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JORNADA PRIMERA
Salen doña LISARDA y doña LEONOR
asidas de un papel
LEONOR: No
le has de ver.
LISARDA: Es en vano
defenderle ya.
LEONOR: Resuelta
estoy
antes a hacer...
LISARDA: Suelta.
LEONOR: ...un exceso en él villano.
LISARDA: Ya el
papel está en mi mano.
¿Cómo
has de excusarte agora
de que
le vea?
LEONOR: Señora,
hermana, Lisarda, advierte...
LISARDA: Esto
ha de ser de esta suerte.
LEONOR: ¿Quién mis desdichas ignora?
Lee
LISARDA:
"Amor, señor don Juan, que de amor
no
pasa a atrevimiento, indignamente
adquiere el nombre. Dígalo el
mío;
pues me atreve a tanto que, sin mirar
el
riesgo de mi vida, el temor de mi
hermano ni el recelo de Lisarda, os
suplico, vengáis esta noche por el
jardín, donde entraréis a hablarme;
y venga con vos el criado,
porque,
cuando
yo aventuro mi vida, trato
de
asegurar la vuestra."
(¡Notable resolución!
Aparte
Más
mal hay del que pensé;
pues
donde sólo busqué
una
sombra, una ilusión,
hallo
un engaño, una acción
tan
grave. No sé qué intente;
mas ya
importa cuerdamente
disimular
el agravio;
que
parecer muda el sabio,
consejo toma el prudente.)
LEONOR:
¿Estás ya contenta, di,
de
haberlo sabido?
LISARDA: No;
porque
de estas cosas yo
no he
de estarlo, triste sí.
LEONOR: ¿Mil
veces no te advertí
que no
llegases a ver
el
papel, que había de ser
de
disgusto y de pesar?
Pues
quien no lo ha de estorbar
¿por
qué lo quiere saber?
Mira lo que has conseguido,
que,
andando yo con secreto,
con
recato y con respeto
huyendo de ti, has querido
perder
el que te he tenido.
Pues
cuando tú no entendiste
mi
amor, respetada fuiste,
y ya
que lo sabes, no;
porque no he de olvidar yo,
porque tú mi amor
supiste.
LISARDA: Sin
prudencia y sin consejo,
dudosa, Leonor, estoy;
y
cuando a un discurso voy,
más
del discurso me alejo.
Dos
veces de ti me quejo,
de
parte de nuestro honor
una, y
otra de mi amor;
que amar y callar te ofreces,
para ofenderme dos veces
con
una culpa, Leonor.
Cuando tú te aconsejaras
conmigo, para querer,
la
primera había de ser
que
dijera que no amaras.
Mas si
a decirme llegaras
que
amaste una vez, yo fuera
la
primera y la tercera
que
echara el manto al amor;
que si
aquello fuera honor,
estotro cordura fuera.
LEONOR: Has
nacido sin empeño
en palabras y en acciones,
tan dueño de tus pasiones,
de tus discursos tan
dueño
que no
vi en ti el más pequeño
afecto
a mi pena igual,
para
que en desdicha tal
te
descubriese la mía;
y hace
mal quien su mal fía
a
quien no sabe del mal.
¿Quién en libertad se vio
que se
duela del cautivo?
¿Quién, estando sano y vivo,
se
acuerda del que murió?
¿Quién
en la orilla rogó
por el
que en el mar fallece?
¿Quién
del dolor se entristece
que a
otro aflige y desalienta?
Nadie;
que nadie hay que sienta
las
penas que otro padece.
Yo
así, esclava, no te hablé,
porque
en libertad te vi;
muerta, no me llegué a ti,
porque
con vida te hallé;
desde
el mar no te llamé,
porque
en la orilla vivías;
doliente en las ansias mías,
no te pedí que sintieras,
porque
sé que no supieras
sentir
lo que no sentías.
Pero ya que yo no he sido
quien
te ha dicho mi cuidado,
y que
la ocasión me ha dado
el
lance que se ha ofrecido,
sabe
que amor he tenido
y sabe
que fue don Juan
Colona
a quien lugar dan
mis
favores en secreto,
por
ilustre y por discreto,
por
valiente y por galán.
Dos
años ha que festeja
mi
calle; dos años ha
que
asido hasta el alba está
a los
hierros de mi reja.
Al
ruego, al llanto, a la queja
roca,
monte y fiera fui.
Pero
¿quién pudo--¡ay de mí!--
resistirse tiempo tanto
a la
queja, al ruego, al llanto
de un
hombre que llorar vi?
Vida, hacienda y honra gano
con tal dueño; esto previno
mi
esperanza, cuando vino
de la
guerra nuestro hermano.
Y
viendo que ya es en vano
hablar
por la reja, quiero
que
entre al jardín. No el primero
será
mi amoroso error
que le
enmiende otro mayor;
en él
esta noche espero.
Mas
pues te ha dicho el papel
a lo
que mi amor llegó,
no es
bien que te diga yo
lo que
ya te ha dicho él.
Ésta
es la causa crüel
de mi
gran melancolía,
éste
el fin de mi alegría;
y pues que tu hermana soy,
y humilde a tus pies estoy,
no estorbes la suerte
mía.
LISARDA:
Aunque es verdad que pudiera
ofenderme de tu amor,
estás
resuelta, y error
notable el reñirte fuera,
pues
sé que con eso hiciera
mayor
tu amor y tu fe
de lo
que al principio fue;
que
aunque de amor no he sabido,
que
crece más resistido
amor,
como es fuego, sé.
Cuentan que se hallan dos fuentes
cuyos
templados cristales,
naciendo juntos e iguales,
son
varios y diferentes;
pues
contrarias las corrientes,
iris
de oro, nieve y plata,
que
una montaña desata,
contienen tanto rigor
que la
una mata de ardor
y la
otra de hielo mata.
Yo,
que aborrezco el amor,
yo,
que ni estimo ni quiero,
soy la
de hielo; pues muero
a
manos de mi rigor.
Tú,
que adoras su sabor,
y tu
mismo daño adquieres,
eres
la opuesta; pues mueres
llena
de ardor y de fuego.
Juntémonos, porque luego,
si soy
hielo y fuego eres,
templaremos de manera
nuestra condición nociva,
que el
cargo del amor viva,
y el
de la opinión no muera.
Dime,
pues, ¿quién es tercera
de tu
amor?
LEONOR:
Nise avisada
está
de abrirle a la entrada.
LISARDA: ¡Oh,
qué infeliz a ser vienes,
Leonor, supuesto que tienes
que te
calle una crïada!
Mas
oye lo que he pensado
para
asegurarme a mí
y no
embarazarte a ti
la
esperanza de tu estado.
En
traje disimulado
yo tu
crïada he de ser
de
noche, porque he de ver
si es
tan honesto el empleo
de tu
amor y tu deseo
como
me das a entender.
Seis cosas así consigo;
ser
con nuestro honor leal,
ser
contigo liberal,
y ser
honrada conmigo;
dar a
tu amor un testigo
que
temas enamorada,
suspender después la espada
de don
Sancho cuando venga
y excusar el fin que tenga
que
callar una crïada.
Envía, pues, el papel,
y empiece el engaño hoy.
LEONOR:
Esperando un criado estoy
que
aquí ha de venir por él
agora, y aun es aquél.
LISARDA: Aunque
de don Juan oí
la
fama, nunca le vi,
ni a
él conozco ni al crïado.
Dale
el papel, con cuidado
de que
te guardas de mí.
Salen NISE y CELIO
CELIO: No faltará una cautela;
que a los audaces, sin duda,
dicen que Fortuna ayuda,
y a
los tímidos repela.
NISE: Ya
te vio.
CELIO:
¡Triste de mí!
¡Y qué
ojos!
LISARDA:
¡Gentilhombre!
CELIO: Ése,
señora, es mi nombre.
LISARDA: ¿Cómo
os atrevéis así
a
entraros aquí?
CELIO: No sé
qué
respuesta daros pueda;
término se me conceda
el de
la ley, para qué
en
tan estupendo exceso
halle
de disculpa indicio;
y así
digo que al oficio
de la
querella el proceso
se lleve, porque mejor
fulminado el caso esté,
y que
yo responderé
allá
por procurador.
LISARDA: No
de burlas respondáis,
cuando
de veras os hablo.
CELIO: (¡Esta
mujer es el diablo!) Aparte
LISARDA: Decid
presto ¿a quién buscáis?,
o
haré que por atrevido
mil
palos, villano, os den
dos
esclavos.
CELIO: No harán bien
en darme lo que no pido.
Mi
conciencia acomodada
corre,
porque de esto gusta,
siempre abierta y nunca justa,
por no
verse empalizada.
Y
tanto se sutiliza
el temor que de mi casa
no
salgo el día que pasa
por
ella Mons de Paliza.
Y
así, porque revoquéis,
diosa
Palas, la paluna
sentencia, ved que ninguna
causa
contra mí tenéis.
Buscando vengo al cajero
de don
Nicolás Ursino,
este
genovés vecino,
para
que me dé el dinero
que
de una libranza resta.
Dijéronme que vivía
pared
en medio, y creía
que
fuese la casa ésta.
Y así por ella me he entrado,
como quien viene a
pedir;
mas
con volverme a salir
se
enmienda todo lo errado.
Quiere irse CELIO
LISARDA:
Llámale y dale el papel,
Leonor, sin que yo lo vea.
LEONOR: Oíd,
soldado. Quien desea
castigar hoy tan crüel
vuestra osadía ha mandado
que os diga que aquí, advertid,
no
volváis más.
Dale el papel
CELIO: Pues decid
que yo
lo pondré en cuidado
y,
cumplida mi esperanza,
no
vendré más donde estoy,
pues,
Dios bendito, me voy
sin
palos y con libranza.
Al irse CELIO, sale don SANCHO y le detiene
SANCHO:
¿Qué libranza?
CELIO: (Esto es peor Aparte
lance; no me voy sin palos.)
SANCHO: ¿Qué
buscáis?
CELIO:
(Indicios malos.) Aparte
No
busco nada, señor.
SANCHO: ¿De
quién sois crïado vos?
CELIO: De
Dios.
SANCHO: ¡Lindo desenfado!
CELIO: Si
Dios todo lo ha crïado,
¿quién
no es crïado de Dios?
Y
si argumentos tan buenos
no os
dejan asegurado,
pruebo
que soy su crïado
en que
es a quien sirvo menos.
Y
al cabo, por yerro entré
aquí, y ya me he disculpado
del yerro y de haber
entrado.
No te
lo digo, porqué
es
contra el arte decir
alguna cosa dos veces.
Mas si
a saberlo te ofreces,
mejor lo podrás oír
de esas damas, a quien yo
lo he dicho ya, y mi
capricho
se
atiene a "lo dicho, dicho".
Vase CELIO
LISARDA:
Déjale; que aquí se entró
preguntando si sabía
de un
vecino a quien él viene
buscando; y tal humor tiene
que
estuviera todo el día
oyéndole, según es
de
entendido y sazonado.
SANCHO: Con
todo eso, no me agrado
yo de estas cosas. Después,
oh Lisarda, que dejé
la
guerra, y vine a vivir
en la
paz, para asistir
más a vuestro lado, hallé
en
la calle alguna vez
a este
hombre, y no quisiera
que
ocasión mi honor me diera
para
que, haciendo jüez
al
mundo de mi valor,
algún loco pensamiento
fuera
trágico escarmiento
de las
fortunas de amor.
LISARDA: El
que te oyere decir
razones tan ponderadas,
tan graves y tan cansadas,
muy bien podrá presumir
que una de las dos
previene
asuntos de tu temor,
cuando
en buena ley de honor
no
sólo quien no le tiene
lo
ha de pensar, pero quien
lo tiene debe pensar
que el
sol le pudo engañar,
que es
lo que le está más bien.
Y así, del aire no arguyas,
don Sancho, ilusiones vanas;
que al fin somos tus
hermanas,
y
aunque no por serlo tuyas
debiéramos proceder
bien,
por ser nosotras sí;
pues
no aprendimos de ti
ni de
tus celos el ser
ni
el lustre con que nacimos,
ni nos
estuviera bien
el
aprenderle de quien
viles
hazañas oímos.
Y
así el valor y la fama
de que
al cielo haces testigos,
guárdale para el amigo
a quien quitaste la dama.
Vase doña LISARDA
SANCHO:
Escucha, Lisarda, espera.
LEONOR: ¿Para
qué te ha de escuchar?
SANCHO: Para
que, ya que a culpar
llegó
tan altiva y fiera
hoy
mis acciones, también
sepa,
Leonor, que ha mentido
el
coronista fingido
de mis
celos.
LEONOR: Está bien;
pero allá podrá mejor,
que no
aquí, tu pensamiento
ver el
trágico escarmiento
de las
fortunas de amor.
Vase doña LEONOR
SANCHO: Oye
tú también, aguarda.
Yo
sabré en desdicha igual
quién
ha informado tan mal
de mí a Leonor y a Lisarda.
Vase
don SANCHO. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN:
Grave melancolía
es,
Octavio, la vuestra; todo el día
no
hacéis, aquí encerrado,
sino
dejar las riendas al cuidado,
dando
con mil enojos
voz y
llanto a los labios y a los ojos.
Si es
tanto sentimiento,
corrido del humilde alojamiento
que en
mi casa se os hace,
poco tanto
dolor se satisface
con
tan pequeña queja,
pues
agraviado el sentimiento deja.
Hacedme a mí testigo
de
vuestros sentimientos.
OCTAVIO: ¡Ay amigo!
No hagáis tan grande agravio
a la
amistad de Octavio,
pensando que podía
vuestra casa aumentar la pena mía;
pues,
como veis, es fuerza
no
verme el sol, mi sentimiento fuerza
el
estar solo y triste;
más
que en la causa, en la pasión consiste.
JUAN: Aunque
yo de un amigo
nunca
a saber ni a preguntar me obligo
más de
lo que él quisiere
decirme, aquí la ley así prefiere
la
voluntad que quiero
que me
acuse la parte de grosero,
suplicándoos merezca mi cuidado
saber
la causa con que habéis llegado
encubierto a Verona,
recatada del sol vuestra persona,
haciendo mi aposento
voluntaria prisión.
OCTAVIO: Estadme atento.
Bien os acordáis, don Juan,
de
aquel venturoso tiempo
que en las escuelas famosas
de Bolonia, patria y centro
de las artes y las ciencias,
fuimos los dos
compañeros,
viviendo un cuerpo dos almas,
y dando un alma a dos cuerpos.
Bien
os acordáis también
de que
en un mismo correo
de
vuestro padre y el mío
tuvimos juntos dos pliegos,
en que
el señor don Ursino
os mandaba que al momento
viniésedes a Verona
a
descansarle del peso
de
vuestro estado, porque
os
tenían sus deseos
de una
principal señora
tratado
ya el casamiento.
En el
mío me mandaba
a mí
mi padre que luego
trocase plumas y libros
por las galas y el acero.
Vos a casaros y yo
a la
guerra en un día mesmo
fuimos
llamados; si bien
no de
contrarios efectos,
porque
la guerra y casarse
todo
es uno es este tiempo.
Al
despedirnos los dos,
en el
abrazo postrero
palabra los dos no dimos
que
habíamos de valernos
el uno
al otro, y llamarnos
para
cualquiera suceso;
sobre
cuya confïanza
a
buscaros, don Juan, vengo,
para probar que soy yo
más
vuestro amigo, supuesto
que yo
de vuestra amistad
soy
quien se vale primero.
Doblemos aquí la hoja,
y a
los discursos pasemos
de mi vida, que son tales
que
imagino, dudo y temo
que yo
los pueda decir
si no
los dice el silencio.
Salí
de Bolonia, pues,
para
Milán, donde, luego
que
llegué, senté la plaza
y
ventajas en el tercio
del
señor duque de Lerma,
aquel
Escipión mancebo,
en
quien Adonis, Mercurio
y
Marte tiene imperio.
A mi
discurso volvamos,
que
huele a lisonja esto;
mas sus proezas son tales
que, aunque callarlas deseo,
es fuerza volver a
ellas,
antes
que acabe el suceso.
Asenté
en su compañía
la
plaza, y mientras el tercio
estuvo
en Milán, en él
divertí los pensamientos
de la
patria y los amigos
entre
mujeres y juego.
¡Oh
cuánto en mi relación
algún amoroso extremo
tarda
ya, porque sin él
está
frío cualquier cuento!
Amor
al fin, que no teme
los
escándalos y estruendos
de
Marte, que desde niño
le tiene perdido el miedo,
como
se crió en sus brazos,
depuesto el arco y depuesto
el
arpón, quiso tal vez
matar
con armas de fuego,
y en
unos divinos ojos
introdujo
tanto incendio
que hicieron Troya las almas,
aun antes de verse
dentro.
Vi y
amé tan igualmente
que,
viendo y amando a un tiempo,
hubo
después competencia
sobre cuál sería primero.
Por no
cansaros--aunque
con
gusto me estáis oyendo--
lo que
es lugares continuos,
ventanas, calles, terrero,
señas, papeles, crïados,
noches, embozos, paseos,
ya es hábito del amor
gozar
más quien vale menos.
También sabréis cómo hallaron
buen
sagrado mis deseos;
creció
amor comunicado,
y de un lance a otro siguiendo
al
incendio de la vista,
por
vecindad, el incendio
del
alma, pasó el que era
breve
pavesa entre hielo
a ser
llama que ya daba
tornasoles y reflejos,
a ser
Etna, a ser Volcán,
abismo
de luz inmenso,
el que
era Volcán y Etna
a ser
esfera, a ser centro,
oficina y obrador
de los rayos y los truenos;
tanto que, aunque
desigual,
si
bien no el nacimiento,
sino
en la hacienda, la di
palabra de casamiento;
cuya
llave, que es maestra
para
hacer a cualquier pecho
de
mujer, me ofreció hacerme
de
tantas venturas dueño.
Di
parte de esto a un amigo...
¿A un
amigo dije? Miento;
porque
un amigo traidor,
con capa
de verdadero,
es el
mayor enemigo;
que al
fin no fuera el veneno
del
áspid tan ponzoñoso
si no
matara encubierto.
¡Oh fementido, oh aleve,
oh falso, oh mal caballero!
Pero quédese esto aquí.
Ufano,
alegre y contento
esperé
que el dios de Dafne,
entre
sombras y bosquejos
de la
noche sepultase
su
luz, siendo monumento
todo
el mar a todo el sol,
cuando
llegase a su centro.
Quiso
el cielo el mismo día
--¡qué
tasado que anda el tiempo
en las penas!--que mandó,
de honor y prudencia lleno,
el marqués de los
Balvases
que
fuese marchando el tercio
al
casal de Monferrato,
abrasando y destruyendo
cuandos lugares hubiese
confinantes, que, aunque abiertos,
no les
faltaban defensas.
¡Ah
ley dura, ah duro fuero
de
honor! ¿Qué no pararás,
si
sabes parar deseos?
Yo,
atento a la disciplina,
yo, a la milicia sujeto,
con mi
compañía salí;
que es
al noble caballero
la
religión más estrecha
de
cuantas admira el tiempo
la
milicia. A Pontostura
llegamos, donde el esfuerzo
de
nuestro maestre de campo
hizo
alarde de su aliento;
pues
porque tardó un crïado
con su
arnés, desnudo el pecho
se
entró por la batería.
Debió de tener por cierto
que la
obediencia del plomo
había
de guardar respeto
a un
Sandoval y a un Padilla;
y bien
lo dijo el efecto;
pues,
hallándole una bala
desarmado y descubierto,
cayó
sin hacerle mal,
hecha
una plancha en el suelo,
dejando, como por firma
que
dijese: "no me atrevo
a
pasar más adelante";
un cardenal en el pecho,
ganó a
Pontostura, pues;
a
Rofinar puso cerco
luego
y rindió a Rofinar,
a San Jorge y otros pueblos
del Monferrato, dejando
para
mayores empleos
descubierta la campaña.
Mas
¿qué va que estáis diciendo
agora
entre vos: "¿Este hombre
dónde
va con este cuento,
que ha
dejado tanto cabos
para
su novela sueltos?
Porque
él tiene introducidos
una
dama por quien muerto
de
amores está, un amigo
de
quien se queja con celos,
un
duque a quien encarece,
y a
mí, a quien tiene propuesto
que le
tengo de valer."
Pues
de la farsa que emprendo
todos
somos personajes,
todos
nuestra parte hacemos.
Y para
que lo veáis,
a mi
discurso me vuelvo.
Cuando
a San Jorge llegó
del
duque de Lerma el tercio,
Mons
de Toral le esperaba
con
los caballos ligeros
del
suyo, de un montecillo
amparado
y encubierto.
Descubrióle nuestra gente,
y en
arma los campos puestos,
empezó
a escaramuzar
la
caballería y el tercio
de
españoles y franceses,
tan
valientes como diestros.
No me
quiero detener
a
repetir por extenso
la
guerra, que voy muy largo;
sólo
detenerme quiero
a
contar en esta parte
lo que
importa a nuestro intento.
El fin
de la escaramuza
fue
que, vencido y deshecho
el
Toral, se retiró
al
casal, y hasta que dentro
de él
estuvo pertrechado,
le dieron caza los nuestros.
Y
cuando ya nuestra gente
volvía
a ocupar los puestos,
escuchamos una voz
que
entre los franceses muertos
salía,
y vimos también
que se
levanta entre ellos
un
hombre herido y desnudo,
de
polvo y sangre cubierto.
Éste,
en mal formadas voces,
que
apenas concibió el eco,
dijo
en idioma francés:
"Españoles caballeros,
cualquiera que haya ganado
por
despojo, triunfo y premio
de su
valor un joyel
que
traje pendiente al pecho,
véngale a dar por rescate,
si quiere joyas de precio
más
subido; y si no quiere,
deme
la muerte primero
que yo
viva imaginando
que
aun pintada es de otro dueño
la
bellísima Madama
que
lleva por huésped dentro."
Dijo
el francés, y aunque allí
por las señas creí cierto
no poder determinar
ser noble, por los afectos
sí; que quien noble no
fuera
no tuviera sentimiento
tan
hidalgo. Llegó a él
el duque, y con muchos ruegos
corteses le persuadió
que
fuese su prisionero.
Rindióse el francés al duque,
y
mandó curarle luego.
Ordenó
que a Milán fuese,
porque
desmintiese el riesgo
de su
vida con mayor
cura,
regalo y aseo.
Ya
tenemos en la farsa
otra
persona de nuevo;
pues
ninguna está de más.
Echóse
un bando, diciendo
que
aquel soldado que hubiese
adquirido en el encuentro
un
joyel con un retrato,
le
diese a rescate luego.
Prometióse cien escudos
por
él, pareció al momento
en el
poder de un soldado
manchego, y por mucho menos
le
diera. Diósele al duque,
y a
mí--que siempre en su pecho
tuve
piadoso lugar--
me dio
el retrato, diciendo,
"Partid, Octavio, a Milán
en alas de mis deseos,
y decidle de mi parte
a
aquel francés caballero
que en
generoso rescate
de su
dama sólo quiero
que
tome su libertad;
y así,
que se vaya luego."
Ya
veréis, si volvería
alegre
a Milán con esto;
pues,
obedeciendo yo
a mi
superior y dueño,
iba
donde me llevaban
a
voces mis pensamientos;
con lo
cual veréis también
que no
es lisonja ni afecto
el haber introducido
dama,
amigo, guerra, encuentros,
duque
y francés, porque todo
cuanto
referí primero,
para
volver a Milán,
fue
necesario en el cuento.
Volví, pues, a Milán. ¡Nunca
volviera a Milán! ¡Primero,
pluguiera el cielo, una bala
rémora
de mis deseos
fuera,
parándome el curso
en el mar de mis tormentos!
Pues embajador apenas
de amor cumplí con el feudo
cuando, partiendo a la
casa
de mi
dama, hallé...El aliento
aquí
me falta, y aquí
la
voz, desde el labio al pecho,
es un tósigo, un puñal,
es un
cordel, un veneno
que me
aflige, que me hiere,
que me
abrasa y deja muerto;
porque
hallé...
Sale URSINO
URSINO:
¡Don Juan!
JUAN: ¿Señor?
OCTAVIO:
(Interrumpióme a buen tiempo,
Aparte
para
que vuelva a tomar
en mis
desdichas aliento.)
JUAN: ¿Tú en
este cuarto?
URSINO: A buscarte,
muy
quejoso de ti, vengo.
JUAN: ¿Tú de
mí quejoso?
URSINO: Sí.
JUAN: ¿En
qué disgustarte puedo,
si
como a señor te aclamo,
como a
padre te obedezco?
URSINO: En
haberme dilatado
una
dicha tanto tiempo
como
ha que el señor Octavio
está
en casa. ¿No merezco
tener
parte yo de un huésped
que a honrarnos
viene? ¿No debo
dar
gracias a la Fortuna
de
este gusto, de este aumento?
JUAN: Con
causa te quejas; digo,
que te
ofendió mi silencio
neciamente; pero fue
gusto
de Octavio.
OCTAVIO: Yo beso
tus
plantas por la merced
que me
haces; que como vengo
a sola
una diligencia
a
Verona de secreto,
no
quise darte cuidado,
porque
he de volverme luego
a
Milán.
URSINO:
Mucho agraviaste
obligaciones que tengo,
Octavio, a tu sangre.
OCTAVIO: Soy
tu
esclavo.
URSINO:
Pues ya que puedo,
informado de mi dicha,
hablar
libremente, quiero
que un
cuarto se te aderece
que,
por ser al parque, creo
que te
diviertas; que son
sus
vistas por todo extremo.
JUAN: Con tu
licencia, señor,
no
saldrá de mi aposento;
porque
los dos lo pasamos
bien
aquí, y el cuarto creo
que,
al venir tarde o temprano,
te dé
ruido.
Sale CELIO
CELIO:
(¿Aquí está el viejo? Aparte
¿De
cuándo acá nos visita?
Escondo el papel.)
URSINO: No quiero
embarazar vuestros gustos;
pues
solamente pretendo
que
sepáis, señor Octavio,
que sé
que en mi casa os tengo.
OCTAVIO: Los
años vivas del sol.
Vase URSINO
CELIO: Octavio,
yo te agradezco
que no
dijeses "del fénix",
arrendador de lo eterno.
Y si
quien trae buenas nuevas
y
quien las dice de presto
albricias nuevas merece,
papel
hay, venga dinero;
y si
no, no habrá papel.
JUAN: Daca.
CELIO:
¿Qué es "daca"? Primero
he de
"tomacar".
JUAN: ¡Qué loco
estás! Proseguid; que tengo,
hasta saber en qué para,
pendiente el alma del cuento.
OCTAVIO: Leed
primero el papel;
que
buenas nuevas no creo
que es
bien, don Juan, dilatarlas.
JUAN: Con
vuestra licencia leo.
Lee para sí
OCTAVIO:
Contento leéis. ¿Podré
daros
parabienes?
JUAN: Creo
que
será agraviar, Octavio,
tanta
ventura con ellos.
Ya os
he contado otra vez
que el
tratado casamiento,
para
que entonces mi padre
me
llamó, no tuvo efecto;
ya os
dije cómo pensaba
casarme a mi gusto, haciendo
a una
dama, a quien adoro,
del
alma y la vida dueño;
ya os
conté cómo la hablaba
de
noche y que por respeto
de un
hermano que ha venido,
con
quien amistad profeso,
con este intento no más,
pues
le visito y le veo,
y
apenas sabe mi casa
ni
conoce, según creo,
a mi
padre, por agora
se
puso a mi amor silencio.
Pues
leed; veréis que escribe
que
hablarla esta noche puedo
dentro
de su misma casa.
Toma don OCTAVIO el papel y lee para sí
¿Qué
os parece?
OCTAVIO: ¡Grande extremo
de
amor!
JUAN:
Hora es ya de ir.
Perdonadme; que si pierdo
la
ocasión, pierdo la vida.--
Tú,
dame la capa presto
y un
broquel.-- Adiós, Octavio.
Vase CELIO
OCTAVIO: Aguardad,
don Juan, teneos;
porque
habéis de hacer por mí
una
fineza que quiero
suplicaros.
JUAN:
¿Qué mandáis?
OCTAVIO: Esta
dama os pone a un riesgo
notable, y os da licencia
que
para el seguro vuestro
llevéis un crïado.
JUAN: Sí.
OCTAVIO: Pues
en cualquiera suceso
¿cuánto es mejor un amigo
de
satisfacción y esfuerzo?
Yo, como vuestro crïado,
he de ir con vos, pues es cierto
que yo para todo trance
os
seré de más provecho.
JUAN: Claro
está que lo seréis,
y
aunque os estimo el consejo,
hay
una dificultad;
que le
nombran a él, y temo
que se
disgusten.
OCTAVIO: ¿Hay más
que
decir que soy el mesmo?
Que yo
sabré recatarme.
JUAN: Y si os hablasen--que a Celio
le
tienen allá por hombre
de
humor y de pasatiempo--
¿qué
habéis de hacer?
OCTAVIO: Pediré
licencia a mis sentimientos,
y diré mil disparates;
que
para todo hay remedio.
JUAN: Sois
mi amigo.
Sale CELIO
CELIO: Aquí está ya
capa,
broquel y sombrero.
OCTAVIO: Dame
tú la tuya a mí,
y
quédate.
CELIO:
Lo consiento
sin
más notificación.
JUAN: Vamos,
Octavio.
OCTAVIO: Aunque llevo
tantos
pesares conmigo,
como
sabéis, algún tiempo
he de gastar buen humor,
mientras soy crïado
vuestro.
Vanse. Salen doña LEONOR, y doña
LISARDA en traje de criada
LEONOR:
Huélgome de que seas
testigo de mi amor, para que veas
desde cerca
el intento
con
que se atreve al sol mi pensamiento;
que si
me recataba
de ti,
Lisarda, fue porque pensaba
que
cuerda me quitases
la
ocasión, pero no porque llegases
a examinarla y verla
como
tú no me quites el tenerla.
LISARDA: Yo
estimo el haber dado
tan
buen corte a tu gusto y mi cuidado
que,
conformando extremos
tan
contrarios, Leonor, las dos estemos
gustosas de una suerte.
Mas
sólo un punto que me falta advierte:
el día
que llegare
a
pensar --¿qué es pensar?-- que imaginare
que yo
soy la que ha hecho
espaldas a tu amor y de tu pecho
en
esto tuve parte,
Leonor, te persuade que es quitarte
la
ocasión.
LEONOR:
El callarlo te prometo,
aunque
yo sea mujer y él sea secreto.
LISARDA: Pues
que ya recogida
está
la casa y yo vengo vestida,
sin
que oro brille y sin que cruja seda
que
informar a don Juan de quién soy pueda,
vete a
hacer la deshecha,
para que se desmienta la
sospecha,
con
aquella crïada
que
para abrir la puerta está avisada.
LEONOR: Ya dije que has sabido
tú la ocasión, Lisarda,
que ésta ha sido
la causa
de dejalla,
con
que no es menester aseguralla.
LISARDA: ¿Y
vino nuestro hermano?
LEONOR: No
vino. Pero aquése es temor vano;
porque
del nuestro tiene
su
cuarto muy distante, y cuando viene,
se
entra en él, sin que sea
fuerza
que este jardín mire ni vea.
Hacen ruido dentro
LISARDA: ¿Qué
es aquello?
LEONOR: Es la seña.
Ve a
abrir la puerta, pues.
LISARDA: Con no pequeña
turbación.
LEONOR:
Pues ¿de qué, di, vas turbada?
LISARDA: ¿No
ves que hago el papel de la crïada?
¿Don Juan?
Llega
a abrir. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN:
Sí, Nise bella;
yo soy
quien busca al sol con una estrella.
LISARDA:
Pisa quedo; que, aunque está
su
hermano fuera de casa,
Lisarda no duerme.
JUAN:
Escasa
de luz
la noche, no da,
Nise,
solo un rayo.
LISARDA: Ya
en
presencia de Leonor
será
luz y resplandor
la
tiniebla oscura y fría.
JUAN: Dices
bien; que todo es día
con el
sol.
LEONOR:
¡Don Juan, señor!
JUAN:
¡Leonor, señora, mi bien!
Deja
que en honestos lazos
supla
la fe de los brazos
lo que los ojos no ven.
LEONOR: ¿Cómo
se atreviera quien
no te
estimara a una acción
semejante?
JUAN:
Deudas son
que a
tu recato prevengo,
y solo
a pagarlas vengo.
LEONOR: ¡Nise!
LISARDA:
¿Señora?
LEONOR: Atención
has
de tener con el cuarto
de
Lisarda, no despierte
y a echarnos menos acierte.
LISARDA: Yo
tendré cuidado harto
de
Lisarda.
OCTAVIO:
Yo me aparto
hacia
la puerta a mirar
que
nadie salir ni entrar
pueda.
LEONOR:
¿Es Celio?
OCTAVIO: Leonor, sí.
(Mi
crïanza empieza aquí.) Aparte
LEONOR: Pues
¿cómo, no hay más hablar?
OCTAVIO: No
hay más hablar, porque más
callar
viene más a cuento;
que el
primero mandamiento
de amor es: no estorbarás.
No fui
tan necio jamás
que
jugué con quien supiese
más
que yo, ni que esgrimiese
con
amigo que estimase,
que
con mi amo me burlase,
que con mi moza riñese;
ni
con necios porfïé,
ni con
sabios argüí,
ni con
señor competí,
ni de
dama me confié,
ni con
celos me ausenté,
ni
tuve al fin por favores
cintas, cabellos ni flores;
ni en sucesos semejantes
me puse entre dos
amantes
que se
están diciendo amores.
Hablan
aparte don JUAN y don OCTAVIO
JUAN:
Bien el modo has imitado
de
Celio....mas oye.
OCTAVIO: Di.
JUAN: Puesto
que has de estar aquí,
divierte un poco el enfado
con el
humor de crïado.
Con
esto conseguirás
dos
cosas; y es que estarás
con
Nise bien divertido,
y,
siendo Celio fingido,
él
mismo parecerás.
OCTAVIO: Yo
voy; pero no quisiera
echarlo a perder.
LISARDA: (No sé Aparte
cómo
hablar con él, porqué
el
callar más yerro fuera.
Mas
sea de esta manera...
¡Ah, Celio!
OCTAVIO: ¿Nise?
Siéntanse
don JUAN y doña LEONOR, don
OCTAVIO llega a hablar con doña LISARDA
LEONOR: (¡Ay de mí!) Aparte
Que me
entretengas aquí
quiero.
OCTAVIO:
¿Entretenerte quieres?
Por
ventura, Nise, ¿eres
la
mujer de Montení?
LISARDA: Tu
buen humor me convida.
OCTAVIO: Pues
miente mi buen humor,
como
un mal convidador
que
conozco en esta vida,
el
cual para una comida
tres
amigos convidó
de
falso, y cuando llegó
del
convite el aplazado
día,
él muy descuidado,
sin
esperarlos, comió.
Entraron,
cuando ya estaba
al "Ite,
comida est",
y
colérico después
a su
despensero echaba
la
culpa, con que no hallaba
que
comer; y uno, a quien llama
segundo Apolo la fama,
al tal
convite movido,
antes
muerto que nacido,
hizo
este breve epigrama:
"Tiene Fabio al parecer
despensero a su medida,
que al
que convida se olvida
de
traerle que comer.
Si
en convidar, Fabio amigo,
gastas
tan poco dinero,
préstame tu despensero,
y
vente a comer conmigo."
LISARDA:
Bueno el epigrama es.
OCTAVIO:
Consiento el llamarle bueno,
porque
he dicho que es ajeno.
LISARDA: (Bien
va sucediendo, pues Aparte
no me
conoce.)
OCTAVIO: (¡Que des, Aparte
oh Amor--tu deidad te abona--,
nombre
y voz de otra persona!)
LISARDA: (En
verdad que es extremado Aparte
el
pícaro del crïado.)
OCTAVIO: (No
huele mal la fregona.) Aparte
LEONOR: ¿Tanto estimas el tener
esta
ocasión?
JUAN: Sí; y agora
que
duerme la blanca aurora
en
lecho de rosicler,
oh
Leonor, quisiera ser
de
toda esa esfera dueño
o, con
el opio y beleño
que da
el monte de la luna,
infundir en la fortuna
del
orbe silencio y sueño.
LEONOR:
Aunque en mi mano tuviera
el
orden del cielo yo,
hoy el
curso del sol no
parara
ni detuviera;
antes
más prisa le diera,
por
sentir el verte ausente;
que
quien ama firmemente,
don
Juan, que trocara sé
las glorias de lo que ve
a
penas de lo que siente.
LISARDA: (Ya
que más segura estoy Aparte
en lo
que sé, le he de hablar;
pues
así no podré errar.)
¿Y
cómo saliste hoy
de con
Lisarda?
OCTAVIO: (Aquí doy Aparte
al
través. Mas la voz mía
por mayor responda.) ¿Había,
hermosa Nise, de hacer
caso yo de esa mujer?
Todo
al fin fue niñería.
LISARDA: No
mucho, porque yo sé
que es
mujer que cumplirá
lo que
dijere.
OCTAVIO: No hará.
LISARDA: ¿Por
qué?
OCTAVIO:
Yo me sé por qué.
LISARDA: Ella
es fiera.
OCTAVIO: Ya yo sé
que
ella es fiera averiguada.
LISARDA: Como
nunca enamorada
se
vio, y nunca quiso bien,
no tuvo
duelo de quien
lo
está.
OCTAVIO:
Ella es una menguada.
LISARDA:
¿Menguada?
OCTAVIO: Y un argumento
lo
podrá probar mejor.
LISARDA: ¿Y
es...?
OCTAVIO:
Que quien no tiene amor...
LISARDA: ¿Qué?
OCTAVIO:
No tiene entendimiento.
LISARDA: Ése es
falso fundamento.
OCTAVIO: No es
sino fino.
LISARDA: Es error
dar a
amor tan superior
grado.
OCTAVIO:
Pues oye, y sabrás
que no
se apartan jamás
entendimiento y amor.
Es
amor una pasión
del
alma, tan firme en ella,
que a
duración de una estrella
se
mide su duración;
un
carácter o impresión
fija
que lleva la palma
al
tiempo, una dulce calma
que al
alma suspensa tiene,
tan
alma suya, que viene
a ser
el alma del alma.
Que
como si uno se atreve
fuego y nieve a mezclar, luego
vendrá la nieve a ser
fuego
o el
fuego vendrá a ser nieve;
porque
a la unión se le debe
tomar
el hielo o ardor;
así
amor y alma, en rigor,
juntándose en una calma,
o el
amor ha de ser alma
o el
alma ha de ser amor.
Luego,
si es en mi argumento
al
amor el alma igual,
y del
alma principal
potencia el entendimiento,
también del amor, atento
a que
ya es alma el amor,
y él,
como parte inferior
del
alma, le ha de asistir,
que el
criado ha de servir
al
huésped de su señor.
El
amor lleva tras sí
al
alma, lleva después
al
entendimiento, que es
parte
del alma; y así
queda
bien probado aquí
que
pecho en quien no halló asiento
amor,
y quedó violento,
no fue
porque fue crüel,
sino
porque no halló en él
ni
alma ni entendimiento.
LISARDA:
(Bachiller es el crïado.) Aparte
Diga
contra esa opinión
la
experiencia una razón.
Yo vi
un necio enamorado;
luego
es error haber dado
al
entendimiento fama
que
dueño de amor se llama,
pues
amar un pensamiento
no
está en el entendimiento,
supuesto que un necio ama.
Y
apura más mi razón.
¿Cuántos, por haber querido,
su
entendimiento han perdido?
Pues
estos efectos son
de una
amorosa pasión,
¿cómo,
dime, puede ser
entendimiento el querer?
Que
amor de su mismo asiento
no
echara al entendimiento
si le
hubiera menester.
OCTAVIO:
(Bachillera es la señora.) Aparte
Cualquiera que un arpa mida,
hace que responda herida,
no que
responda sonora.
Con
esto te he dicho agora
que un
necio amará también;
mas no
sabrá amar; que quien
ama
sin entendimiento
sonar hace el instrumento
pero
no que suene bien.
Dentro ruido
LISARDA:
¡Escucha, ay de mí!
OCTAVIO: ¿Qué es esto?
LISARDA: La
puerta abren del jardín.
OCTAVIO: La
cuestión tuvo mal fin.
LISARDA:
¡Señora!
LEONOR:
¿Nise?
LISARDA: Huye presto;
que la
suerte nos ha puesto
en
gran mal. Tu hermano viene
por el
jardín, como tiene
llave
de él.
LEONOR:
¡Triste de mí!
LISARDA:
Huyamos presto de aquí.
A los
dos salir conviene
por
las tapias.
JUAN: Saltad vos.
OCTAVIO: Tente,
señor; que no es bien;
que
hasta que libres estén,
no hemos de salir los dos
de aquí.
LEONOR: Pues adiós.
JUAN: Adiós.
Vanse
doña LEONOR y don
JUAN
OCTAVIO: Pues
no vuelven a hacer ruido
agora
me iré, advertido
de que
quedas sin cuidado.
LISARDA:
¡Válgate Dios por crïado
tan
valiente y entendido!
FIN DE LA
JORNADA PRIMERA
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