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Embelesado Setoc hizo de su esclavo su más íntimo amigo, y no podía vivir sin él, como había sucedido al rey de Babilonia: fue la fortuna de Zadig que Setoc no era casado. Descubrió este en su amo excelente índole, mucha rectitud y una sana razón, y sentía ver que adorase el ejército celestial, quiero decir el sol, la luna y las estrellas, como era costumbre antigua en la Arabia; y le hablaba a veces de este culto, aunque con mucha reserva. Un día por fin le dijo que eran unos cuerpos como los demás, y no más acreedores a su veneración que un árbol o un peñasco. Sí tal, replicó Setoc, que son seres eternos que nos hacen mil bienes, animan la naturaleza, arreglan las estaciones; aparte de que distan tanto de nosotros que no es posible menos de reverenciarlos. Mas provecho sacáis, respondió Zadig, de las ondas del mar Rojo, que conduce vuestros géneros a la India: ¿y por qué no ha de ser tan antiguo como las estrellas? Si adoráis lo que dista de vos, también habéis de adorar la tierra de los Gangaridas, que está al cabo del mundo. No, decía Setoc; mas el brillo de las estrellas es tanto, que es menester adorarlas. Aquella noche encendió Zadig muchas hachas en la tienda donde cenaba con Setoc; y luego que se presentó su amo, se hincó de rodillas ante los cirios que ardían, diciéndoles: Eternas y brillantes lumbreras, sedme propicias. Pronunciadas estas palabras, se sentó a la mesa sin mirar a Setoc. ¿Qué hacéis? le dijo este admirado. Lo que vos, respondió Zadig; adoro esas luces, y no hago caso de su amo y mío. Setoc entendió lo profundo del apólogo, albergó en su alma la sabiduría de su esclavo, dejó de tributar homenaje a las criaturas, y adoró el Ser eterno que las ha formado.
Reinaba entonces en la Arabia un horroroso estilo, cuyo origen venia de la Escitia, y establecido luego en las Indias a influjo de los bracmanes, amenazaba todo el Oriente. Cuando moría un casado, y quería ser santa su cara esposa, se quemaba públicamente sobre el cadáver de su marido, en una solemne fiesta, que llamaban la hoguera de la viudez; y la tribu más estimada era aquella en que más mujeres se quemaban. Murió un árabe de la tribu de Setoc, y la viuda, por nombre Almona, persona muy devota, anunció el día y la hora que se había do tirar al fuego, al son da tambores y trompetas. Representó Zadig a Setoc cuan opuesto era tan horrible estilo al bien del humano linaje; que cada día dejaban quemar a viudas mozas que podían dar hijos al estado, o criar a lo menos los que tenían; y convino Setoc en que era preciso hacer cuanto para abolir tan inhumano estilo fuese posible. Pero añadió luego: Mas de mil años ha que están las mujeres en posesión de quemarse vivas. ¿Quién se ha de atrever a mudar una ley consagrada por el tiempo? ¿Ni qué cosa hay más respetable que un abuso antiguo? Mas antigua es todavía la razón, replicó Zadig; hablad vos con los caudillos de las tribus, mientras yo voy a verme con la viuda moza.
Presentóse a ella; y después de hacerse buen lugar encareciendo su hermosura, y de haberle dicho cuan lastimosa cosa era que tantas perfecciones fuesen pasto de las llamas, también exaltó su constancia y su esfuerzo. ¿Tanto queríais a vuestro marido? le dijo. ¿Quererle? no por cierto, respondió la dama árabe: si era un zafio, un celoso, hombre inaguantable; pero tongo hecho propósito firme de tirarme a su hoguera. Sin duda, dijo Zadig, que debe ser un gusto exquisito esto de quemarse viva. Ha, la naturaleza se estremece, dijo la dama, pero no tiene remedio. Soy devota, y perdería la reputación que por tal he granjeado, y todos se reirían de mí si no me quemara. Habiéndola hecho confesar Zadig que se quemaba por el que dirán y por mera vanidad, conversó largo rato con ella, de modo que le inspiró algún apego a la vida, y cierta buena voluntad a quien con ella razonaba, ¿Qué hicierais, le dijo en fin, si no estuvierais poseída de la vanidad de quemaros? Ha, dijo la dama, creo que os brindaría con mi mano. Lleno Zadig de la idea de Astarte, no respondió a esta declaración, pero fue al punto a ver a los caudillos de las tribus, y les contó lo sucedido, aconsejándoles que promulgaran una ley por la cual no seria permitido a ninguna viuda quemarse antes de haber hablado a solas con un mancebo por espacio de una hora entera; y desde entonces ninguna dama se quemó en toda Arabia, debiéndose así a Zadig la obligación de ver abolido en solo un día estilo tan cruel, que reinaba tantos siglos había: por donde merece ser nombrado el bienhechor de la Arabia.