François-Marie Arouet de Voltaire
Cándido

Capítulo VII De cómo una vieja cuidó a Cándido y de cómo éste encontró a la que amaba

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Capítulo VII
De cómo una vieja cuidó a Cándido y de cómo éste encontró a la que amaba

No cobró ánimo Cándido, pero siguió a la vieja a una casucha, donde le dio su conductora un pote de pomada para untarse y le dejó de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada; junto a la camita había un vestido completo.

-Come, hijo, bebe y duerme -le dijo - y que Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua y el señor Santiago de Compostela te asistan; mañana volveré.

Cándido, asombrado de cuanto había visto y padecido, y más aun de la caridad de la vieja, quiso besarle la mano.

-No es mi mano la que has de besar -le dijo la vieja -; mañana volveré. Úntate con la pomada, come y duerme.

Cándido comió y durmió, no obstante sus muchas desventuras. Al día siguiente le trae la vieja desayuno, le observa la espalda, se la restriega con otra pomada y luego le trae de comer; a la noche vuelve y le trae de cenar. Al tercer día fue la misma ceremonia.

-¿Quién es usted? -le decía Cándido -; ¿quién le ha inspirado tanta bondad? ¿Cómo puedo agradecerle?

La buena mujer no respondía, pero volvió aquella noche y no trajo de cenar.

-Ven conmigo -le dijo - y no chistes.

Diciendo esto cogió a Cándido del brazo y echó a andar con él por el campo. Hacen medio cuarto de legua aproximadamente y llegan a una casa, cercada de canales y jardines. Llama la vieja a un postigo, abren y lleva a Cándido por una escalera secreta a un gabinete dorado, lo deja sobre un canapé de terciopelo, cierra la puerta y se marcha. Cándido creía soñar, y miraba su vida entera como un sueño funesto y el momento presente como un sueño delicioso.

Pronto volvió la vieja, sustentando con dificultad del brazo a una trémula mujer, de majestuosa estatura, cubierta de piedras preciosas y cubierta con un velo.

-Alza ese velo -dijo a Cándido la vieja.

Arrímase el mozo y alza con mano tímida el velo. ¡Qué instante! ¡Qué sorpresa! Cree estar viendo a la señorita Cunegunda, y así era. Fáltale el aliento, no puede articular palabra y cae a sus pies. Cunegunda se deja caer sobre el canapé; la vieja los inunda con vinagre aromático; vuelven en sí, se hablan; primero son palabras entrecortadas, preguntas y respuestas que se cruzan, suspiros, lágrimas, gritos. La vieja, recomendándoles que hagan menos bulla, los deja libres.

Conque es usted! -dice Cándido -. ¡Conque usted vive y yo la encuentro en Portugal! ¿No ha sido, pues, violada? ¿No le han abierto el vientre, como me había asegurado el filósofo Pangloss?

-Sí -replicó la hermosa Cunegunda - pero no siempre son mortales esos accidentes.

-¿Y mataron a su padre y a su madre?

-Por desgracia -respondió llorando Cunegunda.

-¿Y su hermano?

-También mataron a mi hermano.

-Pues ¿por qué está usted en Portugal? ¿Cómo ha sabido que también yo lo estaba? ¿Por qué me ha hecho venir a esta casa?

-Se lo diré, replicó la dama; pero antes es necesario que usted me cuente todo aquello que le ha sucedido desde el inocente beso que me dio y las patadas con que se lo hicieron pagar.

Obedeció Cándido con profundo respeto, y como estaba confuso, tenía débil y trémula la voz, y aunque aún le dolía no poco el espinazo, contó con la mayor ingenuidad todo lo que había padecido desde el momento de su separación. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo; lloraba tiernas lágrimas por la muerte del buen anabaptista y de Pangloss; habló después como sigue a Cándido, quien no perdía una palabra y se la devoraba con los ojos.
 


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