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ACTO PRIMERO
Salen el duque MAURICIO, y la duquesa doña
JUANA, su mujer, doña INÉS, su camarera, el duque
CLAUDIO, el marqués CARLOS, y gentiles hombres. Todos
salen como desposorio
CARLOS: Ya
en el domo, el cardenal
a vueselencias aguarda,
y en el
palacio real
vi
cercados de la guarda
los
mármoles del portal.
CLAUDIO: ¿Qué
falta para salir
agora a
la santa iglesia?
MAURICIO: El rey.
CLAUDIO:
Pues, ¿ha de venir?
MAURICIO: A
honrarnos.
CLAUDIO:
De su prudencia
más se
puede presumir.
JUANA:
Quiere honrarnos, siendo hoy
de
nuestras bodas padrino;
que
porque española soy,
me
favorece.
CARLOS:
Imagino
que
oyendo la guarda estoy.
Dentro
GUARDIA:
¡Plaza, plaza!
MAURICIO:
Él es, sin falta.
A
recibirle salgamos,
pues
una merced tan alta
de su
clemencia alcanzamos.
CARLOS: Pienso
que caeréis en falta,
porque ya está arriba y llega
donde
estáis.
Dentro
GUARDIA:
¡Plaza!
Salen el REY, el CONDE y VARÓN
MAURICIO: Señor,
mi
humildad a estos pies llega,
pues
tan inmenso favor
hoy
deja la envidia ciega.
¿Cuándo, señor, merecí
que mi
casa y su humildad
tal huésped tuviera en sí?
REY: Alzad,
duque; duque, alzad.
MAURICIO:
Quisiera tener aquí
riquezas para ofrecerlas
a estos
pies; que sólo ellos
pudieran enriquecerlas,
[.......................- ellos]
[.......................- erlas]
y
que del rubio arrebol
tapices
el sol le diera,
sus
Indias el español,
y, al
fin, que esta casa fuera,
señor, la Casa del Sol.
REY:
Duque, su adorno y concierto
es
digno de gran valor.
A
encarecerlo no acierto.
Poned la
gorra.
MAURICIO:
Señor...
REY: Basta,
no estéis descubierto.
Y
vos, señora, seáis
a esta
tierra bien venida,
que
enriqueces y adornáis.
JUANA: Ya que
con alma y con vida
una
crïada tengáis
en
mí...
REY:
(¡Oh, España, perfeta Aparte
región,
cielo en serafines,
a quien
el orbe respeta,
muerto
soy!) Para chapines
[os]
doy, duquesa, a Gayeta.
JUANA: Merced de esas manos es.
REY: Y a
Coloneta posean
vuestros pies; que razón es
que
estos dos ciudades sean
chapines de vuestro pies.
JUANA: Como
de tan gran padrino
son las arras,...
REY: Duque, a vos
por mil razones me
inclino.
(¿Qué
es esto? ¡Válgame Dios! Aparte
¿De dónde
mi suerte vino?
Parece cosa imposible;
libre
entré, cautivo estoy.
¡Oh, Amor, oh dios invencible!
Pero soy rey y hombre
soy,
y
enamorarme es posible).
¿No vamos?
MAURICIO:
Gran señor, sí,
porque
aguarda el cardenal.
REY: (Loco
estoy, no estoy en mí. Aparte
¡Oh,
española, por mi mal
y por
mi muerte te vi!)
Vuestro padre, el duque, es
deudo
mío muy cercano,
y un
gran príncipe después.
JUANA: Es
hechura de tu mano,
y yo alfombra de tus pies.
REY: Levantaos, ¡por vida mía!
La gente de España sola
sabe
enseñar cortesía!
(Un
infierno es la española, Aparte
y es su
mano nieve fría).
¿Queda en Ribagorza agora
su
excelencia?
JUAN: Hasta Colibre
me
acompañó.
REY: ¡Hola! ¿No es hora?
¿Qué aguardamos? (Dios me libre). Aparte
MAURICIO: A
vuestra alteza.
REY:
Señora,
¿cuándo
a la reina veréis?
JUANA: Mañana
la iré a besar
las manos.
REY: ¡Hola! ¿Qué hacéis?
¿No vamos?
MAURICIO:
Si das lugar,
sí,
señor.
REY:
¿No le tenéis?
(Ya,
Amor, te rindo la palma). Aparte
CARLOS: Al
cardenal desigual
disgusto le da esta calma.
REY: (Ya me
hace este cardenal Aparte
cardenales en el alma).
Vamos, duquesa. (¡Oh, cuál
voy! Aparte
Ten
lástima, Amor, de mí).
[A un lado los dos]
¡Conde!
CONDE: A
tus pies estoy.
REY: Finge
que me das aquí
un
papel.
CONDE: Ya
te le doy.
Señor, aqueste papel...
REY: ¿Es de
la reina?
CONDE:
Señor,
es de
su alteza.
REY:
¿Y en él,
qué me
escribe? (¿Cómo, Amor, Aparte
siendo
niño, eres crüel?)
[A un lado CARLOS y CLAUDIO]
CARLOS: Las bodas vendrán a ser
muy tarde ya.
CLAUDIO:
Por su alteza
se han
venido a detener.
CARLOS: Ser tarde es mayor grandeza.
REY: Por fuerza he de responder.
Dadme recado. Llevad,
duque,
a la duquesa al Domo,
y en
ella un poco aguardad
mientras escribo. (¡Ya tomo Aparte
veneno!)
CLAUDIO:
¡Plaza!
CARLOS:
¡Apartad!
JUANA:
Vuestra alteza dé licencia.
REY: Es
darla muy justa cosa,
que se
ve en vuestra prudencia
que
sois cortés como hermosa,
y
hermosa por excelencia.
CLAUDIO:
Sospecho que las dos son.
MAURICIO: Llegan
carrozas, ¿qué esperas?
Vanse todos y quedan el REY, el CONDE y
VARÓN
REY: (¡Ay,
Elena de Aragón, Aparte
nunca a
Nápoles vinieras,
si has
de ser mi perdición!
Nunca tu fama creí,
pero
tus ojos han sido
basiliscos para mí,
que en
un instante han perdido
mi ser, y mátanme así).
Conde, Varón, no hay quien venza
mi
enemigo, estoy mortal,
no
hallo quien mi mal convenza.
CONDE: Señor,
¿qué tienes?
REY: Un mal
que se dice con vergüenza.
El
alma tengo ofrecida
a un
dios desnudo y sin ley.
VARÓN: ¿Hay
vergüenza que eso impida?
REY: Sí, que
enamorarse un rey
es
bajeza conocida.
¡Ay,
hermosa doña Juana,
divino
sol de Aragón!
[.................. -ana]
[.................. -ón]
[.................. -ana].
Nunca vieras las riberas
del mar; que, lleno de asombros,
vieras sus entrañas fieras
cuando en sus celosos hombros
pasó en salvo tus
galeras.
A pesar de los timones,
las ondas se te cuajaron;
nunca ninfas ni tritones
por verte pasar, fundaran
espumosos torreones.
En vuestras manos está
hoy mi vida.
CONDE: ¿Eso, señor,
tanto cuidado te da?
Siendo
rey y con amor,
¿quién
resistirte podrá?
Pero
la que pasa allí
es,
señor, su camarera.
REY: Pues,
llámala. Estoy sin mí.
Mas no la llames, espera.
VARÓN: Luego,
¿tienes miedo?
REY: Si.
VARÓN:
Pues, desengañarte puedo,
que
será tu mal terrible.
REY: De Amor
este miedo heredo,
que es
hijo de lo imposible,
y es
compañero del miedo.
Más
vale, conde, llamar.
CONDE: Voy.
Vase el CONDE
VARÓN:
A esta mujer allana
con
dar; que las vence el dar.
Eva tomó la manzana
porque
supiese tomar.
Salen el CONDE y doña INÉS
INÉS: ¿Qué
me manda vuestra alteza?
REY:
Levantad.
INÉS:
Muy bien estoy
delante
vuestra grandeza,
que sois rey.
REY:
Aunque lo soy,
tratadme con más llaneza.
¿De
dónde sois?
INÉS: Soy, señor,
de España.
REY:
Dicen que es bella.
[Aparte a VARÓN]
¿No
entro bien?
VARÓN:
Dile tu amor,
que yo
he colegido de ella
que lo
entenderá mejor.
REY:
¿Cuánto ha que acompañáis
la
duquesa?
INÉS:
En su servicio
nací.
REY:
¿Y en qué os ocupáis?
INÉS: En su
cámara.
REY:
¿En qué oficio?
VARÓN: ¡Rey!
CONDE: ¡Señor!
REY: Necios andáis.
INÉS:
Soy, señor, su camarera.
REY: ¿Está
la duquesa inclinada
a
fiestas? Que hacer quisiera
fiestas, si de ella se agrada.
INÉS: No, de
ninguna manera
REY: ¿Suele a saraos acudir?
INÉS: Pocas
veces.
REY:
¿Danza?
INÉS:
Un poco.
REY: ¿Nota
bien? ¿Sabe escribir?
INÉS: Bien,
mas lo aborrece.
REY: (¡Loco Aparte
estoy!) ¿Tiene en el vestir
cuidado?
INÉS:
No, que es modesta
en las galas.
REY: ¿Es amiga
de visitas?
INÉS:
Si es honesta.
REY: ¿De
terrero?
INÉS:
Es enemiga.
REY: ¿Es conversable?
INÉS: Es compuesta.
REY:
¿Trata espejo cristalino?
INÉS: (Las
preguntas que he escuchado Aparte
más son, a lo que imagino,
preguntas de desposado
que
preguntas de padrino).
REY:
Pues, ¿a qué se inclina?
INÉS: Al monte,
donde
sigue el jabalí,
o por el verde horizonte
al oso,
y al hallarle allí,
siguiera al rinoceronte.
Cuando estaba en Ribagorza,
por los
matizados ramos
mataba
el gamo y la corza;
que son de bronce sus manos
aunque parecen de
alcorza.
REY:
¡Hola! Desviáos allá.
Si de
mi parte un recado
le das
hoy, tuyo será
en
Nápoles un condado,
y a mi
cuenta quedará
el
casarte. ¿Qué te alteras?
Yo soy
rey, y por un rey,
cuando
tú en ello perdieras,
que hagas es razón y ley
lo que por ninguno
hicieras.
De tal suerte me ha dejado
su
donaire y su hermosura
que
hasta el alma me ha abrasado,
y no
juzgues a locura
este
amoroso cuidado.
INÉS:
Señor, si no imaginara
que eres mi rey, de otra suerte
lo que
me has dicho tomara.
Que soy
española advierte,
y de
sangre ilustre y clara.
Y si
como ese condado
me das,
tu reino me dieras,
lo hubiera aquí despreciado
como
por él me pidieras
tercería ni recado.
Si
el alma, señor, te engaña,
Nápoles te podía dar
actor de tan torpe hazaña;
que yo sé servir y honrar,
porque
he nacido en España.
Vase INÉS
VARÓN:
Señor, ¿cómo ha respondido?
REY: Ha
respondido de suerte
que he
quedado sin sentido.
La
sentencia de mi muerte
me ha
pronunciado y leído.
CONDE: Al
fin, ¿respondió que no?
REY: No la
escopeta preñada
de tal
suerte respondió,
del
pedernal agraviada
que con
violencia le hirió.
VARÓN:
Pues, señor, escribe luego
un
papel, con que podrás
templar
su desasosiego.
REY: Y si tú
el papel le das,
pondrás
templanza en mi fuego.
CONDE: Vamos,
señor, que te aguarda
el
cardenal, y con él
los
novios.
REY:
Llama a la guarda,
Varón. ¿Al fin, que el papel
veré en
su mano gallarda?
VARÓN: Él templará tus enojos.
Sale CARLOS
CARLOS: A
vuestra alteza real,
el cardenal...
REY: ¡Oh, qué enojos!
Vamos, que este cardenal
ya le
llevo entre los ojos.
Vanse,
y salen don FELIPE de Cardona y el
marqués ASTOLFO, de camino
FELIPE: Un
pobre caballero soy de España,
y si
otra cosa escriben, es engaño;
que un
humilde crïado me acompaña
en mis desdichas puede haber un año.
ASTOLFO: El que
escribe esta carta no se engaña
ni
pretende con ella vuestro daño;
amigo
es vuestro, y tanto que la vida
pondrá
por vos.
FELIPE:
¿La letra es conocida?
ASTOLFO: La letra es conocida y la persona
que la
escribe lo es más.
FELIPE: ¿Veré la
firma?
ASTOLFO: Dice la
firma "El duque de Cardona,
y
vuestro padre."
FELIPE:
Basta. Si él lo afirma,
su hijo
soy, que su valor me abona,
y en su
sangre y nobleza me confirma,
la mía
de su pecho la recibe.
Y en
ella, ¿qué os escribe?
ASTOLFO: Esto me escribe:
Lee
He
sabido que el Conde de Ampudias, mi hijo,
está
entretenido en las galeras de vueseñoría.
Recibiréla muy grande en que le
favorezca,
porque es
fuerza que viva así encubierto hasta
que en
desafío, como honrado caballero, vengue
la
muerte de don Carlos, su hermano, si el rey
se lo
otorga. Vueseñoría le apadrine; que
la
merced que recibiere correrá por cuenta mía.
Dios me
guarde a vueseñoría mil años.
De
Barcelona, y marzo . El Duque de
Cardona.
FELIPE: Ya,
famoso marqués, que habéis sabido
quién
soy, es justa cosa que os declare
la forzosa ocasión de haber venido
donde
vuestro valor mi agravio ampare.
Salí de
Cataluña, y he corrido
toda la Francia, y quiere Dios que
pare
en
vuestras baleáricas riberas,
coronadas de naves y galeras.
Es,
marqués, mi propio nombre
don
Felipe de Cardona,
porque
de una misma suerte
duque y
ducado se nombran.
Entre
mi famosa casa
y entre la casa famosa
de los
Aragones hay
una
entrañable discordia.
Mas
viendo el rey de Aragón
y el
Conde de Barcelona
que la
paz de un casamiento
todo lo allana y conforma,
concertaron de casarme
con la
divina y hermosa
doña
Juana de Aragón,
sol
claro de Ribagorza.
Otorgados los conciertos,
para las arras y bodas,
dio cornerinas el Asia,
y dio
el África heliotropias.
Otra
vez el Pirineo
derritió sus blancas rocas
vertiendo sierpes de pala
que por
su falda se enroscan;
que
alegres del casamiento,
pienso
que hacía de todas
virillas, para adornar
los
chapines de mi esposa.
Hasta
el mar quedó empeñado,
pues, despreciando el aljófar,
sacó perlas transparentes
de los cofres de sus conchas.
Quedó sin telas Milán
y sin
riquezas la Europa;
el
Betis sin los caballos
que
engendró en su madre Bóreas.
Al sol
vimos despeado
que por
darme su carroza,
haciendo largos los días,
caminó
a pie por sus zonas.
Esparcióse por el mundo
la fama
de nuestras bodas,
y en
Milán por el palacio
del
duque Francisco Esforcia,
envidioso de mis bienes,
quiso
atropellar mis glorias
pidiendo para su hijo
esta
divina española.
El
cual, mientras vive el padre,
dicen
que en Nápoles goza
el
ducado de Milán
y el
marquesado de Soma.
Y
viendo que es la vejez
avarienta y codiciosa,
en
trescientos mil ducados
por
hacerme mal, la dota.
Y al
conde, contrario nuestro,
le hace
el interés que rompa
los conciertos y palabras,
invencible en nobles bocas.
Hicieron nuevos
conciertos
y el
novio lleno de joyas
pasó a
ofrecerlas a España
a las
plantas de la novia.
En
cimientos de zafiros,
entre las
azules ondas,
fundaron un edificio
de
quien los mares se asombran.
De
cristal y oro formadas
eran
las gallardas popas,
y en
los árboles pendían
mil flámulas
revoltosas.
Quejáronse, hiriendo el viento,
los clarines, y las trompas
de vanidad se hincharon,
las bastardas y las bordas.
Al fin, a pesar del
golfo,
las seis cajas voladoras
roncaron en Vinaroz,
libre la apacible costa.
Desembarcaron en ella
y desde
allí a Zaragoza
llegaron en pensamientos,
que
pueden serlo las postas.
Yo, de
mi esposa llamado,
también
me acercaba en otras,
que la
mar a los amantes
les da
la vida por horas.
Traía
treinta crïados,
todos
con capas gasconas,
con los
aforros de tela
de
color de mi congoja;
y con
don Carlos mi hermano
otras
ilustres personas,
que
fueron a ser testigos
de mi
lamentable historia.
Desempedrando la calle
llegamos juntos en tropa
a las
puertas de su casa,
cerradas para mi gloria.
Y
entrando alegres por ellas
vimos
una Babilonia
en la confusión de lenguas
italianas y españolas.
Al fin,
gente de palacio,
que
corren cruzan y estorban;
y sin
saber a qué van,
unos
con otros se topan.
El
alboroto y las luces,
de
quien huían las sombras,
a saber
nos obligaron
por qué
causa se alborotan.
Un paje
dijo... no puedo
parar a
contarlo ahora;
mas
otro, sin preguntarlo,
nos
dijo de aquesta forma:
"¿Es posible, mis señores,
que
este regocijo ignoran?
¿No
saben que doña Juana
aquesta
noche se otorga
con el
duque don Mauricio,
que ha
llegado por la posta?"
Yo
entonces --entre los labios
el
alma-- dije: "¿Tú ignoras
la
causa de este alboroto,
pues al
revés nos informas;
que es
el que viene a otorgarse
don
Felipe de Cardona,
conde
de Ampudias y duque
de su
nombre y casa propia?"
Respondió: "Reíos,
señor,
que es
el que se otorga agora
don Mauricio,
que de este otro
no
hacen caso ni le nombran.
Y si no
queréis creerme,
subid
allá, que os importa,
si os
deja el mar de la gente
romper
sus confusas olas."
Yo, entonces, como la bala
que
escupe la negra boca,
oprimida del salitre,
que
gime cuando la [arroja],
me subo
por la escalera,
y tras
mí mi gente toda,
y a pesar
de los porteros
entro,
aunque el paso me estorban.
Llegué
a la postrera sala,
y a la
luz de cuatro antorchas
pudieron ver mis dos ojos
mis celos y mis deshonras.
Mas no las vieron apenas
cuando
mi cólera loca,
mis
razones, y mi espada
toda la
gente alborotan.
Vieras,
sin ser primavera,
brotar
relucientes hojas,
que son
árboles los hombres
cuando
se enfadan y enojan.
Doña
Juana alborotada,
descompuesta y vergonzosa,
da
voces, y el duque aleve
toda la
gente convoca,
y por la
espalda a traición
llegó
una punta alevosa
al
corazón de mi hermano,
de
donde el alma le corta.
Y
entonces a mis contrarios
acometí
de tal forma
que no
dejara a ninguno
a ser
en el campo a solas.
Acudió
el pueblo, y fue fuerza,
porque
nadie me conozca,
dejar
la ciudad y el reino,
vertiendo enojo y ponzoña.
He
desafïado al duque,
pidiendo campo en Saboya,
en
Francia y en Alemania.
A
Nápoles vengo agora
para
que el rey don Alonso
me le
otorgue; y si le otorga,
él como
buen caballero
en el
campo me responda.
Que
después de haberlo muerto
ha de
ser mi amada esposa
doña
Juana de Aragón,
que
como el alma me adora.
ASTOLFO: Como
vengo de correr
desde Asia a Constantinopla,
y he
estado ausente del reino,
no he
sabido vuestra historia.
Y pues, señor, el serviros
es obligación forzosa,
no habrá cosa en vuestro gusto
que
delante se me ponga.
FELIPE: Ya
agradezco esa merced
pero
sabed que me importa
darle
muerte en estacada,
que he
de vengarme con honra.
Sale FRISÓN, lacayo, de camino
FRISÓN: No
quisiera haber quedado
en
Nápoles, por no ver
el mal
que no ha de poder
ser de
mi lengua contado.
O
entrando en ella, señor,
cogiérame una pared
o matárame la sed,
que es
la maldición mayor.
Hartárame en el camino
de agua en las cisternas frías,
y en todas sus hosterías
no hallara un trago de
vino.
FELIPE: ¿Qué traes, Frisón?
FRISÓN: No sé
por
donde empiece a contar
tu mal.
FELIPE: ¿Qué, siempre has de estar
borracho?
FRISÓN: Yo callaré.
FELIPE: ¿Qué has de callar y decir?
FRISÓN: Con lo
que estoy consolado
es con
ver que anduve honrado
y que honrado he de morir.
En su diluvio, Noé
no hizo
tanto como yo.
FELIPE: ¿Qué hiciste?
FRISÓN:
El mundo lo vio.
FELIPE: ¡Ah,
cuero!
FRISÓN:
Yo callaré;
mas
sólo, señor, te digo
que
hice por ti en la ocasión
lo que
no hiciera un león;
que en
la ausencia es el amigo.
Que
estocadas le tiré
a un
franchote por San Ponce
que a
esperarme fueron once.
FELIPE: ¿Qué
dices?
FRISÓN:
Yo callaré.
FELIPE: Si en Nápoles has bebido,
cuéntame lo que has soñado.
FRISÓN: Yo soy
un lacayo honrado,
dentro
[en] Gascuña nacido,
y
bebo lo que me basta.
ASTOLFO: ¿Quién
es éste?
FELIPE: Es un garzón
que me
acompaña.
FRISÓN:
Frisón
me
llamo.
ASTOLFO:
Lindo humor gasta.
FELIPE: Si
vienes en tu jüicio,
Frisón,
lo que has visto cuenta.
FRISÓN Vi la
ocasión de tu afrenta.
FELIPE: ¿A
quién?
FRISÓN:
Al duque Mauricio,
señor, sólo en dos razones:
doña
Juana de Aragón
y el
señor duque, si son
casarse las velaciones,
se
iban, señor, a casar
a la
iglesia; mas vengado
quedas,
pues yo, alborotado,
sin
poderme reportar,
meto
mano, y no esperaron,
y crïados
que volvieron
seis
coscorrones me dieron
y por
necio me dejaron.
Yo
en el campo me quedé
sin
hüir, y así la gloria
me
dieron de la victoria.
FELIPE: No hables más.
FRISÓN: Yo callaré.
FELIPE: ¡Válgame Dios! ¡Jesús! ¡Qué doña Juana
de Aragón es mujer que me
ha engañado!
¡Qué me
ha salido mi esperanza vana!
¡Qué por
el duque aleve me ha dejado!
Forzaríala el padre, cosa es llana;
mas,
¿qué albedrío se rindió forzado?
Ella de
voluntad se casaría.
¡Mal
haya el hombre que en mujeres fía!
ASTOLFO: Callad, que por ventura será engaño
y la
verdad en Nápoles veremos.
FELIPE: Verdad,
marqués, será, siendo en mi daño.
ASTOLFO:
¡Hola! Postas nos dad.
No hagáis extremos.
Desde hoy en mal o en bien os
acompaño.
FELIPE: Mi vida
es vuestra.
ASTOLFO: Juntos moriremos,
que
está ya vuestro agravio a cuenta mía.
FELIPE: ¡Mal haya el hombre que en mujeres fía!
Vanse,
y salen el REY, el CONDE y el VARÓN
REY: Sus colores sacar quiero
en estas fiestas
mañana.
¡Ay
divina doña Juana!
Llamad,
conde, al camarero.
VARÓN: Hoy
viene sin falta a ver
a la
reina, mi señora.
REY: ¿Cuándo lo supiste?
VARÓN:
Agora.
REY: Varón, tuyos han de ser
el alazán español
que me
envió el de Castilla,
con
caparazón y silla,
y el bayo,
que los del sol
deja
atrás con ligereza,
y tuyos
aquellos tres
en que subí ayer.
VARÓN: Los pies
mil veces beso a tu
alteza.
CONDE: Ya
viene, señor.
REY: Ya viene,
Varón. Idla a recibir.
Vos,
también podéis salir.
Salid
presto, ¿qué os detiene?
CONDE: De
aquesto admirarme quiero.
REY: ¿No
basta quererlo yo?
CONDE: Pues,
¿cuándo se recibió,
señor,
a tu camarero?
REY: No
le recibáis, Varón,
que fue
inadvertencia mía,
entendiendo que venía
doña
Juana de Aragón.
CONDE:
Antes, señor, yo sospecho
que el
duque y ella se van,
según
dicen, a Milán,
y que
[este] viaje está hecho.
REY: Malas nuevas os dé Dios.
CONDE: Ellos a
decirlo obligan.
REY: Yo
quiero que ellos lo digan
y que
no lo digáis vos.
CONDE:
Verdad es que en la ciudad
se
publica y no se esconde.
REY: No todas las veces, Conde,
se ha de decir la verdad.
CONDE:
Antes, señor, si la digo
es para
que busques medio
para
impedirlo.
REY: Remedio
me dad, pues.
CONDE:
Tu gusto sigo.
Ofrécele tus galeras
y haz
que el marqués las prevenga,
y di
que los entretenga
con engaño en las riberas.
Y en tanto, puedes...
REY: ¿Qué puedo?
CONDE: Temo.
REY: Acaba, ¿en qué reparas?
CONDE: Tengo
miedo.
REY:
Si tú amaras,
no
tuvieras, Conde, miedo.
CONDE:
Puedes hacer que le den
muerte
con secreto.
REY:
¿Muerte?
CONDE: Sí,
pues, ¿puedes de otra suerte
gozar
la ocasión más bien?
Porque estando el duque vivo,
será
imposible vencella,
porque
la española bella
le tiene
amor excesivo.
REY: Ése
es muy grande subsidio.
CONDE: Amor
tiene aqueste imperio.
REY: Dime,
¿no basta adulterio
sin
también homicidio?
CONDE:
David hizo con Urías
lo
mismo por Bersabé.
REY: Después
regó a Gelboé
con
llanto y lágrimas frías.
CONDE: Pues
tú harás eso después
como
David.
REY:
Tengo amor
al
duque.
CONDE:
Templa, señor,
tu
voluntad, si así es;
que
mal le puedes querer
bien,
procurándole mal,
que no
hay mal que sea igual
al
codiciar la mujer.
REY: Si
él a la guerra se va
y queda
acá doña Juana,
¿mi
pretensión no está llana?
CONDE: No, que
se la llevará
consigo, que agora son
recién
casados.
REY:
Amigo,
siendo
así, su amor maldigo.
CONDE: Doña
Juana de Aragón
es
noble, y aquesto baste,
y él
vivo, no has de vencella.
REY: Conde,
yo muero por ella
después
que me la nombraste.
Muera el duque y muera el mundo,
que es
justa razón y ley
que él
muera y que viva un rey.
CONDE: Yo en
justa razón lo fundo.
REY:
Mueran mil duques.
CONDE: Señor,
hoy he de darle el papel
y
colegiremos de él
si es
invencible su amor.
Si a
él responde, aunque enojada,
es
pedir que otro le des;
que
ésta entre las damas es
una lección muy usada.
REY:
Callad, que viene la reina.
Sale la
REINA
REINA: ¿Qué
hace vuestra alteza aquí?
REY: ¡Oh, reina! (Mas, ¡ay, que en mí Aparte
sola doña Juana reina!)
REINA: Este
memorial me han dado
unas
pobres religiosas,
que por
ser de Cristo esposas
el alma
le han consagrado,
y a
vuestra alteza suplican
que
[las] mande remediar,
que no
pueden acabar
una
iglesia que fabrican
por ser pobres y por ser
de limosna lo que han
hecho,
y está
la iglesia sin techo.
REY: Mandad
que le hagan hacer
a mi
costa luego. Conde,
désele
a su alteza gusto,
fuera
de que hacerlo es justo.
Adiós,
mi señora.
REINA:
¿Adónde
se
va tu alteza tan presto?
(Todos
sus negocios son Aparte
con el
conde y el varón.
No sé
qué sospeché de esto).
REY:
Ando, señora, ocupado
en una
ocupación justa,
que
escriben que en Famagusta
el Otomano ha juntado
alcaides y sus virreyes,
genizaros y galeras,
para robar las riberas
mías y de otros reyes.
REINA: Con
tan justa ocupación
muy bien
mis tratos se impiden.
Sale un CRIADO
CRIADO:
Licencia para entrar piden
doña
Juana de Aragón
y el
duque Mauricio.
REY: Ella
[puede
entrar] sola.
REINA: ¿Y él no?
REY: Aquesto he mandado yo.
REINA: Doña
Juana es muy bella.
REY:
Hermosa es y virtüosa.
REINA: Su
virtud es manifiesta,
y sé
que es cuerda y honesta
en el
grado que es hermosa.
[Aparte al VARÓN]
REY:
(Procura darle, Varón
a esta
divina mujer
este
papel).
VARÓN:
(Y ha de ser,
señor,
con esta invención).
Gran
señora, una española
que
está triste y afligida,
[............... -ida]
viviendo en Nápoles sola,
aunque con su viuda madre,
desea para vivir
a la
duquesa servir,
atento
a que fue su padre
de
los suyos en España
crïado,
y este papel
le
envía, pintando en él
su
necesidad extraña.
Yo se lo había de dar,
pero
mejor vuestra alteza
lo
alcanzará.
REY:
Su pobreza
ya
deseo remediar.
Salen el Duque MAURICIO y doña JUANA
MAURICIO:
Dénos los pies, vuestra alteza.
REY: Duque,
levantad del suelo,
y vos,
señora. (Del cielo Aparte
es su
divina belleza).
MAURICIO: Y
vuestra alteza nos dé
los
pies también.
REINA:
Duque, alzad,
y vos,
duquesa, os sentad
aquí.
JUANA:
Bien así estaré.
REINA:
Sentaos.
MAURICIO:
Mi padre me escribe
que
haga de la corte ausencia,
y vengo a pedir licencia.
REY: ¿Para
qué? ¿Tan mal se vive
en
mi corte?
MAURICIO:
Antes me muero
en
ausentarme, señor.
Porque
mi hermano mayor
que es
de Milán heredero,
y
señor de Lombardía,
está
malo y quiere verme,
y mi
padre, por tenerme
consigo, a llamarme envía.
JUANA: Yo
vengo a que vuestra alteza
conozca
en mí una crïada.
REINA: Doña
Juana, aficionada
vuestra
virtud y nobleza
me
tiene, y sentiré mucho
que de
Nápoles os vais,
porque
todo lo alegráis.
REY: (Alma y
sentido, ¿qué escucho? Aparte
¿Qué
doña Juana se ha de ir?
¿Qué su
sol se ha de poner?
¿Qué al
alma ha de anochecer,
y que
he de poder vivir?)
REINA:
Tomad aqueste papel,
duquesa, y antes que os vais,
os
encarezco que hagáis
todo lo
que viene en él.
JUANA: ¿Qué
me podéis mandar vos
en que
yo no os sirva luego?
REINA: Esto,
duquesa, os lo ruego,
porque es
servicio de Dios;
que
si no, no lo pidiera.
VARÓN: (Ya el
papel le dio, señor,
y le
abre).
REY:
(Ayúdame, Amor, Aparte
si
estás en tu quinta esfera).
Duque, en notable ocasión
me desamparáis, pues, ¿cómo,
cuando yo las armas tomo
y
tremolo mi pendón,
me
desamparáis la tierra?
MAURICIO: ¿Pues,
hay guerra?
REY:
Cruel y brava,
que en
paz Nápoles estaba;
mas ya,
duque, todo es guerra.
Ya
para causarme enojos
el
enemigo me acerca,
y está
de mí ya tan cerca
que le
miro con los ojos.
MAURICIO: Yo
no he llegado a entender
que
haya guerra en esta tierra.
REY: Pues,
hayla, y sólo esta guerra
vos en
paz podéis poner.
MAURICIO: Si
en mí consiste la gloria
no me iré.
REY:
Como no os vais,
duque,
y como os detengáis,
yo
saldré con la victoria.
JUANA:
Señora, en lo que el papel
me
pide, gusto recibo;
mas estando
el duque vivo
todo
corre a cuenta de él.
Con
él habla y no conmigo
que
cuando su esposa fui,
la
voluntad le ofrecí,
y sólo
su gusto sigo.
REY:
(¡Oh, qué discreta mujer! Aparte
Darme a
entender ha querido
que
está vivo su marido
y no le
puede ofender;
pero
que si muerto fuera,
su
voluntad me entregara,
Bien su
intento me declara.
¡Muera
el duque, el duque muera!)
MAURICIO: ¿Qué
es esto?
JUANA:
Manda su alteza
que
este papel satisfaga
y una
buena obra [se] haga
remediando
una pobreza,
y a
su alteza respondía,
mi
señor, que sin licencia
vuestra, yo no...
MAURICIO:
Inadvertencia,
si es
la hacienda vuestra y mía.
A su
alteza le dad gusto
en lo
que pide el papel.
REINA: Todo lo
que pido en él,
duque
Mauricio, es muy justo.
Aparte el REY, el CONDE, y el VARÓN
VARÓN: Pues
el papel ha leído
con gusto
y no se ha turbado,
movido
le ha tu cuidado
y tu
afición le ha vencido.
CONDE: Del
papel respuesta espera.
REY: (Que dé
muerte a su marido Aparte
por
cifras me ha respondido.
¡Muera el duque, el duque muera!)
Duque, el turco en Famagusta
ha
juntado gruesa armada,
y
teniéndola cercada
me han
avisado que gusta,
antes que la señoría
socorro
envíe, tomarla,
con
intento de asolarla
con
Chipre y con Nicosía.
Y de
aquí quiere bajar
a
nuestra costa y riberas
a robar
con las galeras;
y esto lo he de remediar
con
que vos, duque, al momento
mi
estandarte tremoléis
y los
hombros le doméis
al
turquesado elemento.
Que
aunque el general Astolfo
con serlo le satisfago,
Príncipe del Mar os hago.
Id, duque, y tomad su golfo;
que la duquesa os
dará,
Príncipe del Mar, licencia.
[.................. -encia].
JUANA: Señor,
si a serviros va,
no
es razón que yo lo impida.
MAURICIO: Luego,
señor, partiré,
y en tu
servicio pondré,
si te
importare, la vida.
Salen
el marqués ASTOLFO y don FELIPE
ASTOLFO: Vuestros pies, señor, me dad.
REY: Oh,
marqués, habéis venido
a verme
a tiempo escogido.
No
estéis así, levantad.
Dicen que el turco se ha entrado
a
Famagusta.
ASTOLFO:
Señor,
por la
costa ese rumor
se ha
extendido y divulgado.
REY: Pues, id luego a acompañar
al duque hasta el mar,
marqués;
que sois general, y él es
el Príncipe del Mar.
ASTOLFO:
¿Príncipe del Mar?
REY: Sí,
que
como aunque más importe
no
puedo dejar la corte.
Hoy el
duque va por mí.
[Aparte al Marqués ASTOLFO]
FELIPE:
(Marqués, estoy sin sentido.
¿Duermo
acaso? ¿Estoy soñando?
Pienso
que me está engañando
la
vista, y pierdo el sentido.
¿No
es éste el duque Mauricio?
Doña Juana de Aragón,
¿no es
ésta? Sí, los dos son.
Loco estoy. Pierdo el jüicio.
¿Cómo? ¿Qué mi esposa esté
con
otro dueño a mis ojos?
¿Y que
sufro estos enojos
y que muerte no les dé?
Ya
no lo puedo sufrir.
Marqués, podéis perdonar,
que
pues no puedo matar
quiero
salirme a morir.
Vase [don FELIPE]
ASTOLFO: Ya, señor,
que mil mercedes
de
vuestra mano recibo,
entre
las muchas que os debo,
que me
hagáis una os suplico.
REY:
Cualquier cosa que pidáis
daré
con gusto infinito;
pedid,
que yo os lo concedo.
ASTOLFO: Cosa
honrada es la que pido.
Ya
sabéis, señor, que soy
Cardona, y que soy sobrino
de los duques de Cardona,
honor de los blancos lirios.
REY: Ya lo
sé.
ASTOLFO:
Pues hoy en nombre
de don
Felipe, su hijo,
cito a
plazo y pido campo.
REY: ¿A
quién?
ASTOLFO:
Al duque Mauricio.
Y aquí
con vuestra licencia,
gran señor, le desafío;
que
quiere dar a entender
en la
batalla mi primo
que la
muerte de su hermano
alevosamente ha sido.
MAURICIO: Y yo os
suplico también
que lo
otorguéis; que imagino,
con
sola daga y espada,
sin
armas ni peto limpio,
sustentaré lo contrario.
REY: Pues,
yo otorgo el desafío
para el
día que volváis
triunfando
del enemigo.
ASTOLFO: Soy
contento.
MAURICIO:
Soy contento.
ASTOLFO: Nombre
el duque su padrino.
MAURICIO: Mi
padrino será el conde.
ASTOLFO: Yo por
don Felipe afirmo
que he
de ser padrino suyo;
y
serviros determino,
que no
he de dejar por esto,
duque,
de ser vuestro amigo.
[.....................]
REY: Duque,
poneos en camino
al
momento, y vos, marqués,
venid,
porque hagáis lo mismo.
Adiós,
señora. De vos,
duquesa, no me despido
pues
quedáis en nuestra corte.
JUANA: Quedaré
para serviros.
REINA:
Vistadme, doña Juana,
que en veros gusto recibo.
MAURICIO: Sé que
[ella] se ocupará,
señora,
en vuestro servicio.
REY: (Ay,
conde, que voy sin alma). Aparte
Vanse todos y quedan la REINA y el VARÓN
REINA: Varón, mirad
si ha venido
mi
confesor.
Vase el VARÓN
El papel
de las
esposas de Cristo
es
éste. Quiero que el conde,
pues el
rey le ha remitido
su
cuidado, se lo dé
al
Varón. ¡Qué bien escrito!
¡Con
qué profunda humildad
su
necesidad han dicho!
Quiero
volver a leerle
aunque
otra vez le he leído.
Lee
"Duquesa, como el Amor,
como al
parecer es niño,
es dios invencible y fuerte
contra Aníbales y Pirros,
y son de sus pies alfombras
cetros, espadas y
libros
sin
respetar mi grandeza,
me ha
atropellado y vencido".
¡Oh,
infamia! ¿A una honesta dama?
¡Oh,
engaño! ¿A un noble marido!
¿Que aquesto intenten los reyes
sin advertir los abismos?
¡Ah, conde y varón aleves!
¡Ah, engañosos cocodrilos,
aduladores del gusto
y de las almas martirio!
¡Qué trocase los papeles
Dios,
--¡viles!-- lo ha permitido!
Sale el VARÓN
VARÓN: No
ha venido el confesor.
REINA: No
importa, que ya ha llegado,
Varón
ingrato y traidor,
un mudo
que ha confesado
vuestros pecados y error.
Y
porque ha llegado a haber
tan
poco arrepentimiento
en
vuestro vil proceder
no os
quiere absolver, y siento
yo que
no os quiera absolver.
Mas
mirad vuestra conciencia
si podéis
reconoceros,
y si
por vuestra insolencia
no
quiere agora absolveros,
no
excusa la penitencia.
Y
quizá será tan fuerte
y tan
corto y breve espacio
que vuestras
culpas concierte;
si no,
dejáis mi palacio
por
excusar vuestra muerte.
Vase [la
REINA]
VARÓN:
Hasta la reina ha entendido
el
engaño y falsedad.
Mi
intención ha conocido.
¿Qué
haré, si con la verdad
mi
mentira ha convencido?
¿En
qué opinión me tendrá?
Sale el CONDE
CONDE: ¿El rey
ha salido acá?
VARÓN: No,
conde, mas nuestro engaño
ha salido por mi daño
donde
descubierto está.
La
reina trocó el papel
y
nuestra baja intención,
sin
duda, ha leído en él.
CONDE: ¿Esto
te causa pasión?
El rey
responda por él;
que
sabrá bien disputallo.
El rey
solamente reina;
sírvele
como vasallo.
VARÓN: Temo
enojar a la reina.
CONDE: Anda,
que el rey es mi gallo.
FIN DEL ACTO PRIMERO
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