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[Descripción del doctor Paturel hijo]
Su rostro recordaba un poco la delgada máscara de Voltaire y de Bonaparte. Tenía la nariz curvada y puntiaguda, la mandíbula fuerte, los huesos marcados bajos las orejas, y el mentón afilado, ojos gris pálido, con la mancha negra de la pupila en medio, y tal aire de autoridad en sus palabras y en sus demostraciones profesionales que inspiraba a todo el mundo una gran confianza. Curó a personas reputadas luego de largo tiempo incurables, reumatismos, anquilosados de los campos, inválidos por la humedad, mediante métodos higiénicos, de alimentación y ejercicio, y unos polvos que le proporcionaron gran fama; curaba las plagas antiguas con antisépticos nuevos, y perseguía el microbio según los procedimientos más recientes. Luego, cuando había curado a un enfermo, parecía dejar tras el la limpieza en la casa. Prosperó, se le llamaba de muy lejos, y el dinero llegó, pues cobraba las visitas según las distancias y las fortunas.
[Conversación del doctor Paturel hijo, el abad Marvaux y André, segundo hijo minusválido de la Sra. de Brémontal]
– Ha sido
usted el primer médico del departamento... la fortuna, todo.
– Pero vivo aquí, dijo él, aquí me carcomo,
pierdo mi vida, todo lo que amo y todo lo que deseo, no lo tengo. ¡Ah! ¡Paris,
París!... ¿Acaso puedo trabajar para mí, aquí, trabajar por la ciencia? ¿Tengo los laboratorios, los hospitales, los sujetos
raros, todas las enfermedades desconocidas y conocidas del mundo entero bajo los ojos? ¿Luego hacer
experimentos, relaciones, convertirme en miembro de la Academia de medicina?
Aquí, no tengo nada de eso, ni futuro, ni distracciones, ni placer, ni mujer
con quién casarme o amar, ni gloria a alcanzar, nada, nada más que una gloria
provinciana. Yo curo, sí, curo a la gente, a los burgueses avaros que pagan en
plata, a veces en oro, y nunca en billetes. Curo la pequeña miseria del más
común de los hombres, pero nunca a príncipes, a embajadores, a ministros, a
grandes artistas, cuya cura repercute y es conocida hasta en el extranjero. Cuido
y curo, en una palabra, en el interior de una provincia, el deshecho de la
humanidad.
El sacerdote lo escuchaba con un aire un poco
crispado, un poco ofendido. Murmuró:
– Eso es tal vez más noble, más grande y más
hermoso.
Pero el médico, rabioso, replicó:
– Yo no vivo para los demás, vivo para mí, señor
cura.
El abad sintió agitarse su alma de apóstol.
Añadió:
– Cristo murió por los débiles.
Y el médico gruño:
– Pero yo no soy Cristo, ¡nombre de perro! soy
el doctor Paturel, agregado de la
Facultad de Medicina de París.
El abad respondió con calma, habiendo pasado en
algunos segundos por un ciclo de ideas, llegando casi a los límites del
pensamiento humano, pues percibía todas las grandezas y las pequeñeces del
ideal. Y concluyó:
– Quizás tanga usted razón. Desde su punto de
vista, está usted en lo cierto. Y para usted eso es lo único bueno.
–¡Caramba!, dijo el médico con voz clara, que
sonó en el aire seco.
Luego el sacerdote añadió:
– Sin embargo tiene usted un gran corazón, pues
permanece aquí por su madre.
El doctor se sobresaltó, se había tocado su
herida, su pena, su íntima ternura.
– Sí, nunca la abandonaré.
Sus ojos cayeron juntos sobre el minusválido que
los escuchaba con todos sus oídos y los comprendía muy bien.
Y las miradas de los dos hombres habiéndose
encontrado de repente se dijeron cosas misteriosas sobre el destino y el
porvenir de ese niño, comparado con los suyos. Él era el miserable.
Pero el pensamiento de Cristo acosaba al abad.
Retomó la conversación:
– Yo adoro a Cristo.
El médico respondió:
– Señor cura, desde que el mundo existe, todos
los dioses concebidos por el pensamiento humano son unos monstruos. ¿No fue
Voltaire quién dijo: Las Escrituras pretenden que Dios hizo el hombre a su
imagen, y el hombre lo ha reflejado bien?
Acumulaba las
pruebas, las injusticias, las ferocidades, los perjuicios de la Providencia.
Añadió:
–Yo, que soy médico de las pobres personas, veo
esos perjuicios, los constato todos los días. Usted también, además, que cuida sus
almas. Si tuviese que escribir un libro, una antología de documentos al
respecto, la titularía: El Dossier de Dios: y sería terrible, señor cura.
El abad Marvaux
suspiró:
– No podemos penetrar en esas cuestiones y en
esos misterios fuera de nuestras facultades cerebrales. Yo, no creo que
comprenda a Dios. Él es demasiado extenso y demasiado universal para nuestros
espíritus. La palabra Dios representa una concepción y una explicación
cualquiera, un refugio contra las dudas, un asilo contra el miedo, un consuelo
contra la muerte, un remedio contra el egoísmo. Es una fórmula de la
fraseología religiosa. Dios: eso no es un Dios... Nosotros hombres, no podemos amar más que a un Dios tangible y visible. El otro, el
desconocido, el inalcanzable, el inmenso, no habiéndonos sido concedido un
sentido para comprenderlo, por piedad, por nuestros corazones, nos envío a
Cristo.
El sacerdote, alucinado, se calló, luego,
siguiendo su único pensamiento, murmuró:
– ¿Quién sabe? Quizás Cristo también haya sido
confundido por Dios en su misión, como lo estamos nosotros. Pero se ha
convertido en el mismo Dios para la tierra, para nuestra tierra miserable, para
nuestra pequeña tierra cubierta de sufrimientos y de villanos. Es Dios, nuestro
Dios, mi Dios, y yo lo amo con todo mi corazón de hombre y con toda mi alma de
sacerdote. ¡Oh, maestro crucificado en el Calvario, soy tuyo, tu hijo y tu
servidor!
El médico sorprendido, murmuró:
– ¡Que extraño que diga usted eso!
– Sí, dijo el sacerdote, Cristo debe ser también
una víctima de Dios. Él ha recibido una falsa misión, la de ilusionarnos
mediante una nueva religión. Pero el divino Enviado ha cumplido tan bien esta
misión, tan magnífica, tan devota, tan dolorosa, tan inimaginablemente
grandiosa y enternecedora, que ha tomado para nosotros la plaza de su
Inspirador. ¿Qué es Dios, palabra vaga, ante Cristo? ¿Nosotros que no sabemos
nada y no estamos relacionados con nada excepto por nuestros pobres órganos,
podemos adorar esas letras, de las que no comprendemos el sentido, ese Dios
tenebroso del que no nos figuramos nada, ni la existencia, ni la intención, ni
el poder, del que no conocemos más que un pequeño intento de creación torpe,
despreciable, la tierra, especie de bañera para las almas atormentadas de
saber, y para los cuerpos de mala salud? No, no podemos amar eso. Pero Cristo,
en el que todo es piedad, todo es grandeza, todo es filosofía, todo el
conocimiento de la humanidad ha descendido no se sabe de donde, él, que fue más
desgraciado que los más miserables, que nació en un establo y murió clavado a
un tronco de árbol, dejándonos a todos la única palabra de verdad que haya sido
sabia y consoladora para vivir en este triste lugar, ese es mi Dios, ese es mi
Dios.
Un suspiro a su lado le hizo callar. André
lloraba en su coche de minusválido.
El sacerdote le beso en la frente. El jovencito
balbucía:
– ¡Como me gusta oírlo hablar! Yo le comprendo
perfectamente.
Y el sacerdote le respondió:
Pobre pequeño, tú también, tú has recibido del
implacable destino una triste suerte. Pero tendrás al menos, creo, en
compensación de todas las alegrías físicas, las únicas hermosas cosas que están
permitidas a los hombres, el sueño, la inteligencia y el pensamiento.
[Meditación imprecatoria sobre Dios]
Eterno asesino que parece no disfrutar más que con el placer de producir, tan solo para saborear incansablemente su pasión encarnizada de matar de nuevo, de recomenzar sus exterminios a medida que crea seres. Asesino hambriento de muerte emboscado en el Espacio, para crear seres y destruirlos, mutilarlos, imponerles todos los sufrimientos, golpearlos con todas las enfermedades, como un destructor infatigable que continúa sin cesar su horrible tarea. Ha inventado el cólera, la peste, el tifus, todos los microbios que corroen el cuerpo. Solamente, sin embargo, los animales son ignorantes de esta ferocidad, pues ellos desconocen esta ley de la muerte que los amenaza tanto como a nosotros. El caballo que brinca al sol en una pradera, la cabra que escala sobre las rocas con su forma ligera y flexible, seguida del macho, los pichones que ronronean sobre los tejados, las palomas pico con pico bajo el verdor de los árboles, semejantes a dos amantes que se dicen sus ternuras, y el ruiseñor que canta al claro de luna junto a su hembra que incuba, desconocen la eterna masacre de ese Dios que los ha creado. El cordero que...
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