Alphonse Daudet
El abanderado

V

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V

Las puertas del Arsenal estaban completamente abiertas para dejar el paso libre a los carros prusianos que esperaban su cargamento en el patio inmenso. Hormus sintió, al entrar, que un escalofrío agitaba sus nervios. Todos los demás abanderados, cincuenta o sesenta oficiales silenciosos e indignados, estaban allí... Y todos aquellos hombres tristes, con las cabezas desnudas, agrupándose detrás de los enormes carros sombríos, daban a la escena un aspecto de entierro. La lluvia aumentaba la emoción de tristeza...

Los pabellones del ejército de Bazaine estaban amontonados en un rincón, confundiéndose sobre el suelo fangoso. Nada más terrible que el espectáculo de esos fragmentos de rica seda, pedazos de franjas de oro y de astas trabajados, arreos gloriosos echados por tierra y manchados de lluvia y de lodo. Un oficial de administración los iba cogiendo, uno por uno; y al nombre de su regimiento, pronunciado en alta voz, cada abanderado se acercaba para recoger un recibo. Derechos e impasibles, dos oficiales prusianos vigilaban el cargamento.

¡Y ustedes se iban así, ¡oh santos jirones gloriosos!, desplegando sus agujeros y barriendo tristemente la tierra, como banda de pájaros que tuviesen las alas rotas!... ¡Ustedes se iban con la vergüenza de las grandes cosas humilladas... y cada uno de ustedes se llevaba un pedazo de la Francia!... El sol de las largas jornadas dejó su sello entre sus arrugas marchitas... Ustedes guardan, en las marcas de las balas, el recuerdo de muchos héroes desconocidos que cayeron muertos, al azar, bajo sus franjas tricolores!...

-Ya llegó tu turno, Hormus... Ahí te llaman... Ve a buscar tu recibo...

¿Se trataba de un recibo cuando una bandera francesa, la más bella, la más mutilada, la suya, estaba delante de sus ojos?... El viejo sargento se figuraba estar aún allá arriba, de pie sobre el repecho de la vía férrea... Su ilusión le hacía oír de nuevo el canto de las balas, el ruido de las gábatas que rodaban y la voz robusta del coronel:

-A la bandera, hijos míos, a la bandera...

Luego, sus veintidós camaradas muertos y él, vigésimo tercio abanderado, precipitándose a su vez para levantar y sostener el pobre pabellón que vacilaba falto de brazo... ¡Ah! Ese día había jurado defenderlo, guardarlo hasta la muerte... Y ahora...

Sólo de pensarlo, toda la sangre del corazón le subía a la cabeza... Ebrio, sin sentido, se lanzó sobre el oficial prusiano arrancándole su enseña idolatrada, para agitarla de nuevo entre sus manos, para levantarla aún, bien alta, bien recta y para gritar:

-A la ban...

Pero su grito fue cortado entre su garganta... y sintió temblar el asta, que se escapaba de sus manos... En ese aire malsano, en ese aire de muerte que pesa terriblemente sobre las ciudades rendidas, la bandera no podía flotar... Nada de orgulloso, nada de fiero podía vivir ahí... Y el viejo Hormus cayó fulminado...

 


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