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ESCENA PRIMERA | «» |
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LÉON SAVAL : Veamos, querido, ¿a dónde me llevas?
JEAN DE SERVIGNY : Ya te lo he dicho, ¡a casa
de la marquesa Obardi!
LÉON SAVAL : ¿Quién es esa marquesa Obardi ?
JEAN DE SERVIGNY : Todo el mundo lo sabe.
LÉON
SAVAL : Excepto yo.
JEAN DE SERVIGNY :
¡Pues bien! La conocerás.
LÉON SAVAL : Prefiero saber.
JEAN DE SERVIGNY :
¡Cuánta prudencia!
LÉON SAVAL : No, no soy prudente.
Además, ¿qué he de temer? Pero no me gustaría sufrir
un fracaso, y se producen a cada
paso cuando uno no sabe por donde camina.
JEAN DE SERVIGNY : Tú
quieres decir: sobre quién se camina.
LÉON SAVAL : Quizás sí. Al menos la habrás
advertido de que ibas a presentarme en su casa.
JEAN DE SERVIGNY, riendo : ¿Advertir a la
marquesa Obardi ? ¿Adviertes a un cochero de
autobús de que subirás en su coche en la esquina del bulevar?
LÉON SAVAL : ¿Entonces es?...
JEAN DE SERVIGNY : Una advenediza, querido, una vividora, una
casquivana encantadora salida de no se sabe dónde, aparecida un día, no se sabe
cómo, en la sociedad de los aventureros y sabiendo hacerse allí una posici´´on.
¿Además, qué nos importa? Se dice que su verdadero apellido, su apellido de
soltera, pues ha permanecido soltera a todos los efectos, salvo al de
inocencia, es Octavie Bardin, de ahí Obardi, conservando la primera letra del
nombre y suprimiento la última del apellido. Además es
una amable mujer de la que serás el inevitable amigo y
cliente, tú, con tú físico sin par. Dicho esto, debo añadir sin embargo que si
bien la entrada es libre en esta casa, como en los bazares, no se está
estrictamente obligado a comprar lo que en ella se despacha. Allí tienen de
todo, se hace de todo, se vende de todo, desde las sonrisas hasta las
concesiones de terreno en las nuevas repúblicas, de minas en África Central y
las llaves maestras del apartamento en el que entramos
en este momento por la puerta principal. Tú pide y serás servido en función de
tu bolsillo.
La marquesa se instaló en el barrio de la Estrella, barrio
sospechoso, hace ya tres años, y abrió sus salones a este enjambre de
individuos que vienen a ejercer en Paris sus diversos talentos, temibles y
criminales. Yo iba a su casa. ¿Cómo? No lo sé con
precisión. Allí había un mundo de filibusteros condecorados, que mostraban una
cruz en su pecho para venderla desde que vos sacáis la cartera. Todos son nobles,
todos generosos, todos senadores en sus patrias, y todos desconocidos en sus
embajadas, a exepción de los espías. Todos hablan del
honor, citan a sus antepasados por menos que canta un gallo, cuentan su vida a
propósito de todo, habladores, mentirosos, tahúres peligrosos como sus cartas,
estafadores como sus apellidos, bravucones como los forajidos de los caminos,
pero nunca banales como los funcionarios franceses. En definitiva, ¡se trata de la aristocracia del
presidio!
En cuanto a sus mujeres... siempre hermosas con un pequeño sabor de coquetería
extraña, con el misterio de su
pasada existencia... pasada tal vez en un correccional. Ellas también son
conquistadoras, rapaces, verdaderas hembras de ave de
presa. Yo las adoro.
LÉON SAVAL : ¿No hay ni
un francés en esta casa?
JEAN DE SERVIGNY : Si, al contrario.
Lo mejor de la sociedad, habida cuenta que vamos
nosotros.
LÉON
SAVAL : ¿Cómo son los
otros ?
JEAN DE SERVIGNY :
Excelentes. Generales, senadores, hombres
de mundo, artistas, de todo. Es un mundo asombroso
donde todas las mujeres tienen hijas, lo que sustituye
un contrato de matrimonio para la vista.
LÉON
SAVAL : ¿Hijas. Hijas verdaderas?
JEAN DE SERVIGNY :
Sí, querido, ¿por qué no? Esas mujeres están allí como los demás: y
las casan cuando pueden. La de la
marquesa es deliciosa.
LÉON SAVAL : ¿La hija de la marquesa ?
JEAN DE SERVIGNY : Sí, Yvette. Una maravilla, alta,
magnífica, a punto de caramelo, tan rubia como morena es su madre, admirable
retoño de aventurera arrojada sobre el estiércol de este mundo.
LÉON SAVAL : ¿Y la
moral ?
JEAN DE SERVIGNY : No lo sé, no se sabe.
¿Inocente o descarada? imposible decirlo, tal vez
ambas. Hay días en que parece una santa, otros una
pícara. Experimento una extraña atracción hacia su
posible candor y una muy razonable desconfianza contra su menos probable
desenfreno. Dice cosas que harían estremecer a un
ejército, pero los loros también. A veces es imprudente haciéndome creer en su
inmaculado candor y a veces mordaz, con un descaro inverosímil haciéndome dudar
de que jamás ha sido inocente. Provoca como una cortesana y se cuida como una
virgen. No lo sé. Pero ya la verás.
LÉON SAVAL : Vaya, parece que comienza a gustarme la
idea de entrar ahí.
JEAN DE SERVIGNY : Voy a presentarte bajo el nombre de conde Saval.
LÉON SAVAL : ¡Ah!, no.
JEAN DE SERVIGNY : ¿Por qué ?
LÉON SAVAL : No quiero ser ridículo.
JEAN DE SERVIGNY : Pero todo el mundo tiene título ahí adentro,
querido, todo el mundo.
[Interrupción en las hojas del manuscrito.]
JEAN DE SERVIGNY : ¿Quién es ese nuevo rostro,
esa hermosa dama ?
YVETTE : La baronesa Diodore.
JEAN DE SERVIGNY : ¿A qué se dedica ?
YVETTE : Es una persona muy influyente.
JEAN DE SERVIGNY :
¿Dónde es tan influyente ?
YVETTE : En los ministerios.
LA MARQUISE, a Léon Saval : ¡Oh ! No
permanezco en París más de cinco o seis meses alaño. Pasamos el invierno en el
Midi, y el verano en cualquier parte del campo. Acabo precisamente de alquilar
una villa en Bougibal, espero que me haga usted el
honor de venir con el duque.
LÉON SAVAL : Con mucho gusto, señora.
YVETTE : ¡Oh ! sí, Muscade vendrá con
nosotros a Chatou. Haremos muchas tonterías en el campo.
JEAN DE SERVIGNY : Os seguriría por
todas partes a dónde vos me dijerais que fueseis, señorita.
YVETTE : ¡Pues bien ! Muscade, os nombro general
en jefe.
LÉON SAVAL : ¿Por qué la Srta. Yvette llama siempre a mi
amigo Servigny « Muscade »?
YVETTE : Porque se desliza siempre en la mano, caballero. Se cree tenerlo, pero no se le tiene nunca.
LA MARQUISE,
indolente, a Saval : Ella es muy simpática
con ellos, pero tan loca. Por mucho que lo intento, no puedo mantenerla seria.
Y además el duque la incita a cometer un montón de imprudencias, él me la
malea, y acabará por tener una mala opinión de ella.
JEAN DE SERVIGNY, sonriendo : ¡Oh ! marquesa,
eso es imposible,¡con la educación y el ejemplo que vos le dais!
YVETTE : Mamá, déjalo tranquilo, es el más divertido de todos.
JEAN DE SERVIGNY :
Gracias, señorita, por la comparación.
YVETTE : Tendremos que incorporarnos a filas Sr. Saval.
LÉON SAVAL : ¿En qué
regimiento, señorita ?
YVETTE : En el mío, caballero.
LÉON SAVAL : Soy el primero.
LA MARQUISE : Eso es una chiquillada que ella
ha imaginado. Como esos caballeros son tan amables con ella,
ésta los atormenta sin razón...
YVETTE : ¿Habéis visto a la Gran Duquesa ?
LÉON SAVAL : Sí, señorita.
YVETTE : Yo también ; la he visto varias
veces, aunque se me haya prohibido decirlo. ¡Pues bien! yo
me he proclamado gran duquesa y he formado un regimiento al que paso revista
todos los jueves. Observad. ( Ella grita.)
Príncipe...principe... (Un caballero calvo con patillas, lleno de
condecoraciones, se adelanta sonriendo. Yvette presentando.) Barón Saval,
príncipe Kravalow. El príncipe es el jefe de mi policía, en
su calidad de ruso. Encarcela a todo el mundo exceptuando a mí que
conozco su juego.
LE PRINCE : Señorita...
YVETTE llama : Chevalier !...
chevalier. (Un hombre delgado, moreno y
lento se aproxima. Yvette presentanto.) Chevalier Valréali, Baron
Saval.
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