François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

VII.– Disputas y audiencias.

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VII.– Disputas y audiencias.

De este modo acreditaba Zadig cada día su agudo ingenio y su buen corazón; todos le miraban con admiración, y le amaban empero. Era reputado el mas venturoso de los hombres; lleno estaba todo el imperio de su nombre; guiñábanle a hurtadillas todas las mujeres; ensalzaban su justificación los ciudadanos todos; los sabios le miraban como un oráculo, y hasta los mismos magos confesaban que sabia punto mas que el viejo archimago Siara, tan lejos entonces de formarle cansa acerca de los grifos, que solo se creía lo que a él le parecía creíble.

Reinaba de mil y quinientos años atrás una gran contienda en Babilonia, que tenia dividido el imperio en dos irreconciliables sectas: la una sustentaba que siempre se debía entrar en el templo de Mitras el pié izquierdo por delante; y la otra miraba con abominación semejante estilo, y llevaba siempre el pié derecho delantero. Todo el mundo aguardaba con ansia el día de la fiesta solemne del fuego sagrado, para saber qué secta favorecía Zadig: todos tenían clavados los ojos en sus dos pies; toda la ciudad estaba suspensa y agitada. Entró Zadig en el templo saltando a pie juntillas, y luego en un elocuente discurso hizo ver que el Dios del cielo y la tierra, que no mira con privilegio a nadie, el mismo caso hace del pié izquierdo que del derecho. Dijo el envidioso y su mujer que no había suficientes figuras en su arenga, donde no se veían bailar las montañas ni las colinas. Decían que no había en ella ni jugo ni talento, que no se vía la mar ahuyentada, las estrellas por tierra, y el sol derretido como cera virgen; por fin, que no estaba en buen estilo oriental. Zadig no aspiraba más que a que fuese su estilo el de la razón. Todo el mundo se declaró en su favor, no porque estaba en el camino de la verdad, ni porque era discreto, ni porque era amable, sino porque era primer visir.

No dio menos feliz cima a otro intrincadísimo pleito de los magos blancos con los negros. Los blancos decían que era impiedad dirigirse al oriente del invierno, cuando los fieles oraban a Dios; y los negros que miraba Dios con horror a los hombres que se dirigían al poniente del verano. Zadig mandó que se volviera cada uno hacia donde quisiese.

Encontró medio para despachar por la mañana los asuntos particulares y generales, y lo demás del día se ocupaba en hermosear a Babilonia. Hacia representar tragedias para llorar, y comedias para reír; cosa que había dejado de estilarse mucho tiempo hacia, y que él restableció, porque era sujeto de gusto fino. No tenia la manía de querer entender más que los pentos en las artes, los cuales los remuneraba con dádivas y condecoraciones, sin envidiar en secreto su habilidad. Por la noche divertía mucho al rey, y más a la reina. Decía el rey: ¡Qué gran ministro! y la reina: ¡Qué amable ministro! y ambos añadían: Lástima fuera que le hubieran ahorcado.

Nunca otro en tan alto cargo se vio precisado a dar tantas audiencias a las damas: las más venían a hablarle de algún negocio que no les importaba, para probarse a hacerle con él. Una de las primeras que se presentó fue la mujer del envidioso, jurándole por Mitras, por Zenda? Vesta, y por el fuego sagrado, que siempre había mirado con detectación la conducta de su marido. Luego le fió que era el tal marida celoso y mal criado, y le dio a entender que le castigaban los Dioses privándole de los preciosos efectos de aquel sacro fuego, el único que hace a los hombres semejantes a los inmortales; por fin dejó caer una liga. Cogióla Zadig con su acostumbrada cortesanía, pero no se la ató a la dama a la pierna; y este leve yerro, si por tal puede tenerse, fue origen de las desventuras mas horrendas. Zadig no pensó en ello, pero la mujer del envidioso pensó más de lo que decirse puede.

Cada día se le presentaban nuevas damas. Aseguran los anales secretos de Babilonia, que cayó una vez en la tentación, pero que quedó pasmado de gozar sin deleite, y de tener su dama en sus brazos distraído. Era aquella a quien sin pensar dio pruebas de su protección, una camarista de la reina Astarte. Por consolarse decía para sí esta enamorada Babilonia: Menester es que tenga este hombre atestada la cabeza de negocios, pues aun en el lance de gozar de su amor piensa en ellos. Escapósele a Zadig en aquellos instantes en que los mas no dicen palabra, o solo dicen palabras sagradas, clamar de repente: LA REYNA; y creyó la Babilonia, que vuelto en sí en un instante delicioso le había dicho REYNA MIA. Mas Zadig, distraído siempre, pronunció el nombre de Astarte; y la dama, que en tan feliz situación todo lo interpretaba a su favor, se figuró que quería decir que era más hermosa que la reina Astarte. Salió del serrallo de Zadig habiendo recibido espléndidos regalos, y fue a contar esta aventura a la envidiosa, que era su íntima amiga, la cual quedó penetrada de dolor por la preferencia. Ni siquiera se ha dignado, decía, de atarme esta malhadada liga, que no quiero que me vuelva a servir, ¡Ha, ha! dijo la afortunada a la envidiosa, las mismas ligas lleváis que la reina: ¿las tomáis en la misma tienda? Sumióse en sus ideas la envidiosa, no respondió, y se fue a consultar con el envidioso su marido.

Entretanto Zadig conocía que estaba distraído cuando daba audiencia, y cuando juzgaba; y no sabía a qué atribuirlo: esta era su única pesadumbre. Soñó una noche que estaba acostado primero encima de unas yerbas secas, entre las cuales había algunas punzantes que le incomodaban; que luego reposaba blandamente sobre un lecho de rosas, del cual salía una sierpe que con su venenosa y acerada lengua le hería el corazón. ¡Ay! decía, mucho tiempo he estado acostado encima de las secas y punzantes yerbas; ahora lo estoy en el lecho de rosas: ¿mas cual será la serpiente?


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