TERCER ACTO
Igual decorado que en el primer acto.
ESCENA PRIMERA
M. DE PETITPRÉ, Sra DE RONCHARD, M.
MARTINEL, LÉON DE PETITPRÉ
SEÑORA DE RONCHARD, de pie, paseándose
con intranquilidad : ¡Doce menos siete ! ¡Casi hace dos horas que
ha salido!
LÉON, sentado a la izquierda :
Pero, tía, contando una media hora de coche para ir y otra media hora para
regresar, le queda justo una hora para lo que tenía que hacer.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Le lleva mucho tiempo lo
que tenía que hacer !
LÉON : Sí, tía. Y además,¿por qué
perder el tiempo contando los minutos? Vuestra agitación no
cambiará nada el suceso, no adelantará el regreso de Jean ni un segundo y no
hará marchar las agujas del relój más rápido.
SEÑORA DE RONCHARD : ¿Cómo quieres que no
me inquiete cuando estoy tan preocupada, cuando el corazón late y cuando se
sienten subir las lágrimas a los ojos?
LÉON : Ve usted, tía, como usted no es tan
mala como parece.
SEÑORA DE RONCHARD : Me irritas.
MARTINEL, sentado cerca de la mesa : No os atormentéis,
señora. La situación es delicada, pero no es inquietante, ni amenazadora, si nosotros sabemos tener en el momento requeridos, sangre
fría y razón.
LÉON : Sí, tía. El Sr. Martinel tiene razón.
SEÑORA DE RONCHARD, pasando a la derecha :
Sabéis todos y no queréis decir nada. ¡Ah! ¡Los hombres son terribles! No hay manera de arrancarles un secreto.
MARTINEL : Jean va a venir y él os contará todo. Un poco de
paciencia.
PETITPRÉ : Sí, calmémonos. Tratemos de hablar de otra cosa, o de
callarnos, a ver si podemos...
SEÑORA DE RONCHARD: ¿Callarse ? Eso es lo
más dificil...
UN CRIADO entra por la derecha : Se solicita la presencia
del Sr. Martinel abajo.
MARTINEL : ¿Me disculpan? (Al
criado.) ¡Bien !Ya voy.
Sale por la derecha:
ESCENA II
LOS MISMOS, menos MARTINEL, EL
CRIADO
SEÑORA DE RONCHARD, dirigiéndose vivamente hacia el criado :
Bautista... Bautista... ¿Quién solicita al Sr.
Martinel ?
EL CRIADO : No lo sé, señora ; fue el portero quién ha
subido.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Pues bien ! vaya
a ver sin mostrarse y regrese a contárnoslo todo de inmediato.
PETITPRÉ, que se ha levantado a la
entrada del criado : ¡No ! No puedo
espiarlos. Esperemos. No faltará mucho. (Al criado). Retírese.
El criado sale.
SEÑORA DE RONCHARD, a Petitpré : ¡No comprendes Adolphe!
¡Eres de un tranquilo! Se diría que no se trata de la
felicidad de tu hija. Yo...yo hiervo.
PETITPRÉ : Eso no sirve de nada.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Si no hiciésemos
más que lo que sirve de algo!...
PETITPRÉ, sentándose cerca de la mesa, a la
derecha : Charlemos ; charlemos razonablemente, ahora que estamos
en familia y que el Sr. Martinel ha salido.
SEÑORA DE RONCHARD, sentándose a la
drecha : ¡Si pudiese regresar a El Havre !
LÉON, sentándose a la izquierda de la
mesa: Que estuviese en El Havre no cambiaría nada.
PETITPRÉ : En cuanto a mi, yo pienso...
SEÑORA DE RONCHARD, interrumpiéndole : ¿Queréis que
os diga mi opinión? Es que se nos
está preparando algo; que se nos quiere meter dentro, como se suele decir.
PETITPRÉ : ¿Por qué ? ¿Con qué interés? El Sr. Jean
Martinel es un hombre honesto, ama a mi hija. Léon,
cuyo juicio aprecio, aunque sea mi hijo...
LÉON : ¡Gracias, papá !
PETITPRÉ : ... Léon tiene por él más que amistad, estima. En
cuanto al tío...
SEÑORA DE RONCHARD : No hablemos de ellos, si
quieres. Es esa mujer quien se quiere meter en nuestras vidas. Ella ha representado alguna comedia y ha elegido hoy para el
desenlace. Es su golpe teatral, su golpe teatral...
LÉON : Como en el teatro.
SEÑORA DE RONCHARD : No te burles. Yo conozco a
esas mujeres. Bastante las he padecido.
PETITPRÉ : ¡Eh ! mi pobre
Clarisse, si tú hubieses sabido comprenderlo, habrías conservado a tu
marido!
SEÑORA DE RONCHARD, levantándose : ¿A que llamas tú
comprender? ¿Perdonar, vivir con ese trasnochador, regresando de sabe Dios
donde? ¡Prefiero mi vida fracasada y mi soledad... con vosotros!
PETITPRÉ : Sin duda tenías razón desde tu
punto de vista de esposa, pero existen otros puntos de vista menos egoístas y
ciertamente importantes, como el de la familia.
SEÑORA DE RONCHARD : ¿De la familia?
¿Dices que obré mal respecto a la familia, tú, un
magistrado?
PETITPRÉ : El ser magistrado me ha
hecho ser muy prudente, habiendo visto pasar bajo mis ojos tantas situaciones
equívocas o terribles que, torturando a veces mi conciencia, me han producido
crueles horas de indecisión. El hombre es a mnudo tan poco responsable, las
circunstancias son de tal modo poderosas, la impenetrable
naturaleza es tan caprichosa, los institntos son tan misteriosos, que hay que
ser tolerante e incluso indulgente ante las faltas que no son crímenes y que no
prueban nada de canallesco ni de vicioso en un ser.
SEÑORA DE RONCHARD : ¿Engañar a su
esposa no es canallesco? ¿Dices eso ante tu hijo? ¡Vaya una bonita enseñanza!
Ella pasa a la izquierda.
LÉON : ¡Oh ! yo tengo ya mi
opinión formada, tía.
PETITPRÉ, levantándose. : Lo
que fue un crimen ya no lo es. Y hoy es considerado como algo casi natural que
apenas se castiga. El castigo es el divorcio, castigo que deja en libertad a
los dos cónyuges. La ley prefiere
desunir tímidamente más que castigar, como se hizo en otro tiempo.
SEÑORA DE RONCHARD : Tus teorías de hoy son repulsivas... y yo
digo...
LÉON, levantándose : ¡Ah ! ¡ aquí está el Sr.
Martinel !
ESCENA III
LOS MISMOS, MARTINEL
MARTINEL, muy emocionado : Vengo de cumplir una misión
muy delicada. Jean, que se ha dirigido a su casa antes
de atreverse a presentarse aquí, me ha enviado al doctor Pellerin. Me ha encargado de que os ponga al corriente de la dolorosa
situación en la que se encuentra... en la que nos encontramos todos.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Por fin ! ¡vamos a saber algo !
MARTINEL : Mediante una carta que os leeré,
hemos recibido esta noche, aquí, en vuestra casa, una noticia fulminante.
Una mujer cuya existencia todos conocéis, estaba a punto de morir.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Oh ! yo ya
había predicho que se trataría de ella.
LÉON : Déjale hablar, tía.
SEÑORA DE RONCHARD : Y ahora que ella
lo ha visto, ¿cómo está vuestra moribunda? ¡Mejor, sin duda!
MARTINEL, sencillamente : Ha muerto, señora, muerto ante
él.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Precisamente esta noche! ¡Eso es
imposible!
MARTINEL : Sin embargo es así, señora.
LÉON, aparte : ¡ Pobre Musotte!
MARTINEL : Hay un asunto grave. Ella
deja un hijo, y ese hijo es de Jean.
SEÑORA DE RONCHARD, estupefacta : ¡Un hijo !
MARTINEL, a Petitpré : Leed la carta del médico, señor.
Le entrega la carta, Petitpré la lee.
SEÑORA DE RONCHARD : ¿Tenía un hijo, y no nos lo ha dicho, no lo ha confesado, nos lo ha ocultado? ¡Pero eso es infame!
MARTINEL : Él acaba de saber todo hace un momento.
SEÑORA DE RONCHARD : Él acaba de...
¡Esto es demasiado ! Os burláis de nosotros, señor.
LÉON : Pero, tía, deja a mi padre
responder. Yo voy a buscar a Gilberte. Ella debe estar
muriéndose de ansiedad. No tenemos derecho a ocultarle
por más tiempo la verdad. Voy a contárselo.
SEÑORA DE RONCHARD, acompañándolo :
Harás bien en decirlo y hacerlo pero no arreglarás las cosas.
LÉON, despues de salir a la izquierda :
¡En cualquier caso no las embrollaré como hacéis vos!
Sale.
ESCENA IV
PETITPRÉ, MARTINEL, Sra DE RONCHARD
PETITPRÉ, que ha acabado de leer la carta: Entonces, señor,
¿afirmáis que vuestro sobrino ignoraba la situación de esta mujer?
MARTINEL : ¡Sobre mi honor !
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Esto es inadmisible!
MARTINEL : Os responderé brevemente. Si
él hubiese sabido esta situación, ¿cómo habría hecho lo que ha hecho esta
noche?
PETITPRÉ : Explicaos más claramente.
MARTINEL : ¡Es muy sencillo ! ¿Si él hubiese conocido antes el peligro que corría esta
mujer, habría esperado a última hora, elegido esta noche, este momento supremo,
para ir a despedirse de esa moribunda y para revelaros la existencia de un hijo
ilegítimo? ... ¡Pero si se los oculta cuando se quiere
y como se quiere, a esos hijos, caramba! ¡Usted lo
sabe tan bien como yo, señor!... Para arrojarnos a todos de este modo en
esta emoción y comprometer su futuro, Jean tendría que haber sido un imbécil y
le aseguro que no lo es. Si hubiese sabido antes esa situación, ¿pensáis acaso
que él no me lo habría confiado, a mí, y que yo hubiera sido tan vil, yo
también, para no evitar este desastre? Pero si está claro
como el día lo que os quiero decir.
SEÑORA DE RONCHARD, agitada, siempre yendo y viniendo por la parte
izquierda del escenario : Claro como el
día... claro como el día...
MARTINEL : Sí. Si no hubiésemos
recibido esta noticia como una bala que mata toda reflexión, si hubiésemos tenido
tiempo para razonar, ponernos de acuerdo, podríamos ocultaros todo. Y que venga
el diablo y me lleve si hubieseis sabido algo! Nuestro
error ha sido ser demasiado sinceros y demasiado leales. Por otro lado no lo lamento. Siempre hay que actuar lealmente en la vida.
SEÑORA DE RONCHARD : Permitidme, señor...
PETITPRÉ : Cállate, Clarisse. (A
Martinel.) De acuerdo, señor. No se trata de vuestro
honor ni de vuestra lealtad, absolutamente incuestionable en todo este asunto.
Quiero admitir que vuestro sobrino no sabía nada de la
situación. ¿Pero el hijo? ¿Qué es lo que os demuestra
que es suyo?
MARTINEL : ¿ Y a Jean, qué es lo que se
lo demuestra? Sin embargo lo ha creído cuando no le interesaba creerlo! No tiene nada de divertido un muñeco que se presenta de
pronto sin ser esperado en un día como este! Sin embargo él lo ha creido. Y yo,
y vos, y todos nosotros, ¿acaso no aceptaremos lo que
él haya aceptado, lo que padre ha aceptado? ¡Vamos pues! ¿Vos me pedís pruebas de que ese
niño es hijo de Jean?
SEÑORA DE RONCHARD et PETITPRÉ :
Sí.
MARTINEL : ¡Probadme vos entonces que no lo es !
SEÑORA DE RONCHARD : Queréis un imposible.
MARTINEL : Vos también... El verdadero juez en
el asunto, creedme, es mi sobrino. Los demás... nosotros tenemos que
seguirle.
SEÑORA DE RONCHARD : Pero, sin embargo...
PETITPRÉ : ¡Cállate, Clarisse !...
El Sr. Martinel tiene razón.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡ Aún !
MARTINEL : No se tiene razón a medias,
señora. (A Petitpré.) Estaba completamente seguro de que vos me
comprenderíais, señor. ¡Sois un hombre con buen sentido!
SEÑORA DE RONCHARD : ¿Y yo, que soy yo entonces?
MARTINEL :Usted es una señora de buena
sociedad.
SEÑORA DE RONCHARD : Pues es precisamente, como señora de buena
sociedad, por lo que protesto, señor. Usted quiere dejar el asunto por concluido, pero no es menos cierto
que el Sr. Jean Martinel aporta a su esposa,
como regalo de bodas, el día de su matrimonio, un bastardo. ¡Pues bien! yo os lo pregunto, mujer de buena sociedad o no, ¿se puede
aceptar algo así?
PETITPRÉ : Mi hermana tiene razón, esta vez, señor Martinel.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Es algo absurdo!
PETITPRÉ : Se trata de un hecho que está ahí, patente,
innegable, y que genera para todos una situación intolerable. Nosotros hemos unido a nuestra hija con un hombre libre de todo
lazo, de toda traba en la vida. Y de pronto sucede lo
que ya sabe. Las consecuencias deben ser asumidas por él, y no por nosotros. Estamos heridos y decepcionados en nuestra
confianza, y el consentimientos que hemos dado a esta
boda, la habríamos con toda seguridad rechazado en las actuales circunstancias.
SEÑORA DE RONCHARD : ¿Qué si lo
hubiéramos rechazado? Ah ! ah ! Más bien dos
veces que una ! Además, ese niño, si fuese aceptado, se
convertiría seguramente en causa de disgusto para todos. Ved a Gilberte
madre a su vez. Cuantos celos,
rivalidades, incluso tal vez odios, entre ese intruso y los demás. Ese
niño sería la manzana de la discordia.
MARTINEL : ¡Pues claro que no, caramba!
¡Ese pequeño no será un fardo para nadie! Gracias a Jean,
su madre le habría dejado con que vivir ampliamente; y más tarde, cuando sea un
hombre, trabajará, ¡qué diablos! Hará como he hecho yo, como
hacen más del noventa por ciento del género humano. Será un ocioso menos
y eso será una ventaja.
PETITPRÉ : Pero de aquí a allá, ¿quién
se encargará ?
MARTINEL : Yo, si es necesario. Soy
joven, retirado de los negocios. Eso me ocupará... me
distraerá... Estoy dispuesto a tomarlo conmigo a esa criatura... (Mirando a la Sra. de
Ronchard.) A menos que la
Señora, que ama tanto a los perros abandonados...
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Ese niño!... ¡a
mí!...¡Oh! ¡sería el colmo!
Se pasa a la derecha.
MARTINEL : Realmente, señora, si usted
quisiera, yo os cedería la custodia con mucho gusto.
SEÑORA DE RONCHARD : Pero, señor... no le he dicho...
MARTINEL : Todavía no, es verdad. Pero puede usted decirlo antes de que sea demasiado tarde... pues
comienzo a conoceros. ¡Usted es una malévola de pose,
y no otra cosa!... Habéis sido desgraciada en la vida... Eso os ha agriado...
como a la leche, que sube a la superficie... pero en el fondo... ¡mantequilla
de primera calidad!
SEÑORA DE RONCHARD, ofucada: Esa comparación... La leche...la mantequilla... ¡Puaj! ¡es asquerosa!
PETITPRÉ : Pero, Clarisse...
MARTINEL : Aquí viene vuestra hija.
ESCENA V
LOS MISMOS, más GILBERTE y LÉON, entrando por la izquierda.
PETITPRÉ, yendo hacia su hija : Antes de volver a ver a tu marido...si debes verlo, es necesario que hayamos
decidido juntos lo que vas a responder.
GILBERTE, muy emocionada, sentándose a la
izuqierda : Yo sabía que era una desgracia.
MARTINEL, sentándose cerca de ella :
Sí, mi niña. Pero hay dos clases de desgracias, las que son culpa de los
hombres y las que proceden únicamente del azar de los
hechos, es decir de la fatalidad. En el primer caso, el hombre es culpable. En
el segundo, es la víctima. ¿Comprendes?
GILBERTE : Sí, señor.
MARTINEL : Una desgracia de la que alguien es víctima puede
alcanzar cruelmente también a otra persona. ¿El
corazón de esta segunda afectada completamente inocente no perdonará tal vez al involuntario autor de su mal?
GILBERTE, con voz dolorosa: Eso depende del sufrimiento que ella ha padecido.
MARTINEL : Sin embargo, usted supo que antes de amaros, después
de concebir el pensamiento y la esperanza de
esposaros, mi sobrino había tenido... una relación. Vos habéis aceptado este
hecho que por otra parta nada tiene de
excepcional.
GILBERTE : Así es. Lo había aceptado.
MARTINEL : Vuestro hermano acaba de contaros el resto.
GILBERTE : Sí, señor.
MARTINEL : ¿Qué debo responder a Jean?
GILBERTE, levantándose y volviéndose a sentar : Me encuentro demasiado confusa para deciroslo aun. Esta
mujer, en la cual no pensaba, cuya existencia me era
indiferente, ahora su muerte me ha producido miedo. Me
parece que ella acaba de colocarse entre Jean y yo, y que siempre permanecerá
allí. Todo lo que se me ha dicho de ella me produce un
extraño daño. ¿Vos habéis conocido a esa mujer, señor?
MARTINEL, levantado, igualmente : Sí, señora, y no puedo hablar más que bien de ella. Vuestro hermano y yo
siempre la hemos considerado irreprochable respecto de
Jean. Ella lo amó con amor verdadero, abnegado, fiel,
absolutamente. Hablo como un hombre que ha deplorado profundamente esa
relación, pues me consideraba como un padre; pero hay
que ser justo con todo el mundo.
GILBERTE : ¿Jean la amó mucho
también ?
MARTINEL : Sí, seguro. Pero su amor se debilitó. Había entre ellos demasiada distancia moral y social. Él sin
embargo permanecía con ella por agradecimiento al
profundo cariño que ella le había concedido.
GILBERTE, serio : ¿Y Jean viene de verla morir ?
MARTINEL : Tuvo tiempo de despedirse.
GILBERTE, a media voz : Si pudiese adivianr lo que ha pasado por él en ese momento allí! ¡Oh! ¡esta
muerta, es peor para mi que si estuviese viva!
SEÑORA DE RONCHARD, sentada a la derecha,
levantándose y alzando la voz : No te entiendo, querida. Ella está muerta, tanto mejor para tí. ¡Dios te ha librado de ella!
GILBERTE : No, tía ; lo que
experimento es tan penoso que más me gustaría saberla lejos que de saberla
muerta.
PETITPRÉ, bajando la voz : Lo admito,
es un sentimiento de joven mujer emocionada por un suceso horroroso. No
hay más que una grave complicación, muy grave: la del hijo.
Haga lo que se haga, no será menos hijo de mi yerno y
un peligro para todos nosotros.
SEÑORA DE RONCHARD : Y un ridículo. ¿Qué diría todo el
mundo ?
LÉON : ¡Dejemos al mundo tranquilo, tía, y ocupémonos de
nosostors! (Yendo hacia su hermana.) A
tí, Gilberte, ¿la idea del niño te emociona mucho ?
GILBERTE : ¡Oh ! non, la pobre
criatura.
PETITPRÉ : Sentimentalismos femeninos que nada comprenden de la
existencia.
LÉON : ¡Eh ! papé, ¿por qué
tenemos tanta diversidad de morales, teniendo en cuenta que somos espectadores
o actores de los acontecimientos? ¿Por qué tanta diferencia entre la vida de la imaginación y la vida real; entre lo que se debería
hacer; lo que quiseiran los demás que hiciésemos, y lo que hace uno mismo?...
¡Sí! lo que nos sucede es muy penosa; pero la sorpresa
de este suceso, su coincidencia con el día de la boda, lo hacen todavía más
penoso. Nuestra emoción lo magnifica porque nos ocurre
a nosotros, en nuestra casa. Supongamos por un instante que lo
habéis leído en un vuestro periódico...
SEÑORA DE RONCHARD, sentada a la
izquierda de la mesa, con indignación: ¿ Eso, en mi periódico?
LÉON : ... ¡o en una novela ! ¡Cuántas emociones! ¡Cuántas
lágrimas, Dios mío! ¡De como vuestra simpatía iría de inmediato dirigida a eso pobre niño cuyo nacimiento ha costado la vida a su
madre!... ¡Cómo estimariáis a Jean, franco, leal, y bueno sin mácula! Mientras
que si hubiese...abandonado a la moribunda y hecho
desaparecer al pequeño en cualquier villorrio de los alrededores, no habría
suficiente desprecio para él... bastantes insultos... Se convertiría en un ser
sin ¡Qué misérable ! »
MARTINEL, sentando a la izquierda :
¡Sin lugar a dudas !
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Los perros valen más que los hombres !
LÉON : Los niños no son hombres, tía. Todavía
no han tenido tiempo de volverse despreciables.
PETITPRÉ : Todo eso es muy ingenioso, Léon, pleiteas muy bien.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Sí eso te podría
valer para el Palacio de Justicia!
PETITPRÉ : Pero en este caso no se trata de
una novela, ni de personajes imaginarios. Hemos casado a Gilberte con un joven en condiciones normales.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Sin entusiasmo!
PETITPRÉ : ¡Sin entusiasamo, es cierto! Pero en cualquier caso, la hemos casado. Ahora bien, la noche de bodas él nos trae
un regalo...¡No quiero un presente que berrea!
LÉON : ¡Qué es lo que eso prueba, sino
que tu yerno es un noble muchacho! Lo que acaba de hacer arriesgando su
felicidad por cumplir con su deber no demuestra, mejor
imposible, su capacidad de abengación?
MARTINEL : ¡Eso está claro como el día !
SEÑORA DE RONCHARD, aparte : ¡Es agotador, este hombre de
El Havre!
PETITPRÉ : ¿Entonces, tú admites que Gilberte, el día de su
boda, se convierta en la madre adoptiva del bastardo de la amante
de su marido?
LÉON : Perfectamente, como admito todo lo
noble y desinteresado. ¡Y tú pensarías como yo si no
se tratase de tu hija!
PETITPRÉ : ¡No, es una situación inaceptable!
LÉON : Pero entonces, ¿qué propones ?
PETITPRÉ : ¡El divorcio, caramba! El
escándalo de esta noche es suficiente.
SEÑORA DE RONCHARD, levantándose : ¡Gilberte divorciada!... ¡Pero no sueñes!... La mitad de nuestros amigos le
cerrarán sus puertas, la mayoría de sus relaciones perdidas... ¡El divorcio!...
¡Vamos! ¡vamos! a pesar de vuestras leyes nuevas, noha
entrado en nuestras costumbres y no entrará tan pronto... La religión no lo
acepta, la sociedad no más que a regañadientes, y cuando se contraría a la
religión y a la sociedad...
PETITPRÉ : Sin embargo las estadísticas
prueban...
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Ah ! ¡las estadísticas! ¡A las
estadísticas se les hace decir lo que uno quiere!...
¡No! ¡nada de divorcio para Gilberte! (Movimiento
de distensión de todos. Con voz dulce.) Una buena pequeña separación
simplemente, eso es admisible, al menos, eso es de buen tono... Uno se
separa... Yo me he separado... Todas las personas como
Dios manda se separan, eso es lo ideal, mientras que divorciarse...
LÉON, serio : A mi me parece que
una sola persona tiene el derecho de tomar una decisión y la estamos ignorando
demasiado. (A su hermana.) Has
comprendido todo... Tú eres dueña de tu juicio y tu decisión... De tí, de un
palabra, dependen el perdón o la ruptura... Mi padre te ha dado unos
argumentos. ¿Qué responde tu corazón?... (Gilberte
va a hablar, luego se detiene y rompe a llorar.) Piensa también que si no
perdonas, me harás daño a mi también y que si yo te veo desgraciada por tu
obstinación en decir no... sufriría mucho. El Sr. Martineli te
pedía antes una respuesta para Jean. Hagamos algo mejor, voy a buscarlo. Es de tu boca, o mejor de tus ojos como él sabrá su suerte. (Llevándola suavemente al frente del escenario.)
Hermanita, hermanita, no seas demasiado orgullosa... no seas vanidosa. Escucha lo que dice tu conciencia... Escucha bien... para no
confundirla con el orgullo.
GILBERTE : No tengo orgullo. No sé lo que siento. Estoy dolida...Y la felicidad truncada me envenena...
LÉON : Ten cuidado. Basta tan poco en
momentos como estos para provocar heridas incurables...
GILBERTE : No... no... Estoy demasiado turbada
... Tal vez sea dura, tengo miedo por él y por mí... Tengo miedo de romper con
todo o de ceder a todo...
LÉON : Voy a buscarlo.
GILBERTE, resuelta : No... no
quiero... te lo impido...
LÉON : ¿Quieres que te diga una cosa, mi pequeña Gilberte ?
¡Eres menos inteligente de lo que suponía!
GILBERTE : ¿Por qué ?
LÉON : Porque en momentos así hay que saber decir si o no enseguida.
Jean aparece por la derecha.
ESCENA VI
LOS MISMOS, más JEAN MARTINEL, de pie en el
umbral de la puerta.
GILBERTE, con un grito sofocado : ¡Es él !...
LÉON, yendo hacia él y estrechándole las manos :¿
Tú ?
JEAN : Estaba como el procesado que aguarda la sentencia de los
jueces: la absolución o la muerte. ¡Jamás olvidaré los
momentos que acabo de pasar!
LÉON : Tu tío y yo hemos contado todo lo que
había que contar. Habla.
JEAN : ¡Ah ! yo, no sabría...
Solamente a mi esposa... Ante todos no me atrevería... Pido un instante;
después, marcharé y abandonaré esta casa y su actitud me lo indica. Haré lo que ella quiera, acataré lo que ordene; pero quiero oír
de su boca su decisión sobre mi vida. (A Gilberte.)
Vos no podéis rechazarme, señora. No os volveré a pedir esto, os lo juro, si mi súplica hacia vos es inexorable.
Están de pie, cara a cara, y se miran.
GILBERTE : No, yo no puedo rechazar, en
efecto. Papá, tía, ¿queréis dejarme a solas algunos minutos con... el Sr.
Martinel? Como podeis ver estoy muy tranquila...
PETITPRÉ : Sin embargo...
JEAN, energicámente, al Sr. de Petitpré :
Señor, yo no contrariaré en nada vuestra voluntad. No
haré nada sin vuestra aprobación. No he vuelto aquí
para cuestionar vuestra autoridad ni para hablar de un derecho. Respetuosamente
os pido permiso para permancer solo algunos minutos con... mi
esposa. Pensad que tal vez sea ésta nuestra última entrevista y que de ella depende el futuro de ambos.
SEÑORA DE RONCHARD : Solamente nos ocupa el futuro de Gilberte.
JEAN, a la Sra de Ronchard : Simplemente
apelo a vuestro corazón, señora, a vuestro corazón que ha sufrido. No olvideis
que vuestra irritación y vuestra amargura contra mi provienen del mal que otro
os ha hecho. Vuestra vida ha sido destrozada por él, no
me culpe a mí. Vos habéis sido desgraciada, casada apenas un año... (Mostrando
a Gilberte) ¿Quiere usted que ella esté casada
apenas un día y que más tarde hable de su vida rota, conservando sin cesar el
recuerdo del desastre de esta noche? (A un
movimiento de la Sra.
de Ronchard) Me consta que sois buena, aunque
siempre permanezcáis a la defensiva, y yo os prometo, señora, que si continúo
siendo el marido de Gilberte, os querré como un hijo, como aquél que vos
fuisteis digna de tener.
SEÑORA DE RONCHARD, muy emocionada : ¡Un hijo!¡Me ha emocionado !... (A media voz a Petitpré.) Vamos,
Adolphe, dejémoslos solos, ya que así lo pide.
Ella besa a Gilberte.
PETITPRÉ, a Jean : ¡ Bien ! sea,
señor !
Sale por el fondo dando el brazo a su hermana.
MARTINEL, a Léon : Van a hablarse con esto... (Se
golpea el corazón.) Esa es la auténtica elocuencia.
Sale por el fondo con Léon.
ESCENA
VII
GILBERTE, JEAN
JEAN : Ya sabéis todo, ¿no es así ?
GILBERTE : Todo, y he quedado herida profundamente.
JEAN : Espero que no hayáis sospechado ninguna mentira ni
disimulo por mi parte.
GILBERTE : ¡Oh ! ¡no !
JEAN : ¿Habéis considerado incorrecto mi proceder?
GILBERTE : No hay incorrección en quién cumple con su deber.
JEAN : Vos no ignorabáis la existencia
de esa mujer... Y además, ha muerto.
GILBERTE : Es porque ha muerto, por lo
que estoy así de consternada.
JEAN : Eso no es posible, tendréis otra razón... (Con voz
temblorosa.) ¡El niño!
GILBERTE, energicámente : No, no, os equivocáis. ¡Pobre
criatura! ¿Acaso él es culpable de algo? No. Sufro únicamente de algo que está
en mi, que no procede más que de mí y que no puedo
confesaros. Es un dolor de mi corazón, tan intenso cuando lo he
sentido nacer bajo las palabras de mi hermano y de vuestro tío, que, si debía
experimentarlo viviendo junto a vos, como esposa, es posible que no lo pudiese
resistir.
JEAN : ¿De qué se trata ?
GILBERTE : No puedo deciroslo.
Ella se sienta a la izquierda.
JEAN, de pie : Escuchadme. En este momento lo menos que necesitamos es la sombra de un malentendido.
Toda nuestra vida depende de ello. Vos sois mi esposa,
pero yo os considero absolutamente libre después de lo que acaba de suceder.
Haré lo que queráis, me prestaré a todas las posibles
combinaciones, incluso, si lo exigis, al divorcio. ¿Pero que será de mi a
continuación? pues os amo de tal modo que el
pensamiento de perderos así, despues de haberos conquistado, me arrojaría sin
duda a una resolución desesperada. (A un movimiento de
Gilberte) No intento enterneceros, ni emocionaros, simplemente os digo la
verdad. Siento y he sentido durante toda esta noche, a traves de las horrorosas
sacudidas y emociones del drama por el que he pasado, que vos era para mi la gran herida. Si vos me repudiais,
soy un hombre perdido.
GILBERTE, emocionada : ¿Me amáis verdaderamente tanto
como decis?
JEAN : Con un amor que siento inextinguible.
GILBERTE : Pero ¿la habéis amado a
ella?
JEAN : Estuve prendado. Experimenté un tierno afecto por un ser amable, deboto... (A media voz, conpasión.)
Mirad... lo que voy a confesaros es indigno, infame tal vez... pero no soy más
que un ser humano, débil como los demás... ¡Pues bien! antes,
junto a esa pobre muchacha, mis ojos lloraban, los sollozos me sofocaban, todo
mi ser vibraba dolorosamente; pero allí, en mi alma, en lo más profundo de mi
alma, no pensaba más que en vos...
GILBERTE, levantándose energicámente : ¿En serio?
JEAN, simplemente : No sé
mentir.
GILBERTE : ¡Pues bien! ¿ sabíes lo que
me ha hecho sufrir tanto cuando mi hermano me contaba esa relación y esa
muerte? Ahora puedo decirlo: estaba celosa. Es vil, ¿verdad? ¡Celosa de esa
muerta! Pero él ha hablado tan bien de ella para
apiadarme, que he pensado que vos me encontrariais tal vez indiferente y fría
después de ella. Y he sufrido por eso, tuve miedo de eso,
hasta incluso querer renunciar a vos.
JEAN : ¿Y ahora... Gilberte ?
GILBERTE tendiéndole las manos : Aquí estoy, Jean.
JEAN : ¡Ah ! gracias...
gracias ! (Besándole las manos. Luego,
con emoción.) Pero he aquí que otra angustia me
sobrecoge: he prometido a esa pobre mujer tomar al niño a mi cargo...
(Movimiento de Gilberte.) Eso no es todo... ¿Sabéis cual fue su último deseo,
cúal fue su último ruego?... Me suplicó que os lo recomendase...
GILBERTE : ¿A mí ?
JEAN : A vos, Gilberte.
GILBERTE, muy emocionada : ¿La pobre mujer ha hecho
eso ? ¿Ella ha creído que yo lo tomaría?
JEAN : Ella lo ha esperado, y su muerte
se ha dulcificado.
GILBERTE, exaltada, pasando a la derecha:
¡Claro que sí, lo tomo ! ¿dónde está ?
JEAN : En mi casa.
GILBERTE : ¿En vuestra casa ? Pero hay que
ir a buscarlo enseguida.
JEAN : ¿Que me vaya, que os abandone en
este momento ?
GILBERTE : No... iremos los dos, ya que
debería instalarme en vuestra casa esta noche...
JEAN, feliz : ¡Oh ! ¡Gilberte ! ¡Pero vuestro
padre no os dejará partir !
GILBERTE : ¡Pues bien ! ¿Sabe pues lo
que se impone, ya que mi ropa está en su casa y que mi doncella me espera allí?
Un rapto, señor.
JEAN : ¿Raptaros ?
GILBERTE : Dadme mi chal y vayámonos. Todo se arreglará, todo se
explicará mañana... (Mostrándole el chal que ella
ha dejado en el primer acto sobre la silla de la puerta de la izquierda.)
¡Mi chal!...
JEAN, tomando enérgicamente el chal y
poniéndoselo sobre los hombros : Sois la más adorable de las
criaturas.
La toma del brazo y ambos se dirigen hacia la derecha.
ESCENA VIII
LOS MISMOS, Sra DE RONCHARD, PETITPRÉ, MARTINEL,
LÉON, llegando por el fondo.
SEÑORA DE RONCHARD : ¡Y bien ! ¿Qué hacen? ¿Marcháis ahora?
PETITPRÉ : ¿Qué significa ?
GILBERTE : Sí, padre, me iba.. Me iba
con mi marido, pero volveré mañana a pediros perdón por esta fuga... y a
explicaros todas las razones.
PETITPRÉ : ¿Te ibas sin despedirte... sin abrazarnos?
GILBERTE : Sí, para evitar oír más discusiones.
LÉON : Ella tiene razón. ¡Qué se
vayan ! ¡qué se vayan!
GILBERTE, saltando al cuello de Petitpré : ¡Hasta mañana,
padre! ¡Hasta mañana, tía!... Adiós a todo el mundo,
ya no puedo más de emoción y de cansancio.
SEÑORA DE RONCHARD, yendo hacia ella y
abrazándola: ¡Sí, ve aprisa, querida! ¡Allí hay una criatura que espera una
madre!
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