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PRIMERA JORNADA
Salga DON JUAN DE
AYALA, pensativo y paseándose por el tablado, y
GONZALO, su criado,
detrás de él, mirando del mismo modo. Y
después de haber dado
una vuelta al tablado y dicho la primera copla,
tírele de la capa y
diga las demás.
GONZALO: (¿Hay suspensión más extraña? [Aparte]
¿Hay amor tan enfadoso?
Ea, embisto; que es forzoso
que se
empiece la maraña).
¡Ah
señor! ¡Qué embelesado
se está
sin oír ni hablar!
¡El diablo
puede esperar
lo que se
dice un callado!
Si es
que hacer por lo entendido
del
divertirte gran precio,
si quieres
ser menos necio,
¡sé necio, y no divertido!
¿Hay
embeleso, hay espanto
de amor
igual? Luego vi
que es
estar menos en sí
el estar
consigo tanto.
JUAN: Este
hermoso, este grande, este escondido
afecto de
mi amor, que retirado
yace en el
hondo mar de mi cuidado,
y en la
ardiente región de mi
¿cuándo
en voz se verá, cuándo en gemido
de lazos
de silencio desatado,
o siempre
en mis memorias obstinado,
cuándo
podré acordarme algún olvido?
Recato
es no morir. Ninguno acierte
en mi
estrago, la causa al alma asida,
la mano
celestial, el dueño altivo.
Quitaré
la costumbre de la muerte
y hecho
sepulcro de mi propia vida,
polvo de
amor seré, quedando vivo.
GONZALO:
¿Sonetico? Los condeno.
¡Pardiós!,
que quiero decillo
si el
soteno y tabardillo
salen mal
del catorceno.
¡Cuál
diablos la dama es,
que de un
hombre honrado amada
modestamente, se enfada
de una
injuria tan cortés!
(¡Díjelo pulídamente!) [Aparte]
Sea esa
fembra en buen hora.
Si del
solar del aurora,
de todo el
sol descendiente,
tu
nobleza, aunque no iguala
tu
presunción, ¿qué se humilla?
¿No fue tu
agüelo en Castilla,
Don Pedro
López de Ayala?
¡Qué
suspenso está, y qué mudo!
(¡Vive
Dios, que me he vengado! [Aparte]
¡Que a un
divertido menguado
dalle con
lo linajudo!)
JUAN: Un
dolor me ha de matar,
hermoso,
esquivo y severo;
que si no
sano, me muero,
y muero
por no sanar.
¡Cielos! ¿Por qué ha de ser
mengua
el que yo
diga mi amor?
¡Oh, qué
recio habla un dolor
en lo mudo
de una lengua!
Si
mudamente he de amar
a lo que
en tanto sentir,
mi pena puede decir
"estrecho viene el callar".
(¡Ay,
Elvira de Aragón! [Aparte]
¡Y qué
bien en tu hermosura,
acertando
mi locura,
desatina
mi razón!
Tan alto empeño me fío,
que en tu
gloriosa beldad
cuanto es
mayor vanidad
es mayor
acierto mío).
¿Dónde
consuelo y disculpa
hallará mi
amor? Jamás,
si a aquello
en que acierto más,
vengo a
tener mayor culpa.
Si mi
pena, si mi llanto,
si mi
amor, que no le entienden,
aún en mi
silencio ofenden,
no puedo
más que amar tanto.
GONZALO: No se vio amor tan callado,
ni tan
escondida llama
que no la
entienda la dama
o la sepa
su crïado.
Soy
criado noble en efecto
de gran
punto y ley entera,
que si tu
lacayo fuera,
me rogara
tu secreto.
(Quiero
de esta fantasía [Aparte]
divertille
si me atrevo).
¿Sabes,
di, lo que hay de nuevo?
JUAN: ¿Hay
alguna dicha mía?
GONZALO: Oh,
¡qué vulgares engaños!
¨Sabes que
el rey, que Dios guarde,
sale en
público esta tarde?
JUAN: Salga, y viva muchos años.
GONZALO: Hay famosas competencias;
que al rey privado no dan
hasta agora.
JUAN: Así estarán
ociosas las reverencias.
GONZALO: También entras en la dicha;
que en decir el pueblo ha
dado,
que tú has de ser el privado.
JUAN: ¡Aún me falta esa desdicha!
GONZALO: ¡Por
Dios, que miento; oh, traidora
lisonjera! Mas, ¿qué
espero?;
que por si
lo fuere, quiero
ayudalle
desde agora.
El rey sale. Poco a poco
te
introduce con primor
entre todos.
JUAN: Hay amor
por callar, ¡mas no estoy
loco!
Sale el REY con mucho acompañamiento [LUPERCIO y un CORTESANO
entre ellos], y DON
JUAN y su criado se introducen entre todos, y DON BLASCO DE
ALAGON viene de
viejo.
LUPERCIO: Hoy es
el primero día
que verse
Alfonso ha dejado
después
que el reino ha heredado.
¡Mil
siglos su bizarría
logre y
su ingenio!, que en él,
con juicio
siempre despierto,
cada paso
es un acierto,
cada ación
es un laurel.
Hoy se
espera la elección
que ha de
hacer de camarero
mayor.
CORTESANO: ¿Y
en quién?
LUPERCIO: Yo la espero
en don Blasco
de Alagón.
Todo el
pueblo así lo siente;
pero hay
otros que alcanzallo
esperan.
CORTESANO:
El esperallo
se merece
fácilmente.
REY: Don Blasco.
LUPERCIO:
A don Blasco llama.
Su
camarero mayor
le nombra.
REY:
Vuestro valor,
que ocupa
entera la fama,
tantos
años ha servido,
que en su
casa retirado
podrá
vivir descansado.
BLASCO: Mil veces,
señor, te pido
la
mano, que hoy haces ley
de príncipe justo y manso,
que hacer merced de
descanso,
no lo ha
podido otro rey.
LUPERCIO: Con muy
baratas mercedes
empieza el
rey.
BLASCO:
Ha premiado
mis
servicios.
CORTESANO:
Él te ha dado
lo que tú tomar te puedes.
BLASCO: Sabio
el rey empieza a ser,
que no al
que importuno sea
le ha de
dar lo que desea,
sino lo
que ha menester.
Yo
estoy contento.
REY: El señor
de
Urrea...
BLASCO:
De honralle trata
el rey.
REY: ...de Aranda y Morata
él, y él de Illueca y Gotor
son Condes.
BLASCO: Justa merced.
GONZALO: ¿Dos
condes? ¡De dos en dos
van las señorías! ¡Dios
nos tenga de su merced!
JUAN: Los reyes que honras no dan,
¿en qué reinan? ¡Qué altamente
ha hecho
agora más de veinte
en
Castilla el rey don Juan!
CORTESANO: Por los
ausentes empieza.
BLASCO: Del rey,
con justa alabanza,
cuánto más
lejos alcanza
es más
grande la grandeza.
LUPERCIO: Del
fuego y del sol jamás
pierde un
buen rey la costumbre
que al
m s cercano a su lumbre
enciende y
calienta más.
Poco el
rey me satisface.
Cortesanos
de primor
no han de
culpar lo peor
sino
aquello que se hace.
GONZALO: ¿Cuándo
sale este embozado?
REY: Don Juan de Ayala.
JUAN: ¿Señor?
REY: Mi
camarero mayor
sois ya.
GONZALO:
Doyme a mesurado,
y
hablar quiere al rey mi amigo.
JUAN: ¡Tente,
loco! ¡Tente, acaba!
GONZALO: Ansí, ansí. No me acordaba
que el rey
ha de hablar conmigo.
CORTESANO: Bien
muestra el rey en el modo
que nació
en Castilla, pues
más que a
tanto aragonés
precia a
un castellano.
BLASCO: En todo
muestra
el rey que es sabio y justo;
que el
serville en la corona
todos,
pero en la persona,
los que
fueren de su gusto.
REY: A
honrarte públicamente
sólo salí.
JUAN:
De tu vida,
siglos
veas.
REY:
Tu lucida,
noble
pobreza decente
a elegirte
me ha obligado;
que un
caballero que ha sido
en la
miseria sufrido,
será en el
poder templado.
No
[abuses] edad ninguna;
que gran
sangre conservada
en
limpieza y vida honrada
es grande
en cualquier fortuna.
Queda y
oye de la gente
el aplauso
entremetido;
que ha
poco que eres valido
y sabrá él
que te miente.
Vase [el REY]
LUPERCIO: ¡Qué
elección! ¿A un forastero
no le das
el parabién?
BLASCO: ¿Harélo
cuando le den
lo que él
merece y yo espero?
CORTESANO: El
viejo nos calla en vano
la envidia
que no se ignora.
BLASCO: Adulad poco,
que agora
para
engañalle es temprano.
Vase [DON BLASCO]
LUPERCIO: Todo el
reino, (y los demás),[Aparte]
sea holgado, y muy justamente,
de la elección excelente
que el rey
ha hecho.
JUAN: Jamás
la
esperes y será acertada,
si es que
en serviros lo ha sido.
CORTESANO: También él
nos ha mentido.
No nos
queda a deber nada.
LUPERCIO: Don
Blasco -- y los dos testigos --
consentimiento molesto
ha
mostrado.
JUAN:
No, es muy presto
para tener
enemigos.
Don
Blasco es hombre real.
CORTESANO: Fuése y no
dio parabién.
JUAN: Aún no le [he] hecho ningún bien
para que me quiera mal.
LUPERCIO: No dio
fuego.
CORTESANO: No fue acierto
Acompañalde.
LUPERCIO:
Vusía,
venga.
JUAN: Es
injusta porfía.
CORTESANO: Todavía
está indispuesto.
Vanse los cortesanos
GONZALO: Deja
que te sirva el plato
de señoría,
o al viento
de tanto
vanillo hambriento
se las
demos de barato;
y aún
no será gran licencia
el ponerte
otra demanda,
que en la
boca se me anda
como
diente la excelencia.
El mudo
secreto, achaque
de amor,
el silencio y queja
de los
motes se lo deja
al pulido
badulaque.
Habla,
y nada ya te asombre:
Todo es
temporalidad
que busca
toda beldad.
La
conveniencia y no el hombre,
gran
señor...
JUAN: ¡Quita, enfados[o]!
GONZALO: ¡Qué
terribles asperezas
temprano a
tener empiezas!
¡Necedades
de dichoso!
Ya que
eres valido aquí,
sólo a
pedirte me obligo,
que seas
bueno contigo,
mas no
cuerdo contra mí.
JUAN: Déjame
solo.
GONZALO: En efecto,
soledad y
lengua muda
en
todo. él quiere, sin duda,
privar también en secreto.
Vase [GONZALO]
JUAN: Agora sí, que he llegado
a lo más de mis desdichas;
que hube menester las dichas
para ser más desdichado.
O nunca me
hubiera hallado
la Fortuna a ser espanto
de nuevo
tormento y llanto
o nunca
valido fuera,
porque
menester no hubiera
callar más
que callar tanto.
Pudiera
ser que algún día
mi
desesperado amor,
con el
ardiente furor
dijera la
pena mía.
Pero si
esta lozanía
se
atreviese -- ¡ay dueño hermoso! --
mi amor me
dirá quejoso
que
decillo aún mi semblante,
más que
locura de amante
es
licencia de dichoso.
Ya
teme, ya, mi locura
que mi amor querrá violento,
tener el
atrevimiento
de una
insolente ventura.
En tan
gloriosa hermosura,
líneas
soberanas toco;
mas en
vano mi amor loco,
ni a
mirarse ha de atrever,
porque
sabré yo tener
dichas que
presuman poco.
Ya no
hay esperanza alguna
de hablar,
que, pues mi dolor
no osó
decille mi amor,
no ha de
osallo mi fortuna;
[¡tan
desdichada e importuna!].
Segura,
señora, estás;
ya Elvira,
no oirás jamás
esta pena
con quien lucho;
que es
bien, si amor callo mucho,
que el
respeto calle más.
Vase [DON JUAN y] salgan DOÑA ELVIRA de Aragón y
DOÑA ALDONZA de Urrea
ALDONZA: Aunque
mis voces no escuchas,
lo he de
saber. ¿Qué te espantas?,
que son tus tristezas tantas,
que aun te sobran para
muchas.
¿Qué
sientes, prima? ¿Qué tienes
que en
amistades iguales
ni el dolor niega los males
ni el
gusto calla los bienes?
¡Ea, no
me niegues, no,
tu
mal! No estés mesurada,
mas, si no
me dices nada,
dirételo
todo yo.
Aunque
sé que no es en vano,
bella
Elvira de Aragón,
tu
tristeza en la prisión
del conde
de Urgel, tu hermano,
novedad
agora siento
en la suerte del dolor,
que hace
misterio mayor
el modo
que el sentimiento.
Allí le
enseñó tu llanto,
y aquí tu
dolor le encubres;
y aunque
menos se descubre,
dice más
callarle tanto.
Penas,
suspiras y enojos
tan
sufridos, tan discretos,
que para
estar más secretos,
aun callan
hasta en los ojos.
No es pena
vulgar, Elvira,
que en
silencios que hacen fe,
lo que se
esconde se ve
aun más
que lo que se mira.
ELVIRA: ¿Qué
busca tanto aparato
de
palabras? ¡Raro intento!
Lo que
calla un sentimiento
preguntárselo a un recato.
Si es
que tu piedad pretende
saber y
que yo lo diga
esta
callada fatiga,
ésa es
caridad que ofende.
Querer
informarse de ella,
intentar
averigualla,
no más de
porque se calla,
bien merece
no sabella.
Si está
tu dolor atento
al mío, y
sentirle quiere,
conque
sientas el que fuere,
no hay que
saber el que siento.
Deja;
no preguntes nada
(que esta
pena al alma asida Aparte
yo la
sufriera entendida,
y no puedo
imaginada)
de mi
mal, no entiendo el modo,
porque es
la melancolía
molestia
bachillería.
No está en
nada, y piensa en todo.
Yo
misma me ignoro aquí.
Déjame
sola un momento
que el mal
que piensas que siento,
le quiero
saber de mí.
ALDONZA: Elvira,
negando una,
das mil
respuestas ociosas,
que me has dicho muchas cosas
para no decir ninguna.
Sola te
dejo; que yo
tu
accidente no la dudo;
que el
amor puede estar mudo,
mas lo
enmudecido, no.
Vase [ALDONZA]
ELVIRA: Agora,
corazón mío,
s¢lo con
vos hablar quiero
en mal tan
fiero;
que a mí
propia aun no me fío
la
desdicha de que muero:
Ver
entre suerte tan dura
el nombre
de Urgel perdido
y
ofendido,
el alma
dejo segura,
y entero
dejo el sentido;
pero el
mal que agora siento
en
tempestuosa avenida,
llevaba
asida
la
memoria, el pensamiento,
el
sentido, el alma y vida.
Yo adoro a
un hombre, ¡qué injusto!
-- por no más que su opinión.
¡Ay
corazón!
¡Mucha
razón tendrá el gusto,
mas
ninguna la razón!
¡Ay,
dulce pena escondida!
¨Yo, loca?
¨Yo enamorada?
¿Yo,
agraviada?
¿Yo, en
certezas de perdida
y en dudas
de ser amada?
¡Cielos,
dejad que me asombre
[a£n mi
virtud recatada]
[en ser
callada]!
Que aun no
le bastará a un hombre
[verme
amada o humillada].
¿Yo,
querer, ¡ay, cielo esquivo!,
a don
Juan, cuando no espero
en lo que
quiero
ni
aprovechar lo que vivo,
ni
aprovechar lo que muero?
¡Qué
desdicha! ¡Qué rigor!
Que no
sólo en el desdén
de querer
bien
debo
callar el amor,
sino en la
culpa también.
En
pasión tan lisonjera,
bien
sufriera en cuanto siente
a mi accidente,
que
decirse no pudiera,
si pudiera
ser decente.
Que
este amor, en que crüel,
el respeto
me perdí,
no sólo
aquí
debo
callársele a él,
sino
escondelle de mí.
¡Baste,
baste, que yo muera!
¡Vengue,
vengue en mí, enemiga,
suerte
fïera
a lo fácil
que le quiera,
lo
imposible que lo diga!
Sea el
silencio fïel
a cuánto
siento y no digo;
y sea el
castigo
que ya que
muero por él,
que todo
muera conmigo.
Sale un CRIADO
CRIADO: Señora,
alegre y contento
tu
tío... ¿No estás en tí,
ni en lo
que digo?
ELVIRA: ¡Ay de mí!
Sólo estoy
en lo que siento.
Que
espera... Llegue mi tío.
Sale DON BLASCO
BLASCO: Sobrina
mía, señora,
nunca
alegre como agora,
ni con
tanto gusto mío,
he llegado a verte. Dame
los brazos.
ELVIRA: Tío y se¤or:
¿Hate hecho el rey el favor
que esperaban?
BLASCO:
No se llame
favor
sólo, "merced" sí,
que me
manda retirar
a mi casa a descansar
y a
despedirme de tí.
Vengo
con nueva alegría,
pues,
cuánto -- aunque al sol lo iguale --
puede dar
un rey, no vale
sólo el
descanso de un día.
ELVIRA: ¿Esa
merced te ha hecho a tí?
BLASCO: ¿Qué
mayor, si a darme viene
lo que él
para sí no tiene?
ELVIRA: ¨Y el
despedirte de mí,
el
retirarte a tu estado?
BLASCO: De la
corte no saldré,
que lo que
importa es que esté
el ánimo
retirado:
que de
la ambición sedienta
de palacio
y su congoja,
él que de
nada se enoja,
huye más que él que se aumenta.
ELVIRA: Cuando
el oficio mayor
te debe el
rey, ¿te retira?
¡Qué
indigno príncipe!
BLASCO: Elvira,
él le ha
empleado mejor;
que
justamente ha elegido
a un
caballero excelente,
tan
bizarro, tan valiente,
tan cortés,
tan entendido,
que en
opinión generosa
nadie en
el reino le iguala.
ELVIRA: ¿Y quién
es?
BLASCO:
Don Juan de Ayala.
ELVIRA: ¡Ay de mí!
BLASCO:
¡Que cierta cosa
sentir
como aragonesa
que un
forastero haya sido
a todos el
preferido!
Pésame de
que te pesa.
ELVIRA: ¿Y es
muy grande su privanza?
(¡Oh, nunca
llegara a ella!) Aparte
BLASCO: Tanto, que
el rey cumple en ella
con su
gloriosa esperanza.
ELVIRA: Tío,
los esfuerzos deja
que traes
con dudosa furia,
si muy desnuda
la injuria,
muy
envainada la queja.
¿Faltaba un aragonés
que ese
puesto mereciese?
¿Qué
importa que don Juan fuese
bizarro,
noble y cortés
para...
BLASCO:
Sobrina, ¡eso no!
Las damas culpar el traje,
el chiste, el garbo, el
lenguaje;
mas las acciones, ¡ni aun yo!
Don Juan en todo es perfeto
y en culpar lo que hace un
rey,
si no
parte de la ley,
peligra
todo el respeto.
Adiós,
Elvira.
ELVIRA: Él te guarde.
BLASCO: ¡Qué fina es mi sobrina!
Porque mi
ofensa imagina,
le cansa
el don Juan.
Vase DON BLASCO
ELVIRA: ¡Cobarde!
Corazón, volved atrás,
y si mi
amor en mi llanto
por mí le
callases tanto,
por don
Juan calla el de más.
No me
embarazo, ¡Jamás!
Conque don Juan mayor sea;
pero sí,
conque se vea
que por
serlo ha de atendelle,
y
atreviéndome a querelle
no me
atrevo a que él lo crea.
¡Don Juan
valido, y yo amante!
Corazón,
callad agora
mejor, y
seldo en buen hora
todo, si
no es negociante.
No os vea
atento un instante,
quien fino
siempre os miró.
¡Muera
cien mil veces yo,
parezca mi
amor locura,
pena,
rabia y desventura;
pero
conveniencia, no!
Cuánto
se padece y siente
en un amor
ostinado,
dé pasos
de desdichado,
pero no de
pretendiente;
no puede
amar altamente
la
hermosura generosa,
que a todo
vive imperiosa.
Presuman pues, las más bellas,
que están bajas las
estrellas
a la razón
de una hermosa.
Si ha
de amar bizarro un gusto,
más digno
es de un gran cuidado
mostrarse
desatinado,
que no que
piensen que es justo.
Al amor
más que lo injusto
una advertencia
le culpa.
[No es
desatinada culpa]
del alma
un noble destino;
de amar en
el desatino
solamente
se disculpa.
Voluntad,
más ciego el ñudo,
¡morid,
callad!; que a mi amor,
si no
pudiera mi honor,
el mismo
le hiciera mudo.
La fe que
tenerse pudo,
¡ya
cielos!; no es para dicha.
No piense
la nueva dicha
de don
Juan que es engañalle:
que puede
haber para amalle
más razón
que mi desdicha.
Sale DON JUAN
JUAN: Si
antes decir mi tormento
lo llamo
yo osadía;
ya piensa
la suerte mía
que es
pensallo atrevimiento;
que han
resuelto mis enojos
en tan felices agravios,
que pasen también los labios
todo el silencio a los ojos.
Retírese DON JUAN como que está medroso
(Pero,
¿qué veo?) [Aparte]
ELVIRA: (¿Qué miro?) [Aparte]
JUAN: (Ojos, no habéis de atreveros!) [Aparte]
ELVIRA: (¡Qué principios tan severos!) [Aparte]
JUAN: (¡Qué sequedad!) [Aparte]
ELVIRA:
(¡Qué retiro!) [Aparte]
JUAN: (¡Qué
altivez tan merecida!) [Aparte]
ELVIRA: (¡Qué
encogimiento tan vano!) [Aparte]
JUAN: (¡Qué ceño
tan soberano!) [Aparte]
ELVIRA: (¡Qué
gracia tan presumida!) [Aparte]
JUAN: (¡Qué desdén tan celestial!) [Aparte]
ELVIRA: (¡Qué
asustado está, y qué huyendo! [Aparte]
Sin duda
que está temiendo
que he de
dalle un memorial.
Aún con
la vista despide.
Si un
desatinado amor
le fuera a
hacer un favor,
pensara
que se le pide).
JUAN: (Aun es
diligencia osada; [Aparte]
que vella
mi amor procure).
ELVIRA: El
ministro se asegure
que no le
han de hablar en nada.
JUAN: (Mi
temor aún dificulta [Aparte]
que en
presencia suya espere).
ELVIRA: Gran cosa,
el hombre no quiere
dejarse
ver sin consulta.
Hace DON JUAN reverencia con los ojos muy
bajos
JUAN: Parece
grande ignorancia
el no
hace[r] cortesía;
pues sufre
esta cercanía
tan
infinita distancia.
ELVIRA: ¡Qué
forzada reverencia
sin
mirar! (Velle no quiero; [Aparte]
que aquí,
de este caballero,
ni aun los ojos dan audiencia).
Vase [DOÑA ELVIRA]
JUAN: ¡Que
huyendo va! Si la vio
mi amor
severa y altiva,
ingrata,
crüel y esquiva.
Aun más la
esperaba yo.
¡Cielos!
Sale GONZALO muy aprisa
GONZALO:
¡Oh amo! Temerario,
esquivo,
crudo y severo
ni
sufrirme consejero
ni
quererme secretario;
ya sé
quién es la metressa.
Y
albricias le pediré
de este
amor, y que se ve
tantico de
ser condesa.
Del rey
al mismo aposento
me he
zampado, que me place
que lo
entremetido face
necedad,
más no escarmiento.
Si
intentare algún menguado
despejarme, le diré
que no hay
para qué, porque
yo me soy muy despejado.
Mas quedo, que me hace
gente
la
reverencia cuitada;
que en
palacio -- y esto es nada --
hasta con
los pies se miente.
Quiero
ministrarme ya
y al
negociante.
Va muy mesurado y topa con su amo y túrbase
mucho.
JUAN: ¿Hasta aquí
te has entrado? ¿Estás en tí?
GONZALO: Y aun iba
a entrar más allá.
JUAN: Donde
está el rey, muy despacio
te
entremetes.
GONZALO:
¡Menos guerra!
Que he
sido chisme en mi tierra
y puedo
entrar en palacio;
que se
me debe por ley
hallarme
en todo y entrar
y salir y
aconsejar
cara a
cara, a todo el rey.
Esto es
lo que siempre ha sido
y otro
casi tú; soy yo,
y si tu
crïado no,
válgame lo
entremetido.
JUAN:
¡Gonzalo!
GONZALO:
¿Todo te enfada?
JUAN: ¡Escondéos
hasta en el nombre!
Gonzalo,
ved que soy hombre
que a mí
no me sufro nada.
¡Yo
insolente para vos?
¡yo, que
aún nunca lo he de ser
para mí?
GONZALO:
No es menester:
Yo basto
para los dos.
JUAN: No hay burlas. Si tenéis brío
de mi
crïado, tan presto
en lo
encogido y modesto
podréis
parecerlo mío.
Mi
norte es el que os enseño
si en él y
esta religión
queréis
seguirme. Éstos son
los pasos
de vuestro dueño.
GONZALO: ¡Cuerpo
de Dios! Con el norte
y su
observancia importuna
[seré guía
lacayuna]
y cartujo
de la corte.
Pesia con tanto preceto
Lo honrado
es harto pesado;
no le
añades lo discreto.
De tus crïados, en fin,
creyeron mis
esperanzas,
que para
tus confïanzas
escogieras
el más ruín;
y por
Dios, que es caso recio
que sólo
me haya tocado
de tus
penas lo cuitado
y de tus dichas lo necio.
Yo no me meto contigo
y harto,
¡pesie a Bercebú!,
harás en
ser bueno tú
sin que lo
acabes conmigo.
Ya que
la suerte me toca,
malvado me
deja ser,
que por mí
no ha de perder
su
pedacito de loca;
que
cosas pendiendo están
de que yo
sea bueno o malo.
JUAN: Lo dicho,
dicho, Gonzalo.
GONZALO: Lo dicho,
dicho, don Juan.
Vase [GONZALO y] sale el REY
REY: Don Juan, muy gran soledad
me has hecho, y quiere mi
amor
que aún
primero que favor
que lo
creas voluntad.
Cuanta
gracia un criado alcanza
de su rey, duda ha de ser
mientras
no se llega a ver
amistad y
confïanza.
Estos
dos muros tendrás
que te
defiendan de cuantos
riesgos te
pongo, que en tantos,
el más
bueno tendrá más.
Preceptos no quiero darte
ni
confundirte en sus nombres,
que es de
contentar [a] los hombres
largo y
difícil el arte;
pero
tomad de memoria
éste
sólo. Atento estad,
que se
arma en esta verdad
vuestro
crédito y mi gloria:
Gobernar consiste en modo
unir
pueblo, rey y Dios,
nada por vos, y con vos
y conmigo
sello todo.
Échale el REY los brazos y DON JUAN se
arrodilla.
JUAN: Que te
bese los pies deja;
que si un
príncipe enriquece
cuando
premia y favorece
mucho más
cuando aconseja.
En el
acierto no arguyo
y
obedecerte prometo;
que se
acredita el preceto
más que en
ser bueno, en ser tuyo.
Ya que
a tu gracia he llegado,
señor,
preguntarte quiero,
¿por qué a
tan gran caballero
y vasallo
tan honrado
como a
don Blasco le dejas
sin
premio, y sufrirte puedes
que a vista de otras mercedes
den justas voces sus quejas?
Que aunque ninguna le he
oído,
a tu
grandeza conviene
que le
quites la que tiene
y pagues las que ha tenido.
REY: Dadme esos brazos y advierte
que a don Blasco de Alagón
le dejé
con atención
de hacer
merced.
JUAN:
¿De qué suerte?
REY: Como
resuelto tenía
de eligirte por valido,
guardar
para ti he querido,
más que
para gloria mía
esta
ación, viendo en sus quejas,
que son
con términos sabios,
aciertos,
y desagravios
todos los que me aconsejas;
que en
el pueblo es bien que andes
tan
acreditado y cuerdo,
que vean
que por tu acuerdo
premio
servicios tan grandes.
JUAN: Por don
Blasco y más por mí
te beso la
mano.
REY:
En todo
te encargo
don Juan, el modo
y atiéndame agora.
JUAN: Di.
REY: Don Juan, las fortunas grandes
y los pocos años vemos
que entre licencias peligran
y zozobran en si mesmos.
Yo, de todo recatado
con prevención cuerda he puesto
prisiones a mis sentidos,
y leyes a mis deseos.
Mas para andar de buen aire
la gorra y el pensamiento,
corteses, nobles cuidados
son almas de ociosos cuerpos.
Mientras atado no vivo
a los
ilustres preceptos
del
matrimonio, y se miran
en ocio
sus lazos bellos,
pensemos
un generoso,
bizarro
divertimiento
que
merezca mis cuidados
(más míos los más secretos). [Aparte]
En
Zaragoza discurre
por sus
lucidos sujetos,
en quién
más belleza sea
lo
hermoso, que no lo nuevo.
Refieres
las que conoces;
que un
galante forastero
es natural
de sí mismo,
y todo es
patria a un discreto.
No hay
cosa que no te fíe;
que no
saben andar lejos
lo sazonado
del gusto
de lo
sabio en el consejo.
JUAN: Señor, los príncipes grandes,
que al mundo tienen
atento,
primero
que con la ley,
gobiernan
con el ejemplo.
Mozo y por
casar no admiro
lo que
piensas; mas te ruego
que en
templada bizarría
que sea
gala y no empeño.
Y seguro
que tus pasos
no han de
salir de modestos,
y que es
ocio y no peligro,
mis
obediencias te ofrezco.
REY: Yo voy
seguro en mí mismo.
Empieza
don Juan; que el celo
basta que
adviertas, y en todo
lo más
templado es más bueno.
JUAN: Doña Violante de Luna
es muy
hermosa.
REY:
Y lo creo
porque la
celebran todos.
JUAN: Y es del
mismo lucimiento
doña
Blanca de Bolea.
REY: De su
atinado despejo
publica
mucho la fama.
JUAN: También
tiene igual conceto
de doña
Inés de la Nuza.
REY: Dices
bien, que oigo lo mesmo.
JUAN: Doña Beatriz de Pomar
es muy bizarra, y no es menos
doña Isabel de Gurrea.
REY: Son las dos muchos extremos.
JUAN: Doña
Vicencia de Funes
tiene
nombre en todo el reino
y doña
Ángela de Heredia
tiene el
mismo.
REY:
Aún es pequeño
a sus
méritos el nombre.
JUAN: La que más
celebra el pueblo
es doña Leonor de Hijar.
REY: Y la
sangre ayuda a ello.
JUAN: Si te
parecen bien todas,
muy
embarazado temo
tu gusto.
REY:
Pues, no lo temas;
que nunca
muchas hicieron
gran
batería en un alma;
que la guerra
y el estruendo
sola es
una; que una sola
hace, don
Juan, todo el miedo.
Ninguna de las que has dicho
es la que busco. Mas debo,
generoso,
altivo y grave,
como rey y
caballero,
lucillas y honrallas todas
que han de estar, y ansí lo
ofrezco:
una sola en el cuidado,
y todas en el respeto.
Mas advierte que he advertido
que en el alarde que has hecho
de tanto escuadrón
hermoso,
olvidaste
lo más bello.
JUAN: ¿Quién
señor?
REY:
A doña Elvira
de Aragón.
JUAN:
¡Ay, santos cielos
señor! Deje de nombralla
por dos cosas.
REY: Dilas presto.
JUAN: Porque es
doña Elvira hermana
del conde.
REY:
No hables en ello;
que a la
hermosura no pasa
la ira, y
de aquel mancebo
castigó mi
padre tantos
desvanecidos intentos.
Di la otra
causa.
JUAN: Es la otra,
perdóneme
si te ofendo:
que vive en palacio Elvira,
y está en
el mismo aposento
de tus hermanas, Alfonso.
¡Gran sagrado en cualquier tiempo!
REY: Dices bien; mas considera
que el decoro con que pienso
amar, y el recato sólo
vive en
palacio; y te advierto:
que si
esto ha de ser cuidado,
no
sufriera menor dueño
l alma, ni
el albedrío
menos
soberano incendio.
JUAN: Decí[d],
que es elección tuya;
es sólo
encarecimiento
de tu
grandeza; mas dime,
si a
amalla estabas resuel[t]o,
¿para qué
tan vulgarmente
te
informabas?
REY:
Ya te entiendo.
Pensé que
nombrando a Elvira
la
primera, con tu acierto,
mayor
fuera el mío. Escucha
hasta para
los defectos
como para
las virtudes:
siempre el
mayor consejero
es el
mejor, porque honrado
sabrá,
prevenido y cuerdo,
encubrillo
como culpa
y
apartallo como riesgo;
y puesta
en un hombre bajo
una
confidencia, haciendo
ostentación de ella misma
y aun
granjería soberbio,
ni asiste
a la confïanza
ni él se
cabe en el secreto.
Tú mismo
has de ser, tú mismo,
por cuya
mano este intento
seguro ha
de gobernarse;
que no
puede hacer misterio
que tú y
Elvira habléis juntos;
que
estando su hermano preso
te ha de
hablar, y fío de tí,
que gustoso, a[l]tivo y
diestro,
sabrás referir mis partes,
sabrás pintar mis afectos,
decir mis estimaciones,
y ostentar mis pensamientos.
JUAN: Señor, no puedo.
REY: ¿Qué dices?
JUAN: Digo, señor, que no puedo.
Enójase el REY
REY: ¿Cómo no puedes? ¡Qué extraña
respuesta! ¡Dime al momento!:
¿Por qué
razón? ¿Por qué causa?
¡Dílo al
punto! ¡Dilo luego!
¡Di al
instante! ¡Di mil veces
por qué!
JUAN:
Porque yo la quiero.
A prisa y
claro lo digo,
y mil
veces no lo niego.
REY: ¿Tú la
quieres?
JUAN:
Yo la adoro.
REY: Luego,
¿con ese pretexto
callaste
el nombre entre tantos
y con honrosos rodeos?
JUAN: No, señor.
REY: Pues, ¿qué disculpa
puedes dar?
JUAN:
Que fuera necio
en
proponer lo que amaba
a un rey
ni a un hombre; y queriendo
fïallo tú
de mi mano,
fuera
traidor con efecto
si la
verdad te callara;
que no hay
peligro tan fiero,
ni tan
desdichado trance,
ni tan
infeliz suceso
porque yo
a mi rey mintiera;
que heredé de mis agüelos
ser leal sin esperanzas
y decir verdad sin miedos.
REY: ¿Y en qué estado, don Juan, tienes
tu amor?
JUAN: En el más perfecto
y más seguro.
REY:
¿Seguro?
JUAN: Y tanto
que este deseo
no le sabe
doña Elvira.
REY: ¿Tu amor
no sabe?
JUAN:
Ni debo,
con haber tiempo
tan largo
que a tan
dulces penas muero.
Una
diligencia sola,
ni a la
voz ni al sentimiento...
REY: Si un amor
cortés, don Juan,
es agravio
lisonjero,
¿por qué
le has callado [a] Elvira?
JUAN: Porque un
pobre y de honor lleno,
si
pudiera, aun se negara
a las
noticias del cielo;
que si
bien lo altivo y noble
de un alma
en los mismos senos
de la
miseria tremola,
generosos
ardimientos
en una
vida oprimida
de su
grave [e] indigno peso,
luces que
el valor descubre,
se llaman
atrevimientos.
REY: Si por
desvalido y pobre
callaste ya, ya muy presto
estarás en declararte,
pues en mi gracia, el
primero
te hallas.
JUAN:
No, no lo digas;
que en
nada he pensado menos;
que si
antes hice animoso
valor,
gentileza esfuerzo
de callar,
agora, agora
escondido,
mudo y ciego
hacer
intento, callando,
religión
del rendimiento,
clausura de la memoria
y
obstinación del silencio.
Sin amor
tan puro y firme,
decille no merecieron
almas, vidas, penas, glorias,
males, gemidos, tormentos,
ansias, finezas, verdades,
suspiros y amores tiernos,
¿cómo ha
de atreverse? ¿Cómo
a decillo
el falso viento
de una
dicha, el rumor vano
de una
ventura, el deshacello
de una
suerte? Que soy hombre
de tan
presumido aliento
que sólo
entrara en las dichas
para
hallarlas tan modesto,
que a mis
pies triunfaran todas;
y agora en
el duro encuentro
de tu amor
en mi amor loco
para
callarle muriendo.
A ser
posible, a ser fácil
entre uno
y otro respeto,
faltar al
que un rey me pone,
sobrara el
que a Elvira tengo.
REY: Si estás
resuelto a callarlo,
poco harás
por mi, y hoy llego,
don Juan,
a fïarte más
que mi
corona, pues, dejo
en tus manos toda el alma.
Mira por ella, advirtiendo
que mi
atención, tú, y Elvira,
todo está
junto en mi pecho.
JUAN: Antes que
nada te ofrezca...
...te
pregunto...
REY:
Ya lo espero...
JUAN: ...¿qué obligación a su rey tiene
un
vasallo?
REY:
Aunque exceso
es
preguntar lo que sabes,
vuelve
otra vez a sabello:
Es
obligación serville
con la
verdad, con el celo,
con el
amor, con el gusto,
con la fe,
con el consejo,
con la
hacienda, y con la vida.
JUAN: Pero no
hay ley, ni hay preceto
ni hay
justicia, ni hay costumbre,
ni hay lisonja, ni hay ejemplo
que diga que con el
alma.
REY: Las
delgadezas dejemos:
Que el
alma del gusto es alma
que se
queda con el cuerpo.
Esto
quiero yo, esto mando,
esto digo,
esto resuelvo,
y esto ha
de ser.
JUAN: ¿Que, en fin, quieres
que yo
sea?
REY:
Ha de ser esto.
JUAN: Si ha de
ser, sea, y yo muera:
que ya... que ya... por lo menos,
no podrá
ser con el alma,
que aun
hasta el alma me ha muerto.
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
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