François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

II.– Las narices.

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II.– Las narices.

Un día que volvía del paseo Azora toda inmutada, y haciendo descompuestos ademanes: ¿Qué tienes, querida? le dijo Zadig; ¿qué es lo que tan fuera de ti te ha puesto? ¡Ay! le respondió Azora, lo mismo hicieras tú, si hubieses visto la escena que acabo yo de presenciar, había ido a consolar a Cosrúa, la viuda joven que ha erigido, dos días ha, un mausoleo al difunto mancebo, marido suyo, cabe el arroyo que baña esta pradera, jurando a los Dioses, en su dolor, que no se apartaría de las inmediaciones de este sepulcro, mientras el arroyo no mudara su corriente. Bien está, dijo Zadig; eso es señal de que es una mujer de bien, que amaba de veras a su marido. Ha, replico Azora, si tú supieras cual era su ocupación cuando entré a verla. ??¿Cuál era, hermosa Azora? ??Dar otro cauce al arroyo. Añadió luego Azora tantas invectivas, prorumpió en tan agrias acusaciones contra la viuda moza, que disgustó mucho a Zadig virtud tan jactanciosa. Un amigo suyo, llamado Cador, era uno de los mozos que reputaba Azora por de mayor mérito y probidad que otros; Zadig le fió su secreto, afianzando, en cuanto le fue posible, su fidelidad con cuantiosas dádivas. Después de haber pasado Azora dos días en una quinta de una amiga suya, se volvió a su casa al tercero. Los criados le anunciaron llorando que aquella misma noche se había caído muerto de repente su marido, que no se habían atrevido a llevarle tan mala noticia, y que acababan de enterrar a Zadig en el sepulcro de sus padres al cabo del jardín. Lloraba Azora, mesábase los cabellos, y juraba que no quería vivir. Aquella noche pidió Cador licencia para hablar con ella, y lloraron, ambos. El siguiente día lloraron menos, y comieron juntos. Fióle Cador que le había dejado su amigo la mayor parte de su caudal, y le dio a entender que su mayor dicha seria poder partirle con ella. Lloró con esto la dama, enojóse, y se apaciguó luego; y como la cena fue mas larga que la comida, hablaron ambos con mas confianza. Hizo Azora el panegírico del difunto, confesando empero que adolecía de ciertos defectillos que en Cador no se hallaban.

En mitad de la cena se quejó Cador de un vehemente dolor en el bazo, y la dama inquieta y asustada mandó le trajeran todas las esencias con que se sahumaba, para probar si alguna era un remedio contra los dolores de bazo; sintiendo mucho que se hubiera ido ya de Babilonia el sapientísimo Hermes, y dignándose hasta de tocar el lado donde sentía Cador tan fuertes dolores. ¿Suele daros este dolor tan cruel? le dijo compasiva. A dos dedos de la sepultura me pone a veces, le respondió Cador, y no hay más que un remedio para aliviarme, que es aplicarme al costado las narices de un hombre que haya muerto el día antes. ¡Raro remedio! dijo Azora. No es mas raro, respondió Cador, que los cuernos de ciervo que ponen a los niños para preservarlos del mal de ojos. Esta última razón con el mucho mérito del mozo determinaron al cabo a la Señora. Por fin, dijo, si las narices de mi marido son un poco mas cortas en la segunda vida que en la primera, no por eso le ha de impedir el paso el ángel Asrael, cuando atraviese el puente Sebinavar, para transitar del mundo de ayer al de mañana. Diciendo esto, cogió una navaja, llegóse al sepulcro de su esposo bañándole en llanto, y se bajó para cortarle las narices; pero Zadig que estaba tendido en el sepulcro, agarrando con una mano sus narices, y desviando la navaja con la otra, se alzó de repente exclamando; Otra vez no digas tanto mal de Cosrúa, que la idea de cortarme las narices bien se las puede apostar a la de mudar la corriente de un arroyo.


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