François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

IX.– La mujer aporreada.

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IX.– La mujer aporreada.

Encaminabase Zadig en la dirección de las estrellas, y le guiaban la constelación de Orión y el luciente astro de Sirio hacia el polo de Canopo. Contemplaba admirado estos vastos globos de luz que parecen imperceptibles chispas a nuestra vista, al paso que la tierra que realmente es un punto infinitamente pequeño en la naturaleza, la mira nuestra codicia como tan grande y tan noble. Representábase entonces a los hombres como realmente son, unos insectos que unos a otros se devoran sobre un mezquino átomo de cieno; imagen verdadera que acallaba al parecer sus cuitas, retratándole la nada de su ser y de Babilonia misma. Lanzábase su ánimo en lo infinito, y desprendido de sus sentidos contemplaba el inmutable orden, del universo. Mas cuando luego tornando en sí, y entrando dentro de su corazón, pensaba en Astarte, muerta acaso a causa de él, todo el universo desaparecía, y no vía mas que a la moribunda Astarte y al malhadado Zadig. Agitado de este flujo y reflujo de sublime filosofía y de acerbo duelo, caminaba hacia las fronteras de Egipto, y ya había llegado su fiel criado al primer pueblo, y le buscaba alojamiento. Paseábase en tanto Zadig por los jardines que ornaban las inmediaciones del lugar, cuando a corta distancia del camino real vio una mujer llorando, que invocaba cielos y tierra en su auxilio, y un hombre enfurecido en seguimiento suyo. Alcanzábala ya; abrazaba ella sus rodillas, y el hombre la cargaba de golpes y denuestos. Por la saña del Egipcio, y los reiterados perdones que le pedía la dama, coligió que él era celoso y ella infiel; pero habiendo contemplado a la mujer, que era una beldad peregrina, y que además se parecía algo a la desventurada Astarte, se sintió movido de compasión en favor de ella, y de horror contra el Egipcio. Socorredme, exclamó la dama a Zadig entre sollozos, y sacadme de poder del más inhumano de los mortales; libradme la vida. Oyendo estas voces, fue Zadig a interponerse entre ella y este cruel. Entendía algo la lengua egipcia, y le dijo en este idioma: Si tenéis humanidad, ruégoos que respetéis la flaqueza y la hermosura. ¿Cómo agraviáis un dechado de perfecciones de la , postrado a vuestras plantas, sin más defensa que sus lágrimas? Ha, ha, le dijo el hombre colérico: ¿con que también tú la quieres? pues en ti me voy a vengar. Dichas estas razones, deja a la dama que tenia asida por los cabellos, y cogiendo la lanza va a pasársela por el pecho al extranjero. Este que estaba sosegado paró con facilidad el encuentro de aquel frenético, agarrando la lanza por junto al hierro de que estaba armada. Forcejando uno por retirarla, y otro por quitársela, se hizo pedazos. Saca entonces el Egipcio su espada, ármase Zadig con la suya, y se embisten uno y otro. Da aquel mil precipitados golpes; páralos este con maña: y la dama sentada sobre el césped los mira, y compone su vestido y su tocado. Era el Egipcio más forzudo que su contrario, Zadig era más mañoso: este peleaba como un hombre que guiaba el brazo por su inteligencia, y aquel como un loco que ciego con los arrebatos de su saña le movía a la aventura. Va Zadig a él, le desarma; y cuando más enfurecido el Egipcio se quiere tirar a él, le agarra, le aprieta entre sus brazos, le derriba por tierra, y poniéndole la espada al pecho, le quiere dejar la vida. Desatinado el Egipcio saca un puñal, y hiere a Zadig, cuando vencedor este le perdonaba; y Zadig indignado le pasa con su espada el corazón. Lanza el Egipcio un horrendo grito, y muere convulso y desesperado, Volvióse entonces Zadig a la dama, y con voz rendida le dijo: Me ha forzado a que le mate; ya estáis vengada, y libre del hombre mas furibundo que he visto: ¿qué queréis, Señora, que haga? Que mueras, infame, replicó ella, que has quitado la vida a mi amante: ¡ojalá pudiera yo despedazarte el corazón! Por cierto, Señora, respondió Zadig, que era raro sujeto vuestro amante; os aporreaba con todas sus fuerzas, y me quería dar la muerte, porque me habíais suplicado que os socorriese. ¡Pluguiera al cielo, repuso la dama en descompasados gritos, que me estuviera aporreando todavía, que bien me lo tenia merecido, por haberle dado celos! ¡Pluguiera al cielo, repito, que él me aporreara, y que estuvieras tú como él! Más pasmado y más enojado Zadig que nunca en toda, su vida, le dijo: Bien merecierais, puesto que sois linda, que os aporreara yo como él hacia, tanta es vuestra locura; pero no me tomaré ese trabajo. Subió luego en su camello, y se encaminó al pueblo. Pocos pasos había andado, cuando volvió la cara al ruido que metían cuatro correos de Babilonia, que a carrera tendida venían. Dijo uno de ellos al ver a la mujer: Esta misma es, que se parece a las señas que nos han dado; y sin curarse del muerto, echaron mano de la dama. Daba esta gritos a Zadig diciendo: Socorredme, generoso extranjero; perdonadme si os he agraviado: socorredme, y soy vuestra hasta el sepulcro. Pero a Zadig se le había pasado la manía de pelear otra vez por favorecerla. Para el tonto, respondió, que se descare engañar. Además estaba herido, iba perdiendo la sangre, necesitaba que le diesen socorro; y le asustaba la vista de los cuatro Babilonios despachados, según toda apariencia, por el rey Moabdar. Aguijó pues el paso hacia el lugar, no pudiendo al mar porque venían cuatro coricos de Babilonia a prender a esta Egipcia, pero mas pasmado todavía de la condición de la tal dama.


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