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Habiendo perdido el rey a su primer ministro, escogió a Zadig para desempeñar este cargo. Todas las hermosas damas de Babilonia aplaudieron esta elección, porque nunca había habido ministro tan mozo desde la fundación del imperio: todos los palaciegos la sintieron; al envidioso le dio un vómito de sangre, y se le hincharon extraordinariamente las narices. Dio Zadig las gracias al rey y a la reina, y fue luego a dárselas al loro. Precioso pájaro, le dijo, tú has sido quien me has librado la vida, y quien me has hecho primer ministro. Mucho mal me habían hecho la perra y el caballo de sus majestades, pero tú me has hecho mucho bien. ¡En qué cosas estriba la suerte de los humanos! Pero puede ser que mi dicha se desvanezca dentro de pocos instantes. El loro respondió: antes. Dio golpe a Zadig esta palabra; puesto que a fuer de buen físico que no creía que fuesen los loros profetas, se sosegó luego, y empezó a servir su cargo lo mejor que supo.
Hizo que a todo el mundo alcanzara el sagrado poder de las leyes, y que a ninguno abrumara el peso de su dignidad. No impidió la libertad de votos en el diván, y cada visir podía, sin disgustarle, exponer su dictamen. Cuando fallaba de un asunto, la ley, no él, era quien fallaba; pero cuando esta era muy severa, la suavizaba; y cuando faltaba ley, la hacia su equidad tal, que se hubiera podido atribuir a Zoroastro. El fue quien dejó vinculado en las naciones el gran principio de que vale mas libertar un reo, que condenar un inocente. Pensaba que era destino de las leyes no menos socorrer a los ciudadanos que amedrentarlos. Cifrábase su principal habilidad en desenmarañar la verdad que procuran todos obscurecer. Sirvióse de esta habilidad desde los primeros días de su administración. Había muerto en las Indias un comerciante muy nombrado de Babilonia: y habiendo dejado su caudal por iguales partes a sus dos hijos, después de dotar a su hija, dejaba además un legado de treinta mil monedas de oro a aquel de sus hijos que se decidiese que le había querido más. El mayor le erigió un sepulcro, y el menor dio a su hermana parte de su herencia en aumento de su dote. La gente decía: El mayor quería más a su padre, y el menor quiere más a su hermana: las treinta mil monedas se deben dar al mayor. Llamó Zadig sucesivamente a los dos, y le dijo al mayor: No ha muerto vuestro padre, que ha sanado de su última enfermedad, y vuelve a Babilonia. Loado sea Dios, respondió el mancebo; pero su sepulcro me había costado harto caro. Lo mismo dijo luego Zadig al menor. Loado sea Dios, respondió, voy a restituir a mi padre todo cuanto tengo, pero quisiera que desase a mi hermana lo que le he dado. No restituiréis nada, dijo Zadig, y se os darán las treinta mil monedas, que vos sois el que mas a vuestro padre queríais.
Había dado una doncella muy rica palabra de matrimonio a dos magos, y después de haber recibido algunos meses instrucciones de ambos, se encontró en cinta. Ambos querían casarse con ella. La doncella dijo que seria su marido el que la había puesto en estado de dar un ciudadano al imperio. Uno decía: Yo he sido quien he hecho esta buena obra; el otro: No, que soy yo quien he tenido tanta dicha. Está bien, respondió la doncella, reconozco por padre de la criatura el que le pueda dar mejor educación. Parió un chico, y quiso educarle uno y otro mago. Llevada la instancia ante Zadig, los llamó a entrambos, y dijo al primero: ¿Qué has de enseñar a tu alumno? Enseñaréle, respondió el doctor, las ocho partes de la oración, la dialéctica, la astrología, la demonología, qué cosa es la sustancia y el accidente, lo abstracto y lo concreto, las monadas y la armonía preestablecida. Pues yo, dijo el segundo, procuraré hacerle justo y digno de tener amigos. Zadig falló: Ora seas o no su padre, tú te casarás con su madre.
Todos los días venían quejas a la corte contra el Itimadulet de Media, llamado Irak, gran potentado, que no era de perversa índole, pero que la vanidad y el deleite le habían estragado. Raras veces permitía que le hablasen, y nunca que se atreviesen a contradecirle. No son tan vanos los pavones, ni mas voluptuosas las palomas, ni menos perezosos los galápagos; solo respiraba vanagloria y deleites vanos.
Probóse Zadig a corregirle, y le envió de parte del rey un maestro de música, con doce cantores y veinte y cuatro violines, un mayordomo con seis cocineros y cuatro gentiles?hombres, que no le dejaban nunca. Decía la orden del rey que se siguiese puntualísimamente el siguiente ceremonial, como aquí se pone.
El día primero, así que se despertó el voluptuoso Iras, entró el maestro de música acompañado de los cantores y violines, y cantaron una cantata que duró dos horas, y de tres en tres minutos era el estribillo:
¡Cuanto merecimiento! ¡Qué gracia, qué nobleza! ¡Que ufano, que contento Debe estar de sí propio su grandeza!
Concluida la cantata, le recitó un gentil?hombre una arenga que duró tres cuartos de hora, pintándole como un dechado perfecto de cuantas prendas le faltaban; y acabada, le llevaron a la mesa al toque de los instrumentos. Duró tres horas la comida; y así que abría la boca para decir algo, exclamaba el gentil?hombre: Su Excelencia tendrá razón. Apenas decía cuatro palabras; interrumpía el segundo gentil?hombre, diciendo: Su Excelencia tiene razón. Los otros dos soltaban la carcajada en aplauso de los chistes que había dicho o debido decir Iras. Servidos que fueron los postres, se repitió la cantata.
Parecióle delicioso el primer día, y quedó persuadido de que le honraba el rey de reyes conforme a su mérito. El segundo le fue algo menos grato; el tercero estuvo incomodado; el cuarto no le pudo aguantar; el quinto fue un tormento; finalmente, aburrido de oír cantar sin cesar: ¡qué ufano, qué contento déle estar de sí propio su grandeza! de que siempre le dijeran que tenia razón, y de que le repitieran la misma arenga todos los días a la propia hora, escribió a la corte suplicando al rey que fuese dignado de llamar a sus gentiles?hombres, sus músicos y su mayordomo, prometiendo tener mas aplicación y menos vanidad. Luego gustó menos de aduladores, dio menos fiestas, y fue más feliz; porque, como dice el Sader, sin cesar placeres no son placeres.