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Para ir al pueblo, bajando desde mi molino,
se pasa por delante de una hacienda construida cerca de la carretera, al fondo
de un gran patio plantado de almeces. Se trata de una auténtica
propiedad de agricultor de Provenza, con sus tejas rojas, su ancha fachada
oscura perforada irregularmente, y en todo alto la veleta del granero, la polea
para subir los fardos y algunos haces de heno que sobresalen...
¿Por qué me había impresionado aquella casa? ¿Por qué aquel
portón cerrado me oprimía el corazón? No habría sabido decirlo, y sin embargo, aquella vivienda me
producía frío. Había demasiado silencio a su
alrededor... Cuando alguien pasaba, los perros no ladraban, las pintadas huían
sin gritar... Y en el interior no se oía ni una voz. Nada, ni siquiera un
cascabel de mula... De no ser por las cortinas blancas de las ventanas y el
humo que subía de los tejados, se habría pensado que la finca estaba
deshabitada.
Ayer, hacia las doce, regresaba del
pueblo y, para evitar el sol, iba bordeando los muros de la hacienda, a la
sombra de los almeces. En la carretera y delante de la finca,
unos empleados silenciosos acababan de cargar una carreta de heno... El portón
estaba abierto. Eché una mirada al pasar y, al fondo del patio, vi
apoyado sobre una ancha mesa de piedra, con la cabeza
entre las manos, a un anciano encanecido, con una chaqueta demasiado corta y
pantalones destrozados... Me detuve. Uno de los hombres me
dijo en voz baja: «¡Chut! Es el patrón... Está así desde que ocurrió la
desgracia de su hijo.»
En ese instante, una mujer y un
muchacho, vestidos de negro, pasaron cerca de nosotros con gruesos
devocionarios de cantos dorados, y entraron en la hacienda. El hombre añadió: «Son la patrona y Cadet, que vuelven de misa. Van todos los
días desde que el chico se mató... ¡Ah!, señor, ¡qué
tristeza!... El padre lleva aún la ropa del fallecido; no hay forma de que se
la quite... ¡Dia! ¡hue! ¡mula!». La carreta se movió para marcharse. Yo, que
quería saber más cosas, le pedí al carretero que me
dejara subirme a su lado, y ya arriba, entre el heno, tuve conocimiento de esta
desgarradora historia...
Se llamaba Jan. Era un admirable agricultor de veinte años,
prudente como una chica, fuerte y de rostro franco. Como era muy guapo, las
mujeres lo miraban; pero él sólo llevaba una en la
cabeza, una pequeña arlesiana, vestida de terciopelo y encajes, que había
encontrado un día en la Plaza
de Arles. En la hacienda no vieron esta relación con
buenos ojos, al principio. La chica pasaba por ser muy
coqueta y además los padres no eran de la región. Pero Jan quería a su arlesiana a toda costa. Decía: «Me moriré si no me la dan.» Tuvieron que ceder. Se
decidió que se casarían después de la siega. Un
domingo por la tarde, la familia acababa de cenar en el patio de la finca.
Era casi un banquete de bodas. La novia no estaba presente, pero se había bebido en su honor todo el
tiempo... Un hombre se presenta en la puerta y, con voz temblorosa, pide hablar
con el patrón Estève a solas. Estève se levanta y sale a la
carretera:
-Patrón -le dice el hombre- va usted a casar a su hijo con una
desvergonzada que ha sido mi amante durante dos años. Esto que estoy diciendo
puedo probarlo: ¡aquí tiene sus cartas!... sus padres
lo saben todo y me la habían prometido, pero desde que su hijo la busca, ni
ellos ni la bella quieren saber nada de mí... Yo creía que después de lo
nuestro, no podía ser la mujer de otro...
-Está bien -dice el patrón Estève después de mirar las cartas
-entre a tomarse un vaso de moscatel.
El hombre responde: «¡No, gracias! Tengo más pena que sed.» Y
se va. El padre vuelve a entrar, impasible; ocupa su
lugar en la mesa y la cena termina alegremente... Aquella noche, el patrón
Estève y su hijo se fueron juntos por los campos. Permanecieron bastante rato
fuera; cuando regresaron, la madre los estaba esperando: «Mujer -dice el
hacendado acercándole a su hijo- ¡abrázalo! ¡está
sufriendo!...»
Jan no volvió a hablar de la arlesiana. Seguía amándola no obstante, e incluso más que nunca, desde que se la habían
mostrado en brazos de otro. Pero era demasiado orgulloso para decir nada; eso
fue lo que lo mató, ¡pobre chico!... A veces, pasaba
los días enteros en un rincón, sin moverse. Otros días se
ponía a trabajar la tierra con rabia y hacía él solo el trabajo de diez
jornaleros... Cuando llegaba la noche, tomaba la carretera hacia Arles y
caminaba hasta que veía surgir en el atardecer los gráciles campanarios de la
ciudad. Entonces se daba la vuelta. Nunca fue más
allá. Al verlo así, siempre triste y solo, la gente de la hacienda no sabía qué hacer. Temían una desgracia...
Un día, estando a la mesa, la madre le dice mirándolo con los ojos
arrasados en lágrimas: «Escucha, Jan, si la quieres a
pesar de todo, te la daremos...». El padre, rojo de vergüenza,
bajaba la cabeza. Jan hizo un gesto negativo, y salió...
A partir de aquel día cambió su forma
de vivir simulando estar siempre alegre para tranquilizar a sus padres. Volvieron a verlo en el baile, en la taberna, en los hierres.
En la votación de Fonvielle, fue él quien encabezó la farándola. El padre
decía: «Ya está curado». La madre, por su parte, seguía estando preocupada y
vigilaba a su hijo más que nunca... Jan dormía con
Cadet, muy cerca del criadero de gusanos de seda; la pobre vieja hizo que
colocaran una cama al lado de la habitación de sus hijos...
Llegó la fiesta de san Eloy, patrón de los agricultores. Gran
fiesta en la hacienda... Hubo châteauneuf para todo el
mundo y vino cocido como si cayera del cielo. Y petardos, fuegos artificiales
en la era, y farolillos de colores en todos los almeces. Bailaron farándolas
hasta agotarse. Cadet se quemó su camisa nueva. Jan parecía contento; quiso
invitar a su madre a bailar; la pobre mujer lloraba de
felicidad. A las doce fueron a acostarse. Todo el
mundo necesitaba dormir. Pero Jan no dormía. Cadet
contó después que había estado sollozando toda la noche. Al día siguiente, de
madrugada, la madre oyó a alguien cruzar su habitación
corriendo. Tuvo un presentimiento: «Jan, ¿eres tú?» Jan no
respondió, estaba ya en la escalera. Rápidamente la madre se levanta: «¿Adónde
vas, Jan?» Él sube al granero; ella sube detrás: «¡En
nombre del Cielo, hijo mío!». Él cierra la puerta y echa el
cerrojo. «Jan, mi Janet, contéstame. ¿Qué vas a hacer?» A tientas, con
sus viejas manos temblorosas busca el picaporte... Una
ventana se abre, se oye el golpe de un cuerpo caer sobre las losas del patio, y
eso es todo... El pobre chico se había dicho: «La amo demasiado... Me voy...» ¡Ah! ¡qué miserables somos! Sin embargo, es un
poco fuerte que el desprecio no pueda matar al amor...
Aquella mañana las gentes del pueblo se preguntaban quién
podía gritar así, allá, en dirección a la hacienda de Estève... En el patio,
ante una mesa de piedra cubierta de rocío y de sangre, la madre se lamentaba
con su hijo muerto sobre sus brazos.
FIN