JORNADA PRIMERA
Han de estar a los dos
lados del tablado escalerillas vestidas de murta,
a manera de riscos,
que lleguen a lo alto del vestuario. Por la una de ellas bajen
ESTELA y LISARDA,
vestidas de cazadoras, con venablos.
Fingiránse
truenos y torbellino
al bajar.
LISARDA: Por
aquí, gallarda Estela,
de ese
inaccesible monte,
de ese
gigante soberbio
que a las
estrellas se opone,
podrás
bajar a este valle
en tanto
que los rigores
del cielo,
menos severos
y más
piadosos, deponen
negro
encapotado ceño.
Sígueme,
prima.
ESTELA:
¿Por dónde?
¡Qué soy
de hielo! ¡Mal hayan,
mil veces,
mis ambiciones!
Van
bajando poco a poco y hablando
¡Y el
corzo que dió, ligero,
ocasión a
que malogren
sus
altiveces, mi brío,
mi orgullo
bizarro, el golpe
felizmente
ejecutado!
Pues, sus pisadas veloces
persuadieron mis alientos
y repiten mis temores.
¡Válgame
el cielo! ¿No miras
cómo el
cristalino móvil
de su asiento desencaja
las columnas de sus orbes?
Y, ¿cómo turbado el cielo,
entre
asombros y entre horrores,
segunda
vez representa
principios
de Faetonte?
¿Cómo,
temblando sus ejes,
se altera
y se descompone
la paz de
los elementos,
que airados y desconformes
granizan,
ruidosos truenos
fulminan,
prestos vapores
congelados
en la esfera
ya rayos,
ya exhalaciones?
¿No ves
cómo, airado Eolo,
la
intrépida cárcel rompe
al Noto y
Boreas, porque,
desatadas
sus prisiones,
estremeciendo la tierra
en lo
cóncavo rimbomben
de sus
maternas entrañas
con
prodigiosos temblores?
¿No ves
vestidos de luto
los azules pabellones,
y que las preñadas nubes,
caliginosos ardores
que
engendraron la violencia,
hace que
rayos se aborten?
Todo está
brotando miedos,
todo penas
y rigores,
todo
pesar, todo asombro,
todo
sustos y aflicciones.
No se
termina el celaje
en el
opuesto horizonte.
¿Qué hemos
de hacer?
LISARDA:
No te aflijas.
ESTELA: Estatua de
piedra inmóvil
me ha
hecho el temor, Lisarda.
¡Que así
me entrase en el bosque!
Acaban de bajar
LISARDA: A la
inclemencia del tiempo,
debajo de
aquestos robles,
nos
negaremos, Estela,
en tanto
que nos socorre
el cielo,
que ya descubre
al
occidente arreboles.
Desvíanse a un lado, y salen TIBALDO, RUFINO y ASTOLFO,
bandoleros
TIBALDO: ¡Buenos
bandidos, por Dios!
De más
tenemos el nombre,
pues el
ocio o la desgracia
nos está
dando lecciones
de
doncellas de labor,
Bien se
ejerce de Mavorte
la bélica
disciplina
en nuestras ejecuciones.
¡Bravo
orgullo!
RUFINO:
Sin razón
nos
culpas. Las ocasiones
faltan, los ánimos, no.
TIBALDO: Buscarlas
porque se logren.
ASTOLFO: ¡Por Dios,
que si no me engaño
no es mala
la que nos pone
en las
manos la ventura!
TIBALDO: ¡Quiera el
cielo que se goce!
ASTOLFO: Dos mujeres son, bizarras,
y hablando están. ¿No las oyes?
TIBALDO: Acerquémonos corteses.
ESTELA: Lisarda,
¿no ves tres hombres?
LISARDA: Sí, hacia
nosotras vienen.
ESTELA: ¡Gracias
al cielo! Señores,
¿está muy
lejos de aquí
la quinta
de Enrique, el Conde
de Belfor?
TIBALDO:
Bien cerca está.
ESTELA: ¿Queréis
decirnos por dónde?
TIBALDO:
Vamos. Venid con nosotros.
ESTELA: Vuestra
cortesía es norte
que nos
guía.
RUFINO:
(Antes de mucho, Aparte
con más
miedos, más temores,
zozobrará nuestra calma.)
Llévanlas,
y baja Don JUAN de Córdoba, muy galán,
de camino, por el risco opuesto al que bajaron ellas
JUAN: ¡Qué
notables confusiones!
¡Qué
impensado terremoto!
¡Qué
tempestad tan disforme!
Perdí el
camino, en efecto.
Y ¿será
dicha que tope
quién me
le enseñe? Tal es
la soledad de estos montes...
Vaya
bajando
Ata esas
mulas, Tomillo,
a un árbol, y mientras comen
baja a
este llano.
TOMILLO arriba, sin bajar
TOMILLO:
¿Qué llano?
Un tigre,
un rinoceronte,
un
cocodrilo, un caimán,
un
Polifemo cíclope,
un ánima
condenada
y un diablo, -- Dios
me perdone --
te ha de
llevar.
JUAN:
Majadero,
¿sobre qué
das esas voces?
[Va bajándose TOMILLO]
TOMILLO: Sobre que
es fuerza que pagues
sacrilegio
tan enorme
como fue
dejar a un ángel.
JUAN: ¿Hay disparates mayores?
TOMILLO: Pues, ¿qué puede sucedernos
bien, cuando tú...
JUAN:
No me enojes.
Deja esas
locuras.
TOMILLO:
¡Bueno!
¡Locuras y
sinrazones
son las verdades!
JUAN: ¡Escucha!
Mal articuladas voces
oigo.
TOMILLO: Algún sátiro o fauno.
Salen los
bandoleros con las damas, y para atarles las manos ponen en
el suelo las pistolas y gabanes, y estáse don JUAN retirado
TIBALDO: Perdonen o
no perdonen.
LISARDA: Pues,
bárbaros, ¿qué intentáis?
ASTOLFO: No es
nada, no se alboroten;
que será peor.
TOMILLO: Acaban
de bajar.
JUAN: ¡Escucha, oye!
TOMILLO: ¿Que he de oír? ¿Hay algún paso
de
comedia, encanto, bosque
o aventura
en que seamos
yo Sancho, tú don Quijote
porque
busquemos la venta,
los palos
y Maritornes?
JUAN: Paso es, y
no poco estrecho,
adonde es
fuerza que apoye
sus
osadías mi orgullo.
TOMILLO: Mira,
señor, no te arrojes.
TIBALDO: Idles quitando las joyas.
ESTELA: Tomad las joyas, traidores,
y dejadnos. ¡Ay, Lisarda!
JUAN: ¿No ves, Tomillo, dos soles
padeciendo injusto eclipse?
¿No miras sus resplandores
turbados, y que a su lumbre
bárbaramente se opone?
TOMILLO: Querrás
decir que la tierra.
No son
sino salteadores
que quizá
si nos descubren
nos
cenarán esta noche
-- sin dejarnos
confesar --
en
picadillo o gigote.
JUAN: Yo he de
cumplir con quien soy.
LISARDA: ¡Matadnos,
ingratos hombres!
RUFINO: No
aspiramos a eso, reina.
ESTELA: ¿Cómo su
piedad esconde
el cielo?
Póneseles don JUAN delante con la espada desnuda. TOMILLO
coge en tanto los gabanes y pistolas y se entra entre los
ramos, y ellos
se turban
JUAN:
Pues, ¿a qué aspiran?
¿A
experimentar rigores
de mi
brazo y de mi espada?
ESTELA: ¡Oh, qué irresistibles golpes!
JUAN: ¡Villanos viles, cobardes!
TOMILLO: Aunque
pese a mis temores,
les he de quitar las armas
para que el riesgo se
estorbe;
que de
ayuda servirá.
TIBALDO: ¡Dispara, Rufino!
RUFINO:
¿Dónde
están las
pistolas?
TOMILLO: Pistos
les será mejor que tomen.
ASTOLFO: No hay que
esperar.
TIBALDO:
¡Huye, Astolfo!
Que éste
es demonio, no es hombre.
RUFINO: ¡Huye, Tibaldo!
Vanse, y don JUAN tras
ellos
TOMILLO:
¡Pardiez,
que los
lleva a lindo trote
el tal mi
amo, y les da
lindamente
a trochemoche
cintarazo
como tierra,
porque por
fuerza la tomen!
¡Eso
sí! ¡Plégate Cristo!
¡Qué bien
corrido galope!
ESTELA: ¡Ay,
Lisarda!
LISARDA:
Estela mía,
ánimo, que
bien disponen
nuestro remedio los cielos.
Sale don FERNANDO de Ribera, GODOFRE, capitán de la guarda,
y
gente
FERNANDO: ¡Que no
parezcan, Godofre!
¿Qué selva
encantada, o qué
laberinto
las esconde?
Mas, ¿qué
es esto?
ESTELA:
¡Ay, don Fernando!
Rendidas a
la desorden
de la
suerte...
FERNANDO:
¿Qué fue? ¿Cómo?
LISARDA: Unos
bandidos enormes
nos han
puesto...
FERNANDO:
¿Hay tal desdicha?
Desátelas
LISARDA: Mas un
caballero noble
nos libró.
Sale don JUAN
JUAN:
Ahora verán
los
bárbaros que se oponen
a la
beldad de esos cielos,
sin
venerar los candores
de
vuestras manos, el justo
castigo.
FERNANDO:
¡Muera!
Empuña la espada
ESTELA:
No borres
con
ingratitud, Fernando,
mis tristes obligaciones.
Vida y honor le debemos.
FERNANDO: Dejad que
a esos pies me postre,
y perdonad
mi ignorancia.
TOMILLO: Y ¿será
razón que monde
nísperos
Tomillo, en tanto?
Estos
testigos -- conformes
o contestes -- ¿no
declaran
mis
alentados valores?
FERNANDO: Yo te
premiaré.
[FERNANDO le da a TOMILLO una bolsa]
JUAN:
Anda, necio.
Guárdeos
Dios, porque se abone
en vuestro
valor mi celo.
ESTELA: Decid
vuestra patria y nombre,
caballero,
si no hay
causa
alguno que lo estorbe.
Sepa yo a
quién debo tanto,
porque
agradecida logre
mi
obligación en serviros,
deseos por
galardones.
FERNANDO: Lo mismo
os pido, y si acaso
de
Bruselas en la corte
se ofrece
en qué os sirva, si
no porque
se reconoce
obligada la Condesa,
sino por inclinaciones
naturales
de mi estrella,
venid, que
cuanto os importe
tendréis
en mi voluntad.
[FERNANDO le da a TOMILLO la cadena]
TOMILLO: Mas que
doscientos Nestores
vivas.
¡Qué buen mocetón!
LISARDA: Tan justas
obligaciones
como os
tenemos las dos,
más
dilatará el informe
que juntos
os suplicamos.
JUAN: Con el
efecto responde
mi
obediencia agradecida.
FERNANDO: (¡Qué
galán! ¡Qué gentilhombre!) Aparte
JUAN: Nací en
la ciudad famosa
que la
antigüedad celebra
por madre
de los ingenios,
por origen de las letras,
esplandor de los estudios,
claro archivo de la ciencia,
epílogo
del valor
y centro
de la nobleza,
la que en
dos felices partos
dio al
mundo a Lucano y Séneca,
éste
filósofo estoico,
aquél insigne
poeta.
Otro
Séneca y Aneo
Galïón,
aquél enseña
moralidad virtüosa
en memorables tragedias
y éste oraciones ilustres;
sin otros muchos que deja
mi justo
afecto, y entre ellos
el famoso
Juan de Mena,
en
castellana poesía;
como en la
difícil ciencia
de
matemática, raro
escudriñador de estrellas
aquel
Marqués generoso,
don
Enrique de Villena
cuyos
sucesos admiran,
si bien
tanto se adulteran
en los
vicios que hace el tiempo;
Rufo y
Marcial, aunque queda
el último
en opiniones.
Mas porque
de una vez sepas
cuál es mi
patria, nació
don Luis
de Góngora en ella,
raro
prodigio del orbe
que la
castellana lengua
enriqueció
con su ingenio
frasis,
dulzura, agudeza.
En Córdoba
nací, al fin,
cuyos
muros hermosea
el Betis,
y desatado
tal vez en
cristal, los besa
por verle
antiguo edificio
de la
romana soberbia
en quien
ostentó Marcelo
de su poder la grandeza.
Heredé la
noble sangre
de los
Córdobas en ella,
nombre
famoso que ilustra
de España
alguna Excelencia.
Gasté en Madrid de mis años
floreciente primavera
en las
lisonjas que acaban
cuando el
escarmiento empieza.
Dejéla
porque es la envidia
hidra que
no se sujeta
a muerte,
pues de un principio
saca
infinitas cabezas.
Por sucesos amorosos
que no
importan, me destierran,
y junto
poder y amor
mil
favores atropellan.
Volví, en
efecto, a la patria,
adonde
triste y violenta
se hallaba
la voluntad,
hecha a
mayores grandezas,
y por
divertir el gusto,
-- si hay alivio que
divierta
el forzoso
sentimiento
de una fortuna deshecha --
a Sevilla
vine, donde
de mis
deudos la nobleza
desahogo
solicita
en su
agrado a mis tristezas.
Divertíme
en su hermosura,
en su
alcázar, en sus huertas,
en su
grandeza, en su río,
en su
lonja, en su alameda,
en su
iglesia mayor, que es
la
maravilla primera
y la
octava de las siete,
por más
insigne y más bella
en su
riqueza, y al fin...
Sale el
príncipe LUDOVICO y gente
LUDOVICO: Don Fernando de Ribera,
¿decís que
está aquí? ¡Oh, amigo!
FERNANDO: ¿Qué hay,
Príncipe?
LUDOVICO:
Que su alteza
a mí, a
Fisberto, a Lucindo
y al duque
Liseno, ordena
por
diferentes parajes
que sin
Lisarda y Estela
no
volvamos; y pues ya
libres de
las inclemencias
del tiempo
con nos están,
vuelvan
presto a su presencia,
que al
repecho de ese valle
con una carroza esperan
caballeros
y crïados.
ESTELA: Vamos,
pues; haced que venga
ese
hidalgo con nosotros.
FERNANDO: Bueno es
que tú me la adviertas.
ESTELA: (¡Que no
acabase su historia.) Aparte
FERNANDO: Con el
Príncipe, Condesa,
os
adelantad al coche,
que ya os
seguimos.
ESTELA:
Con pena
voy, por
no saber, Lisarda,
lo que del
suceso queda.
LISARDA: Después lo
sabrás.
Vanse [las mujeres] con el príncipe [LUDOVICO, TOMILLO] y la
gente
FERNANDO:
Amigo,
alguna
fuerza secreta
de
inclinación natural,
de
simpatía de estrellas,
me obliga
a quereros bien.
Venid
conmigo a Bruselas.
JUAN: Por vos he
de ser dichoso.
FERNANDO: Mientras a
la quinta llegan
y los
seguimos a espacio,
proseguid. -- ¡Por vida vuestra!
--
¿Qué es lo
que os trae a Flandes?
[¿Y por qué aquí no te quedas?]
JUAN: (Dicha
tuve en que viniese Aparte
el
Príncipe por Estela
porque a
su belleza el alma
ha rendido
las potencias
y podrá
ser que me importe
que mi suceso no sepa.)
Digo,
pues, que divertido
y admirado
en las grandezas
de Sevilla
estaba, cuando
un martes,
en una iglesia,
día de la Cruz de Mayo,
que tanto
en mis hombros pesa,
vi una
mujer, don Fernando,
y en ella
tanta belleza,
que usurpó
su gallardía
los
aplausos de la fiesta.
No os
pinto su hermosura
por no
eslabonar cadenas
a los
yerros de mi amor;
pero con
aborrecerla,
si dijere
que es un ángel,
no hayas
miedo que encarezca
lo más de
su perfección.
Vila, en efecto, y améla.
Supe su casa, su estado,
partes, calidad, hacienda,
y, satisfecho de todo,
persuadí sus enterezas,
solicité
sus descuidos,
facilité
mis promesas.
Favoreció
mis deseos
de suerte
que una tercera
fue
testigo de mis dichas,
si hay
dichas en la violencia.
Dila
palabra de esposo.
No es
menester que advierta
lo
demás. Discreto sois.
Yo muy
ciego, ella muy tierna,
y con ser bella en extremo
y con
extremo discreta,
-- afable para los gustos,
para los disgustos cuerda --
contra mi
propio disinio,
cuanto los disinios yerran,
obligaciones tan justas,
tan bien conocidas
deudas,
o su
estrella o su desdicha
desconocen
o chancelan.
Cansado y
arrepentido
la dejé, y
seguí la fuerza,
si de mi
fortuna no,
de mis
mudables estrellas.
Sin
despedirme ni hablarla,
con
resolución grosera,
pasé a
Lisboa, corrido
de la
mudable inflüencia
que me
obligó a despreciarla.
Vi a
Francia y a Ingalaterra,
y al fin
llegué a estos países
y a su
corte de Bruselas
donde
halla centro el alma
porque
otra vez considera
las
grandezas de Madrid.
Asiento
tienen las treguas
de las
guerras con Holanda,
causa de
que yo no pueda
ejercitarme en las armas;
mas pues ya vuestra nobleza
me ampara, en tanto que a
Flandes
algún
socorro me llega,
favoreced
mis intentos,
-- pues podéis con Sus Altezas --
porque ocupado en
palacio
algún
tiempo me entretenga.
Don Juan de Córdoba soy,
andaluz; vos sois Ribera,
noble y andaluz también.
En esta ocasión, en ésta,
es bien que el ánimo luzca,
es bien
que el valor se vea
de los
andaluces pechos,
de la
española nobleza.
Éste es mi
suceso. Agora,
como de
una patria mesma
y como
quien sois, honradme,
pues ya es obligación vuestra.
FERNANDO: Huélgome
de conoceros,
señor don
Juan, y quisiera
que a mi
afecto se igualara
el posible de mis fuerzas.
A vuestro heroico valor
por alguna
oculta fuerza
estoy
inclinado tanto
que he de
hacer que Su Alteza,
como suya,
satisfaga
la
obligación en que Estela
y todos
por ella estamos,
y en
tanto, de mi hacienda
y de mi
casa os servid.
Vamos
juntos donde os vea
la Infanta, para que os
premie
y
desempeña las deudas
de mi
voluntad.
JUAN: No sé
-- ¡por Dios! -- cómo os agradezca
tantos
favores.
FERNANDO:
Venid.
Sale TOMILLO
TOMILLO: Señor, las
mulas esperan.
FERNANDO: ¿Y la
carroza?
TOMILLO:
Ya está
pienso que
en la cuarta esfera
por emular
la de Apolo
compitiendo con las selvas.
Vanse. Sale doña
LEONOR, vestida de hombre, bizarra, y RIBETE,
lacayo. [En otro
lugar más cerca del palacio]
LEONOR: En este
traje podré
cobrar mi
perdido honor.
RIBETE: Pareces el
dios de amor.
¡Qué
talle, qué pierna y pie!
Notable
resolución
fue la
tuya, mujer tierna
y noble.
LEONOR:
Cuando gobierna
la fuerza
de la pasión,
no hay
discurso cuerdo o sabio
en quien
ama; pero yo,
mi razón,
que mi amor no,
consultada
con mi agravio,
voy
siguiendo en las violencias
de mi
forzoso destino,
porque al
primer desatino
se
rindieron las potencias.
Supe
que a Flandes venía
este
ingrato que ha ofendido
tanto amor
con tanto olvido,
tal fe con
tal tiranía.
Fingí
en el más recoleto
monasterio
mi retiro,
y sólo
ocultarme aspiro
de mis
deudos; en efecto
no
tengo quién me visite
si no es
mi hermana, y está
del caso avisada ya,
para que
me solicite
y vaya
a ver con engaño,
de suerte
que, aunque terrible
mi locura,
es imposible
que se
averigüe su engaño.
Ya,
pues, me determiné,
y atrevida
pasé el mar.
O he de
morir o acabar
la empresa
que comencé.
O, a
todos los cielos juro
que, nueva
amazona, intente
-- ¡Oh, Camila más
valiente! --
vengarme
de aquel perjuro
aleve.
RIBETE:
Oyéndote estoy,
y -- ¡por Cristo! -- que he pensado
que el
nuevo traje te ha dado
alientos.
LEONOR:
¡Yo soy quien soy!
Engáñaste
si imaginas,
Ribete,
que soy mujer.
Mi agravio
mudó mi ser.
RIBETE:
Impresiones peregrinas
suele
hacer un agravio.
Ten que la
verdad se prueba
de Ovidio, pues, Isis nueva,
de oro guarneces el labio.
Mas,
volviendo a nuestro intento:
¿matarásle?
LEONOR:
Mataré,
¡vive
Dios!
RIBETE:
¿En buena fe?
LEONOR: ¡Por
Cristo!
RIBETE:
¿Otro juramento?
Lástima
es.
LEONOR:
Flema gentil
gastas.
RIBETE:
Señor Magallanes,
a él y a
cuantos donjuanes,
ciento a
ciento y mil a mil,
salieren.
LEONOR: Calla, inocente.
RIBETE: Escucha,
así Dios te guarde:
¿Por fuerza he de ser cobarde?
¿No habrá un lacayo
valiente?
LEONOR: Pues,
¿por eso te amohinas?
RIBETE: Estoy mal
con enfadosos
que
introducen los graciosos
muertos de
hambre y gallinas.
El que
ha nacido alentado,
¿no lo ha
de ser si no es noble?
¿Qué? ¿No podrá serlo al doble
del
caballero el crïado?
LEONOR: Has dicho muy bien; no en vano
te he
elegido por mi amigo,
no por
crïado.
RIBETE:
Contigo
va Ribete
el sevillano,
bravo
que tuvo a laceria
reñir con
tres algún día
y pendón rojo añadía
a los
verdes de la feria;
pero
tratemos del modo
de
vivir. ¿Qué has de hacer
ahora?
LEONOR:
Hemos menester,
para no
perderlo todo,
buscar,
Ribete, a mi hermano.
RIBETE: ¿Y si te
conoce?
LEONOR:
No
puede ser,
que me dejó
de seis
años, y está llano
que no
se puede acordar
de mi
rostro; y si privanza
tengo con
él, mi venganza
mi valor
ha de lograr.
RIBETE: ¿Don
Leonardo, en fin te llamas,
Ponce de
León?
LEONOR:
Sí llamo.
RIBETE: ¡Cuántas veces, señor amo,
me han de importunar las damas
con el recado o billete!
Ya me
parece comedia
donde todo
lo remedia
un bufón
medio alcahuete.
No hay
fábula, no hay tramoya,
adonde no
venga al justo
un lacayo
de buen gusto,
porque si
no, ¡aquí fue Troya!
¿Hay mayor impropiedad
en graciosidades tales
que haga un lacayo iguales
la
almohaza y majestad?
¡Que
siendo rayo temido
un rey, haciendo mil gestos,
le obligue
un lacayo de estos
a que ría
divertido!
LEONOR: Gente
viene hacia esta parte.
Desvía.
Salen don
FERNANDO de Ribera y el príncipe LUDOVICO
FERNANDO: Esto ha pasado.
LUDOVICO: Hame el
suceso admirado.
FERNANDO: Más
pudieras admirarte
que su
dicha, aunque es tanta,
de su
bizarro valor,
pues por
él goza favor
en la
gracia de la Infanta.
Su mayordomo, en efecto,
don Juan
de Córdoba es ya.
LEONOR: ¡Ay,
Ribete!
LUDOVICO:
Bien está,
pues lo
merece el sujeto.
Y, al
fin, ¿Estela se inclina
a don
Juan?
FERNANDO: Así lo siento,
por ser de
agradecimiento
satisfacción peregrina.
Hablan aparte los dos
LEONOR: Don Juan de Córdoba -- ¡Ay, Dios! --
dijo. ¡Si es aquel ingrato!
Mal
disimula el recato
tantos
pesares.
FERNANDO:
Por vos
la
hablaré.
LUDOVICO:
¿Puede aspirar
Estela a
mayor altura?
Su
riqueza, su hermosura,
¿en quién
la puede emplear
como en
mí?
FERNANDO:
Decís muy bien.
LUDOVICO: ¿Hay en
todo Flandes hombre
más galán,
más gentilhombre?
RIBETE:
(¡Maldígate el cielo, amén!)
Aparte
FERNANDO: Fïad
esto a mi cuidado.
LUDOVICO: Que me
está bien, sólo os digo:
haced,
pues que sois mi amigo,
que tenga
efeto.
Vase LUDOVICO
FERNANDO:
¡Qué enfado!
LEONOR: Ribete,
llegarme quiero
a preguntar
por mi hermano.
RIBETE: ¿Si le
conocerá?
LEONOR:
Es llano.
FERNANDO: ¿Mandáis
algo, caballero?
LEONOR: No,
señor; saber quisiera
de un
capitán.
FERNANDO:
¿Capitán?
¿Qué
nombre?
[LEONOR va sacando unas cartas]
LEONOR:
Éstas lo dirán.
Don
Fernando de Ribera,
caballerizo mayor
y capitán
de la guarda
de Su
Alteza.
FERNANDO:
(¡Qué gallarda Aparte
presencia! ¿Si es de
Leonor?)
Haced
cuenta que le veis.
Dadme el
pliego.
LEONOR:
¡Oh, cuánto gana
hoy mi
dicha!
FERNANDO:
¿Es de mi hermana?
Dale el pliego
LEONOR: En la
letra lo veréis.
Ribete,
turbada estoy.
Lee don FERNANDO
RIBETE: ¿De qué?
LEONOR: De
ver a mi hermano.
RIBETE: ¿Ése es
valor sevillano?
LEONOR: Has dicho
bien. Mi honor hoy
me ha
de dar valor gallardo
para lucir
su decoro,
que, sin
honra, es vil el oro.
FERNANDO: Yo he
leído, don Leonardo,
esta
carta, y sólo para
en que os
ampare mi amor
cuando por
mil de favor
vuestra
presencia bastara.
Mi
hermana lo pide así,
y yo, a su
gusto obligado,
quedaré
desempeñado
con vos, por
ella y por mí.
¿Cómo
está?
LEONOR:
Siente tu ausencia
como es
justo.
FERNANDO:
¿Es muy hermosa?
LEONOR: Es afable y virtüosa.
FERNANDO: Eso le
basta. ¿Y Laurencia,
la más
pequeña?
LEONOR:
Es un cielo,
una
azucena, un jazmín,
un ángel,
un serafín
mentido al
humano velo.
FERNANDO:
Decidme, por vida mía,
¿qué os trae a Flandes?
LEONOR: Intento,
con justo
agradecimiento,
pagar
vuestra cortesía,
y es
imposible, pues vos,
liberalmente discreto,
acobardáis
el conceto
en los
labios.
FERNANDO:
Guárdeos Dios.
LEONOR: Si es
justa ley de obligación forzosa
-- ¡Oh, Ribera
famoso! -- obedeceros,
escuchad
mi fortuna rigurosa,
piadosa
ya, pues me ha traído a veros.
El valor
de mi sangre generosa
no será
menester encareceros,
pues por
blasón de su nobleza muestro
el
preciarme de ser muy deudo vuestro.
[Se abrazan los dos]
Serví
una dama donde los primeros
de toda la
hermosura cifró el cielo;
gozó en
secreto el alma sus favores,
vinculando
la gloria en el desvelo.
Compitióme
el poder, y mis temores
apenas
conocieron el recelo
-- y
no os admire -- porque
la firmeza
de Anarda
sólo iguala a su belleza.
Atrevido mostró el marqués Ricardo
querer
servir en público a mi dama;
mas no por
ello el ánimo acobardo,
antes le
aliento en una celosa llama.
Presumiendo de rico y de gallardo
perder
quiso el decoro de su fama,
inútil
presunción, respetos justos,
ocasionando celos y disgustos.
Entre
otras, una noche que a la puerta
de Anarda
le hallé, sintiendo en vano
en flor
marchita su esperanza, muerta
al primero
verdor de su verano,
hallando
en su asistencia ocasión cierta,
rayos hizo
vibrar mi espada y mano
tanto que
pude sólo retiralle
a él y a
otros dos valientes de la calle.
Disimuló este agravio, mas un día
asistiendo
los dos a la pelota,
sobre
jugar la suerte suya o mía,
se enfada, se enfurece y alborota;
un
"¡miente todo el mundo!" al aire envía,
con que vi
mi cordura tan remota
que una
mano lugar buscó en su cara
y otra de
mi furor rayos dispara.
Desbaratóse
el fuego, y los parciales,
coléricos,
trabaron civil guerra,
en tanto
que mis golpes desiguales
hacen que
bese mi rival la tierra.
Uno, de
meter paces da señales;
otro,
animoso y despechado, cierra;
y al fin,
entre vengados y ofendidos,
salieron
uno muerto y tres heridos.
Ricardo, tantas veces despreciado
de mi
dama, de mí, de su fortuna,
si no
celoso ya, desesperado,
no perdona ocasión ni traza alguna;
a la
venganza aspira, y agraviado,
sus amigos
y deudos importuna,
haciendo
de su ofensa vil alarde,
acción, si
no de noble, de cobarde.
Mas yo,
por no cansarte, dando medio
de su
forzoso enojo a la violencia,
quise
elegir por último remedio
hacer de
la querida patria ausencia.
En efecto,
poniendo tierra en medio.
Objeto no
seré de su impaciencia,
pues
pudiera vengarse como sabio,
que no
cabe traición donde hay agravio.
Previno
nuestro tío mi jornada,
y antes de
irme a embarcar, esta sortija
me dió por
prenda rica y estimada,
de
Victoria, su hermosa y noble hija.
Del reino
de Anfítrite la salada
región
cerúlea vi, sin la prolija
pensión de
una tormenta, y con bonanza
tomó a tus
plantas puerto mi esperanza.
FERNANDO: De
gustoso y satisfecho,
suspenso
me habéis dejado.
No os dé
la patria cuidado,
puesto que
halláis en mi pecho
de
pariente voluntad,
fineza de
amigo, amor
de hermano,
pues a Leonor
no amara
con más verdad.
Esa
sortija le di
a la
hermosa Victoria
mi prima,
que sea en gloria,
cuando de
España partí;
y
aunque sirve de testigo
que os abona y acredita,
la verdad
no necesita
de prueba
alguna conmigo.
Bien
haya, amén, la ocasión
del
disgusto sucedido,
pues ésta
la causa ha sido
de veros.
LEONOR: No sin razón
vuestro
valor tiene fama
en el
mundo.
FERNANDO:
Don Leonardo,
mi hermano
sois.
LEONOR:
(¡Qué gallardo! Aparte
Mas de tal
ribera es rama.)
FERNANDO: En el
cuarto de don Juan
de Córdoba
estaréis bien.
LEONOR: ¿Quién es
ese hidalgo?
FERNANDO:
¿Quién? Un caballero galán,
cordobés.
LEONOR:
No será justo
ni cortés
urbanidad
que por mi comodidad
compre ese
hidalgo un disgusto.
FERNANDO: Don
Juan tiene cuarto aparte
y le honra
Su Alteza mucho
por su
gran valor.
LEONOR:
(¿Qué escucho?) Aparte
Y, ¿es
persona de buen arte?
FERNANDO: Es la
primer maravilla
su talle,
y de afable trato,
aunque
fácil, pues ingrato,
a una dama
de Sevilla
a quien
gozó con cautela,
hoy la
aborrece, y adora
a la
condesa de Sora;
que aunque
es muy hermosa Estela,
no hay,
en mi opinión, disculpa
para una
injusta mudanza.
LEONOR: (¡Animo,
altiva esperanza!) Aparte
Los
hombres no tienen culpa
tal
vez.
FERNANDO:
Antes, de Leonor
repite mil
perfecciones.
LEONOR: Y, ¿la
aborrece?
FERNANDO:
Opiniones
son del
ciego lince, amor.
Por la Condesa el sentido
está
perdiendo.
LEONOR:
(¡Ay, crüel!) Aparte
Y ella
¿corresponde fiel?
FERNANDO: Con
semblante agradecido
se
muestra afable y cortés.
Forzosa
satisfacción
de la generosa
acción
de la
facción que después
sabréis. ¡Fineo!...
FINEO: Señor...
[Sale FINEO]
FERNANDO: Aderezad
aposento
a don
Leonardo al momento.
LEONOR: (¡Muerta
estoy!) Aparte
RIBETE:
Calla, Leonor.
FERNANDO: En el
cuarto de don Juan.
FINEO: Voy al
punto.
FERNANDO:
Entrad, Leonardo.
LEONOR: Ya os
sigo.
FERNANDO:
En el cuarto aguardo
de Su
Alteza.
Vanse
[FERNANDO y FINEO por lados opuestos]
RIBETE: (Malos van Aparte
los títeres. ¿A quién digo?
¡Hola,
hao! De allende el mar
volvámonos
a embarcar
pues ya lo
está aquel amigo.
Centellas, furias, enojos,
viboreznos, basiliscos,
iras, promontorios, discos
está echando por los ojos.
Si en los primeros ensayos
hay arrobos, hay desvelos,
hay furores, rabias, celos,
relámpagos, truenos, rayos,
¿qué será después? Agora
está
pensando, a mi ver,
los
estragos que ha de hacer
sobre el
reto de Zamora.)
¡Ah,
señora! ¿Con quién hablo?
LEONOR: ¡Déjame,
villano infame!
Dale
RIBETE: Belcebú,
que más te llame,
demándetelo el dïablo.
¿Miraste el retrato en mí
de don Juan? ¡Tal antubión...!
¡Qué bien das un pescozón!
LEONOR: ¡Déjame,
vete de aquí!
Vase [RIBETE]
¿Adónde, cielos, adónde
vuestros
rigores se encubren?
¿Para
cuándo es el castigo?
La
justicia, ¿dónde huye?
¿Dónde
está? ¿Cómo es posible
que esta
maldad disimule?
¡La piedad
en un aleve
injusta pasión arguye!
¿Dónde están, Jove, los rayos?
¿Ya vive ocioso e inútil
tu
brazo ¿Cómo traiciones
bárbaras y
enormes sufre?
¿No te
ministra Vulcano,
de su
fragua y de su yunque,
armas de
fuego de quien
sólo el laurel se asegure?
Némesis,
¿dónde se oculta?
¿A qué
dios le substituye
su poder
para que grato
mi
venganza no ejecute?
Las
desdichas, los agravios,
hace la
suerte comunes.
¡No
importa el mérito, no!
¿Tienen
precio las virtudes?
¿Tan mal
se premia el amor,
que a
número no reduce
un hombre
tantas finezas
cuando de
noble presume?
¿Qué es esto, desdichas? ¿Cómo
tanta
verdad se desluce,
tanto
afecto se malogra,
tal
calidad se destruye,
tal sangre
se deshonora,
tal recato
se reduce
a opiniones? Tal honor,
¿cómo se apura y consume?
¿Yo aborrecida y sin honra?
¡Tal maldad los cielos sufren!
¿Mi nobleza despreciada?
¿Mi clara
opinión sin lustre?
¿Sin
premio mi voluntad?
Mi fe, que
las altas nubes
pasó y llegó a las estrellas,
¿es posible que la injurie
don Juan? ¡Venganza, venganza,
cielos! El mundo murmure,
que ha de
ver en mi valor,
a pesar de
las comunes
opiniones,
la más nueva
historia,
la más ilustre
resolución
que vio el orbe.
Y ¡Juro
por los azules
velos del
cielo, y por cuantas
en ellos
se miran luces,
que he de
morir o vencer,
sin que me
den pesadumbre
iras, olvidos, desprecios,
desdenes, ingratitudes,
aborrecimientos, odios!
Mi honor,
en la altiva cumbre
de los cielos he de ver,
o hacer que se
disculpen
en mis
locuras mis yerros,
o que
ellas mismas apuren
con
excesos cuanto pueden
con
errores cuanto lucen
valor,
agravio y mujer,
si en un
sujeto se incluyen.
FIN DE LA
PRIMERA JORNADA