François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

X.– La esclavitud.

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X.– La esclavitud.

Entrando en la aldea egipcia, se vio cercado de gente que decía a gritos: Este es el robador de la hermosa Misuf, y el que acaba de asesinar a Cletofis. Señores, les respondió, líbreme Dios de robar en mi vida a vuestra hermosa Misuf, que es antojadiza en demasía; y a ese Cletofis no le he asesinado, sino que me he defendido de él, porque me quería matar, por haberle rendidamente suplicado que perdonase a la hermosa Misuf, a quien daba desaforados golpes. Yo soy extranjero, vengo a refugiarme en Egipto; y no es presumible que uno que viene a pedir vuestro amparo, empiece robando a una mujer y asesinando a un hombre.

Eran en aquel tiempo los Egipcios justos y humanos. Condujo la gente a Zadig a la casa de cabildo, donde primero le curaron la herida, y luego tomaron separadamente declaración a él y a su criado para averiguar la verdad, de la cual resultó notorio que no era asesino; pero habiendo derramado la sangre de un hombre, le condenaba la ley a ser esclavo. Vendiéronse en beneficio del pueblo los dos camellos, y se repartió entre los vecinos todo el oro que traía; él mismo fue puesto a pública subasta en la plaza del mercado, junto con su compañero de viaje, y se remató la venta en un mercader árabe, llamado Setoc; pero como el criado era mas apto para la faena que el amo, fue vendido mucho mas caro, porque no había comparación entre uno y otro. Fue pues esclavo Zadig, y subordinado a su propio criado: atáronlos juntos con un grillete, y en este estado siguieron a su casa al mercader árabe. En el camino consolaba Zadig a su criado exhortándole a tener paciencia, y haciendo, según acostumbraba, reflexiones sobre las humanas vicisitudes. Bien veo que la fatalidad de mi estrella se ha comunicado a la tuya. Hasta ahora todas mis cosas han tomado raro giro: me han condenado a una multa por haber visto pasar una perra; ha estado en poco que me empalaran por un grifo; he sido condenado a muerte por haber compuesto unos versos en alabanza del rey; me he huido a uña de caballo de la horca, porque gastaba la reina cintas amarillas; y ahora soy esclavo contigo, porque un zafio ha aporreado a su dama. Vamos, no perdamos ánimo, que acaso todo esto tendrá fin: fuerza es que los mercaderes árabes tengan esclavos; ¿y por qué no lo he de ser yo lo mismo que otro, siendo hombre lo mismo que otro? No ha de ser ningún inhumano este mercader; y si quiere sacar fruto de las faenas de sus esclavos, menester es que los trate bien. Así decía, y en lo interior de su corazón no pensaba más que en el destino de la reina de Babilonia.

Dos días después se partió el mercader Setoc con sus esclavos y sus camellos a la Arabia desierta. Residía su tribu en el desierto de Oreb, y era arduo y largo el camino. Durante la marcha hacia Setoc mucho mas aprecio del criado que del amo, y le daba mucho mejor trato porque sabia cargar mas bien los camellos.

Dos jornadas de Oreb murió un camello, y la carga se repartió sobre los hombros de los esclavos, cabiéndole su parte a Zadig. Echóse a reír Setoc, al ver que todos iban encorvados; y se tomó Zadig la libertad de explicarle la razón, enseñándole las leyes del equilibrio. Pasmado el mercader le empozó a tratar con mas miramiento; y viendo Zadig que había despertado su curiosidad, se la aumentó instruyéndole de varias cosas que no eran ajenas de su comercio; de la gravedad específica de los metales y otras materias en igual volumen, de las propiedades de muchos animales útiles, y de los medios de sacar fruto de los que no lo eran: por fin, le pareció un sabio, y en adelante le apreció en mas que a su camarada que tanto había estimado, le dio buen trato, y le salió bien la cuenta.

Así que llegó Setoc a su tribu, reclamó de un hebreo quinientas onzas de plata que le había prestado a presencia de dos testigos; pero habían muerto ambos, y el hebreo que no podía ser convencido, se guardaba la plata del mercader, dando gracias a Dios porque le había proporcionado modo de engañar a un árabe. Comunicó Setoc el negocio con Zadig de quien había hecho su consejero. ¿Qué condición tiene vuestro deudor? le dijo Zadig. La condición de un bribón, replicó Setoc. Lo que yo pregunto es si es vivo o flemático, imprudente o discreto. De cuantos malos pagadores conozco, dijo Setoc, es el más vivo. Está bien, repuso Zadig, permitidme que abogue yo en vuestra demanda ante el juez. Con efecto citó al tribunal al hebreo, y habló al juez en estos términos: Almohada del trono de equidad, yo soy venido para reclamar, en nombre de mi amo, quinientas onzas de plata que prestó a este hombre, y que no le quiere pagar. ¿Tenéis testigos? dijo el juez. No, porque se han muerto; mas queda una ancha piedra sobre la cual se contó el dinero; y si gusta vuestra grandeza mandar que vayan a buscar la piedra, espero que ella dará testimonio de la verdad. Aquí nos quedaremos el hebreo y yo, hasta que llegue la piedra, que enviaré a buscar a costa de mi amo Setoc. Me place, dijo el juez; y pasó a despachar otros asuntos.

Al fin de la audiencia dijo a Zadig: ¿Con que no ha llegado esa piedra todavía? Respondió el hebreo soltando la risa: Aquí se estaría vuestra grandeza hasta mañana, esperando la piedra, porque está más de seis millas de aquí, y son necesarios quince hombres para menearla. Bueno está, exclamó Zadig, ¿no había dicho yo que la piedra daría testimonio? una vez que sabe ese hombre donde está, confiesa que se contó el dinero sobre ella. Confuso el hebreo se vio precisado a declarar la verdad, y el juez mandó que le pusiesen atado a la piedra, sin comer ni beber, hasta que restituyese las quinientas onzas de plata que pagó al instante; y el esclavo Zadig y la piedra se granjearon mucha reputación en toda la Arabia.


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