo... Las armaduras brillan y el resplandor eclipsa la maltrecha salud y hasta el cansancio, el tedio de las horas, la inconstancia del brazo ante la lucha, la subterránea propensión al vino o a la mujer que alivia soledades, olvidar la frágil consistencia de las lanzas o recurrir al cielo por temor o costumbre. El rítmico sonido del galope consuela de la ausencia de ciencia y de palabras. Con frecuencia sucede que el caballo conoce de memoria los senderos y el jinete cabalga adormecido. Solamente a la hora de batalla unos pocos soldados despabilan,
si embebidos de fe para el combate.
— ¿Nos pueden más las prisas y emociones que asegurar los hombres y unos pocos pertrechos esenciales en la alforja? ¿Quedan sólo plantadas banderas pensativas y nosotros como abrasados huéspedes en un reino de reinos momentáneos?
— Y porque no decaiga el entusiasmo allá en la retaguardia, nos insisten en transmitir las crónicas vibrantes de las gestas gallardas en el frente que vayan escribiendo nuestros pasos.
LA NOCHE Y LA AMARGURA de un huerto de olivos conocen
la verdad de los relatos. |
38 (pág. 78) El encanto de lo épico debe dejar paso al realismo de la situación. Don Bosco tiene idea clara y firme voluntad de hacerse presente, por medio de sus hijos, en «tierras de misión» para una acción evangelizadora directa; con tal horizonte entusiasma a los suyos, Salesianos e Hijas de María Auxiliadora, alumnos y amigos cooperadores. No obstante, las circunstancias le hacen entender enseguida que eso no es posible por el momento y que ha de proceder gradualmente. De ahí que el primer paso sea poner pie en tierras argentinas y establecer así las bases para un futuro proyecto misionero en toda regla. Por eso, ya en la ciudad de Buenos Aires, los salesianos habrán de empezar por hacerse cargo de una parroquia en San Nicolás de los Arroyos –para los muchos inmigrantes italianos, sumidos en la miseria y en la ignorancia– además de un colegio. Aparte el idioma diferente y la distancia, los hijos de Don Bosco tienen que afrontar una situación muy similar a la de Valdocco: la atención educativa y de re-evangelización de una sociedad pobre y de los jóvenes más abandonados en los suburbios de una ciudad. Este realismo, ¿acaso no producirá dudas y escozor en lo más íntimo de los misioneros por entrar en contraste con un ideal suscitado en tonos quizá marcadamente fantásticos y épicos? Cuando las bases para el futuro proyecto misionero ya se hayan establecido, ¿no será demasiado sangrante la circunstancia de abordar la acción misionera directa, aunque sea al amparo de un ejército que extermina o subyuga a los pueblos a los que se quiere anunciar el Evangelio de salvación? Seguro que hay que dar una respuesta radical a tan equívoca circunstancia. Pero la encarnación en los pueblos destinatarios del Evangelio, a la vez que las dificultades que entraña una misión tan imponente y difícil, ¿no les hará medirse con sus propias limitadas fuerzas y, sopesándolas, caer tal vez en el desaliento? Quizá estos interrogantes, estas circunstancias favorecerán un proceso de discernimiento y contribuirán a la purificación y maduración de una vocación misionera que no ha hecho nada más que empezar en una Congregación que, por naturaleza, va a ser eminentemente misionera.
39 (pág. 79) El primer intento de adentrarse en la Patagonia (marzo de 1878) fracasó, con riesgo de convertirse en tragedia, debido a una gran tempestad que impidió la navegación al pequeño vapor que transportaba a los misioneros. Para el segundo, se aprovechó la partida del ejército del general Julio Roca para someter a los indígenas, llegando a masacrarlos en muchas ocasiones.
40 (pág. 80) Cf. Epistolario de los misioneros, por ejemplo el de Luis Costamagna, primer volumen (1873 –1882), LAS, Roma.
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