SEGUNDO ACTO
La habitación de Musotte. Mobiliario elegante, pero
sin lujo. Al fondo, a la izquierda, una cama deshecha.
A la izquierda, en primer plano, detrás de un biombo
que la oculta por completo, Musotte extendida sobre una diván. Cerca de la
cama, una cuna cuya cabecera está girada del lado del público. Sobre la chimenea y encima del pequeño mueble de al lado, frascos
de medicamentos, una taza, un hornillo, un azucarero. En primer plano,
una mesa a la derecha.
ESCENA PRIMERA
MUSOTTE, dormida, LA
BABIN, Sra. FLACHE
LA BABIN,
a media voz : ¡Ya está dormida !
SEÑORA FLACHE, del mismo modo: ¡Oh ! no
dormirá mucho tiempo, a menos que sea para siempre.
LA BABIN :
Ni un cambio. ¡Esto es preocupante ! Ir a perder la vida
por un hijo...
SEÑORA FLACHE : ¿Qué quiere usted, señora Babin? Hay que morir puesto que se nace. La tierra se volvería
demasiado pequeña.
LA BABIN,
sentándose a la derecha de la mesa : Todo el
mundo debería irse del mismo modo, a la misma edad; de ese modo no habría
sorpresas.
SEÑORA FLACHE, virtiendo el té : Tiene usted ideas sencillas, señora. Yo
prefiero no saber. Me gustaría acabar del mismo modo
que uno se queda dormido, una noche, durante el sueño, sin sufrimiento, por un
paro cardíaco.
LA BABIN,
mirando a la enferma : Es una locura haber
querido levantarse sobre un diván, como ella ha hecho. El médico le ha
insistido que eso podría hacerla morirse de golpe.
SEÑORA FLACHE, sentándose a la izquierda
de la mesa : Yo lo comprendo. Cuando se tiene a
un hombre, mire usted, se hacen todas las locuras. Y luego, cuando se es
presumida, ustedes en el campo no lo saben, una lo
lleva en el alma, al igual que una es devota. Es por eso por lo
que ella ha querido lavarse un poco. Temía estar fea, comprende. Fue
necesario que la peinase, que la arreglase bien, que
la embelleciese.
LA BABIN :
¡Estos parisinos!... ¡Tienen que estar acicaladas
hasta el final! (Un silencio) ¿Vendrá su
caballero?
SEÑORA FLACHE : No lo creo. A los
hombres no les gusta mucho esto de que sus antiguas amantes los llamen en
momentos así. Y además, él se casa hoy, ¡ese pobre muchacho!
LA BABIN :
¡Eso es tener la negra !
SEÑORA FLACHE : Puede usted decirlo.
LA BABIN :
Seguro que no vendrá. En estos casos ¿iría usted a ver
a un hombre?
SEÑORA FLACHE : ¡Oh ! si lo
hubiese amado, sí, iría.
LA BABIN :
¿Aún cuando se estuviese casando con otra, ese mismo día?
SEÑORA FLACHE : Igualmente. Eso me
removería el corazón, me produciría una gran emoción, muy fuerte. Y me gusta eso, ¡las emociones!
LA BABIN :
¡Oh ! yo por supuesto no iría. No, no, no iría. Tendría demasiado miedo de avinagrar las sangres.
SEÑORA FLACHE : El doctor Pellerin cree que vendrá.
LA BABIN :
¿Conoce usted mucho a ese médico?
SEÑORA FLACHE : ¿Al doctor Pellerin?
LA BABIN :
Sí. Tiene aspecto de picaflor.
SEÑORA FLACHE : ¡Ah ! lo es
bastante... Pero también es un buen médico. Y además divertido, divertido y
vividor! He aquí uno que se lo monta dulce. ¡Por algo
es él médico de la Ópera!
LA BABIN :
¿Ese mequetrefe engreído?
SEÑORA FLACHE : ¡Un mequetrefe ! Usted no
encontrará muchos mequetrefes como ese. Y además, lo que le gustan las mujeres, ¡oh! ¡oh!. Por lo demás, hay muchos médicos como ese. Fue en la Ópera donde
lo conocí.
LA BABIN :
¿En la Ópera ?
SEÑORA FLACHE : Durante ocho años fue
bailarina, tal como usted me ve, bailarina en la Ópera.
LA BABIN :
¿Usted, Señora Flache ?
SEÑORA FLACHE : Sí. Mi madre era comadrona y me
enseñó el oficio al mismo tiempo que la danza, pues decía que siempre eran
necesaria dos cuerdas en su arco. La danza, mire usted, conduce a todo, con tal
que uno no ame demasiado las bombones, y por desgracia
ese fue mi caso. Yo era delgada como un hilo a los veinte años, y ágil. Pero
comencé a engordar, me debilité, me volví un poco
pesada. Y luego, cuando ya no tuve madre, como poseía
mis diplomas de comadrona, continúe con su clientela, tengo que añadir el
título de comadrona de la Ópera; pues fui yo quién las atendió a todas. Se me quiere mucho allí. Cuando yo era bailarina, me llamaba Srta. Flacchi Ire.
LA BABIN :
¿Señorita ?... ¿Se casó después ?
SEÑORA FLACHE : No. Pero una comadrona siempre
debe hacerse llamar Señora, es más conveniente. Eso da confianza. Y
usted, ama de cría, ¿de dónde es? Pues usted no ha hecho más que entrar aquí y no me ha hecho el honor de
consultarme para contratarla.
LA BABIN : Soy de los alrededores de Yvetot.
SEÑORA FLACHE : ¿ Es su primera vez como nodriza ?
LA BABIN :
La tercera. He tenido dos hijas y un chico.
SEÑORA FLACHE : ¿Su marido es agricultor ?
¿Jardinero ?
LA BABIN,
sencillamente : Estoy soltera.
SEÑORA FLACHE, riendo : ¿Soltera, y ya ha tenido
tres ? Mis felicitaciones, si que es usted precoz. (Brindando
con ella.) ¡ A su salud!
LA BABIN :
No hable de ello. Es Dios que lo quiere así. Una no
puede evitarlo.
SEÑORA FLACHE : ¡Simple naturaleza ! Y, regresando a su casa, ¿tendrá un cuarto?
LA BABIN :
Es posible.
SEÑORA FLACHE : ¿Qué hace su enamorado ? ¿Al menos no tendrá más que uno ?
LA BABIN,
con irritación : No ha habido nunca más que
uno, ¡por mi palabra, por mi salud! Es fabricante de gaseosas en Yvetot.
SEÑORA FLACHE : ¿Es un buen chico?
LA BABIN,
orgullosa : Ya lo creo que es un buen muchacho. (En
tono confidencial.) Si yo le cuento esto es porque es usted comadrona, y
una comadrona, para estos asuntos, es como contárselo a un cura en un
confesionario. Pero usted, Señora Flache, que ha sido bailarina en la Ópera,
¿usted no ha tenido también enamorados, y admiradores?
SEÑORA FLACHE, halagada y ensoñadora : Claro que sí,
algunos.
LA BABIN,
riendo : ¿Y usted nunca ha tenido... un accidente ?
Señalando la cuna.
SEÑORA FLACHE : No.
LA BABIN :
¿Cómo lo consiguió?
SEÑORA FLACHE, levantándose y yendo hacia la
chimenea: Probablemente por el hecho de que soy comadrona.
LA BABIN :
Yo he conocido a una que ha tenido cinco.
SEÑORA FLACHE, con desprecio : No
era de París.
LA BABIN :
Eso es verdad. Era de Courbevoie.
MUSOTTE, con voz débil : ¿Hay alguien ahí ?
SEÑORA FLACHE : Se está despertando. ¡Vamos ! Vamos !
Recoge el biombo que ocultaba el diván.
MUSOTTE : ¿Todavía no ha venido ?
SEÑORA FLACHE : No.
MUSOTTE : Llegará demasiado tarde... ¡Dios mío! ¡Dios mío!
SEÑORA FLACHE : ¡Qué ideas... Él vendrá!
MUSOTTE : ¿Y mi pequeño... mi hijo ?
SEÑORA FLACHE : ¡Duerme como un ángel !
MUSOTTE, tras haberse mirado en un espejo de mano : ¡No
le daré más que miedo así ! ¡Ah ! ¡Dios mío! ¡ mi pequeño! ¡quiero
verlo!
SEÑORA FLACHE : Pero si se lo muestro,
se va a despertar; y quién sabe si se volverá a dormir enseguida.
MUSOTTE : Acerque la cuna (Gesto de disgusto de la
Sra. Flache.) ¡Si, si !... (La Sra. Flache y la nodriza
acercan suavemente la cuna .) Más cerca, más cerca... que lo vea bien ¡mi
hijo! ¡mi hijo! Y voy a abandonarlo, voy a
desaparecer. ¡Oh! Dios mío, que tristeza.
SEÑORA FLACHE : Pero no se atormente, usted no
está tan mal. ¡Ah ! yo he visto superar cosas
peores. Mire, acaba de despertarlo. Llevémonos la cuna, señora Babin. (Ellas vuelven a poner la cuna en su lugar. A la nodriza.) Deje, deje, ya me mira. Usted sabe que
solo yo lo tranquilizo.
Sentándose junto a los barrotes, ella canturrea una
nana al niño.
Una
gallina gris
pone en su nido
un huevo para el niño
que está dormido.
¡Do, do! Duerme gallinita,
¡Do, do! Duerme gallinita.
LA BABIN,
cerca de la chimenea al fondo, bebiendo agua azucarada y llenando de azúcar sus
bolsillos, en voz baja: ¡Para criar bien hay que alimentarse! ¡Y además he
visto en la cocina un resto de pernil al que le daría
un par de buenos bocados. ¡Tengo una hambre terrible!
SEÑORA FLACHE, continuando la canción en tono más bajo :
Una
gallina negra
pone en el armario
un huevo para el niño
para el niño que está dormido...
¡Do, do! Duerme gallinita,
¡Do, do! Duerme gallinita.
MUSOTTE, en su diván, después de haber gemido : ¿Se ha
vuelto a dormir?
SEÑORA FLACHE, yendo hacia ella :
Sí, señorita. Como un Niño Jesús. ¿Quiere que le diga
algo? ¡A este jovencito lo conducirá usted al altar
cuando se case! ¡Es un encanto esta criatura!
MUSOTTE : ¿Lo encuentra usted
hermoso ?
SEÑORA FLACHE : Desde que soy comadrona, no
he visto en el mundo nada tan bonito. Es un placer decirse que una ha ayudado a
dar a luz un amor como este.
MUSOTTE : ¡Y pensar que dentro de algunas horas quizás ya no podré volver a verlo, tocarlo, amarlo!
SEÑORA FLACHE : No, no. Levanta usted la cabeza sin razón.
MUSOTTE : ¡Ah ! Bien lo sé. La he
oído hablar con la nodriza. Sé que pronto acabará todo, esta noche tal vez.
¿Acaso el doctor habría escrito a Jean que viniese a verme, esta noche, el día
de su boda, si yo no estuviese perdida? (Suena el timbre repetidas veces. Ella emite un grito.) ¡Ah! ¡Aquí está! Es él. Vaya a abrir rápido, Señora Flache. ¡Rápido, rápido, rápido! ¡Ah!
¡Dios mío, que desgracia!
Mira la puerta al fondo por donde desaparece la comadrona.
El doctor Pellerin aparece elegantemente, en traje negro, corbata blanca.
ESCENA II
LOS MISMOS, EL DOCTOR
MUSOTTE, con desesperación : ¡Ah ! ¡no es él !
EL DOCTOR, acercándose a Musotte : ¿Todavía no ha llegado ?
MUSOTTE : No vendrá.
EL DOCTOR : Vendrá. Estoy seguro. Lo conozco.
MUSOTTE : No.
EL DOCTOR : Se lo juro. (Volviéndose
hacia la Sra. Flache.)
¿No ha respondido, verdad?
SEÑORA FLACHE : No, Doctor.
EL DOCTOR : Vendrá. ¿Cómo está ella ?
SEÑORA FLACHE : Ella se ha
tranquilizado un poco.
MUSOTTE, muy agitada: Se acabó, se acabó... Siento que ya no descansaré hasta que él venga, o hasta que yo me vaya sin
haberlo visto.
EL DOCTOR : El vendrá. Dormirá usted seguido
hasta mañana por la mañana.
MUSOTTE : ¡Usted no lo haría venir si
yo hubiese podido esperar hasta mañana por la mañana! (Timbrazo,
gritos de Musotte que balbucea.) Si no es él, si no es él, estoy perdida. (La
Sra. Flache va a abrir, Musotte escucha,
se oye fuera una voz de hombre. Ella murmura,
desesperada.) ¡Ese no es él!
SEÑORA FLACHE, regresando, con un frasco en la
mano : Es la pócima del farmacéutico.
MUSOTTE, muy agitada : !Ah ! ¡Dios mío, es horrible!
¡No viene! ¡Qué es lo que he
hecho! ¿Qué he hecho? Doctor, muéstreme a mi niño.
¡Quiero verlo una vez más!
PELLERIN : Pero duerme, mi pequeña Mussote.
MUSOTTE : Tiene tiempo para dormir.
PELLERIN : ¡Vamos, vamos, cálmese !
MUSOTTE : Si Jean no viene, ¿quién se
ocupará de mi hijo? Pues le juro que es suyo. Me cree,
¿verdad? ¡Lo amaba tanto...!
PELLERIN : Sí, pequeña, la creo. Pero cálmese.
MUSOTTE, con creciente agitación : Dígame... ¿Cuando ha
salido usted antes, a dónde ha ido?
PELLERIN : A ver un enfermo.
MUSOTTE : ¡Eso no es cierto! Usted ha ido a ver a Jean quién no ha querido seguirle, pues él estaría aquí con usted.
PELLERIN : Le doy mi palabra de honor que no.
MUSOTTE : Sí, lo intuyo, usted lo ha
visto, usted no se atreve a decírmelo, usted teme matarme.
PELLERIN : ¡Ah ! ¡Aquí está la fiebre de nuevo ! Esto
no puede continuar así. No quiero que pierda la razón
cuando él entre. (A la Sra. Flache.) ¡Vamos a
ponerle una inyección! Déme la morfina, Señora Flache.
La Sra. Flache
va a tomar una jeringuilla sobre la chimenea y se la entrega.
MUSOTTE descubre ella misma su brazo y
luego murmura : Si no fuese por esto, no sé como habría podido
soportar estos últimos días.
El Doctor se la inyecta.
PELLERIN : Ahora, va a dormir, le prohíbo hablar, ya no le
respondo más y le juro que antes de un cuarto de hora
Martinel estará aquí.
Ella se extiende suavemente de espaldas y se
duerme.
LA BABIN,
desplegando lentamente el biombo que oculta a Musotte: ¡ Ya se ha
dormido ! ¡Esta droga es una bendición! ¡Aunque no me
gustaría para mí! ¡Eso me daría demasiado miedo! ¡Son
cosas del diablo!
Va a sentarse cerca de la cuna y lee un periódico.
SEÑORA FLACHE, a media voz, a Pellerin : ¡Ah !
¡pobre mujer ! ¡Qué desgraciada !
PELLERIN, en el mismo tono : ¡Sí, es una gran muchacha! Hace tiempo que la conozco con Jean Martinel, que le debe tres años
de felicidad. Y además, ¡es un alma recta y
sencilla!
SEÑORA FLACHE : ¿Vendrá ese Sr. Martinel ?
PELLERIN : Ya lo creo ; es un hombre de honor, pero no habrá podido dejar pitando a su esposa y a su familia
política.
SEÑORA FLACHE : La verdad es que es una
puñetera coincidencia... ¡un auténtico marrón!
PELLERIN : ¡Cómo dice!
SEÑORA FLACHE, cambiando de tono : ¿Dónde ha estado usted
antes? ¡No es por un enfermo por quién ha puesto usted
este traje y una corbata!
PELLERIN : He ido a ver los primeros pasos del
ballet de André Montargy.
SEÑORA FLACHE, interesada, yendo a sentarse al
borde de la mesa. : Y dígame, ¿ha
estado bien ?
PELLERIN, sentándose a la izquierda de la
mesa : ¡Muy bien bailado!
SEÑORA FLACHE : La nueva dirección hace bien las cosas.
PELLERIN : Jeanne Mérali y Gabrielle Poivrier son dos grandes artistas.
SEÑORA FLACHE : Poivrier, la pequeña Poivrier... ¿será
posible ? En cuanto a Mérali, no me sorprende. Es
francamente fea, pero tiene mucho atractivo. ¿Y Mauri?
PELLERIN : ¡Oh ! una maravilla,
una auténtica maravilla, que baila como nadie... un pájaro de carne con piernas
en lugar de alas. Es la perfección.
SEÑORA FLACHE : ¿Está usted enamorado de ella ?
PELLERIN : No, la admiro. Tú sabes que
adoro la danza.
SEÑORA FLACHE : Y a las bailarinas también, por
momentos, vamos... (Bajando los ojos.)
¿Te has olvidado?
PELLERIN : Uno no olvida nunca a las
artistas de tu valor, querida.
SEÑORA FLACHE : Se burla usted de mi.
PELLERIN : No me burlo. Te hago justicia. Incluso, antaño, cuando todavía era un joven médico, me encapriché de ti durante seis semanas. ¿No echas de menos aquellos tiempos, los tiempos de la gran
fiesta?
SEÑORA FLACHE : Un poco... Pero cuando pasa la juventud hay que
ser juiciosa... Además no me compadezco. El oficio de
comadrona me va bien.
PELLERIN : Ganas dinero. He sabido que dabas cenas.
SEÑORA FLACHE : Si. ¡Y una buena cocina ! Concédame el
placer de venir a cenar uno de estos días, mi
doctorcito.
PELLERIN : Por supuesto, con mucho gusto.
SEÑORA FLACHE : ¿Con otros médicos, o solo?
PELLERIN : Solo, si tú quieres. No me
gusta la compañía de mis colegas.
Suena el timbre.
MUSOTTE, despertándose : ¡Ah ! ha
sonado... Id a ver.
La Sra. Flache
sale. Silencio. Se escucha.
UNA VOZ, al otro lado de la puerta :
¿Sra. Henriette Lévêque ?
MUSOTTE, emitiendo un grito agudo : ¡Ah ! ¡es
él ! ¡Está aquí ! (Hace un
esfuerzo para levantarse. Jean Martinel aparece.) Jean, Jean ! Por
fin !
Se levanta y extiende los brazos hacia él.
ESCENA III
LOS MISMOS, JEAN MARTINEL
JEAN se adelanta y se arrodilla junto al diván. Le besa las manos:¡
Mi pobrecilla Musotte !
Se pone a llorar y se enjuaga los ojos, pero permanecen
inmóviles. Jean finalmente se levanta y tiende la mano a Pellerin.
PELLERIN : ¿He hecho bien ?
JEAN : ¡Ha hecho bien, gracias!
PELLERIN, presentando: La Sra. Flache, la comadrona... La nodriza... (Mostrando la cuna con gesto
serio.) Y aquí...
JEAN se acerca a la cuna, levanta
el pequeño cobertor, se inclina y besa al niño en su nicho de encajes; luego
volviendo a incorporarse: Parece que está bien.
PELLERIN : ¡ Un hermoso niño !
SEÑORA FLACHE : ¡Soberbio! Es una de mis joyas
del mes.
JEAN, en voz baja : Y ella,
¿cómo está ella?
MUSOTTE, que lo ha oído : Estoy perdida. Lo sé, se acabó.
(A Jean.) Toma la silla, siéntate cerca
de mí y vamos a hablar tanto como pueda aún hablar. ¡Tengo tantas cosas que
decirte! pues no volveremos a vernos. Tú tienes tiempo
de ser feliz... Pero yo... yo... ¡Oh! ¡perdona!
¡perdona! Estoy tan contenta de verte que ya nada me
cuesta.
JEAN acercándose a ella :
Cálmate. No te muevas.
MUSOTTE : ¿Cómo quieres que me calme volviéndote a ver? (Jean aproxima la pequeña silla y se sienta, luego
toma la mano de Musotte). Mi pobre Musotte, ¡qué impresión he recibido
cuando supe hace un instante que estabas tan enferma!
MUSOTTE : Sobre todo hoy, eso ha debido ser para ti un golpe muy
duro.
JEAN : ¡Qué! ¿Tú lo sabías?
MUSOTTE : Sí, desde que me sentí mal,
me informé de ti todos los días para no irme sin volver a verte y sin haberte
hablado, ¡pues tengo que hablarte!
A una señal de Jean, la Sra. Flache, Pellerin
y la nodriza salen por la derecha.
ESCENA IV
MUSOTTE, JEAN
MUSOTTE : ¿Entonces, has recibido la carta ?
JEAN : ¡Sí!
MUSOTTE : ¿Y has venido enseguida ?
JEAN : Por supuesto.
MUSOTTE : ¡Gracias, ah! ¡gracias! Fíjate, he dudado en
advertirte hasta esta mañana; pero he oído a la
comadrona hablar con la nodriza y he comprendido que mañana tal vez sería
demasiado tarde y he hecho venir al doctor Pellerin para saber primero y para
llamarte a continuación.
JEAN : ¿Cómo no me has hecho llamar antes?
MUSOTTE : No pensaba que esto se
agravase tanto. No quería perturbar tu vida.
JEAN, indicando la cuna : Pero ese niño... ¿Cómo no lo he sabido ?
MUSOTTE : Jamás lo habrías sabido si no
me muriese. Te habría evitado esa pena, esa rémora en
tu existencia. Tu me diste, dejándome, lo que hacía
falta para vivir. Lo nuestro había acabado. Y además, ¿me habrías creído en
otro momento que no fuese este, si te hubiese dicho:
«¡Este es tu hijo!» ?
JEAN : Sí, nunca he dudado de ti.
MUSOTTE : Eres bueno como siempre, mi Jean. No, no te miento. ¡El pequeño es tuyo!,
¡te lo juro en mi lecho de muerte!, ¡te lo juro ante Dios!
JEAN : Te he dicho que te creo, que
siempre te hubiese creído.
MUSOTTE : Escucha. Esto es lo que ha
pasado. Después de que tú me abandonaste, me puse
enferma... muy enferma... Pensé morir de tanto que sufrí. Se
me prescribió un cambio de aires. ¿Recuerdas?... Era
verano... Partí para Saint-Malo; a casa de esa vieja pariente de la que tan a
menudo te hablé...
JEAN : Sí... sí...
MUSOTTE : Fue allí, después de algún tiempo, cuando me di
cuenta... ¡Un hijo tuyo! Mi primera intención fue hacértelo saber. Tú eres un
hombre honesto... Habrías reconocido al niño... tal vez incluso habrías
renunciado a tu matrimonio.. ¡No quise eso! Lo nuestro
había acabado, ¿verdad? y así debía permanecer...
Sabía perfectamente que yo no podría ser tu esposa. (Riendo.)
¡La Sra. Martinel,
yo, Musotte! ¿Lo ves?
JEAN : ¡Ah ! ¡mi pobre amiga! A veces los
hombres somos tan brutales y duros, sin saberlo y sin quererlo...
MUSOTTE : No digas eso. Yo no estaba
hecha para ti. Yo era una sencilla modelo; tú, tú eras un artista, y yo nunca
he creído que me conservarías. (Jean
sollozando.) ¡No, venga! ¡no llores! No tienes nada que
reprocharte; siempre has sido bueno conmigo. ¡Es Dios quién se ha portado mal conmigo!
JEAN : ¡Musotte !
MUSOTTE : Déjame continuar. He permanecido en
Saint-Malo, el mayor tiempo posible, ocultando mi estado... Luego, una vez de
regreso en París, algunos meses después, nació el bebé. ¡Un niño! Cuando
supe lo que se me venía encima, al principio
experimenté miedo... sí, miedo... Luego, pensé que era de tu sangre, que
formaba parte de tu vida, ¡que me quedaría algo tuyo! ¡Que tonta es una cuando
no es instruida! cambia de ideas como si pasase un
viento por el espíritu, y de pronto me puse contenta, estaba contenta con el
pensamiento de que yo lo educaría, de que él crecería... que me llamaría
mamá... (Ella continua sollozando.) El pobrecillo no dirá nunca mamá, no
me abrazará jamás con sus bracitos, puesto que voy a abandonarlo, irme, no sé a
dónde... allá...¡a dónde va todo el mundo! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
JEAN : Tranquilízate, mi pequeña Musotte. ¿Acaso hablarías como
hablas si estuvieses más enferma de lo que crees?
MUSOTTE : ¿No ves que la fiebre me
quema, que pierdo la cabeza, que ya no sé lo que digo?
JEAN : Pero no, no...cálmate.
MUSOTTE : Mímame, tú me calmarás.
JEAN le besa los cabellos, luego dice: : ... Así... no me hables más
durante un momento. Quedemos así, el uno junto al otro.
MUSOTTE : Pero necesito hablarte. Tengo tantas cosas que decirte
todavía... No sé, mi cabeza se me va... ¡Oh! ¡Dios
mío! ¡no sé! (Se levanta, mira a su alrededor y
percibe la cuna) ¡Ah! ¡sí! Ya sé. Ya me acuerdo... Es él, mi
hijo. Dime, ¿qué harás con él? Tú sabes que soy huérfana. Ese pequeño se va a quedar solo, completamente solo en el mundo.
Escucha, Jean, mi cabeza me da vueltas. Comprendería perfectamente lo que vayas a responderme, y la tranquilidad de mis últimos
momentos dependerá de ello... No tengo a nadie con quién dejarlo...excepto tú.
JEAN : Yo te juro que lo tomaré, lo
cuidaré y educaré.
MUSOTTE : ¿Cómo un padre ?
JEAN : ¡Como un padre!
MUS0TTE : ¿Ya lo has visto ?
JEAN : Sí.
MUSOTTE : Míralo otra vez. (Jean
va hacia la cuna.) Es hermoso, ¿verdad ?... Todo el mundo es unánime.
Míralo, al pobre pequeñín, que solamente tiene algunos días de vida, que es
nuestro, que tú eres su papá y yo su mamá, y que pronto ya no
tendrá mamá... (Con angustia.) ¿Me prometes que siempre tendrá un papá?
JEAN, yendo hacia ella : Te lo
prometo, querida.
MUSOTTE : ¿Un auténtico padre que lo querrá mucho ?
JEAN : Te lo prometo.
MUSOTTE : ¿Que será bueno, muy bueno con él?
JEAN : Te lo juro.
MUSOTTE : Y además, tengo otra cosa... No
me atrevo.
JEAN : Dilo.
MUSOTTE : Desde que he vuelto a París, he tratado de verte sin
ser vista por ti, y lo he conseguido tres veces. Tú
estabas con ella, con tu novia, tu esposa... y un
caballero, su padre, creo. ¡Oh! como la he mirado. Me
preguntaba: «¿Lo amará tanto como yo lo he amado? ¿Lo hará feliz? ¿Es buena?» Dime, ¿crees que sea muy buena?
JEAN : Sí, lo creo..
MUSOTTE : Estás seguro, ¿verdad?
JEAN : Claro que sí.
MUSOTTE : Yo también lo he creído nada
más verla pasar. ¡Es tan bonita...! He estado un poco
celosa. He llorado al regresar. Pero, ¿cómo vas a hacer, tú, entre ella y tu hijo?
JEAN :Cumpliré con mi deber.
MUSOTTE : ¿Tu deber es ella o él?
JEAN : Él.
MUSOTTE : ¡Jean, escucha ! Cuando ya no
esté, pídele de mi parte, a tu esposa, de parte de una muerta, que adopte a ese
pequeño; que lo ame como yo lo habría hecho; de ser su mamá, en mi lugar. Si ella es cariñosa y buena, consentirá. Dile como me has visto sufrir, que mi última plegaria, que mi última
súplica sobre la tierra ha sido para ella. ¿Lo harás?
JEAN : Te prometo que así lo haré.
MUSOTTE : ¡Oh ! ¡gracias, gracias! Ya no
temo nada; mi pobre pequeño está a salvo, soy feliz, estoy tranquila. ¡Ah! ¡qué
alivio!... ¿Sabes qué? Lo he
llamado Jean, como tú... ¿Eso no te contraría, verdad?
JEAN, llorando : ¡Claro que no!
MUSOTTE : Tú lloras, tú todavía me amas un poco, gracias Jean...
gracias...¡Ah! ¡si no muriese! Sin embargo es posible,
me encuentro mejor desde que tú estás aquí, desde que
me has prometido todo lo que acabas de prometerme, desde que me he
tranquilizado. Dame tu mano. En este momento recuerdo toda nuestra vida, estoy
contenta, casi alegre, tengo ganas de reír, vamos... Tengo ganas de reír, no sé por qué. (Ella ríe)
JEAN : ¡Cálmate, mi pequeña Musotte !
MUSOTTE : ¡Si supieses como afloran los
recuerdos! ¿Recuerdas cuando posé para tu Mendicante, para tu Vendedora de
Violetas y para tu Esposa culpable, que te valió una
primera medalla? ... ¿Y el almuerzo en casa de Ledoyen el día del barnizado?
¡Más de veinticinco en una mesa de diez! Y diciéndose
locuras, sobre todo el bajito... el bajito... ¿cómo se llamaba? Ese bajito tan
simpático que siempre hacía retratos que nunca se parecían al modelo... ¡Ah! sí, Tavernier....Y cuando me instalé en tu casa, en tu
trastero, donde había dos grandes maniquís que me daban miedo por la noche... Y
te llamaba, y tú venías a tranquilizarme... ¡Ah! que
divertido era eso... ¿Lo recuerdas? (Continúa
riendo.) ¡Si esta vida pudiese volver a comenzar! (Arroja
un grito.) ¡Ah! me duele... me duele... (A Jean
que quiere ir a buscar al doctor.) ¡No! ¡quédate! ¡quédate! (Silencio.
Cambiando bruscamente de rostro y de tono.) ¡Ves! hace un tiempo espléndido. Si
quieres iremos con el niño a dar una vuelta en una barquita... ¡Son tan
divertidas las barquitas! Son tan suaves...Corren sobre el
agua, rápido, rápido, y sin ruido. Ahora que soy tu esposa, puedo
levantarme, estoy curada. ¡Querido! nunca hubiese
creído que me hicieras tu esposa... Mira a nuestro pequeño, qué hermoso es, y
como crece... también se llama Jean, como tú...Tengo a mis dos pequeños Jean
conmigo...¡Qué feliz soy! ¿Sabes? Hoy caminó por primera vez...
Ríe de nuevo, con los brazos extendidos, mostrando al niño que cree percibir
ante ella.
JEAN, llorando : Musotte, Musotte, ¿me reconoces?
MUSOTTE : ¡Claro que te reconozco
puesto que soy tu esposa ! Abrázame querido ; Abrázame, amor mío...
JEAN la toma en sus brazos, sollozando, repitiendo: ¡Musotte,
Musotte !
En ese momento, Musotte se incorpora, indica a Jean la cuna con un gesto,
hacia donde él se dirige diciéndole: « ¡Sí ! ¡sí ! » con la
cabeza. Cuando Jean llega cerca de la cuna, Musotte, que se
levanta sobre las rodillas, cae inanimada sobre el diván.
JEAN, asustado, llamando : ¡Pellerin !
¡Pellerin !
ESCENA V
LOS MISMOS, PELLERIN, Sra. FLACHE, LA BABIN llegando por la
derecha.
PELLERIN, que se acerca rápidamente a Musotte, se inclina y la
ausculta : El corazón no late. Un espejo,
Señora Flache.
JEAN : ¡Ah !¡tengo miedo !
La Sra. Flache
da el espejo de mano a Pellerin que lo hace pasar lentamente sobre la boca,
luego en voz baja:
PELLERIN : ¡ Ha muerto !
JEAN se arroja sobre la mano de la muerta
y la besa ampliamente, luego, con la voz ahogada por las lágrimas : ¡Adiós,
mi pobre amiga !! Decir que hace un minuto me hablaba,
me conocía, me veía; se acabó!..
PELLERIN yendo hacia él y tomándolo por los hombros: ¡Vamos!
¡Vamos! aquí ya no hay nada que hacer. Habéis cumplido
con vuestro deber. ¡Vamos!
JEAN, levantándose : Me voy... ¡Adiós, pobre
Musotte !
PELLERIN : Yo me encargaré de todo aquí
esta noche... Pero de este niño, ¿deseáis que me ocupe de encontrarle un asilo?
JEAN : No, no, yo me encargo. Se lo he jurado a la pobre muerta. Venid a reuniros conmigo a mi casa y con el bebé... Luego tendré que solicitaros otros
servicio... Pero...junto a ella... ¿quién va a quedar junto a ella?
SEÑORA FLACHE : Yo, señor. Vaya tranquilo ; ¡estoy
acostumbrada !
JEAN : Gracias señora. (Se
acerca a la cama, cierra los ojos a Musotte y la besa un largo instante sobre
la frente.) Adiós... para siempre. (Luego
va lentamente hacia la cuna, levanta las ropas, besa al niño y le dice con voz
a la vez firme y sofocada por las lágrimas.) ¡Hasta pronto, mi pequeño
Jean!
Sale bruscamente por el fondo.
|