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JORNADA TERCERA
Sale la
VIRGEN del Rosario, una niña vestida
con manto azul, y con ella todas las mujeres con
tunicelas, y
tocados
de vírgenes
VIRGEN: Puras azucenas mías,
gloria de la castidad,
a mi
Rosa despertad,
que ya caen las sombras frías,
y ya mi Hijo está
esperando
de la
boca de su Esposa,
la
enhorabuena dichosa,
que
ella le da en despertando.
Y yo
estoy comprometida
de
despertarla a esta hora,
porque
al romper el aurora
la
tiene el sueño vencida.
MÚSICOS: "Despierta,
bella Rosa,
las
luces de tu Oriente,
que
el Sol no las ostenta
hasta que tú amaneces.
Despierta, que el Cordero
ya
va la tiernamente,
para
que tú le sigas
donde quiera que fuere.
Despierta, despierta
tus luces alegres."
VIRGEN: Rosa.
Dentro
ROSA:
Divina Señora,
ya voy.
VIRGEN: Hoy te has descuidado,
sacude el sueño pesado,
levántate, que ya es hora.
Sale ROSA
ROSA: ¡Oh,
Soberana María!
Siempre
tú mi aurora eres.
MÚSICOS: "Despierta,
Rosa, si quieres
que
tenga más plazo el día.
Despierta, despierta
tus
luces alegres."
Vanse todos sino ROSA
ROSA: ¡Ay
de mí! ¡Señora, espera!
¡Oh,
qué visita he perdido!
¡Oh,
sueño mal resistido!,
¡Oh,
quién velando estuviera!
¡Ay,
que me deja inflamado
el
corazón fervoroso
aquel
rostro tan hermoso
que vi
de luces bañado!
¡Ay
de mí!
Sale BODIGO
BODIGO:
¿Quién anda allá?
ROSA: Quien
ya no vive consigo,
quien
está ardiendo. ¡Ay, Bodigo,
qué
regalo!
BODIGO:
¿Dónde está?
ROSA:
Conmigo ha estado aquí ahora
todo el
centro del placer.
BODIGO: ¿Vino
en cosa de comer?
ROSA: No vino
sino la aurora,
que
entró a despertarme aquí,
y se
fue haciendo la salva.
BODIGO: Pues
esa no es sino el alba.
ROSA: ¡El
amor era, ay de mí!
¡Que
perdí el gozo primero!
BODIGO: Yo
también soñando estaba
con él,
y que de él me hartaba,
y agora
de hambre me muero.
ROSA: Yo
ahora de verle acabo,
y su
luz tuve presente.
BODIGO: Yo
soñaba en una fuente
de
pepitoria de pavo.
ROSA:
Abrasada me ha dejado
de las luces que arrojaba.
BODIGO: Sí, que
ello caliente estaba,
pero ya
se me ha enfriado.
ROSA: ¡Oh
qué dulzura tan bella
perdí
por estar dormida!
BODIGO:
¿Dulzura? Pesa mi vida:
¿dónde
está? Vamos tras ella.
ROSA: Aquí
ha estado, y su dulzura
trocó
el ausencia en acábar.
BODIGO: ¿Vino
en seco, o en almíbar?
ROSA: Vino en
la misma hermosura,
y
con dulce melodía
llamó hasta que despertamos.
BODIGO: Pues
sigámosla, aunque vamos
hasta
la confitería.
ROSA: El
olor solo provoca
a
estimar sus maravillas.
BODIGO: Por
aquí huele a pastillas,
pero no
a cosa de boca.
ROSA:
Dulces del alma lisonjas,
¿dónde
os fuisteis?
BODIGO: Lindo cuento:
se
habrán ido a algún convento,
que el
dulce anda entre las Monjas.
ROSA: Llamámosle, pues, Bodigo,
tenga
esperanza esta pena.
BODIGO:
Llamámosle en hora buena.
ROSA: Divino
amor.
BODIGO:
Buen amigo.
ROSA:
Dulce, y fiel amigo mío.
BODIGO: Dulce
en caja, o en bocado.
ROSA: Y en mi
pecho abrasado.
BODIGO: Venga
dulce, aunque sea frío.
ROSA:
Divino Amor, que de mí
te
retiras tan esquivo,
mira
que sin ti no vivo.
¿Dónde
estás?
Dentro MÚSICA
NIÑO JESÚS: Cerca de ti.
ROSA: Bodigo, ¿no has escuchado?
BODIGO: Sí,
¿pues no tengo que oíllo?
ROSA: ¿Qué es
esto?
BODIGO:
Algún milagrillo
será
que viene cantando.
ROSA:
Milagro es, que ello se nota
en lo
dulce del sonido.
BODIGO: Sin
duda se me ha caído
de esta
faltriquera rota.
ROSA: Amor
divino, si vienes,
hazme
dichosa este día.
Dentro
MÚSICA: "Contigo
estó, Rosa mía,
que
en tu corazón me tienes."
BODIGO: Yo
me salgo con ser santo.
ROSA: Voz de
tan rara dulzura
de
milagro es.
BODIGO:
Y de dura,
porque
es milagro de canto.
Sale el NIÑO JESÚS, y cantan dentro
MÚSICOS: "El
más hermoso clavel
de
la mejor Rosa amante
viene a lograr en sus hojas
los olores más süaves."
NIÑO JESÚS:
Rosa.
ROSA:
Divino Farol.
NIÑO
JESÚS: Hoy buena aurora has tenido.
ROSA: Bien se
ve cuán buena ha sido,
pues me
ha traído este Sol.
BODIGO:
¿Quién me causa estos enojos?
Ciego estoy, y llego a oíllo,
¿si es
milagro del campillo,
que
pone tan bien los ojos?
Rosa, ¿dónde te aseguras?
Nada
veo en conclusión,
ello
soy santo chanflón
y habré de pasar a escuras.
NIÑO JESÚS:
Hoy mala la noche ha sido
con el
dolor de garganta;
mas por
ser la pena tanta,
este
consuelo has tenido.
ROSA: Con
tu presencia, Señor,
no hay mal que lo pueda ser.
NIÑO JESÚS: Yo te
vengo a entretener
mientras dura ese dolor.
BODIGO: Yo
aquí oigo hablar, cierto es,
mas
nada ve mi cuidado.
Yo este
milagro le he errado,
y me le he puesto al revés.
NIÑO JESÚS:
Rosa, yo quiero jugar
contigo.
ROSA:
¿Cómo ha de ser?
Que yo
no puedo perder,
ni tú
tienes qué ganar.
NIÑO JESÚS:
Juguemos, que tú dispones
en mi
amor estos cuidados.
ROSA: ¿A qué, Señor?
NIÑO
JESÚS: A los dados,
que es el juego de mis
dones.
Echa
el dado, con que aciertes
un afecto
venturoso.
ROSA: Échale
tú, dulce Esposo,
que en
tu mano están mis suertes.
NIÑO JESÚS:
Toda suerte está en mi mano,
mas
porque mi amor se arguya,
yo la
remito a la tuya.
Echa el
dado.
ROSA:
En obedecerte gano.
NIÑO
JESÚS: Y en el dado también,
Rosa,
han ganado tus amores,
que es de pareja mayores.
ROSA: Mi
suerte ha sido dichosa.
NIÑO
JESÚS: ¿Qué quieres, pues, si
has ganado?
ROSA: Que me
quites pena tanta
de este
dolor de garganta.
NIÑO JESÚS: Ya
estás sin él. Echa el dado,
que
pues de ganancia estás,
no
malogres la ocasión.
Vuelve a echar el dado
ROSA: Vaya
con tu bendición.
NIÑO JESÚS:
Perdiste con dos, y as.
Mira, Rosa, que mal hace,
aunque
se juzgue más fuerte
quien
llega a fïar de suerte
que tan
presto se deshace.
¿Quien de sí fïarse puede,
si tras
el punto mayor,
si
puede echar el menor
como a
los más les sucede?
BODIGO: Que
aquí están hablando, es cierto,
o me lo
finge el oído.
Yo debo
de estar dormido,
y sueño
que estoy despierto.
NIÑO JESÚS:
Rosa, la suerte has perdido,
¿qué
tengo yo que ganar?
ROSA: Yo,
Señor, ¿qué te he de dar?
Toda
tuya siempre he sido.
NIÑO JESÚS:
Algo he de ganar yo aquí.
ROSA:
Escógelo tú, Señor.
NIÑO JESÚS: Sea un
poco del dolor,
que hoy
le padezcas por mí.
ROSA: Si
le padezco por ti,
no será
dolor jamás.
NIÑO JESÚS: Sí
seré, y tú lo verás
cuando
me aparte de ti.
ROSA: Ése
será más rigor,
si tú
te vas, dulce Esposo.
NIÑO JESÚS: Ya,
Rosa, será forzoso
por dar
lugar al dolor.
Vase
BODIGO: ¿Qué
miro? Ya ha amanecido,
Rosa de
mi corazón.
ROSA: Bodigo,
¿qué suspensión
ha sido
ésa que has tenido?
BODIGO: Ya
soy santo consumado:
Rosa,
yo aquí me quedé
en
éxtasis, y ya sé
qué es
estar arrebatado.
ROSA:
¿Cómo ha sido?
BODIGO: Me dio un bote
el
espíritu, y la luz
se
cubrió con un capuz,
la
vista se fue al cogote,
y yo
así me estuve quedo
viendo
tanta obscuridad,
mas si
va a decir verdad,
yo he tenido mucho miedo.
ROSA:
Mucho tu virtud se alienta,
si ya
te hace esa inquietud.
BODIGO: Ello
crece mi virtud
sin que
yo se lo consienta.
ROSA:
Fácil es de proseguir,
pues
todo el cielo lo llueve.
BODIGO: Esto de
ser santo debe
de
pegarse sin sentir.
ROSA: ¿No
sientes dentro de ti
de la
virtud el calor?
BODIGO: Es virtud de resplandor,
que anda alrededor de mí.
ROSA: ¡Ay,
Jesús, que ya el dolor
ha
venido, y tan crüel
que
para quejarme de él,
no da
licencia el amor!
¡Ay de mí!
BODIGO: ¿Qué tienes, Rosa?
Todo el color has perdido.
ROSA: No le
está bien al sentido
esta
congoja amorosa.
¡Ay,
qué dulce padecer!
BODIGO: ¿Pues
qué sientes?
ROSA: Un dolor,
que no
puede ser mayor,
y no le
quiero perder.
¡Ay,
que en el pecho amoroso
me
revienta el corazón!
BODIGO: ¿Tienes
alguna aflicción?
ROSA: No,
sino un dolor sabroso.
BODIGO: Pues
eso sólo acontece
al que
llega a encarnizarse
con la
sarna, que al rascarse
sabe
bien, y luego escuece.
ROSA: Este
dolor te consagro,
mas si
no es para morir,
no le
he de poder sufrir.
BODIGO: Pues
hagamos un milagro
para
la propia persona.
ROSA: No le
haré yo para mí.
BODIGO: ¿Pues hemos de ser aquí
santos de llave
capona?
ROSA: ¡Ay,
Bodigo, que ya está
el
sufrimiento apurado!
BODIGO: Pues tu
padre ha despertado,
y a tus voces sale ya.
Sale
GASPAR de Flores
GASPAR: Hija Rosa.
ROSA:
Padre mío.
GASPAR: ¿Qué
tienes?
ROSA:
Padre, un dolor,
que
agradezco su rigor,
y en
sufrirle desconfío,
yo a
tanta violencia cedo.
Socórrame tu favor,
Custodio, en tanto dolor,
que ya
resistir no puedo.
GASPAR:
Hija, no tan mal se trate
tu rigor.
Por algún medio,
tendrá
ese dolor remedio.
ROSA: Un poco
de chocolate
tomara yo.
BODIGO:
Es cosa rica,
y su
más hidalgo apodo,
es que
es un sánalo todo,
y no le
hay en la botica.
Tráiganle luego esa ofrenda.
GASPAR: ¿Dónde
se ha de hallar agora,
que en
casa no le hay, ni es hora
de
hallar abierta la tienda?
BODIGO: Yo solo le sabré hallar.
GASPAR: Pues ve, Bodigo, por ello.
ROSA: No
tenéis que cuidar de ello,
que ya
lo han ido a buscar
quien lo hará con más cuidado,
y no
tardará en venir.
GASPAR: ¿Pues
quién ha podido ir,
hija,
si aquí nadie ha entrado?
ROSA:
Quien fue por él, aquí estaba,
y
presto con él vendrá.
GASPAR: Rosa tu
flaqueza ya
tu
discurso menoscaba.
¿Cómo piensas de repente
un tan
frío disparate?
BODIGO: Si ella
trae el chocolate,
no
vendrá sino caliente.
GASPAR: Yo
quien le traiga no espero.
BODIGO: Yo le
espero, si tú no.
GASPAR: ¿Quién
ha de traerle?
BODIGO: Yo,
que soy
santo jicarero,
y sa es virtud de almohadillas,
y milagro de mujer.
GASPAR: ¿Qué
dices?
BODIGO:
Lo puede hacer
qualquiera que hace vainillas.
¿Quieres verlo?
GASPAR: Y percibirlo.
BODIGO: Ya est
el agua a calentar,
ya el
recado van a echar,
ya
baten el molinillo,
ya lo traen hacia acá,
para
que a Rosa consuele.
Ya
llega a casa, y ya huele,
mira
que tan cerca está.
Ya
entra, para que le den
las
gracias de lo que pasa.
Sale un CRIADO con una chocolatera
CRIADO: Sea
Dios en esta casa.
BODIGO: Y el
chocolate también.
CRIADO: Don
Gonzalo mi señor
envía
este chocolate,
con que
Rosa se rescate
de tan
prolijo dolor.
BODIGO:
Jesús, mi virtud convoca
testigos de mi poder,
aquesto
es saber hacer
milagro
a pedir de boca.
GASPAR:
¿Pues quién dijo allá que Rosa
estaba
con este afán?
CRIADO: Un
mancebo muy galán,
que en
casa dice que posa.
ROSA: De
casa es quien fue por ello,
aunque
tu amor no le trate.
BODIGO: Tomemos el chocolate,
y luego hablaremos de ello.
GASPAR: El cielo, de tu consuelo,
hija,
ha querido cuidar.
Dale BODIGO el chocolate
BODIGO: ¿Pues
puede nadie dudar
que
ésta es bebida del cielo?
Vengan jícaras, que ya
está la
espuma saltando.
CRIADO: Aquí
están.
BODIGO:
Vamos tomando.
¡Jesús,
el olor que da!
No
tienen que ver perdices
cuando
están puestas a asar.
Esto
sí, que sin pesar
sabe dar humo a narices.
Toma, Rosa, y poco a poco
sorbe
esa jícara bella,
que en
bebiéndola, con ella
perderés el miedo al coco.
ROSA: Poco
basta.
BODIGO:
A ella arremete,
que va
de consolación,
que
jícara, y Ocasión
han de
tener buen copete.
ROSA: Solo
puede esta bebida
quebrantarme este dolor.
BODIGO: Si eso
hace, en perpetuo honor
la
tendré toda mi vida,
a
todos es oportuno.
¿Hay
cosa como un licor
tal,
que quebranta un dolor,
y no
quebranta el ayuno?
ROSA: Su
virtud es conocida,
que ya
el dolor se ha quitado.
BODIGO: ¡Jesús!
También me ha sanado
a mi
una muela podrida.
Su
crédito de esta vez
adelanta mucho el paso,
tómale
tú, por si acaso
te sana
de la vejez.
GASPAR: No
le quiero.
BODIGO: ¿A tal dislate?
GASPAR: Tómale
tú.
BODIGO:
No hay que hablar.
ROSA: ¿Qué
hace, [Bodigo]?
BODIGO:
Empapar
el
Bodigo en chocolate.
GASPAR: Pues
buena te llego a ver,
quédate
a Dios, hija mía.
Vase
BODIGO: Esté
mala cada día,
si
chocolate ha de haber.
ROSA:
Adiós padre, y el favor
que me
hacéis, os satisfaga.
BODIGO: Sí
haré, que Dios siempre paga
muy bien, aunque es tan Señor.
ROSA: Pues
hemos quedado solos,
razón
será que la deuda
que nos
ha hecho Dios, pagarla
con
alguna recompensa,
de
aquestas fragantes flores,
pebetes
que al Sol se queman,
y en
holocaustos al cielo
olor
süave le inciensan.
Una
guirnalda tejamos,
para
que a mi Esposo pueda
coronar, que aunque de espinas
se la
puso la inclemencia,
de
nuestras ingratitudes,
estima
tanto la enmienda
Dios de cualquier pecador,
que si
arrepentirse llega,
sabe
convertir en Rosas
las
espina de la ofensa
De esos rosales, Bodigo,
coja flores.
BODIGO:
Si cogerlas
quiere,
en mí la hallará.
ROSA: ¿Tiene flores?
BODIGO: Y muy buenas.
ROSA: ¿Cuáles son?
BODIGO: Las del fullero,
y las del berro.
ROSA:
No pierda
el
tiempo con sus malicias,
mediré
con advertencia
en las
flores, que son astros
de esta
monarquía excelsa.
Rey de
este vulgo de flores
este
clavel representa
en la
púrpura que viste
con
majestad, y grandeza,
de los
mártires gloriosos,
la
jerarquía suprema,
pues
con sangre la corona
se
labró su fortaleza.
De las vírgenes sagradas
esta
cándida azucena
es
símbolo, pues haciendo
claustro de sus hojas mesmas,
encierra en su castidad
el oro
de su pureza.
BODIGO: Con ser
castas, da el olor
quebraderos de cabeza.
ROSA: Ejemplo
es de penitentes
este
lirio, pues apenas
rompe
el morado capullo,
cuando
inclina hacia la tierra
las
puntas que le coronan,
enseñando su advertencia,
que
para subir al cielo
se ha
de buscar la aspereza.
La
rosa, reina del prado,
es
insignia verdadera
de los
doctores sagrados,
cortada
verás que ostenta
más
fragancia, y más olor
que
como morir espera
más
presto, en sus perfecciones
y ellos
en su muerte hicieron
aprovecha en sus exequias,
que
alumbrase más su ciencia.
BODIGO: Como
tienen tanto pico
las
rosas, son muy discretas.
ROSA: La
brevedad de la vida
estas maravillas muestran,
pues sombras son las que ayer
fueron en el suelo
estrellas.
BODIGO: Por eso
está el Noviciado
de las
Maravillas cerca.
¿Y a
los romeros, que en forma
de cruz
los hace que crezcan
con su
virtud milagrosa,
no dice
nada?
ROSA:
No sea
necio,
que en mí no es virtud
lo que
en Dios es providencia.
Y pues las flores tenemos
tejamos esta diadema.
BODIGO: En
hacerlas ramilletes
es
mejor que se entretenga,
que en
Santa Cruz a ocho cuartos
los
venden las jardineras.
ROSA: ¿Pero
qué rumor es éste
de
cajas, y de trompetas?
BODIGO: ¿Qué ha de ser? Serán las bulas,
como
viene la cuaresma.
ROSA: Ya el
estruendo crece, y tocan
las
campanas a gran priesa
a
rebato.
BODIGO:
Y Don Gonzalo
y tu
padre ya acá llegan
asustados.
Salen
don GONZALO, y GASPAR de Flores
GONZALO:
¡Gran desdicha!
GASPAR: Rosa
mía.
ROSA:
¿Qué os molesta?
¿Qué
tenéis? ¿Qué ruido es éste?
GONZALO: Rosa,
los cielos ordenan
para
más crédito tuyo
el
peligro que nos cerca.
Conjurada la herejía,
en una
armada soberbia
llegó a
Lima, y ha tomado
un
puerto nuestro, y ya entra
en la
ciudad, que de llantos,
y de
dolor está llena.
BODIGO: Hay más
que en gracia de Dios
ser
hereje. ¿Qué os da pena?
GASPAR: ¿Cómo
podemos librarnos
de su
furia?
GONZALO:
Sin defensa,
¿cómo
el riesgo venceremos?
ROSA:
Queriendo Dios, y con estas
flores podemos vencer
su furia.
GASPAR:
¿De qué manera?
ROSA: Arrojándolas
al aire,
porque
en defensa se vuelvan.
Fórmase una cruz de las rosas, quedando
pendientes de un alambre delgado
GASPAR: Mas,
cielos, ¿qué es lo que miro?
Una
cruz se formó de ellas.
GONZALO: ¡Qué
admiración!
GASPAR: ¡Qué prodigio!
BODIGO: Que lo
es es cosa cierta,
pues las flores se hacen cruces,
y aun se han quedado
suspensas.
ROSA: Pues
militando valientes
debajo
de esa bandera,
que
tremolada en el aire,
de la
fe es insignia excelsa,
podremos de sus errores
heréticos y violencias,
constantes en nuestra fe,
triunfar, muriendo en defensa
de Dios, pues murió piadoso
por redimirnos en ella.
Y así no teméis sus iras,
que yo seré la primera,
que
católica amazona,
valiente, cuanto resuelta,
irá al templo sacrosanto,
y pues
en su entrada misma,
siendo
espada mi valor,
y
escudo mi fortaleza,
antes
que profane el culto
sacrílega su inclemencia,
recibiré de su saña
tantas
heridas, que pueda
en el
golfo de mi sangre
anegarse su soberbia.
Y así,
pues que del martirio
estamos
en la palestra,
no al
peligro se acobarde
nuestra
natural flaqueza.
Prevéngase nuestra fe
a esta
militar contienda,
sea el
corazón la plaza
de armas donde en hileras
se formen los batallones
de propósitos, y
enmiendas.
Ponga
el deseo las armas,
las
municiones la lengua,
pidiendo al cielo socorro.
La
muralla el pecho sea,
foso
las lágrimas hagan,
y rumor dulce la queja.
Muriendo triunfe el valor,
porque
en las lides sangrientas
del
martirio, sólo vence
el que
muere en la pelea.
Pero,
amantísimo Esposo,
dulce Jesús, no consientas,
que de
tu sagrada imagen
se
falte a la reverencia.
Hermosísima María,
tu
misericordia sea,
quien
en tan grande peligro
por tus
hijos interceda.
No
permitas que la furia
de
aquesta gente perversa,
enemigos de la fe
con la
ponzñosa soberbia
de sus
ritos, inficionen
esta
católica tierra,
ensangrentando sus iras
en sus
cuellos, pues se arriesga,
que
temerosos sacudan
de la
coyunda halagueña
los
yugos de nuestra ley
temiendo la muerte fiera.
Y pues por vencer los fueros
de tu
cándida pureza,
hollaste de ese dragón
la
amotinada cabeza,
haciéndole que a tus plantas
confesase su blasfemia.
De este
monstruo racional,
hidra
de sectas diversas,
haz que
la cabeza falte
destroncada, porque puedan
de los
miembros que le asisten
desmayar las viles fuerzas.
¿Mas qué dulce paraninfo
cruza la región eterna?
GONZALO: ¿Qué
arco de paz es aquéste?
GASPAR: ¿Qué luz celestial es ésta?
Descúbrese un ÁNGEL, por lo alto del
teatro, y baja extendiendo un iris, y habiendo
atravesado todo el
distrito de él, en acabando de cantar, se cubre el
ÁNGEL,
y el iris por los dos extremos, y se juntan
haciéndose una nube al pie de la cruz, y se la lleva a
lo
alto. Canta el
ÁNGEL
ÁNGEL: "Rosa,
por tu intercesión
Dios
quiere que no padezca
Lima la invasión de tantos
enemigos de su iglesia.
Muriendo su general,
se
retira su soberbia,
dando a la fuga rendidos,
mas que a las naves las velas.
Alienta, alienta,
Lima, pues en Rosa
tienes tal defensa."
ROSA: Gracias te doy, Señor mío,
por mercedes tan inmensas.
GONZALO: ¡Qué portento!
GASPAR: ¡Qué prodigio!
BODIGO: Sus maravillas son ciertas,
mas ésta es de las
armadas.
Dentro
UNA VOZ: Rosa,
de esta infiel tormenta
nos
libra, que el arco de iris
sobre
su casa se muestra.
GONZALO: Rosa, a
tu virtud debemos,
que el
riesgo se desvanezca.
GASPAR: Por ti
libertad y vida
toda
Lima a cobrar llega.
Dentro
VOCES: Las
gracias le demos todos.
ROSA: A la
suma providencia
de Dios
le demos las gracias.
Vamos
todos a la Iglesia,
adonde
nuestra humildad
el
amparo le agradezca.
GONZALO: Vamos.
Dentro
VOCES:
¡Viva nuestra Santa!
BODIGO: Y viva Bodigo, y beba.
Vanse. Sale el DEMONIO
DEMONIO: ¡Que
una flaca muger con tal desvelo
de tal
manera favorezca el cielo!
¡Que de
mi astucia triunfe, y mis enojos,
etnas respiro, y incendios por los
ojos,
pues habiendo inducido aquí una
armada
de mi
engaño movida, y conjurada,
porque a Lima abrasasen,
y sus templos sagrados
profanasen,
por ser patria feliz de
esta enemiga,
que a
tanta pena a mi furor obliga.
¡Que el
cielo por su ruego me frustrase,
que en
ella la venganza ejecutase
en su
casa, y en tanta
gente,
que la publica ya por santa,
creyendo que por ella
-- y no es engaño --
libres
se advierten del temido daño?
¡Que en
don Juan de Toledo, aquese ciego,
amante
suyo, se templase el fuego,
que encendía mis cautas intenciones,
pasándose a respeto sus
pasiones!
¡Y que
esté arrepentido
de
haber con sus deseos ofendido
de su
honesta belleza
la
ilustre castidad de su pureza!
¡Y que
Dios la ofreciese -- suerte mucha --
que
última lucha
sería -- aquí me
irrito --
en que
tentar la ose mi apetito!
¿Pero
cómo desmaya el poder mío?
¿Cámo
de mis engaños desconfío?
Vive mi
ardiente fuego, en cuya hoguera
arde
inmortal mi envidia sin que muera,
que no
ha de haber pesar ni sentimiento,
dolor,
susto, congoja ni tormento
con que
no la maltrate, no la aje,
la aflija, y la atormente mi coraje.
A su
padre, la muerte
haré
que dé don Juan, que de esta suerte
lograré
con mi engaño
en su
padre inocente el fiero daño,
en ella
el sentimiento y destemplanza,
en don
Juan el delito; y mi venganza
haciéndole creer siempre engañoso
el que
Gaspar de Flores cauteloso
la
muerte intenta darle airado, y fiero.
Pero el
suceso que lo diga espero,
y pues
ese blandón del claro día
va
agonizando con la noche fría,
espíritus nocivos, e infernales,
pues
sois origen siempre de los males,
a este
hombre embestid, pero advertidos
en lo
que os tengo a todos prevenidos.
Sale don JUAN, y al mismo tiempo por el otro lado
salen cuatro HOMBRES enmascarados
JUAN: A
Gaspar de Flores vengo
a
buscar, por ver si sabe
de mi osadía amorosa
el
delito para darle
rendido
satisfacción,
de que
mi error intentase,
violar
de Rosa divina
los
candores celestiales.
Tan confuso
estoy, después
que vi
el prodigio admirable
con que
el cielo defendió
su
castidad, de mi amante
ardor,
víbora la pena,
me
atormenta, sin que baste
a
satisfacer la culpa
mi
arrepentimiento grande;
Mas
gente hacia mi se acerca.
¿Quién
va?
HOMBRE 1:
Quien sabrá matarte,
y castigar de tu afecto
tantos arrojos amantes.
JUAN: Pues que todos me embestís,
sin duda que sois
cobardes.
HOMBRE 2: Ahora
lo verás.
JUAN:
Bien riñen.
DEMONIO: De esta
suerte he de incitarle
a la
venganza que espero.
JUAN: No huyáis.
DEMONIO:
Esto es importante
para
lograrse mi astucia.
HOMBRE 1: Caí.
JUAN:
Muere.
HOMBRE 1:
No me mates,
y te
diré quién intenta
tu
muerte.
JUAN: Porque declares
quién
es mi enemigo, dejo
de
hacerte pedazos.
HOMBRE 1: Sabe
que
Gaspar de Flores...
JUAN: ¿Quién?
HOMBRE
1: Gaspar de Flores matarte
nos mandó, porque
atrevido
el
sagrado profanaste
de su
casa. Y si esta vez
pudo tu
valor librarte,
de otra
traición alevosa,
que lo
corrijas no es fácil.
Vase
JUAN:
Aguarda.
HOMBRE 1:
En vano me sigues.
JUAN: ¿Cómo
no? Pero en el aire
sombra
se desvaneció
sin
acabar de apurarle.
¿Si
será verdad que intenta
esta alevosía el padre
de Rosa? Mas no es posible,
que en su virtud, y su
sangre
quepa
tal traición.
Al oído a don JUAN
DEMONIO: Ahora
es mi
cautela importante
si
puede, porque su honor
le
obliga.
JUAN:
No siendo grave
la
ofensa, satisfacerse
se
procura, y no vengarse.
DEMONIO: Del que
es poderoso, el pobre
juzga su agravio más grande,
y venga
como ofendido
lo que
en su deshonra cabe.
JUAN: Nunca
con traición se vengan
aquellos que nobles nacen.
DEMONIO: Es verdad, mas en su edad
aunque las cenizas guarden
de la
ira algún calor,
no es
el incendio bastante
a tomar
satisfacción.
JUAN: ¿Quién
mi impulso persüade
con tal
poder?
DEMONIO:
La razón
que hay
en ti de castigarle
el
arrojo de atreverse
a un
caballero tan grande
como
tú.
JUAN:
Verdad es ésta.
DEMONIO: (Vencí,
porque no hay más ágil Aparte
demonio, que el pundonor
para
las atrocidades.)
JUAN: ¿Y qué he de hacer ofendido
de su desprecio?
DEMONIO: Matarle.
JUAN:
¿Matarle?
DEMONIO: Sí, pues te agravia.
JUAN: ¿Pues
sus canas venerables
ha de
ultrajar mi osadía?
DEMONIO: Sí,
pues obra como infame.
JUAN: ¿Y de
Rosa, a quien venero,
cómo de
he verter la sangre?
DEMONIO: Primero
que tu pasión
es tu
vida, y arriesgarse
a otra
traición, es error.
JUAN: Dice
bien, muera el cobarde,
mas él
viene.
DEMONIO:
¡Qué a buen tiempo
ha venido!
Llega a darle
la
muerte.
Sale GASPAR de Flores, y atraviesa el tablado
mientras dice estos versos
GASPAR:
Sin ver a Rosa
no
puedo estar un instante
ya, si
es que en el huerto está.
Entro
por aquesta parte
a mi
casa.
DEMONIO:
Llega, acaba.
Saca don JUAN la daga, y va tras él para
darle, y se detiene; GASPAR se entra
JUAN: Muera;
pero al acercarse
mi ira
la retrocede.
DEMONIO: ¿Qué es
lo que haces?
-- ¡Ah, pese a mi indignación!
--
Por él
no lograste amante
a Rosa.
JUAN:
Sólo esta ofensa
me
basta para matarle.
DEMONIO: Entra
tras él.
JUAN:
Ya le sigo.
DEMONIO: Llegó
mi industria a lograrse.
JUAN:
¡Muera!
Al entrar don JUAN, le sale ROSA al encuentro con
una cruz muy grande al hombro, y al ir don JUAN a
ejecutar el
golpe, cae ROSA hincando una rodilla en el suelo
ROSA:
Teneos, ¿dónde vais?
¡Mas
caí!
JUAN:
¿Qué es lo que hacéis?
ROSA: Caer
con la Cruz que
veis,
para
que vos no caigáis
en un error sin disculpa,
porque
si Cristo cayó
con
ella, fue porque no
cayésemos en la culpa.
DEMONIO: ¿Qué
esto sufran mis enojos,
que
triunfe de mi poder?
Por no oír
esta mujer,
huyendo
iré de sus ojos.
Vase
ROSA: En
ella, don Juan, por vos
perdonó
a sus enemigos.
Perdonad vos los amigos,
pues el
ejemplo os da Dios.
Ilusión fue lo que piensa
vuestro
enojo, y así sabio,
no por
vengar un agravio,
le
hagáis a Dios una ofensa.
Formas aparentes fueron
los que a vos os engañaron,
y de la luz os privaron
con las
sombras que os fingieron.
Templad, pues, las impaciencias,
que al
padre de la mentira
para
incitar vuestra ira,
le
sobran las apariencias.
JUAN:
Prodigio, o mujer, en quien
es la
santidad tan grande,
que te desmienten de humana,
tantas divinas señales,
cuya virtud penitente,
resplandece tan constante,
que de mis torpes errores,
alumbran las ceguedades.
Yo te confieso mi culpa,
y arrepentido enmendarme
ofrezco, a las persuasiones
con que
enseñas eficaces.
Y porque estas no merezco
viéndome reo, delante
de tu
presencia, me voy
a
disponer dónde acabe
mi
vida, dejando luego
del
mundo las vanidades.
ROSA: Dios el
camino te enseñe
para
que puedas salvarte.
JUAN: Sí
haré, si tu intercesión
la
pusieres de mi parte.
ROSA: Yo te
la ofrezco, Juan.
JUAN: Adiós, y yo volveré antes
que ejecute mis intentos,
el
desengaño a estimarte.
Vase
ROSA:
Reconocida, Dios mío,
estoy a
tantas piedades,
pero en
vano, dulce Esposo,
pueden mis hombros atlantes
de tantas penas, el peso
sustentar sobre esta
frágil
naturaleza, y pues vos
para
llevar inefable
este
sagrado madero
de la
cruz, necesitasteis
de
ayuda, ayudadme vos
de esta carga incontrastable,
desatando de la humana
cárcel,
en que preso yace
el
espíritu, que os consagro,
para
que con vos descanse.
Sale el ÁNGEL custodio
ÁNGEL: Rosa.
ROSA:
Custodio divino.
ÁNGEL: Dios
por tus ruegos afable
te ha
otorgado lo que pides,
y en
sus orbes celestiales
te
espera, donde premiar
quiere
tu afecto constante.
Presto te verás con él,
pero
prevente al combate
de
padecer por su amor
muchos dolores y males.
Queda en paz.
ROSA:
Custodio mío,
no te
ausentes, no me faltes.
ÁNGEL: Aunque
me ausento de ti,
nunca
me aparto un instante.
Vase
ROSA: Dulce
Jesús, si por mí,
siendo
divino, tomastes
forma
humana, y padeciste
del
pueblo tantas crueldades,
padecer
por vos espero
cuántos dolores mortales
puede inventar el rigor,
y pues vos, Señor, llevasteis
este sagrado madero
sobre
los hombros triunfante
de la
casa de Pilatos
al
Calvario, en que se sabe
hay pasos mil y ochocientos
y sesenta y dos cabales.
También caminar con él
espero
los mismos, antes
que el espíritu en oblación
os
sacrifique constante,
para
lograr vuestra gloria,
que
aunque mis culpas son grandes,
es
vuestra misericordia
mayor
para perdonarme.
Vase. Sale
BODIGO
BODIGO: El
juicio tengo perdido
desde
que me aplauden tanto.
¿Que
para ser uno santo,
haya de
andar aturdido?
En
mí no es gran fortaleza
ser
virtuoso a fe mía.
Yo di
en bueno, como había
de dar
en otra flaqueza.
Milagros sin más, ni más
hago.
Ayer a un corcovado
sané de
un mal muy pesado,
que le
venía de atrás.
A un
capón en conclusión,
hombre
le hice, y muy de bien,
y este
milagro hallé en
la Botica del Capón.
Yo estoy muy bien regalado,
y el que buscarme
procura,
aunque
me tiene por cura,
me deja
beneficiado.
Saca una bota
Esta
bota con despejo
me dio
un hombre, a quien sané.
Muy
caro el milagro fue,
pues le
dejé sin pellejo.
Saca una caja
De
alcorzas me dio muy terco
esta
caja un tal señor.
Yo la
tomara mejor
si
fuera de pies de puerco.
A
cada alcorza un traguito
puedo echar, y pez con pez
dejarla. ¿Mas si otra vez
me
engañara aquel maldito?
Sale el DEMONIO
DEMONIO: Ya
me venció el cielo, y ya
de Dios
la recta justicia
mi loca
ambición, aun
en el
abismo castiga,
pues a
una débil mujer
la da
tanta valentía,
que
estando al último vale
de su
prodigiosa vida,
más
penitente, y más santa
se ve, sin que la fatiga
de los
dolores con que
mi
rencor la mortifica,
ninguna
impaciencia en ella
la
ocasionen, ni la aflijan,
antes
los padece todos
por
Dios con tanta caricia,
que en
ella es merecimiento
lo que
en mi pecho es envidia.
BODIGO: Veinte
y cuatro alcorzas hay,
las formas son bien distintas,
unas son conchas, y otras
castañas, y otras tablicas.
¿Si las alcorzas castañas
se me
volvieran morcillas?
DEMONIO: En este
infame donado
se han
de desquitar mis iras.
BODIGO: Por si
el dulce me empalaga,
darme intento muy aprisa,
si se
me seca la llaga,
con
aquesta pelotilla.
Al comer las alcorzas, las arroja, que han de ser
de yeso
DEMONIO: Tú
probarás mis engaños.
BODIGO: ¿Qué es
esto? Abarimatías
me valga, que aquesto es yeso
amasado
con cal viva.
Que me abrasó los cuajares,
ah, bota del alma mía,
apaga
este fuego tú,
sé San
Antón de mis tripas.
Sopla al tiempo que bebe, y se llena la cara de
ceniza, que ha de estar dentro de ella
Pero
ceniza se ha vuelto
el
vino, que era lejía,
y los
ojos me ha cegado,
sin
duda que anda Patillas
por aquí. Cata la cruz,
infame.
DEMONIO:
Tu hipocresía
no te
ha de valer, villano.
Dale empellones, y arrástrale
BODIGO: Que me
matan, que me tiran,
que me
llevan los demonios,
líbrame, Rosa bendita,
del
diablo.
DEMONIO:
En vano la llamas.
BODIGO: Si de
las alcorzas mías
quedo
en ayunas, ¿por qué
te me
mueles la comida?
DEMONIO: Por
embustero.
BODIGO:
¡Ay mi cuerpo!
¿Rosa,
a Bodigo no libras,
que le
llevan los demonios?
Sale don GONZALO
GONZALO:
Hermano, ¿qué le lastima?
¿Qué
tiene? ¿Qué ruido es éste
tan
descompuesto? ¿No mira
que
Rosa de sus dolores
padeciendo las fatigas
en el
tránsito postrero
está? ¡Fénix de su vida,
pues
muriendo para el mundo,
para el
cielo resucita!
BODIGO: Pues si
ella se iba con Dios,
yo con
el diablo me iba.
GONZALO: ¿Qué
dice?
BODIGO:
Que me llevaba.
GONZALO: ¿Dónde?
BODIGO:
A una taberna misma
de la
plaza de Madrid.
GONZALO: ¿A una
taberna? Él delira.
BODIGO: Al
infierno, que es lo mismo.
GONZALO: ¿Pues
por qué? ¿Qué es lo que hacía?
BODIGO: Meditar
sólo.
GONZALO:
¿En qué?
BODIGO:
En el
paso de
la Borriquita.
GONZALO: ¿Y esta
bota qué hace aquí?
BODIGO: Se le
cayó sin sentirla
a un
fariseo bermejo,
que en
el propio paso iba.
GONZALO: Él es simple. Vaya, y llame
a don Juan a toda prisa.
BODIGO: Ya voy.
Míreme a la cara.
GONZALO: ¿A
quién la jura?
BODIGO: A Patillas.
Vase
BODIGO
GONZALO: Yo a Gaspar de Flores voy
a consolar, que aunque
mira,
que
Dios por premiar de Rosa,
la
virtud esclarecida,
la
penitencia, y trabajos,
la da
su gloria infinita,
la
falta que le ha de hacer,
se
desconsuela en su dicha.
Vase don GONZALO
DEMONIO: Por no
oír las alabanzas
de esta
mujer peregrina,
huyendo
al abismo voy.
Sale el ÁNGEL custodio
ÁNGEL:
Aguarda, bestia maligna,
que
Dios quiere, para más
tormento tuyo, que asistas
a ver
cómo Rosa triunfa
de tus traiciones, y envidias.
DEMONIO: Sí
haré, pues hasta morir
mi
poder no desconfía,
cuando
puede en un instante
perder la gracia divina.
ÁNGEL: No la
perderá, pues Dios
la
asiste, y ella le obliga
con el
amor que padece
los
males que la fatigan,
porque
Él padeció por ella,
pues con tal fervor imita
de su
sagrada pasión
aquellas angustias mismas,
que
apenas de su mansión
le dio
mi aviso noticias,
cuando
cargando en sus hombros
pesada
una cruz, camina
los
propios pasos que Dios
anduvo
con ella misma,
con
tanto llanto, y tal pena,
que con
las lágrimas iba
regando
la tierra, al paso
que sus dolores crecían,
y desdeñando después
de la Rosa casta, y limpia
de su
cuerpo aquellas hojas,
que la
visten, y la aliñan,
más de
cinco mil azotes
se dio.
Sustentando fina,
pelícano racional
con la
sangre que vertía
de su
pasión amorosa
los
hijos de su caricia.
Luego
una áspera corona
se
puso, cuyas espinas,
las que
más la coronaban,
eran
las que más la herían.
Después
estampando cruel
con su
mano en la mejilla
cinco
rayos, la dejó
tan de
púrpura teñida,
que del
color de la afrenta
aun el
nácar se corría.
Y
viendo que ya tocaba
su
desaliento la línea
última
de lo mortal,
dejó el
lecho, y de rodillas
para
expirar en la cruz,
salió al huerto enternecida,
que es
monte, y calvario, tres
romeros
que fructifica,
en
forma de cruz, en quien
se une
con tal caricia,
que los
brazos extendiendo
cuanto pudo, parecía,
que de
más cruz deseosa,
alcanzarla solicita.
Y
padeciendo constante
penas,
y ansias excesivas,
aun de
padecer más, tuvo
sed, y
por templarla fina,
de sus
dolores amargos
bebió
la hiel, y la acíbar.
Y
porque le sirva más
de
rencor a tu malicia,
mírala
diciendo himnos,
a quien
con dulce armonía
los ángeles acompañan.
DEMONIO: Rabio
de enojo, y de envidia.
Córrese un bastidor, y se verá a tres
romeros puestos en forma de cruz, en que está la Santa
ROSA puesta de rodillas, y a un tiempo bajan dos
ángeles
en dos apariencias por los lados, y se quedan cantando
en el
medio del vestuario por lo alto
ROSA: Salve,
dulcísimo Esposo,
manso
Cordero en quien miran
ser tus
validos aquellos
que la
humildad califica.
Escucha, Señor, mis voces,
que
aunque parecen indignas
de tu
cielo, ya en el fuego
de mi
amor se purifican.
Cantando el ÁNGEL primero
ÁNGEL 1: "Ya
Dios oye tus voces,
Rosa, que la armonía
más
dulce para el cielo,
tus
lágrimas son mismas."
ROSA: Rompa,
Señor, mi costado,
mi
contrición compasiva,
pues la
fuerza del dolor
basta a
romperme la herida.
Cantando el ÁNGEL segundo
ÁNGEL 2: "La
llaga del costado
ya
impresa en ti se mira,
pon tú el dolor, pues puso
Dios su sangre
infinita."
ROSA: Los
clavos, Señor, me faltan,
y pues mis yerros publican
mi culpa, sean mis yerros
quien rigurosos me
aflijan.
Cantando el ÁNGEL primero
ÁNGEL 1: "Quien
sus yerros confiesa,
y a
Cristo se dedica,
en
su esclavitud pone
los
hierros que codicia."
DEMONIO: Ya no
me queda esperanza
viendo
tantas maravillas
en esta
mujer.
ÁNGEL:
Dragón
infernal y aleve, mira
si en
la lid de tus cautelas
venciste, como decías,
pues de
su pureza ya
la
lámpara que encendida
conservó su castidad,
fallece
en lo que respira.
DEMONIO: A pesar
de mi rencor
te lo confiesan mis iras.
ROSA: Mas ya
el aliento me falta,
ya
caduca, y se arruina
de este
edificio viviente
la
fábrica, ya agoniza
en
parasismos mortales
esta
antorcha de la vida.
Agora,
Señor, agora
de tu
favor necesita
mi
flaqueza. Ahora, Virgen
del
Rosario, y Madre mía
me has de valer, y tú Santa,
y gloriosa Catalina
me has
de amparar.
Bajan
en tres apariencias un NIÑO
JESÚS, la
VIRGEN, que hace una niña, y Santa
CATALINA; el NIÑO JESÚS se queda sobre la Santa
ROSA elevado en el aire, y la VIRGEN sobre el romero de la mano
derecha, y en el de la mano izquierda, Santa CATALINA
NIÑO JESÚS: Ya mi amor
te
asiste, esposa querida.
VIRGEN: Y yo
también, Rosa amada.
CATALINA: Y mi
amor, que la divina
clemencia de Dios lo ordena
así.
ROSA: ¡Qué
grande es mi dicha!
DEMONIO: Tan
grande como mi rabia,
y pues
mi ultraje publica
mi
furor, en sus cavernas
el
infierno me reciba.
Húndese el DEMONIO
ÁNGEL: Dios murió entre ladrones,
mas
Rosa peregrina
feliz
en cruz fallece
con
mejor compañía.
Salen
GASPAR de Flores, don JUAN, don GONZALO, y
BODIGO
JUAN: Entremos todos a ver
expirar el mismo día.
GONZALO: ¡Qué luces tan celestiales!
GASPAR: ¿Mas qué süave armonía
es ésta!
BODIGO:
Pues de los cielos
cantan,
será su capilla.
JUAN: ¡Qué
asombro tan prodigioso!
GONZALO: En cruz
está, y de rodillas.
ROSA: Señor,
mi espíritu encomiendo
en tus manos.
JUAN: Y ya expira.
GONZALO: ¡Qué
santidad!
JUAN:
¡Qué portento!
GASPAR: Eclipsóse
mi alegría.
Mientras están cantando, se suben a lo alto
los
tres romeros como están, y el NIÑO JESÚS
siempre sobre la Santa ROSA, y el ÁNGEL custodio arrimado
a la
Santa de rodillas, y canta el ÁNGEL segundo
ÁNGEL 2: Dios
para sí se lleva
del Rosa de la vida
la Rosa del Perú,
el
asombro de Lima.
GONZALO: No
sintáis, señor, su muerte,
pues
para Dios resucita.
JUAN: Y para
que algún consuelo
tengáis, mi hacienda os dedica
mi fe,
que yo religioso
en la
orden dominica
me he
de entrar.
BODIGO: Y yo luego.
JUAN: Y aquí,
senado, la vida
de la Rosa del Perú
da fin a sus maravillas.
FIN DE LA
COMEDIA
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