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«¡Ha muerto!» me dijo alguien en la
escalera. Desde hacía ya unos días esperaba la lúgubre noticia. Sabía que, de
un momento a otro, me la iba a encontrar en esta puerta;
y, sin embargo, me sorprendió como algo inesperado. Con el corazón triste y los
labios temblorosos, entré en esta humilde vivienda de hombre de letras donde el
despacho ocupaba la mayor parte, donde el estudio despótico se había adueñado
de todo el bienestar, de toda la claridad de la casa.
Estaba allí, tendido en una cama de hierro muy baja; y la mesa
cargada de papeles, su gran caligrafía interrumpida en mitad de la página, su
pluma aún de pie en el tintero, daban fe de que la muerte lo había golpeado
súbitamente. Detrás de la cama, un alto armario de roble,
desbordando manuscritos y papeles, se entreabría por encima de su cabeza.
A su alrededor, libros, sólo libros, sólo libros: por
todas partes, en las estanterías, sobre las sillas, sobre el escritorio,
apilados en el suelo en los rincones, hasta al pie de la cama. Cuando escribía
ahí, sentado a su mesa, este amontonamiento, estos
papeles sin polvo podían agradar a la vista: se sentía la vida, el entusiasmo
en el trabajo. Pero, en esta habitación de muerto, parecían algo lúgubre. Todos
aquellos pobres libros, que se venían abajo por pilas, parecían dispuestos a
marcharse, a perderse en la gran biblioteca del azar,
dispersa por las tiendas, por los márgenes del río, por los puestos de viejo,
abiertos por el viento y la ociosidad.
Acababa de besarlo y permanecía allí, de pie, mirándolo, aún
impresionado por el contacto de aquella frente fría y pesada como una piedra.
De repente, la puerta se abrió. Un dependiente de librería, cargado, jadeante,
entró alegremente y dejó sobre la mesa un paquete de libros recién salidos de
imprenta.
-Un envío de Bachelin -gritó.
Luego, al ver la cama, retrocedió, se quitó la gorra y se retiró discretamente.
Había algo horriblemente irónico en
aquel envío del librero Bachelin, que llegaba con un mes de retraso, esperado
con tanta impaciencia por el enfermo y recibido por el muerto... ¡Pobre amigo!
Era su último libro, aquél en el que había puesto todas sus esperanzas. ¡Con
cuánto esmero sus manos, ya temblorosas por la fiebre, habían corregido las
pruebas de imprenta! ¡Qué ansias por tener en sus manos el primer ejemplar!
Los últimos días, cuando ya no hablaba, sus
ojos permanecían clavados en la puerta; y si los impresores, los gerentes, los
encuadernadores, toda esa masa empleada en la obra de una sola persona,
hubieran podido ver aquella mirada de angustia y de espera, las manos se
habrían acelerado, las letras se habrían colocado debidamente en las páginas,
las páginas en volumen para llegar a tiempo, es decir, un día antes, y darle al
moribundo la alegría de encontrar reflejado, fresco en el perfume de un libro
nuevo y en la nitidez de los caracteres, aquel pensamiento que él sentía huir y
nublarse.
Incluso en plena vida, hay en ello efectivamente para el
escritor una felicidad de la que no se hastía jamás. ¡Qué sensación deliciosa
produce abrir el primer ejemplar de su obra, verla impresa, como en relieve, y
no en la gran ebullición del cerebro donde siempre
está algo confusa! Cuando se es joven produce deslumbramiento: las letras
resplandecen, circundadas de azul, de amarillo, como si
se tuviera la cabeza llena de sol. Más tarde, a esa
alegría de inventor se mezcla algo de tristeza, la añoranza de no haber dicho
todo cuanto se quería decir. La obra que había dentro
de ti parecía siempre más bella que la que se ha hecho. ¡Se pierden tantas
cosas en el viaje de la cabeza a la mano! Viéndola en
las profundidades del sueño, la idea de un libro se
parece a esas bonitas medusas del Mediterráneo que pasan por el mar como
matices flotantes; depositadas éstas sobre la arena, no son más que un poco de
agua, unas gotas descoloridas que el viento seca de inmediato.
Desgraciadamente, el pobre chico no había tenido ni esas
alegrías ni esas desilusiones respecto a su última obra. Era lamentable ver
aquella cabeza inerte y pesada, dormida sobre la almohada
y, a su lado, aquel libro completamente nuevo, que iba a aparecer en los
escaparates, a mezclarse con los ruidos de la calle, con la vida de la jornada,
del que los transeúntes leerían inconscientemente el título, se lo llevarían en
la memoria, en el fondo de sus retinas, con el nombre del autor, el mismo
nombre inscrito en la página triste de la alcaldía, tan risueño, tan alegre en
la portada de color claro. El problema del alma y del
cuerpo parecía estar presente allí por completo, entre aquel cuerpo rígido que
iban a enterrar, a olvidar, y aquel libro que se desprende de él, como un alma
visible, viva, y tal vez inmortal...
-Me había prometido un ejemplar -dijo muy bajo una voz llorosa
cerca de mí.
Me dí la vuelta y vi, bajo unas gafas doradas, unos ojillos
vivos y fisgadores que conozco, y ustedes también, todos ustedes amigos que
escriben. Es un aficionado a los libros que, tan pronto como un volumen tuyo es
anunciado, viene a llamar a tu puerta con dos golpecitos tímidos y persistentes que se le
parecen. Entra sonriente, encorvado, bulle a tu
alrededor, te llama maestro, y no se irá de allí sin llevarse tu último libro.
¡Sólo el último! Tiene todos los demás, éste es el único que
le falta. ¿Hay alguna forma de negárselo? Llega tan a punto, sabe tan bien
cogerte en medio de esa alegría de la que hablábamos
antes, en el abandono de los envíos, de las dedicatorias... ¡Ah! ¡qué terrible
hombrecillo al que nada desanima, ni las puertas sordas, ni las acogidas frías,
ni el viento, ni la lluvia, ni las distancias! Por la mañana se le encuentra en
la calle de la Pompe arañando la diminuta puerta del patriarca
de Passy; por la tarde regresa de Marly con el nuevo drama de Sardou bajo el
brazo. Y así, siempre trotando, siempre buscando, llena su vida sin hacer nada
y su biblioteca sin pagar.
Es cierto, la pasión por los libros
debía ser muy fuerte en este hombre para traerlo así junto a este lecho de
muerte.
-¡Ah! coja usted un ejemplar -le dije impaciente.
No lo cogió, lo engulló. Luego, una vez que
el volumen estuvo bien hondo en su bolsillo, permaneció sin moverse, sin
hablar, con la cabeza inclinada sobre un hombro, secándose las gafas con
expresión conmovida. ¿Qué estaba esperando? ¿Qué era lo
que le retenía? ¿Tal vez un poco de vergüenza, de apuro de marcharse
inmediatamente, como si no hubiera venido nada más que
a eso? ¡Pues no! Sobre la mesa, con el papel de envolver a medio quitar,
acababa de ver unos cuantos ejemplares, con el canto ancho, sin recortar, con
grandes márgenes, florones y culos de lámpara; y pese a su
actitud recogida, su mirada y su pensamiento estaban clavados allí ... ¡Y el
muy desgraciado estaba deseando cogerlos!
Lo que es, no obstante, la manía de observar... Yo mismo me
había dejado distraer de mi emoción y seguía, a través de mis lágrimas, aquella
comedia lamentable que estaba representándose a la cabecera del muerto.
Suavemente, por pequeñas sacudidas invisibles, el aficionado a los libros se
acercaba a la mesa. Su mano se posó, como por
casualidad, sobre uno de los volúmenes; le dio la
vuelta, lo abrió, palpó sus hojas. A medida que lo hacía, sus ojos se
iluminaban y la sangre le afluía a las mejillas. La
magia del libro actuaba en él. Finalmente, no
aguantando más, cogió uno:
-Es para el señor Sainte-Beuve -me dijo a media voz.
Y en su fiebre, en su turbación, en su miedo de que se lo
quitara, quizá también para convencerme de que era para el señor Sainte-Beuve,
añadió gravemente con una entonación de compunción intraducible:
-¡De la
Academia Francesa!... -Y desapareció.
FIN