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También en Metz la animación era inmensa. Los guardias nacionales, los guardias móviles y los burgueses se agitaban gritando; las diputaciones recorrían las calles vibrantes y precisadas, dirigiéndose a la casa del mariscal. Hormus no veía nada, no oía una palabra; hablando consigo mismo, subía a grandes pasos la calle del Faubourg.
-¡Robarme mi bandera!... Pues no faltaba más!... ¡Acaso es posible robar una bandera!... ¡Acaso tienen derecho!... Si les quiere dar algo a los prusianos que les dé lo suyo... sus carrozas doradas, su vajilla magnífica traída de México... Pero mi pabellón... El pabellón es mío... El pabellón es mi dicha, mi fortuna... ¡Y yo prohíbo terminantemente que lo toquen!
Todas estas frases incompletas estaban cortadas por la marcha y por la tartamudez. Pero en el fondo él tenía su idea: una idea bien firme, bien precisa: tomar la bandera, llevarla flotante al seno del regimiento y pasar luego sobre el vientre de los prusianos con todos los que quisieran seguirle.
Cuando llegó al fin de su camino, ni siquiera lo dejaron entrar. El coronel, furioso también, no quería recibir a nadie... Pero el viejo Hormus no entendía así el asunto y jurando, gritando y empujando al plantón:
-Mi bandera – decía -, denme mi bandera...!
-Sí, mi coronel, yo...
-Todos los pabellones están en el Arsenal..., no tienes necesidad sino de presentarte ahí para que te den un recibo...
-¿Un recibo?... ¿Para qué?...
-Pero... coronel...
Y la ventana se cerró... El viejo Hormus vaciló como si estuviese borracho y repitió entre dientes:
-¡Un recibo!... ¡Un recibo!...
Al fin se puso en marcha por segunda vez, no pensando sino en que su bandera estaba en el Arsenal y que era necesario volverla a ver, costara lo que costara.