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ACTO TERCERO
Salen el duque MAURICIO [y] CORIDÓN, GACENO,
y CLAUDIO, cantando. Cantan
[LOS TRES]:
"¡Qué lindo que sale el sol
cuando
despierta el albor,
y
cuando se va a acostar,
qué
lindo que entra en el mar!"
MAURICIO:
Estoy muy agradecido
de
vuestro celo.
CORIDÓN:
Señor,
yo
quisiera haber corrido
los prados, sin dejar flor
en su tapete florido,
para echar a vuestros
pies
desde
la que al nacer llora
y agora jacinto es,
y hasta
la que se enamora
de sí.
MAURICIO:
Amigos, después
que
con vosotros estoy,
con las
fiestas que me hacéis,
mi pena
aliviando voy.
Salen JULIO con FRISÓN atado y LUPERCIO
JULIO:
¡Labradores!
GACENO:
¿Qué queréis?
JULIO: ¿Sabéis
acaso quién soy?
CORIDÓN: No
lo queremos saber.
JULIO: De su
alteza soy crïado.
CLAUDIO: ¿Del
rey o de su mujer?
JULIO: De la
reina, y me ha mandado
que
aquí viniese a traer
un
hombre para matalle,
porque
ésta es su voluntad,
y la
muerte habéis de dalle.
CLAUDIO: ¿Y
aquí, su paternidad,
mandó
traer a este valle?
JULIO: Sí,
amigos, porque dio muerte...
MAURICIO: ¿A
quién?
JULIO:
Al duque Mauricio,
que él
lo afirmó de esta suerte.
Y [puesto]
que a su servicio
importa, el más bravo y fuerte
garrote luego le dé.
CORIDÓN: ¿Qué
haremos, señor?
MAURICIO: Libralle,
y así
le conoceré,
y éstos
dos dejen el valle.
LUPERCIO: ¿No le
matáis?
CLAUDIO:
¡No, a la he!
LUPERCIO:
Pues, siendo orden de su alteza,
¿no le
obedecéis, villanos?
CLAUDIO: Vos
tenéis mucha nobleza;
idos,
¿no llevéis las manos
en somo
de la cabeza?
JULIO: ¡Oh,
villanos!
CORIDÓN
¡Muera luego
[.............. -on]
con ese
otro palaciego!
GACENO:
Sigámosle, Coridón.
JULIO: De vuestras
manos reniego.
LUPERCIO:
¡Villanos! Yo haré venir
quien
os dé a todos la muerte.
CORIDÓN:
¡Aguarda, no podréis ir!
JULIO: ¡Huye!
LUPERCIO:
¡Plegue a Dios que acierte
a escaparme
sin morir!
Huyen y van tras ellos [los villanos]
MAURICIO:
Hombre, ¿quién eres?
FRISÓN: Señor,
soy un
[desdichado gascón],
mártir
por ser hablador.
MAURICIO: ¿Y es
tu nombre?
FRISÓN:
[Su servidor]
desde
que nací, [Frisón].
MAURICIO: En
efecto, ¿tú le diste
la
muerte al duque?
FRISÓN:
Señor,
yo
mentí.
MAURICIO:
¿Por qué mentiste?
FRISÓN: Por hablar.
MAURICIO: Eres traidor,
y aquí has de morir.
FRISÓN: ¡Ay, triste!
MAURICIO:
Aquesta banda ha de ser
tu
cordel.
FRISÓN: ¡Válgame el cielo,
señor,
que tal vengo a ver!
Quisiera besar el suelo
aquí;
mas no he de poder.
MAURICIO: ¿Al
fin, que me has conocido?
FRISÓN: ¿No
había de conocerte,
aunque es
extraño el vestido?
MAURICIO: A fe,
Frisón, que en tu muerte
muy
buen padrino has tenido.
FRISÓN: Desátame las dos manos
y besaréte los pies.
Salen CORIDÓN, GACENO y CLAUDIO
GACENO: Corrieron
los cortesanos
tanto,
señor, que los tres,
por el
monte y por los llanos,
alcanzarlos no pudimos.
MAURICIO: Desatad
este inocente,
pues a
librarle venimos.
CORIDÓN: No mintáis
por ser valiente.
FRISÓN: Los habladores mentimos
en cuanto hablemos. Señor,
dame
aquestos pies, espanto
del
mundo y de Italia honor;
quiérete la reina tanto,
y sintió
con tal rigor
tu
muerte, que me mandó
dar la
muerte porque dije
que te
había muerto yo,
y de
tal suerte se aflige
que
enternecido lloró
como
si fuera tu esposa.
MAURICIO: ¡Oh,
reina, digna de ser
reina
por sabia y hermosa!
[................... -er]
[.................. -osa]
[.................. -ido]
[...................
-orte]
[................... -ido].
CORIDÓN: Cuanto
a tu servicio importe
ya te
habemos ofrecido.
MAURICIO: Sólo
me importa el secreto.
CLAUDIO: Pues,
yo en el nombre de todos,
gran señor, te lo prometo...
FRISÓN: A los
hombres, de mil modos
los
saca Dios de su aprieto.
Vanse y salen el CONDE y el VARÓN
VARÓN:
Parece que la noche se anticipa
deseosa
de ver nuestros engaños,
y que
ha salido del dorado lecho
con más
ojos abiertos que otras veces.
CONDE: Varón,
el caso es arduo e increíble.
VARÓN:
Arrepentido estoy.
CONDE:
Yo estoy confuso.
Y si el reino dejamos, nuestros hijos
y
nuestros descendientes quedan puestos
en los
brazos y manos de la infamia.
Mejor
es esforzar lo comenzado.
VARÓN: Ya
viene el rey.
CONDE:
La sangre se me ha helado.
Salen
el REY y don FELIPE
REY: Pesado
me ha en el alma de su muerte
aunque
yo lo mandé.
FELIPE:
Si yo supiera
que
vuestra alteza le tuviera lástima,
le dejara con vida, aunque fingiera
su
muerte por el campo.
REY: Yo me holgara;
que
agora que ya estoy desenojado,
de su
muerte me pesa. Y Dios permite,
si es
verdad una infamia que me han dicho,
que
pase por la ley que establecía
contra
su honor. Estos sucesos trato
contigo, porque aquí el marqués me escribe
que
eres hermano de un Monsiur de Francia
y eres
hombre de pecho y de propósito,
y así
quiero que agora me acompañes
y en mi
palacio y servicio asistas.
FELIPE: Beso, señor, esas heroicas plantas.
CONDE:
¿Llegaremos, Varón?
VARÓN: Temblando llego.
REY: Decidme, ¿es hora ya de mis
desdichas?
¿Puedo llegar a ver lo
que primero
que lo
vea me mate?
CONDE:
Yo sospecho
que es hora
acomodada.
REY: ¡Oh, fieros
pasos,
que me
lleváis a mi temprana muerte!
VARÓN:
(Temblando voy).
CONDE:
(Yo voy, Varón, sin alma).
REY: Ven tú,
amigo, también.
FELIPE: Tuya es mi espada.
Vanse
y salen doña JUANA, de hombre, y don
CARLOS de camino
CARLOS:
Porque las dueñas y damas,
mi
señora, no te vean,
aquí
donde estás agora
hablarte
quiere su alteza.
JUANA: ¿Dónde
aguardan los caballos?
CARLOS: En el
zaguán desempiedran
con
manos y pies las losas
que de
blanca espuma argentan.
Sale la
REINA
REINA: ¿Doña
Juana?
JUANA:
Mi señora,
aunque
en el alma me pesa
de
partirme, la crueldad
del rey
a partir me fuerza.
Salen el REY, el CONDE, el VARÓN, y don
FELIPE
REY: Después
de entrar con silencio
cierre
el portero las puertas;
que por
aquí ha de pasar
a los
cuartos de la reina.
VARÓN: Señor,
a la escasa luz
que por los brocados entra,
un hombre y una mujer
parece que veo.
REY: Espera;
y desde aquí retirados,
pues la oscuridad nos deja,
podremos saber quién
son.
REINA: Yo con
el alma quisiera
estorbar vuestra partida.
REY: Oye, la
reina es aquélla.
Varón, ciertos son mis males,
mis desventuras son
ciertas.
Entrad y hacedlos pedazos.
FELIPE:
Repórtate hasta que veas,
señor,
la verdad de todo.
REY: Bien,
amigo, me aconsejas.
JUANA: No hay
mujer más desdichada.
La
lamentable tragedia
del
duque, que por su causa
pisa
esos montes de estrellas,
no la quiero
referir,
porque
se pase la lengua
a los
ojos. Esas manos
me dad, señora.
REINA:
Quisiera
darte
el alma con los brazos.
¡Ah, rey traidor, que atropellas
las leyes de la razón
y nos divides y ausentas!
JUANA:
Quisiera estar en tus brazos
como la
amorosa hiedra,
sin
dividirme, señora;
pero el
dividirme es fuerza.
REINA: Vete
con Dios. No me busquen
y te conozcan y sientan.
Y escríbeme.
JUANA: Mis suspiros
nos servirán de estafetas.
REY: ¿Vióse
tan grande maldad?
FELIPE: Señor, si
vengarte intentas,
mejor
será con secreto;
que no
es bien que el mundo entienda
tu
infamia. Agora podemos
hacer
que este ingrato muera
con
secreto, y otro día
muerta
la reina amanezca
con
cordel o con veneno.
REY: ¡Oh, noble nación francesa,
muy bien has dicho!
CONDE: (Sin duda Aparte
que
nuestras lenguas gobierna
Dios; pues que nuestras traiciones
han
salido verdaderas).
REINA: Y toma
aquesta sortija
porque
te acuerdas por ella
de mí;
que quisiera el alma
darte
en lugar de la piedra.
JUANA: Señora,
basta ser tuya
para
que la estime y tenga
en el
corazón guardada.
REY: Fuera
de Nápoles lleva,
amigo,
aqueste alevoso,
y antes
que el sol amanezca
su sangre parezca rosa
en las
[ásperas] riberas.
REINA: Vuelva
a abrazarme, y adiós.
Vase la
REINA
JUANA: Vamos,
Carlos.
REY:
Francés, llega
y con
seis hombres de guarda,
que sólo el secreto entiendan,
le
lleva al campo.
FELIPE:
Yo voy.
CARLOS: Gente a
nosotros se llega.
JUANA:
Cúbrete, no te conozcan.
Deja
que pasen, espera.
REY: Haced, conde,
le acompañen
seis de
la guarda tudesca.
Ven,
Varón, conmigo. (¡Ay, cielos, Aparte
pues
que no veis mis afrentas
mirando
con tantos ojos,
mis
males os enternezcan!)
Conde, en mi cuarto te aguardo.
(¡Ah,
duque, por tu inocencia Aparte
vuelve
Dios!)
Vanse el REY y el VARÓN
JUANA:
Los dos pies, Carlos,
se me
entorpecen y hielan,
que nuestro daño procura
esta
gente que se acerca.
FELIPE: Daos, infames, a prisión.
CARLOS: Señora,
huye.
JUANA:
Si pudiera.
CONDE: Tapad
sus aleves bocas
porque
el caso no se entienda,
y con
este caballero
a quien
el rey los entrega,
id a
donde los llevare.
CRIADOS: Iremos.
JUANA: ¡Traidor!
FELIPE: Las lenguas
les cortad si se quejaren,
y quejaránse por señas.
Vanse
y salen la REINA
y doña INÉS
REINA: Aquí
estarás recogida
y libre
de su rigor
en
sabiendo su partida.
INÉS: Pienso
que el rey, mi señor,
me ha
de privar de la vida,
porque dirá que yo fui
la que
el consejo le di.
REINA: Cuando
él enojado esté,
yo,
amiga, te ampararé.
INÉS: Tengo
mi remedio en ti.
Sale el CONDE con una salvilla
CONDE:
Quede a la puerta la guarda,
y entre
luego si se esconde,
sin que
quede una alabarda.
REINA: ¿Tú en
mi cuarto, traidor conde?
Sale
luego afuera.
CONDE:
Aguarda,
que
vengo a darte un recado
del
rey, mi señor.
REINA:
¿No había
en
palacio otro crïado?
CONDE: A mí su
alteza me envía
porque
de mí se ha fïado.
Este
presente excelente
que
traigo en aquesta fuente
me ha
mandado que te dé.
REINA: En
traerlo tú, sabré
que no
es muy bueno el presente.
CONDE: Daga, veneno y cordel,
para
pecho, boca y cuello
te
traigo.
REINA:
¡Ah, conde crüel,
luego
lo entendí en traello
tú y
envïármelo él!
Bien
ha mostrado este día
su
traición y tiranía,
pues
debe de imaginar
que una
no me ha de matar,
y así tres muertes me envía.
Vuélvete, conde
atrevido,
y dilo
al rey imprudente
con
nombre de mi marido,
que yo
estimo su presente
y le
doy por recibido.
CONDE: El
rey mandó que te diera,
señora,
aqueste presente,
o por él
la muerte fiera,
y en la
puerta aguarda gente
que
para hacerlo me espera.
REINA:
Salte de la sala, infame,
no des
lugar a que en ella
tu
aleve sangre derrame.
¿Así mi
honor se atropella?
CONDE:
Obligarásme a que llame
la
guarda.
REINA:
Llame la guarda,
al rey,
al reino y al mundo,
que mi
inocencia me guarda;
que
unas sombras del profundo
cubran
la verdad.
Salen el REY y el VARÓN
REY:
Aguarda,
¿qué
es esto?
REINA:
Tus sinrazones,
tus engaños, tus quimeras,
tus trazas, tus invenciones.
REY: ¿Es posible que me esperas
y ante mis ojos [te] pones?
Matadla.
REINA: Conde atrevido,
no me llegues a ofender,
que no se ha visto ni
oído
que
ofendiese hombre a mujer
delante
de su marido.
REY: ¡Ah,
Catalina alevosa!
¡Ah,
pavón de torpes pies!
¡Ah,
ingrata y fingida esposa!
¿Cómo
puede ser lo que es,
adúltera virtüosa?
REINA: ¿Yo,
adúltera? Ya han jurado
en
aquesta información
los dos
que tienes al lado,
porque
el conde y el varón
ya otra
vez me lo han llamado.
REY: Bien
publican tus extremos
lo que
por mis ojos vi.
Los
tres tu trato sabemos.
CONDE: Y si es
menester aquí,
también
lo sustentaremos
que
eres adúltera.
REINA: ¡Calla,
lengua
maldita! ¡Dios vierta
rayos
para castigalla!
REY: Mi
infamia, enemiga, es cierta,
y en
secreto he de vengalla.
Apercíbete a morir.
[.........................]
[................... -ir]
[.........................]
[...................... -ir]
CONDE:
[.................. -ena]
[....................... -er]
de
estas tres la muerte ordena,
de
ellas puedes escoger
la
mejor.
REINA:
Ninguna es buena.
Si
por adúltera muerto
sea en fuego y por sentencia,
cumpliendo el romano
fuero.
Podrá
ser que mi inocencia
obligue
a algún caballero.
VARÓN:
Concédelo, gran señor,
ya que
se enternece y llora,
que los dos en tu favor
sustentamos que es
traidora
y que
te quitó el honor.
Mañana al campo saldremos,
y a la
que tú señalares
tres
horas aguardaremos,
no con
peto y espaldares
porque
armados no queremos,
sino
con espadas solas,
hasta
ver si hay quién sustente
lo
contrario.
REINA:
Si arrebolas,
sol,
las puertas del oriente
y del
mar los golfos y olas,
publica mi honestidad
y
virtud por labios de oro;
pues
sabes tú la verdad,
y
contra el Señor que adoro
si he
cometido maldad.
REY: Mi
clemencia te socorre
hasta
mañana a las tres.
Encerradla en una torre.
REINA: Dame,
esposo, aquesos pies.
REY: Vil,
ese nombre se borre.
Vanse,
y salen don FELIPE, doña JUANA,
CARLOS y acompañamiento
FELIPE:
Dejad el coche en el llano
y en
esta verde espesura,
que en
invierno y en verano
ve el
sol, aunque lo procura,
con su
rostro soberano,
mueran aquestos traidores.
CARLOS: (Éste
es, señora, el francés, Aparte
del
duque amigo; no llores).
FELIPE: ¿Cuál
es el culpado?
CRIADO: Éste es.
FELIPE: Hacéos
aparte, señores.
Hombre, el rey manda que mueras.
Bien te
puedes consolar
si el
delito consideras.
JUANA: Si la
muerte me has de dar,
aquí
estoy, señor. ¿Qué esperas?
No me
quiero defender
aunque
me mates y ofendas;
y pues
forzoso ha de ser
el
morir, quiero me entiendas
que soy
mujer.
FELIPE:
¿Tú? ¿Mujer?
JUANA: Yo
mujer, y soy esposa
del
duque Mauricio.
FELIPE:
Cielos,
¿tú
eres doña Juana hermosa
de
Aragón? ¡Dejadme, celos,
sierpes
del alma rabiosa!
¿A mis manos has venido,
fiera ocasión de mis
quejas?
Soy a quien has ofendido,
y el desdichado a quien dejas
condenado a eterno
olvido.
Don
Felipe de Cardona
soy, y
quien dejó en Navarra
una
infanta y su corona
por la
aragonesa barra
y su
divina persona.
JUANA:
Señor, pues me trujo el cielo
a vuestras manos, por dar
a mis desdichas consuelo,
si el llanto me da lugar,
a
vuestra clemencia apelo.
FELIPE:
Enemiga, es imposible;
que
cuando me ruegas más
estoy
más fiero y terrible,
pues en
mis manos estás,
que todo al tiempo es posible.
En ellas has de morir
porque sepas guardar fe.
[................. -ir].
JUANA: Si te
escribí y avisé,
y te
tardaste en venir,
y mi padre me casó
con el
duque tu contrario
que más
aprisa llegó,
quéjate
del tiempo vario.
FELIPE: [Eso]
mismo digo yo.
Ese
hombre, amigos, dejad,
y con
secreto en el coche
os
volved a la ciudad;
que yo
aguardo de la noche
la
funesta oscuridad.
Y al
rey le diréis que quedo
su
justicia ejecutando.
CRIADO: Así lo
haremos.
[Vanse
los CRIADOS]
CARLOS: Pues puedo,
los pies me dan, aunque
temblando
estoy
de pena y de miedo.
Ya
pienso que mi señora
te ha
contado la verdad.
FELIPE: Pues ha
de morir agora,
y ya su
inmensa beldad
lágrimas de sangre llora.
La
verde muerte te dejo,
quédate
a Dios, que con ella
por la
espesura me alejo.
CARLOS: ¿Quién la
razón te atropella?
Ya de
tu valor me quejo.
FELIPE:
Quédate.
JUANA:
Carlos honrado,
queda a
Dios.
CARLOS:
Señora mía,
perdona; que estoy atado.
FELIPE: Ingrata,
llegó mi día,
y en él
quedaré vengado.
Vanse y queda CARLOS
CARLOS:
¿Vióse mayor desventura?
Traidor, ¿ésta es la lealtad
y ésta
es la amistad segura?
Pero la
santa amistad
poco en
los traidores dura.
¡Qué
te he dejado llevar!
¡Qué
con mi boca y mis dientes
no
puedo al traidor matar!
Sale el DUQUE
MAURICIO: Limpias
y parleras fuentes,
dejadme de atormentar.
En todas partes os veo
con las guijas resonando,
y como
temo y deseo,
celoso
estoy, envidiando
vuestro
dichoso himeneo.
CARLOS:
¡Cielos, suspenso he quedado!
Ya
sospecho que el jüicio
o la
vista me ha faltado.
¿No es
éste el duque Mauricio?
¡Él
es! ¿Si ha resucitado?
¡Caballero!
MAURICIO:
¿Carlos mío?
CARLOS: ¿Que
estás vivo? ¿Que eres cierto
el
duque, o es desvarío?
MAURICIO: Bien
dices, que un vivo muerto
es como
puente sin río.
CARLOS: ¿No
te vi muerto, señor,
a
estocadas?
MAURICIO:
Pues me ves
vivo,
no; porque el valor
de un
generoso francés
me dio
vida y me dio honor.
Cubierto con mi vestido
cierto
lacayo gascón,
Carlos, fue el muerto fingido.
CARLOS: En
infelice ocasión,
señor,
a verte he venido.
MAURICIO:
¿Quién te ató de aquesta suerte?
CARLOS: A mi
señor y a mí
el rey indignado y fuerte
nos mandó sacar aquí,
señor, para darnos
muerte;
al
francés nos entregó,
tu
amigo.
MAURICIO: ¿Y
mi doña Juana?
CARLOS: Ya
murió.
MAURICIO:
¡No viva yo!
¡Ay, mi
vida! ¿Qué inhumana
sentencia la muerte os dio?
¿Por
dónde entró?
CARLOS: Por allí.
MAURICIO:
Sígueme.
CARLOS:
Pondré en los pies
el
viento mismo.
MAURICIO: ¡Ay de mí!
CARLOS: Pero
aguarda, que el francés
viene,
mi señor, aquí.
Sale don FELIPE
MAURICIO:
Amigo, ingrato traidor,
francés
en engañoso pecho,
que por
darle muerte al alma
dejaste
vivo mi cuerpo.
Palabra
escrita en el agua,
fiero
verdugo sangriento
de
aquel ángel que ya pisa
las bóvedas de los cielos,
¿para qué me diste vida
si [tú
ya] me [tienes] muerto?
Mete
mano, francés falso,
que
aquí te aplazo y te reto
de
alevoso y de traidor
en
obras y en pensamientos.
FELIPE:
Repórtate y ten la espada,
que ya
nos sobrará tiempo
de que
riñamos los dos,
que ha
días que lo deseo.
Sale FRISÓN
FRISÓN: Huelgo
de encontraros juntos,
que yo
sospecho que el cielo
os ha querido juntar
no,
señores, sin misterio.
De
Nápoles vengo agora,
y está
Nápoles revuelto;
que han
acusado a la reina
dos
traidores de adulterio.
En la
plaza de palacio
se ven
dos tronos cubiertos,
uno de
alegres brocados,
y otro
de lutos funestos.
Y entre
aquestos dos teatros
se
muestra un palenque estrecho,
donde los dos alevosos
quieren
sustentar sus yerros.
Dicen
que a la reina hallaron
en un
oscuro aposento,
despidiéndose y llorando
de un
flamenco caballero,
a quien
dio muerte la guarda,
y
cierto francés que entiendo
que por
orden de su alteza
le hizo
matar en secreto.
Y la
desdichada reina
ha
llegado a tal extremo
que no
hay quién su causa ampare,
señores, en todo el reino.
Tres
horas tiene de plazo
aqueste
alevoso reto,
que a
las seis se cierra el campo
y a las tres estará abierto.
CARLOS: La
duquesa, mi señora
era
aquélla.
FELIPE:
Yo la he muerto
en
traje de hombre vestida.
MAURICIO: El seso
y paciencia pierdo.
¡Oh,
inocente señora,
por ti en
el campo me ofrezco
a
defender tu virtud
y tus
castas pensamientos!
Y
después de haber cortado
las
lenguas que te ofendieron,
la
muerte de doña Juana
he de
vengar.
FELIPE:
Yo te espero
en
campaña al otro día,
al
sacar el alba Febo.
MAURICIO: Ven,
Carlos.
FELIPE:
Vamos Frisón,
que en
venganzas no me meto.
Vanse
y salen el REY, ASTOLFO, y alabarderos, la
REINA, enlutada.
Está un trono aparte y siéntanse
ASTOLFO: No
pensé, gran señor, que me llamabas
para
suceso tan funesto y triste.
REY:
Marqués, para mi honor es muy alegre;
que quiero que los grandes de mi
reino
de mi
perdido honor sean testigos,
y
testigos también de la venganza.
Caballeros, madama Catalina,
hija
del rey Enrique de Bohemia,
es la
que está a mi lado como reina,
por ser
esposa mía. Es acusada
de
adúltera y de aleve, y entretanto
que el
cielo nos declara la justicia,
quiero
que hagáis con ella lo que se hace
con los aleves en aqueste reino,
no alterando con ella la
costumbre
que se
guarda.
REINA:
Señor, dadme paciencia.
ASTOLFO: Pues
quiero comenzar, con tu licencia.
Mujer,
deja el lugar que no mereces.
Mujer,
deja el lugar que no mereces.
Mujer,
deja el lugar que no mereces.
Señor,
esta mujer que está a tu lado
dicen
dos caballeros que es adúltera,
y así importa a tu honor que se declare
la
verdad de este caso, y que lo arrojes
del
lugar donde está, y si no, a nosotros
para
quitarla no darás licencia.
REY: Alzate,
vil.
REINA: Señor, dadme paciencia.
Sube en el teatro
ASTOLFO: Ya,
mujer, tu marido te ha dejado,
y sus
agravios deja a la justicia.
Si tú
la tienes, Dios te favorezca,
y si
no, te castigue. "Amén"
responde.
REINA: Amén.
ASTOLFO:
Cubridla con aquese manto,
y sobre
ese teatro levantadla,
porque
la pueda ver el pueblo todo,
cumpliendo con la antigua ceremonia.
Pueblo,
aquésta que veis aquí presente
es la
mujer del rey. Todos miradla.
Ninguno
agora su mujer la llame
hasta
que en campo quede averiguado
la
mentira y verdad de aqueste caso.
CRIADO: Ya al son de trompas y cajas
vienen el Varón y el
Conde.
Salen el VARÓN y el CONDE
REY: Descubridles esos pechos
y miradles los estoques.
ASTOLFO: ¿Qué
sustentáis?
VARÓN:
Sustentamos,
Marqués, aquí, como nobles,
que es
adúltera la reina.
REY: No le
deis aquese nombre,
Catalina la llamad.
ASTOLFO:
Aguardad que los relojes
den las
seis por ver si alguno
a
Catalina socorre.
VARÓN: Aquí
los dos aguardamos
hasta
que venga la noche.
REY: ¿Es
atambor el que suena?
ASTOLFO: Y tras
él también un hombre.
CONDE: ¿Hombre
dices? (¡Vive Dios, Aparte
que es
malo!)
Salen el DUQUE y CARLOS
MAURICIO:
A tus pies se pone
un
caballero.
REY:
¿Qué pides?
MAURICIO: Campo
contra estos traidores,
que yo
les daré a entender
que la
reina corresponde
a su
virtud, y ellos digan
aquí
que mienten, a voces.
ASTOLFO: Otro
atambor se escucha,
y sin
que el vulgo estorbe,
otros caballeros entran
tras de él.
VARÓN: (Ya mis temores Aparte
son ciertos).
CONDE:
Varón, ¿qué dices?
VARÓN: Que
otro viene al campo, Conde.
Salen don FELIPE con la cara tapada, FRISÓN
y doña JUANA [también tapada]
FELIPE: La fama
de la virtud
de la
reina, que en los orbes
no deja
de derramarse
entre
todas sus naciones,
hoy me
trae a defenderla
para que la estimes y honres,
y a que
sepas que es mujer
a la
que abrazaba anoche.
REY: ¿Qué
pides?
FELIPE:
Campo, señor,
contra
los dos agresores
de esta
traición.
VARÓN:
(Yo soy muerto). Aparte
REY: Alto,
las trompetas toquen,
y
habéis visto espada y peto.
[Riñen]
VARÓN: No hay
quien resista sus golpes;
rendido
estoy.
CONDE:
Yo estoy muerto.
Castigó
a mi culpa enorme.
VARÓN: Di que
testimonio fue,
por
tratarnos con rigores
su
alteza.
REY:
Arrojadlos luego,
tras de
un infame garrote,
en el
fuego que aguardaba
a mi
esposa honesta y noble.
VARÓN: Justo
castigo es del cielo.
[Llévanlos]
REINA: Dios los inocentes oye.
Dadme, fuertes caballeros,
esos brazos vencedores.
REY: Volved,
reina a vuestro asiento,
porque
en él mi reino os honre.
FELIPE: Agora,
supremo rey,
te
suplico que me otorgues
el
campo que le ofreciste
al marqués Astolfo, y borre
mi
agravio de las memorias
de
todos los españoles.
REY: Pues, ¿quién eres?
FELIPE: Don Felipe
de Cardona.
[............... o-e]
ASTOLFO: [...................] Así es verdad.
REY: Pues tú, Astolfo, ¿le conoces?
ASTOLFO: Sí,
señor, porque es mi primo.
REY: ¿No es
éste el francés?
FELIPE: [En] nombre;
que en
sangre soy español.
REY: No hay
de quien venganza tomes
si el
duque es muerto.
FELIPE: No es muerto,
vivo
está.
REY:
¿Vivo? ¿Y a dónde?
MAURICIO: Aquí
estoy.
ASTOLFO: ¡Válgame el cielo!
FELIPE:
Astolfo, no te alborotes,
que
hasta hacer el desafío
hice
estas transformaciones
porque
el duque no muriese,
y agora
que Dios nos pone
en
estacada, es razón
que
vengue a mi hermano noble.
MAURICIO: Yo la
alevosa muerte
de mi
esposa, que en los montes
mataste.
FELIPE: El
rey lo mandó;
el rey,
duque, te responde.
REY: Hice
matar la duquesa
porque
entendí que era hombre,
y
quiero que en pago suyo
con mi
hermana se despose.
MAURICIO: Aunque
casarme no quiero,
es bien
que a tus pies me postre
por la
merced, y en el suelo
pido de
mis sinrazones
a don
Felipe perdón
y rindo
pecho y estoque,
y en
venganza de su hermano
quiero
que el cuello me corte.
FELIPE: Yo os
perdono y doy mis brazos.
REY: Yo a la
infanta [le] doy en dote
los
estados del Varón.
REINA: Y yo al
duque los del conde.
FELIPE: Pues ya que estoy satisfecho,
quiero que a tu esposa
goces,
que
está viva aunque te dije
que le
di muerte en los montes.
MAURICIO: ¡Esposa
del alma mía!
REY: Hoy
Nápoles se alborote
con
festines y saraos.
REINA: Amiga,
Dios nunca esconde
la
verdad.
JUANA:
Tu gran virtud
da
soberan[os] olores.
MAURICIO: Doña
Inés es tuya, Carlos,
y una
villa.
FRISON:
¿Y a este pobre
lacayo, no le darán
unas
calzas de anascote?
MAURICIO: Quiero
que todos los años,
Frisón, de mis rentas cobres
dos mil ducados.
FRISÓN:
El cielo,
señor,
los años te doble,
que es
razón; que aquí comience
la casa
de los Frisones.
FELIPE: La
adúltera virtüosa
que en
Nápoles vive en bronce
es ésta, y el autor pide
que os pida perdón, señores.
FIN DE LA
COMEDIA
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