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ARIAS: Mientras descansan nuestros camaradas
que no fueran más largas de un correo;
pues si aquesta comedia se repite
juzgo que llegaremos a Cavite,
e iremos a un presidio condenados,
cuando han sido los versos los forzados -- ,
aquí, Muñiz amigo, nos sentemos
y toda la comedia murmuremos.
MUÑIZ: Arias, vos os tenéis buen desenfado;
y yo me hallo molido, de manera
que ya por un tamiz pasar pudiera
-- y esto no es embeleco,
pues sobre estar molido, estoy tan seco
de aquestas dos jornadas, que he pensado
que en mula de alquiler he caminado -- ,
¿no es mejor acostarnos
y de aquesos cuidados apartarnos?
Que yo, más al descanso me abalanzo.
ARIAS: ¿Y el murmurar, amigo? ¿Hay más descanso?
Por lo menos a mí, me hace provecho,
porque las pudriciones, que en el pecho
salen cuando murmuro, y quedo bueno.
MUÑIZ: Decís bien. ¿Quién sería
el que al pobre de Deza engañaría
ARIAS: ¿Aqueso, don Andrés, os embaraza?
que en las comedias es tan principiante,
que le apuntan los versos como el bozo.
MUÑIZ: Pues yo quisiera, amigo, ser barbero
y raparle los versos por entero,
es cierto que estuvieran bien, rapados.
¿No era mujer, amigo, en mi conciencia,
si quería hacer festejo a su excelencia,
una de Calderón, Moreto o Rojas,
silbo que diga: "Aquesta boca es mía?"
ARIAS: ¿No veis que por ser nueva
la echaron?
de su bondad!
¿no era mejor hacer a Celestina,
en que vos estuvisteis tan gracioso,
-- y es justo que me asombre --
de que sois hechicera en traje de hombre?
MUÑIZ: Amigo, mejor era Celestina
en cuanto a ser comedia ultramarina;
que siempre las de España son mejores,
y para digerirles los humores,
son ligeras; que nunca son pesadas
las cosas que por agua están pasadas.
Pero la Celestina que esta risa
y si le faltó traza, tuvo trazos,
se formó de un trapiche y de un ingenio.
Y en fin, en su poesía,
por lo bueno, lo mal se suplía;
pero aquí, ¡vive Cristo, que no puedo
sufrir los disparates de Acevedo!
la comedia y sainetes han salido;
aunque es verdad que yo no puedo creello.
ARIAS: ¡Tal le dé Dios la vida, como es ello!
MUÑIZ: Ahora bien, ¿qué remedio dar podremos
para que esta comedia no acabemos?
ARIAS: Mirad, ya yo he pensado
uno, que pienso que será acertado.
mosqueteros, y a silbos destruyamos
esta comedia, o esta patarata,
que con esto la fiesta se remata;
y como ellos están tan descuidados,
en oyendo los silbos, alterados
les diremos que son los mosqueteros.
MUÑIZ: ¡Brava traza, por Dios! Pero me ataja
¿Qué dificultad tiene?
que yo no acierto a pronunciar la ese.
ARIAS: Pues mirad; yo, que así a silbar me allano,
que puedo en el Arcadia ser Silvano,
silbaré por entrambos; mas ¡atento,
que es este silbo a vuestro pedimento!
MUÑIZ: Bien habéis dicho. ¡Vaya!
MUÑIZ: Cuenta, señores, que este silbo es mío.
¡Cuerpo de Dios, que aquesto está muy frío!
ARIAS: Cuenta, señores, que este silbo es mío.
Silba. Salen ACEVEDO y los COMPAÑEROS
ACEVEDO: ¿Qué silbos son aquéstos tan atroces?
MUÑIZ: Aquesto es "¡Cuántos silbos, cuántas voces!"
ACEVEDO: ¡Que se atrevan a tal los mosqueteros!
ARIAS: Y aun a la misma Nava de Zuheros.
ACEVEDO: ¡Ay, silbado de mí! ¡Ay desdichado!
¡Que la comedia que hice me han silbado!
¿Al primer tapón silbos? Muerto quedo.
ACEVEDO: ¡Allá a ahorcarme me meto!
MUÑIZ: Mirad que es el ahorcarse mucho aprieto.
ARIAS: No os vais, que aquí os daremos cordelejo.
ACEVEDO: ¡Dádmelo acá! Veréis cómo me ensogo,
que con eso saldré de tanto ahogo.
no te me ahorques;
para los hombres.
ACEVEDO: Silbadores del diablo,
para los toros.
COMPAÑERO: Pues que ahorcarte quieres,
no es otra cosa.
ACEVEDO: No me silbéis, demonios,
que mi cabeza
Silban todos
porque todo el teatro
éste es el vítor.
Todos cantan
ACEVEDO: ¡Baste ya, por Dios, baste;
de no hacer otra!
que es el delito
Todos cantan
ACEVEDO: Pues si aquesto no basta,
¿qué me disponen?
pues lo has pedido,
lo que has escrito.
ACEVEDO: Eso no, que es aquése
MUÑIZ: Pues lo ha pedido, ¡vaya;
Vanse todos