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Es una pequeña habitación en la quinta
planta, una de esas buhardillas en las que la lluvia cae directa sobre los
cristales de la ventana y que, cuando llega la noche como ahora, parecen
perderse con los tejados en medio de la oscuridad y el viento. Sin embargo, la habitación es buena, confortable, y al entrar en ella se
siente no sé qué sensación de bienestar que aumentan el ruido del viento y los
torrentes de lluvia que corren por los canalones, y podría pensarse que se
entra en un nido cálido, situado en la cima de un gran árbol.
Por el momento, el nido está vacío. El dueño de la vivienda no
está; pero se nota que va a volver pronto y todo allí parece estar esperándolo.
Sobre un buen fuego cubierto, una pequeña olla hierve tranquilamente con un
murmullo de satisfacción. Es un poco
tarde para una olla; por lo que, aunque ésta parece estar acostumbrada a
su oficio a juzgar por los laterales chamuscados, quemados, de vez en cuando se
impacienta y su tapadera se levanta agitada por el vapor. Entonces una bocanada
de calor apetitosa sube y se extiende por toda la habitación.
¡Oh! ¡Qué bien huele la sopa de queso!
A veces también el fuego cubierto se
descubre un poco. Un deslizamiento de cenizas se produce entre los troncos, y
una pequeña llamarada corre por el parquet, iluminando la vivienda por abajo
como para hacer una inspección, como para asegurarse
de que todo está en orden. ¡Oh, sí! todo está en
orden, y el propietario puede llegar cuando guste. Las
cortinas de argelina están corridas ante las ventanas y confortablemente
colgadas alrededor de la cama. He ahí el gran sillón junto a la chimenea; la mesa, en un rincón, está preparada, con la
lámpara dispuesta para ser encendida, el cubierto para una sola persona y, al
lado del cubierto, el libro, compañero de las comidas en soledad... Y lo mismo
que la olla está algo quemada, las flores de la vajilla han palidecido en el
fregadero, y el libro está estropeado por los bordes. Hay en todo aquello el
aspecto tierno, y algo fatigado, de una costumbre; se nota que el dueño de la
casa debe regresar muy tarde todas las noches y que le gusta encontrar a su regreso aquella cena que hierve lentamente y mantiene
perfumada y cálida la habitación hasta su vuelta. ¡Oh! ¡Qué bien huele la sopa
de queso!
A juzgar por la limpieza de aquel
piso de soltero, imagino que debe ser un empleado, una de esas personas
meticulosas que instalan en toda su vida la exactitud del horario del despacho
y el orden de las carpetas etiquetadas. Para volver tan tarde, debe tener turno
de noche en Correos o en Telégrafos. Me lo imagino
detrás de una reja, con manguitos de lustrina y gorra de terciopelo, separando,
sellando las cartas, colocando las banderolas azules a las comunicaciones
oficiales, preparándole al París que duerme o se divierte, todos los asuntos de
mañana. ¡Ah, pues no! No es eso. He aquí que, husmeando por la
habitación, el pequeño resplandor del fuego acaba de iluminar grandes
fotografías colgadas en la pared. De inmediato se ve salir de la oscuridad, enmarcados de oro y majestuosamente vestidos,
al emperador Augusto, a Mahoma, a Félix el caballero romano gobernador de
Armenia: coronas, cascos, tiaras, cintas y bajo aquellos tocados diferentes,
siempre la misma cabeza solemne y erguida, la cabeza del propietario de aquel
apartamento, el feliz señor para el que la sopa olorosa hierve y se cuece
suavemente sobre la ceniza caliente. ¡Oh! ¡Qué bien huele la sopa de queso!
Es verdad, éste no es un empleado de
Correos. Es un emperador, un dueño del mundo, uno de
esos seres providenciales que todas las noches de repertorio hace temblar las
bóvedas del Odeón y no tiene más que decir: «¡Guardias, aprésenlo!» para que
los guardias obedezcan. En estos momentos se encuentra allá, en su palacio al otro lado del río. Con el coturno en los talones, la
clámide al hombro, se mueve bajo los pórticos,
declama, frunce el ceño, se cubre con expresión de fastidio en sus largas
tiradas trágicas. Efectivamente, ¡es tan triste actuar ante los asientos
vacíos! ¡Y la sala del Odeón es tan grande, tan fría
los días de tragedia! De repente, el emperador, medio helado
bajo su manto de púrpura, siente un estremecimiento de calor recorrerle todo el
cuerpo. Sus ojos se iluminan, sus fosas nasales se abren... Sueña que,
al volver, va a encontrar su habitación aún caliente,
la mesa puesta, la lámpara lista y todo su pequeño hogar bien ordenado, con ese
esmero burgués de los actores que en su vida privada se vengan de las maneras
algo desordenadas del escenario... Se ve destapando su olla, llenando su plato
floreado...¡Oh! ¡Qué bien huele la sopa de queso!
A partir de ese momento, ya no es el
mismo hombre. Los pliegues rectos de su clámide, las
escaleras de mármol, la rigidez de los pórticos ya no tienen nada que le
moleste. Se anima, acelera su interpretación, precipita la acción. ¡Imaginen pues! Si el
fuego se apagara en casa... A medida que la velada avanza, su visión se acerca
y le infunde bríos. ¡Milagro! El Odeón se deshiela. Los
viejos habituales del patio de butacas, despertados de su letargo, consideran
que aquel Marancourt es realmente magnífico, sobre todo en las escenas
finales. El hecho es que en el desenlace, en la hora
decisiva en la que se apuñala a los traidores, en la que se casa a las
princesas, la fisonomía del emperador adquiere una beatitud, una serenidad
singulares. Con el estómago vacío por tantas emociones y tantas tiradas, se
imagina que está en su hogar, sentado ante su pequeña mesa, y su mirada va de
Cinna a Maxime envuelta en una sonrisa enternecida, como si estuviera viendo ya
los bonitos hilos blancos que cuelgan del extremo de
la cuchara cuando la sopa de queso está a punto, bien hervida y servida
caliente...
FIN