François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

VIII.– Los celos.

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VIII.– Los celos.

De su misma dicha vino la desgracia de Zadig, pero más aun de su mérito. Todos los días conversaba con el rey, y con su augusta esposa Astarte, y aumentaba el embeleso de su conversación aquel deseo de gustar, que, con respecto al entendimiento, es como el arreo a la hermosura; y poco a poco hicieron su mocedad y sus gracias una impresión en Astarte, que a los principios no conoció ella propia. Crecía esta pasión en el regazo de la inocencia, abandonándose Astarte sin escrúpulo ni recelo al gusto de ver y de oír a un hombre amado de su esposo y del reino entero. Alababásele sin cesar al rey, hablaba de él con sus damas, que ponderaban más aun sus prendas, y todo así ahondaba en su pecho la flecha que no sentía. Hacia regalos a Zadig, en que tenia mas parte el amor de lo que ella se pensaba; y muchas veces, cuando se figuraba que le hablaba como reina, satisfecha se expresaba como mujer enamorada.

Mucho más hermosa era Astarte que la Semira que tanta ojeriza tenia con los tuertos, y que la otra que había querido cortar a su esposo las narices. Con la llaneza de Astarte, con sus tiernas razones de que empezaba a sonrojarse, con sus miradas que procuraba apartar de él, y que en las suyas se clavaban, se encendió en el pecho de Zadig un fuego que a él propio le pasmaba. Combatió, llamo a su auxilio la filosofía que siempre le había socorrido; pero esta ni alumbró su entendimiento, ni alivió su ánimo. Ofrecíanse ante él, como otros tantos dioses vengadores, la obligación, la gratitud, la majestad suprema violadas: combatía y vencía; pero una victoria a cada instante disputada, le costaba lágrimas y suspiros. Ya no se atrevía a conversar con la reina con aquella serena libertad que tanto a entrambos había embelesado; cúbranse de una nube sus ojos; eran sus razones confusas y mal hiladas; bajaba los ojos; y cuando involuntariamente en Astarte los ponía, encontraba los suyos bañados en lágrimas, de donde salían inflamados rayos. Parece que se decían uno a otro: Nos adoramos, y tememos amarnos; ambos ardemos en un fuego que condenamos. De la conversación de la reina salía Zadig fuera de sí, desatentado, y como abrumado con una caiga con la cual no podía. En medio de la violencia de su agitación, dejó que su amigo Cador columbrara su secreto, como uno que habiendo largo tiempo aguantado las punzadas de un vehemente dolor, descubre al fin su dolencia por un grito lastimero que vencido de sus tormentos levanta, y por el sudor frío que por su semblante corre.

Díjole Cador: Ya había yo distinguido los afectos que de vos mismo os esforzabais a ocultar: que tienen las pasiones señales infalibles; y si yo he leído en vuestro corazón, contemplad, amado Zadig, si descubrirá el rey un amor que le agravia; él que no tiene otro defecto que ser el mas celoso de los mortales. Vos resistís a vuestra pasión con más vigor que combate Astarte la suya, porque sois filósofo y sois Zadig. Astarte es mujer, y eso más deja que se expliquen sus ojos con imprudencia que no piensa ser culpada: satisfecha por desgracia con su inocencia, no se cura de las apariencias necesarias. Mientras que no le remuerda en nada la conciencia, tendré miedo de que se pierda. Si ambos estuvieseis acordes, frustraríais los ojos más linces: una pasión en su cuna y contrarestada rompe afuera; el amor satisfecho se sabe ocultar. Estremecióse Zadig con la propuesta de engañar al monarca su bienhechor, y nunca fue mas fiel a su príncipe que cuando culpado de un involuntario delito. En tanto la reina repetía con tal frecuencia el nombre de Zadig; colorábanse de manera sus mejillas al pronunciarle; cuando le hablaba delante del rey, estaba unas veces tan animada y otras tan confusa; parábase tan pensativa cuando se iba, que turbado el rey creyó todo cuanto vía, y se figuró lo que no vía. Observó sobre todo que las babuchas de su mujer eran azules, y azules las de Zadig; que los lazos de su mujer eran pajizos, y pajizo el turbante de Zadig: tremendos indicios para un príncipe delicado. En breve se tornaron en su ánimo exasperado en certeza las sospechas.

Los esclavos de los reyes y las reinas son otras tantas espías de sus más escondidos afectos, y en breve descubrieron que estaba Astarte enamorada, y Moabdar celoso. Persuadió el envidioso a la envidiosa a que enviara al rey su liga que se parecía a la de la reina; y para mayor desgracia, era azul dicha liga. El monarca solo pensó entonces en el modo de vengarse. Una noche se resolvió a dar un veneno a la reina, y a enviar un lazo a Zadig al rayar del alba, y dio esta orden a un despiadado eunuco, ejecutor de sus venganzas. Hallábase a la sazón en el aposento del rey un enanillo mudo, pero no sordo, que dejaban allí como un animalejo doméstico, y era testigo de los mas recónditos secretos. Era el tal mudo muy afecto a la reina y a Zadig, y escuchó con no menos asombro que horror dar la orden de matarlos ambos. ¿Mas cómo haría para precaver la ejecución de tan espantosa orden, que se iba a cumplir dentro de pocas horas? No sabia escribir, pero sí pintar, y especialmente retratar al vivo los objetos. Una parte de la noche la pasó dibujando lo que quería que supiera la reina: representaba su dibujo, en un rincón del cuadro, al rey enfurecido dando órdenes a su eunuco; en otro rincón una cuerda azul y un vaso sobre una mesa, con unas ligas azules, y unas cintas pajizas; y en medio del cuadro la reina moribunda en brazos de sus damas, y a sus plantas Zadig ahorcado. Figuraba el horizonte el nacimiento del sol, como para denotar que esta horrenda catástrofe debía ejecutarse al rayar de la aurora. Luego que hubo acabado, se fue corriendo al aposento de una dama de Astarte, la despertó, y le dijo por señas que era menester que llevara al instante aquel cuadro a la reina.

Hete pues que a media noche llaman a la puerta de Zadig, le despiertan, y le entregan una esquela de la reina: dudando Zadig si es sueño, rompe el nema con trémula mano. ¡Qué pasmo no fue el suyo, ni quien puede pintar la consternación y el horror que le sobrecogieron, cuando leyó las siguientes palabras! "Huid sin tardanza, o van a quitaros la vida. Huid, Zadig, que yo os lo mando en nombre de nuestro amor, y de mis cintas pajizas. No era culpada, pero veo que voy a morir delincuente."

Apenas tuyo Zadig fuerza para articular una palabra. Mandó llamar a Cador, y sin decirle nada le dio la esquela; y Cador le forzó a que obedeciese, y a que tomase sin detenerse el camino de Menfis. Si os aventuráis a ir a ver a la reina, le dijo, aceleráis su muerte; y si habláis con el rey, también es perdida. Yo me encargo de su suerte, seguid vos la vuestra: esparciré la voz de que os habéis encaminado hacia la India, iré pronto a buscaros, y os diré lo que hubiere sucedido en Babilonia.

Sin perder un minuto, hizo Cador llevar a una salida excusada de palacio dos dromedarios ensillados de los más andariegos; en uno montó Zadig, que no se podía tener, y estaba a punto de muerte, y en otro el único criado que le acompañaba. A poco rato Cador sumido en dolor y asombro hubo perdido a su amigo de vista.

Llegó el ilustre prófugo a la cima de un collado de donde se descubría a Babilonia, y clavando los ojos en el palacio de la reina se cayó desmayado. Cuando recobró el sentido, vertió abundante llanto, invocando la muerte. Al fin después de haber lamentado la deplorable estrella de la más amable de las mujeres, y la primera reina del mundo, reflexionando un instante en su propia suerte, dijo: ¡Válgame Dios; y lo que es la vida humana! ¡O virtud, para que me has valido! Indignamente me han engañado dos mujeres; y la tercera, que no es culpada, y es más hermosa que las otras, va a morir. Todo cuanto bien he hecho ha sido un manantial de maldiciones para mí; y si me he visto exaltado al ápice de la grandeza, ha sido para despeñarme en la más honda sima de la desventura. Si como tantos hubiera sido malo, seria, como ellos, dichoso. Abrumado con tan fatales ideas, cubiertos los ojos de un velo de dolor, pálido de color de muerte el semblante, y sumido el ánimo en el abismo de una tenebrosa desesperación, siguió su viaje hacia el Egipto.


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