III
Aquella
medianoche solemne, que suena en todos los campanarios de la ciudad, cae
lúgubremente sobre la noche blanca de los enfermos. La sala de hospital está
silenciosa e iluminada sólo por las lamparillas que cuelgan del techo.
Grandes sombras errantes flotan sobre los lechos y los
muros desnudos, con un balanceo constante que parece la respiración fatigada
de todas las personas allí tendidas. Por momentos, hay sueños que
hablan en alto, pesadillas que gimen, mientras que desde la
calle suben un ruido vago, pasos, voces, confundidos en la noche
sonora y fría como bajo el atrio de una catedral. Se percibe la prisa
recoleta, el misterio de una fiesta religiosa que atraviesa la hora del sueño
y pone en la ciudad apagada el resplandor sordo de las farolas y el ardor
suavizado de las vidrieras de iglesia.
-¿Estás durmiendo, Bernadou?
Suavemente, sobre la mesilla próxima al lecho de su amigo, Salvette ha
colocado una botella de vino de Lunel, un pan
redondo, un bonito pan de Navidad en el que la rama de acebo ha sido colocada
bien erguida. El herido abre los ojos, ojerosos por la fiebre. A la luz indecisa de las lamparillas y bajo el reflejo
blanco de los grandes tejados en los que la luna se deslumbra con la nieve,
aquella Navidad improvisada le parece fantástica.
-Vamos, despierta, paisano... Que no se diga que dos provenzales han dejado
pasar el réveillon sin regarlo con un trago de clarete...
Y Salvette lo incorpora cuidadosamente como una madre. Llena los vasos, parte
el pan; brindan y hablan de Provenza. Poco a poco, Bernadou se anima, se enternece. El vino blanco... los recuerdos... Con el tono infantil que los
enfermos hallan al fondo de su debilidad, le pide a Salvette que le cante un
villancico provenzal. El compañero no se hace de rogar:
-Vamos a ver ¿cuál quieres? ¿el del Posadero?, ¿el
de los Tres Reyes? o ¿el de san José me ha dicho?
-No, prefiero el de los Pastores. Es el que cantábamos siempre en casa...
¡Va por los Pastores! A media voz, con la cabeza entre las
cortinas, Salvette empieza a cantar. En la última estrofa, cuando los
pastores que habían acudido a visitar a Jesús al establo,
habían depositado su ofrenda de huevos frescos y requesón y que, al
despedirlos con aire amable, José les dice: «¡Váyanse! Sean buenos. Regresen
a casa y tengan buen viaje. Retírense, pastores.», he aquí que el pobre
Bernadou resbala y cae pesadamente sobre la almohada.
Su compañero, creyendo que se ha dormido, lo llama,
lo sacude. Pero el herido permanece inmóvil y la pequeña rama de acebo sobre
la sábana rígida parece la palma verde que se coloca a la
cabecera de los muertos. Salvette ha comprendido. Entonces, aunque llorando,
y algo ebrio por la fiesta y por el dolor, se pone a
cantar a plena voz en el silencio del dormitorio el alegre estribillo
provenzal: «Retírense, pastores»
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