IntraText Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
Link to concordances are always highlighted on mouse hover
Aquellos dos franceses se llaman Salvette y Bernadou. Son dos
cazadores de a pie, dos provenzales del mismo
pueblo, enrolados en el mismo batallón y heridos por el mismo obús. Sólo que
Salvette tiene la vida más dura y ya empieza a levantarse, a dar unos pasos
desde su cama a la ventana. Bernadou no quiere curarse. Entre las cortinas amarillentas de su
lecho de hospital, su rostro parece cada vez más
demacrado, más lánguido cada día; y cuando habla de su país, del regreso, no
es sino con la triste sonrisa de los enfermos, en la que hay más resignación
que esperanza. Hoy, no obstante, se ha animado un
poco pensando en esa hermosa fiesta de Navidad que, en el medio rural de
Provenza, se parece a un gran fuego de alegría encendido en mitad del
invierno; pensando en la salida de la
Misa del Gallo, con la iglesia adornada e iluminada; en las
calles del pueblo llenas de gente; luego en la larga velada alrededor de la
mesa con los tres blandones tradicionales, el alioli, los caracoles y la
bonita ceremonia del cacho fio (el tronco de Navidad) que el abuelo
pasea alrededor de la casa y riega con vino cocido.
-¡Ah! mi pobre Salvette, ¡qué Navidad más triste vamos a tener este año!...
Si por lo menos hubiéramos tenido algo con que pagar un pequeño pan blanco y
una botella de vino clarete... me habría gustado mucho, antes de morir, regar
una vez más contigo el cacho fio...
Y cuando habla de pan blanco y de vino clarete, los ojos del enfermo brillan.
Pero, ¿qué pueden hacer? Ya no tienen nada, los desgraciados, ni dinero, ni
reloj. Salvette guarda aún en el forro de su chaqueta un bono de Correos de cuarenta francos. Pero es para el día en que
queden en libertad y hagan su primera parada en una posada francesa. Ese
dinero es sagrado. No se le puede tocar... Sin
embargo, este pobre Bernadou ¡está tan grave! ¿Quién sabe si
podrá ponerse en camino para regresar? Y, puesto que ésta es una hermosa Navidad que aún pueden festejar juntos, ¿no
sería preferible aprovecharlo? Entonces, sin decirle nada a
su paisano, Salvette ha descosido su chaqueta para sacar el bono y
cuando el viejo Cahn ha llegado como todas las mañanas a hacer su tournée
por las salas, después de un largo debate y de discusiones en voz baja, él le
ha deslizado en la mano aquel trozo de papel, rígido y amarillento, que olía
a pólvora y estaba manchado de sangre. A partir de aquel momento, Salvette ha
adoptado una expresión de misterio. Se frota las manos y ríe solo mirando a Bernadou. Y ahora
que empieza a anochecer, está ahí acechando, con la
frente pegada a los cristales, hasta que, en medio de la niebla de la plaza
desierta, ve al viejo Augustus Cahn, jadeante, que llega con su cesta al
brazo.