|
ACTO PRIMERO
Sale ZARATÁN de caza, cojeando
ZARATÁN: ¡Ay!
¡Doy al diablo la caza;
que él
sin duda la inventó!
¡Ay!
¿Que pudiéndola yo
cómodamente en la plaza
de Zaragoza
escoger,
sin
arriesgar por seguilla
un
cabello, una rodilla
me
venga al campo a romper?
¿Que
tan a costa y despecho
de su
descanso, a la sierra
se parta
un hombre a dar guerra
a un
gazapo? ¿Qué me han hecho
las liebres y los conejos?
Como mujer es quien da
en
cazar, que a misa va
siempre
a la iglesia más lejos.
Pues si la caza se estima
por ser
viva imitación
de la
guerra, esa razón
la
condena; que la esgrima
a
las pendencias imita,
y se ve
ordinariamente
que en
la blanca no es valiente
quien
más la negra ejercita;
y
quien más use en la sierra
seguir
el bruto cobarde,
confío
menos que aguarde
a un
enemigo en la guerra;
que enseñarse a la conquista
de
quien no sabe aguardar,
es
enseñarse a extrañar
enemigo
que le embista.
Dirá
alguno, "Esa razón
cesa en
la caza del oso,
que aguarda y es animoso,
y mata
de un pescozón."
Yo
digo que es loco error,
por
sólo gusto, arrojarse
donde
puede ser ahogarse
el más
diestro nadador;
que
si me arriesgo en la sierra
a morir
por enseñarme,
¿pueden
a más condenarme,
si voy
bisoño a la guerra?
Sale NUÑO, de peregríno, bíen tratado
NUÑO: Dadle por Dios, caballero,
a este peregrino...
ZARATÁN: Bien
manifiesta serlo quien
no ve
que soy escudero.
Mas,
decidme, ¿en el olor
a un
pobre no conocéis?
¿Qué me
pedís? Si queréis
que con
vos parta el dolor
de
esta pierna, que en el choque
de una
peña me mostró
cuánto
con Dios mereció
la
rodilla de San Roque,
tánto de él os puedo dar,
que
claudicante quedéis;
y
hacerme merced podéis,
pues
que no os ha de estorbar,
aunque al patrón galiciano
os
destinéis, peregrino,
puesto
que anda en su camino
tanto
el cojo como el sano.
NUÑO:
¡Ojalá posible os fuera
partir
conmigo el dolor,
pues
fuera en ambos menor,
si en
los dos se dividiera!
Si no
tenéis con qué hacer
la
limosna que he pedido,
no
importa; que no la pido
por
haberla menester,
sino
porque mendigar
prometí.
ZARATÁN:
¡Gracias a Dios,
que he visto un mendigo en vos,
que
pida sin porfïar!
NUÑO: No
sólo no os he de ser
importuno; mas me atrevo
a
partir de lo que llevo,
si de
ello os queréis valer.
ZARATÁN: ¿De dónde vino a Aragón
tan
liberal peregrino?
NUÑO: De la Tierra Santa vino
a
visitar al patrón
de
España.
ZARATÁN:
¿Sois español?
NUÑO: En el
reino donde el pie
estampo
agora, gocé
la luz
primera del sol;
y
despierta esta ocasión
en mí
un natural cuidado
de
escucharos el estado
de las
cosas de Aragón.
ZARATÁN: Todo en discordias se abrasa...
Pero mi
dueño es aquél,
y
podréis saberlo de él,
porque
por sus manos pasa.
NUÑO: ¿Y
quién es?
ZARATÁN:
Es quien consagra
a la fama
en las historias
con su
valor mil vitorias;
es
Pedro Ruiz de Aragón,
señor de Estela, y señor,
si
méritos dan justicia,
del
mundo.
NUÑO:
Larga noticia
tengo de su gran valor.
Mas
mientras llega, decid,
¿quién
florece en la opinión
de las armas de Aragón?
ZARATÁN: Sancho
Aulaga es nuevo Cid.
NUÑO: (¡Ay, hijo de mis entrañas!) Aparte
ZARATÁN: Y es de
suerte, que "el valiente"
le
llaman públicamente
las
gentes proprias y extrañas;
y a
ser por su nacimiento
más
alto, fuera el mayor
de
Aragón.
NUÑO:
(Vuestro valor Aparte
anima,
Sancho, mi intento.
Nuño
Aulaga, vuestro padre,
hijo,
os viene a levantar
hoy al
cielo, y a vengar
la afrenta
de vuestra madre.)
¿No
es hijo ese Sancho Aulaga
de un
Nuño Aulaga, a quien muerte,
al lado
de Alfonso el fuerte,
dieron
los moros en Fraga?
ZARATÁN: Ése
mismo.
NUÑO: Y, ¿qué se ha hecho
su
madre?
ZARATÁN:
Doña Teodora,
madre
de Sancho, hasta agora,
por no
haberse satisfecho
si
su esposo es muerto o no,
seglar
vive en un convento,
en cuyo
recogimiento
Nuño
Aulaga la dejó
cuando a la guerra partía.
NUÑO: (¿Que aún vives, mujer infame? Aparte
Querrá
el cielo que derrame
tu sangre
en venganza mía.)
Sale PEDRO Ruiz, de caza
PEDRO: (El
divertirme atormenta Aparte
más el
alma enamorada,
como la
cuerda apartada
vuelve
al arco más violenta.)
Zaratán.
ZARATÁN:
Señor.
PEDRO: Rendido
de
correr dejo el caballo.
ZARATÁN:
Mientras voy a paseallo,
quedarás entretenido
con
este honrado romero,
que
desde la Tierra Santa
mueve
la devota planta
a ver
al patrón lucero
de
Galicia; y yo me obligo
a que
te ha de entretener,
porque es viejo sin toser,
y sin porfïar mendigo.
PEDRO: Su
aspecto da a su persona
clara
recomendación.
Vase ZARATÁN
PEDRO: ¿De
dónde sois?
NUÑO:
De Aragón
el
reino ilustre corona
la
ciudad que es patria mía.
PEDRO: ¿Cuánto
ha que a Jerusalén
pasastes?
NUÑO:
Canas se ven
donde
juventud lucía
cuando de aquí me ausenté.
veintiocho inviernos han dado
hielo al río y nieve al prado
después
que al Asia pasé.
PEDRO:
¿Luego bien sabréis lo cierto
de una
dudosa opinión,
que
divulga en Aragón
que
está en el Asia encubierto
el rey don Alonso, aquél
que
habrá esos años sitió
a
Fraga, y que se perdió
en la
batalla crüel
que
tuvo allí con el moro?
Pues
como no pareciese
vivo, ni
muerto pudiese
hallarse, aunque un gran tesoro
por
él su reino ofreció,
se dijo
que despechado,
corrido
y avergonzado,
ocultándose, pasó
a
Jerusalén; y es cierto
si esto
es verdad, pues ha tanto
que
estáis en el suelo santo,
que no
se os habrá encubierto.
NUÑO: Yo,
señor Pedro Ruiz,
sé del
caso la verdad,
porque
con su majestad
me
hallé en la guerra infeliz
de
Fraga; y si de sabella
os
solicita el cuidado,
de esta
corona el estado
me
decid, en cambio de ella.
Y no
os canséis de que intente
alcanzar este favor,
que de
la patria el amor
provoca
naturalmente.
PEDRO:
Daros ese gusto quiero;
que
puesto que me cansara,
a mayor
precio comprara
lo que
escucharos espero.
Perdido el rey don Alonso,
después
de estar desconformes
los
grandes, se coronó
su
hermano, Ramiro el monje,
que a
la sazón era obispo
de
Barbastro; y por que estorbe
las
discordias de Aragón
con
dichosos sucesores,
dispensó, a instancia del reino,
el
Pontífice, y casóse
con la
hermosa doña Inés,
hermana
de Guillén, conde
de
Potiers, viéndose junto
en solo
un sujeto entonces
ser
sacerdote y ser rey,
obispo,
casado y monje.
Tuvo
una hija heredera,
Petronilla, cuyas dotes,
siendo
gloria de Aragón,
son
admiración del orbe.
Diola,
entre mil pretendientes,
por
esposa a Ramón, conde
de Barcelona,
y cansado
del
tumulto de la corte,
de las armas y los años,
el monje rey, retiróse
a la
iglesia de San Pedro
que en
Huesca ilustró, con orden
de que a
su yerno obedezcan,
sabio,
si valiente joven.
Murió
Ramiro; y agora,
cuando
esperanzas mayores
daba
que Alejandro al mundo
Ramón,
al pie de los montes
Alpes, pasando
a Turín,
de la
muerte el fiero golpe
dio,
con el fin de su vida,
principio a mil disensiones;
que
aunque a su hijo, el mayor
de tres que dejó varones,
la sucesión por derecho
de la
corona le toque,
el ser
niño y ser su madre
moza y
hermosa, corrompe
los
ánimos más leales
con
diversas pretensiones;
que
unos de ambición vencidos,
otros
heridos de amores
de la
reina, otros leales
a su
heredero, se oponen
entre
sí, y el reino todo,
partido
en bandos discordes,
corre a
su fatal rüina
si el
cielo no le socorre.
Éste
es, en suma, el estado
de
Aragón; éste el desorden
que ya
ambición y ya amor
engendra en los pechos nobles;
y, ojalá quisiera el
cielo
que las
nuevas que disponen
darme
vuestros labios,
diesen
fin a casos tan atroces,
viviendo el anciano Alfonso;
pues
aunque su edad estorbe
del brazo los fuertes bríos,
trajera
a la obscura noche
de
Aragón sol su prudencia,
su
valor freno a los nobles,
sus
canas respeto, y paz
su amor
a estas disensiones.
NUÑO: (La Ocasión me da el cabello. Aparte
Comiencen mis invenciones;
que si
sólo por reinar
hay
disculpa en ser traidores,
no es
mucho que una corona
y una
venganza os provoquen,
Nuño, a mayores engaños,
si los puede haber mayores.
La noticia de secretos
de
Alfonso, y de sus facciones
la
semejanza, que a muchos
ha engañado,
y de los nobles
la
división, y de Alfonso
la
memoria, ya en los hombres
borrada
del tiempo largo,
el
efeto me disponen.
Ánimo,
pues; que Fortuna
a los
osados socorre.)
Gran
Pedro Ruiz de Azagra,
si
viviera y a la corte
de
Aragón volviera Alfonso,
cuando
divididos rompen,
a
varios fines atentos,
la ley
de lealtad los nobles,
no
solamente recelo
que no
hallara quien apoye
su
parte, pero causara
más
graves alteraciones.
PEDRO:
Engañáisos; que yo solo,
cuando
en su defensa tome
las armas, basto a enfrenar
los
ánimos más feroces;
y de mi
padre heredé
de servirle obligaciones,
que sus mercedes publican
y mi pecho reconoce.
NUÑO: Pues,
Azagra, Alfonso vive.
PEDRO: ¿Qué
decís?
NUÑO:,
Que España esconde
su
persona; y si ese brazo
en su
favor se dispone,
y me
hacéis pleito homenaje
de cumplirlo,
os diré dónde.
PEDRO: Veis
aquí mis manos. Hago,
Pone las manos juntas PEDRO Ruíz entre las
de NUÑO
como
caballero noble,
pleito
homenaje de ser,
si todo
el mundo se opone,
vasallo leal de Alfonso,
y hacer
que su reino cobre.
NUÑO: Pues, Pedro, yo soy Alfonso.
PEDRO: ¿Vos?
NUÑO: Yo soy. Si mis facciones
no
reconocéis, por ser vos,
Pedro
Ruiz, tan joven,
que
érades pequeño infante
cuando
de estos horizontes
me
ausenté, clara probanza
podéis
hacer cuando importe;
que
ancianos hombres tendrá
el
reino que me conocen;
y por
agora este sello
Muéstralo
y esta
sortija os informen,
testigos que he reservado
para
tales ocasiones;
demás
que el atrevimiento
de aspirar
al regio nombre
es
testimonio a quien ceden
las
demás informaciones;
pues
sólo puede emprender,
con
peligro tan enorme,
la
locura o la verdad
tan
altivas pretensiones.
PEDRO: Ésa es
la mayor probanza,
fuera
de que los pintores,
que a
las injurias del tiempo
y del
olvido le oponen
en casi
vivos retratos,
casi
animados colores
me han
informado de vos;
y
aunque las canas lo estorben,
en lo demás son las señas
de vuestro rostro
conformes;
y no me
engañan del alma
los
afectos y pasiones,
que
alegres naturalmente,
por su
rey os reconocen.
Dadme
la mano.
Arrodíllase. Sale
ZARATÁN, al paño
ZARATÁN:
¿Qué miro?
NUÑO: Mis
brazos es bien que os honren,
pues de los vuestros espero
que en
mi trono me coloquen.
ZARATÁN: (¡Con
qué respeto lo abraza!) Aparte
NUÑO: Agora
resta dar orden
de
vencer dificultades
e
impedir alteraciones.
PEDRO: En mi
tierra habéis de estar
en un
castillo, de donde
las
voluntades probéis,
conozcáis las intenciones
de los poderosos, antes
que entréis, señor, en la
corte;
y dejad a cargo mío
lo
demás.
NUÑO:
De vuestro nombre
ha de
sonar la grandeza
desde el sur a los Triones.
Vos habéis de ser el rey.
PEDRO:
Permitidme, pues, que goce
de esta
liberalidad;
y pues
a quien se dispone
a
perder por vos la vida
la
podéis dar, no os enoje
que os
pida aquí la palabra
de una
merced, con que borre
de cuanto espero serviros
las
justas obligaciones.
NUÑO: Pedid,
pedid, si podéis
pedir a
quien reconoce
que
debe lo que ha de daros
a esos
brazos vencedores.
PEDRO: Vuestra sobrina, señor,
Petronilla, cuyos soles,
cuanto
con rayos abrasan,
ilustran con resplandores,
es un
adorado Argel,
donde
entre mil corazones
soy más
que todos cautivo.
Bien
sabéis que los señores
de
Estela en España toda
superior no reconocen;
porque
el servir a los reyes
de
Aragón no los depone
de esta
honrosa dignidad,
pues el
seguir sus pendones
es
voluntad, y no fuerza;
y
siempre que la revoquen
y que
su fuero renuncien,
gozarán sus exenciones.
Hacedme, pues, venturoso
con tan dichosa consorte,
pues
con premiar mis servicios
remediaréis mis pasiones.
NUÑO: Si con
mi sobrina os diera
la Europa toda por dote,
hiciera
acertado empleo
en vos
de prendas mayores.
Por mi
parte os doy palabra
de que
haré cuanto me toque
para
que la mano os dé.
PEDRO: Y yo de
que vuestro nombre
dilataré con mis armas
a los
confines del orbe.
Sale ZARATÁN
ZARATÁN: Ya el
caballo ha descansado,
y
presurosa la noche,
corona
de negras sombras
las cabezas de los montes.
PEDRO: Tomad,
señor, mi caballo;
partamos a Estela.
ZARATÁN: ¿Adónde?
PEDRO: Y en el
camino sabré
vuestra
historia.
NUÑO: (Pues dispones, Aparte
Fortuna, con los osados
ser
pródiga de favores,
la más
alta hazaña emprendo
que oyeron jamás los hombres.
De vasallo subo a rey;
favorece mis ficciones.
Vase NUÑO
ZARATÁN: ¡Oyan, oyan!
¿Sin hacer
un
cumplimiento, se pone
en tu
caballo, señor?
Éste,
¿es santo? ¿Es sacerdote?
PEDRO:
Zaratán, no es sino el rey
don
Alonso; no te asombres.
ZARATÁN: Por
Dios, que lo dije luego.
Por
adivino me azoten.
¿Mas
que don Alonso es éste?
PEDRO: Pues,
¿cómo no le conoces,
si al
momento lo dijiste?
ZARATÁN: Porque
en su rostro y acciones,
entre el sayal descubría
los reales resplandores.
PEDRO: Dame tu
caballo.
ZARATÁN: Y yo,
¿qué
haré, señor, que de un golpe
estoy
como grulla en vela?
PEDRO: Al fin
de este espeso bosque
está un
lugar. Allí haré,
Zaratán, que te acomoden.
ZARATÁN: ¿Y de
aquí allá cojear?
Con las
ancas me socorre
Vase PEDRO Ruíz
del
caballo. A esotra puerta.
Ya caminan.
¡Ah, inventores
de la
caza! ¿Esto es holgarse?
¿Por
qué condenan los hombres
a
galeras, si los pueden
condenar a cazadores?
Vase. Salen la REINA Petronilla
y don RAMÓN
REINA: Por más, conde don Ramón,
que
pretendiendo mi mano,
disculpe el amor tirano
vuestra
justa pretensión,
con
causa me maravilla
el ver
vuestra poca fe.
Si doña
Rica, que fue
emperatriz de Castilla,
y
por muerte de su esposo
don
Alonso, a Zaragoza
vino
viuda, hermosa y moza,
espera
haceros dichoso
dando efeto al casamiento
que con
vos tiene tratado,
¿en qué
razón ha fundado
la
mudanza vuestro intento?
¿Qué
dirá el reino de vos?
¿Qué
dirá el mundo de mí,
si a Rica
hacemos así
tan
clara ofensa los dos?
RAMÓN:
Petronilla, más hermosa
que el
alba entre nieve y grana,
cuando
siembra la mañana
de
clavel, jazmin y rosa,
no condenéis
rigurosa
a quien
vive de amor preso.
Mi
disculpa está en mi exceso,
y mi
mérito en mi error;
que no
es verdadero amor
el que
no priva de seso.
Si
por las partes hermosas
que en
vos mi pecho venera,
animoso
no emprendiera
hazañas
dificultosas,
¿qué
obligaciones forzosas,
qué
méritos alegara?
Si en
lo que dirán repara
vuestro
rigor, no mi amor;
que
prenda de tal valor
nunca
puede costar cara.
REINA: Esos fundamentos son
en vos, porque amáis, bastantes;
que da ley a los amantes
el
amor, no la razón;
pero
yo, que sin pasión
lo
miro, es bien que resista
a tan
injusta conquista,
pues no
puede disculparse
el que
deja despeñarse
de un ciego, teniendo vista.
Hoy
el reino y majestad
renunciar, Conde, pretendo
en mi
hijo; y porque entiendo
que
causa su tierna edad
discordias, acreditad
vuestro amoroso tormento,
dando
favor a mi intento;
o
pensaré que nació
de
ambición del cetro, y no
de
amor, vuestro pensamiento.
RAMÓN: Yo
lo haré, si se mejora
con vos así mi partido;
mas no,
si habiéndoos servido,
os he
de perder, señora;
que mal
puede el que os adora
en eso
favoreceros,
si por
sólo retraeros
del reino
queréis privaros,
y ha de
ser el ayudaros
instrumento de perderos.
REINA:
Basta; que no he menester
vuestro
favor, don Ramón;
que a
mí sola la razón
me basta
para vencer.
RAMÓN: Tal vez
suele no valer
sin las armas la justicia.
REINA:
Advierta vuestra codicia
que,
pues la razón me ayuda,
podrá
más ella desnuda
que
armada vuestra malicia.
Vase
RAMÓN:
Mucho puede la ambición
apoderada en mi pecho;
pero
mucho, a su despecho,
puede
también la razón.
Si no
hallo nueva ocasión
que mis
intentos abone,
lo que
la reina dispone
es
forzoso consentir;
que
solo no he de impedir
que el
príncipe se corone.
Sale el CONDE de Urgel
CONDE:
¡Valeroso don Ramón!
RAMÓN: ¡Famoso
conde de Urgel!
CONDE: En la
tempestad crüel
que hoy
amenaza a Aragón,
admira mi pensamiento
lo que
de vos se publica,
y es
que de la hermosa Rica
despreciáis
el casamiento,
pretendiendo que la mano
os dé
la reina. Ambición
contraria a vuestra opinión,
digna
sólo de un tirano.
Don
Ramón, su esposo, fue
vuestro
tío; y es injusto
que a
la razón venza el gusto,
y la
ambición a la fe.
Mejor será que, cumpliendo
lo
concertado, os caséis
con la
emperatriz, y deis
favor a
lo que pretendo;
pues
con mi hijo casada
Petronilla, quedaría,
junta a
su fuerza la mía,
la
discordia refreriada.
RAMÓN: De
lo que decís colijo
que no
tanto a esa intención
os
obliga mi opinión
como el
bien de vuestro hijo.
Mas,
¿cómo, conde de Urgel,
habiendo solicitado,
tan
público enamorado,
vuestro
hijo Berenguel
a doña Teresa, hermana
del
señor de Mompeller,
se
muda, y quiere ofender
belleza
tan soberana?
CONDE: Ésta
es sólo intención mía,
no
suya; que es cosa clara
que él por Teresa trocara
del
mundo la monarquía.
RAMÓN: Con
esa razón no cesa
la
culpa; que yo he sabido
que
Berenguel ha servido
con
gusto vuestro a Teresa.
CONDE: Aunque
yo estimé hasta aquí
también
sus prendas hermosas,
la
mudanza de las cosas
muda
parecer en mí.
RAMÓN: Pues
si os hace la mudanza
de las cosas que os mudéis,
y si a Teresa ofendéis
por
mejorar la esperanza,
¿por
qué os causa admiración
que yo,
que a la reina adoro
y mi
grandeza mejoro,
mude
también intención?
CONDE: La
diferencia colijo
fácilmente que os advierto;
que vos
faltáis a un concierto,
y a una
pretensión mi hijo.
Vos
ofendéis a Ramón,
vuestro
tío; y Berenguel
no puede
llamarse infiel
por tan
justa pretensión.
RAMÓN:
Antes de eso mismo arguyo
mi
justicia, porque, ¿quién
puede
suceder más bien
a Ramón
que un deudo suyo?
Si
mi fe no corresponde
a lo
que tratado había,
eso
está por cuenta mía,
que no
por la vuestra, conde.
Y en
resolución, ya veo
mi
pretensión declarada,
y ha de
conseguir la espada
lo que
ha emprendido el deseo.
CONDE:
Pienso que estáis satisfecho
de lo
que puede la mía,
y que
está esta nieve fría
en mi
rostro, y no en mi pecho.
RAMÓN: Yo os lo confieso y os digo
que no
me pesa; que quiero,
ya que
desnude el acero,
vencer
valiente enemigo.
CONDE: Pues
juntad los escuadrones
que os
puede dar la Proenza;
que el conde de Urgel comienza
hoy a tremolar pendones.
RAMÓN: Urgel y Aragón empiece,
y el mundo, a armarse
también;
que la
guerra dirá quién
de
Petronilla merece
la soberana beldad.
CONDE: Sí
dirá; y a Dios pluguiera
que en
venceros estuviera
el
vencer su voluntad.
Vanse. Salen
TERESA e INÉS
TERESA:
Dejadme de combatir,
olas de
mis pensamientos;
que a
tormentas de tormentos,
¿qué
fuerza ha de resistir?
Pretende don Berenguel
ser mi
esposo; no le quiero.
Estáme
bien; que heredero
es del
condado de Urgel.
En
mi amor vive abrasado
Sancho
Aulaga; no es mi igual.
Yo le
adoro; estáme mal;
que
aunque el ser tan gran soldado
le
da justa estimación,
le
falta la calidad.
¿Qué habéis de hacer, voluntad,
entre amor y obligación?
INÉS: Señora, los nobles pechos
a quien obliga el honor,
han de mostrar su valor
en los difíciles hechos.
De Berenguel la afición
sola
merece tu mano.
Vence
ese antojo liviano,
que ha
de dañar tu opinión.
TERESA: No
me atormentes.
INÉS: Teresa,
lo que
te importa te digo.
(Por tus dádivas me obligo Aparte
a tan difícil empresa,
don
Berenguel; y a tu intento
la has
de ver al fin rendida,
aunque
me cueste la vida
tan justo agradecimiento.)
Sale SANCHO Aulaga
SANCHO:
Dulce enemiga mía,
más que
crüel, hermosa,
emulación dichosa
del
claro autor del día,
en cuya
gran belleza
a sí misma venció naturaleza.
¿Es
el ser inhumana
condición de divina?
¿Qué
espíritu encamina
un alma
tan tirana,
que
igualmente procura
ser
monstro de crueldad y de hermosura?
Adorar tu belleza,
¿es
delito contigo?
Teresa,
¿qué castigo
previene tu dureza
a quien
te aborreciere,
si le da
tan crüel a quien te quiere?
De
tus amantes quiero,
no los
de ti contados,
mas de
los olvidados,
contarme yo el postrero.
No te
pese que sobre
entre
el oro bermejo el pardo cobre.
TERESA: Sancho, las ocasiones
y causas diferentes,
según los accidentes
producen las acciones.
No siempre la esquiveza
nace de
ingratitud y de dureza;
no
siempre rinde fruto
el
árbol cultivado,
ni
siempre al mar hinchado
la
fuente igual tributo,
por
varios accidentes,
sin ser
ingratos árboles ni fuentes.
¿Por qué me consideras
de tu
amor ofendida,
si no
arroja, perdida,
en las
fieras más fieras
una
flecha el dios ciego,
si el
más duro metal ablanda el fuego?
De mi rigor aplica
a otra
causa el efeto,
puesto
que en un sujeto
contradición no implica
tener
correspondencia
y hacer
a los intentos resistencia.
SANCHO: Si
méritos procura
iguales
tu persona,
Teresa,
no hay corona
digna
de tu hermosura;
si
amarte ha de vencerte,
no tira
flecha Amor que no me acierte.
Mas pues que ya te he oído
que a agradecer te
obligas,
favor
es que lo digas;
y
aunque lo hayas fingido,
agradezco el engaño;
que es
señal de desprecio el desengaño.
Con
esto, ángel que adoro,
queda
mi amor pagado.
TERESA: ¡Qué
humilde enamorado!
SANCHO: ¡Qué
debido decoro
a tu
merecimiento!
Sólo
con que me engañes me contento.
TERESA: ¡Qué
cuerdamente obligas!
SANCHO: ¡Qué
dulcemente matas!
TERESA: ¿De
engañosa me tratas?
Bien mi
rigor castigas.
SANCHO: Tan
alta te imagino,
que
pienso que aun de engaños no soy dino.
TERESA: Bien
dices lo que sientes.
SANCHO: Bien
siento lo que digo.
TERESA: (¡Ay,
que luchan conmigo Aparte
impulsos diferentes
y en
poner se desvela
freno
el honor, donde el amor espuela!)
Mas ya, Sancho, pregona
en
palacio el rüido
que el
reino, prevenido
a darle
la corona
al
príncipe, se altera;
y yo
soy de la reina camarera.
Adiós; que acompañalla
es
fuerza.
SANCHO:
Y lo es seguiros
con
ansias y suspiros.
TERESA:
(¡Triste de quien se halla
Aparte
puesto
al cuello el cuchillo,
y ni
puede quejarse ni sufrillo!)
Vanse TERESA e INÉS
SANCHO: Mi
sangre, no tan clara
como la
tuya, creo
que
enfrena tu deseo.
Hidalgo
soy. Repara
que
aunque soy escudero,
tengo valor
con que ilustrarme espero.
Sancho Aulaga el valiente
me
apellida la fama;
mi
madre es noble rama,
de
Laras descendiente;
mi
padre, Nuño Aulaga,
murió
al lado de Alfonso en lo de Fraga.
¿Quién, pues, fueron autores
de las casas que hoy mira
el sol en cuanto gira
llenas
de resplandores,
sino
los claros hechos
de sus
primeros valerosos pechos?
Salen la
REINA, BERENGUEL, el CONDE de Urgel, BERMUDO, don RAMÓN,
el señor de MOMPELLER, el PRÍNCIPE niño,
TERESA, teniendo la falda a la REINA, INÉS, y
ACOMPAÑAMIENTO.
Síéntanse en el trono la
REINA a la derecha, y el PRÍNCIPE a la izquierda. Habla
BERENGUEL aparte INÉS
BERENGUEL:
Inés, en tu confïanza
vive
sólo mi afición.
INÉS:
Cumpliré mi obligación,
y
lograrás tu esperanza,
aunque me cueste la vida.
BERENGUEL: A mí me
la das con eso.
INÉS:
Obligada me confieso,
y he de
ser agradecida.
REINA:
Caballeros de Aragón,
gloria
y honor de la Europa,
cuya fama atemoriza
las regiones más remotas;
hoy la majestad renuncio,
porque
a la quietud importa
del
reino, en mi hijo Alfonso,
sucesor
de esta corona.
Pues
que la sangre os obliga
y la
lealtad os exhorta,
mostradlo en ser de mi parte
en una
acción tan heroica.
Por ser
Alfonso tan niño,
nadie a
mi intento se oponga;
que al
fin es varón, y rige
mejor
el cetro la sombra
de un
varón que una mujer;
cuanto
más, que el reino goza
de
consejeros prudentes
que
asistan a su persona.
CONDE: La
corona sí y el reino
podéis
renunciar, señora;
mas no
el gobierno, que a mí
por tantas causas me toca.
RAMÓN: Si
alguno ha de gobernar,
¿quién
habrá que se me oponga,
pues el
ser quien soy y el ser
primo
de Alfonso me abona?
BERMUDO: ¿Qué
litigáis, si en Bermudo
el
gobierno se mejora,
pues
del difunto Ramón,
fui yo
la privanza toda,
y los
negocios traté
del reino, a quien más importa
quien sepa ya las materias,
que quien las aprenda
agora?
MOMPELLER: Lo que
propone mi padre
defenderá mi persona.
Señor
soy de Mompeller,
y harán mis armas notoria
su justicia.
RAMÓN: Ya las mías
sus estandartes arbolan.
BERMUDO: El
valor dará el derecho,
y el
gobierno la vitoria.
REINA: ¿Qué
gastáis en disensiones
el
tiempo, si a mí me toca
el
gobierno, pues de Alfonso
soy
legítima tutora?
PRÍNCIPE: Esto es
justicia. Ninguno
se
atreva a mover discordias
por ser
mi madre mujer
y por
ser mi edad tan poca;
que soy
el rey, y por vida
de la
reina, mi señora,
que la
cabeza a los pies
a quien
replique le ponga.
CONDE: Sois
niño, Alfonso.
RAMÓN: Las fuerzas
vuestras son, príncipe, cortas
para
cortar mi cabeza.
BERENGUEL: Vos
ignoráis, mas no ignora
las
hazañas de Bermudo
la fama
que las pregona.
SANCHO: (¡Ah! ¡No fuera igual mi estado Aparte
con el
valor que me informa,
para
poder responder
a tanta
arrogancia loca!)
PRÍNCIPE: Niño
soy; mas de mi padre
soy una
animada copia,
y para empresas mayores
valor y
fuerzas me sobran.
SANCHO: (Eso
si. Mostrad, Alfonso, Aparte
la
majestad española;
poned las palabras vos,
y remitidme las obras.)
Sale PEDRO Ruíz
PEDRO:
Reina, príncipe, damas, caballeros,
soldados, cortesanos, ciudad, plebe,
la
nueva más feliz vengo a traeros
de
cuantas Aragón al tiempo debe.
Sosegad
los espíritus guerreros;
que el
cielo ya, que a compasión se mueve
de la
discordia que de paz os priva,
por mí
os presenta el ramo de la oliva.
El
rey Alfonso el bueno, el sabio, el fuerte,
de quien
en Fraga el reino agradecido
triste
lloró la mentirosa muerte
-- pues
no fue muerto allí, si fue perdido --
es hoy
por la piedad de nuestra suerte
al
suelo de Aragón restitüido;
sol, que a la noche de discordias tales,
de paz
induce rayos celestiales.
Yo
le vi por mis ojos, yo la mano
le
besé; y aunque a mí no me he creído,
por ser
tan mozo, de uno y otro anciano
de nuestra patria es ya reconocido.
Oculto
tanto tiempo en el asiano
imperio
estuvo, sin razón corrido
de lo
de Fraga, sin mirar que parte
con la Fortuna las vitorias
Marte.
Pero de haber por sí determinado
contra
el voto del reino aquella empresa
y ser
vencido, estando acostumbrado
a
veinte y seis vitorias, se confiesa
corrido
tanto el rey, que despechado,
hasta el imperio cuyas plantas besa
el
undoso Jordán corrió tan solo,
que aun
a los ojos se negó de Apolo.
Él,
pues, ha vuelto, si decirse puede
que ha
vuelto aquél que Dios nos ha traído;
aquél
por quien el cielo le concede
concordia al reino, en bandos dividido.
Y, pues
él vivo no es razón que herede
su
alteza el cetro, no ha de ser ungido
rey; a besar de Alfonso las reales
manos venid los que le
sois leales.
REINA: ¿Qué
nueva disensión, qué nueva guerra,
con
máscara de paz y justo celo,
movéis,
Azagra, y alteráis la tierra,
para irritar la indignación del cielo?
¿Alfonso vive? ¿Alfonso, a quien encierra,
muerto
a lanzadas, el morisco suelo?
¿No lo
dijeron lenguas, cuyos ojos
vieron
triunfar la muerte en sus despojos?
Si
no se halló el cadáver, ¿no fue cierto
que lo
causó la copia inumerable
del
escuadrón en la batalla muerto,
tragedia por mil siglos miserable?
¿Por qué, pues, en favor del
vulgo incierto
acreditáis engaño tan culpable,
y por vengar un
sentimiento vano,
a un
traidor no dudáis besar la mano?
Vase PEDRO Ruíz
Pero
no importa, no; el príncipe tiene
nobles amigos, deudos y alïados,
cuyo poder, cuyo valor enfrene
soberbios pechos, cuellos no
domados.
¡Ea, conde don Ramón, no os
enajene
de imitar vuestros inclitos
pasados
de una venganza vil la ciega furia!
¡De
Alfonso primo sois, vuestra es la injuria!
RAMÓN:
Petronilla, viviendo vuestro tío,
que,
pues lo afirma Azagra, es caso llano,
suyo es
el reino, y no es agravio mío
besar a
un rey legítimo la mano.
Vase
REINA: Noble
conde de Urgel, de vos confío,
y de
don Berenguel, que al vil tirano
castiguéis este engaño con la muerte.
CONDE: De esta
corona es dueño Alfonso el fuerte;
yo
soy su amigo, y tiene averiguado
que
vive, Azagra, principal testigo;
y vos no me tenéis tan obligado,
que me oponga por vos a
tal amigo.
Vase
BERENGUEL: A hacer
lo que mi padre soy forzado.
Perdonadme, señora, si le sigo.
Vase
REINA: En vos,
Bermudo, pongo mi esperanza.
BERMUDO: Y fui
del fuerte Alfonso la privanza;
si,
como afirma Azagra, y yo no dudo,
no es muerto, ya veréis a qué me
obliga.
Vase
REINA: ¡Señor
de Mompeller!
MOMPELLER: A don Bermudo,
que el
ser me dio, señora, es ley que siga.
Vase, y síguele el acompañamiento
TERESA: ¡Padre, hermano, escuchadme!
REINA: ¿Tanto
pudo
tan
clara falsedad, suerte enemiga,
que
quieran más los nobles a un tirano
que a
un legítimo rey besar la mano?
Vos solo, Sancho Aulaga, habéis
quedado;
ya sólo
en vos se funda mi esperanza,
y bien
me puede dar tan gran soldado
del
vitorioso efeto confïanza.
SANCHO: Si los
nobles del reino os han faltado,
si os
aflige, señora, su mudanza,
a mí me
alegra; que mostrarles quiero
que os
basta sin los suyos este acero.
Nombradme general, y suene Marte
el ronco
parche y el clarín bastardo;
que
presto adorará vuestro estandarte
el
contrario más fuerte y más gallardo.
REINA: Un
bastón me traed.
TERESA: Yo quiero darte,
si
vuelves vitorioso, como aguardo,
de que
tuya seré palabra y mano,
aunque
pese a mi padre y a mi hermano.
SANCHO: Con
dicha igual, del alba al occidente,
es la
conquista fácil a mi acero.
REINA: El
bastón recebid, Juntad mi gente,
Dásele
y
partid; que triunfante ya os espero.
Vase
PRÍNCIPE:
Abrazadme y partid, Sancho el valiente.
SANCHO: Besar
humilde vuestras plantas quiero.
Prospere el cielo esa real persona.
PRÍNCIPE: De
vuestra mano espero la corona.
Vase
TERESA:
Sancho, el vencerme está en esta vitoria.
SANCHO: Y el
vencer en vencer vuestra esquiveza.
TERESA: Adiós.
SANCHO:
Dadme una prenda, cuya gloria
me dé
valor y aumente fortaleza.
TERESA: De mi
palabra os doy esta memoria.
Dale una banda
SANCHO: Con tal
favor traeros la cabeza
prometo
del fingido rey tirano,
Señala la mano ízquíerda y la derecha
en
ésta, antes de daros esta mano.
FIN DEL PRIMER ACTO
|