François-Marie Arouet de Voltaire
Zadig o el destino

XIII.– Las citas.

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XIII.– Las citas.

Mientras este viaje a Basora, concertaron los sacerdotes de las estrellas el castigo de Zadig. Pertenecíanles por derecho divino las piedras preciosas y demás joyas de las viudas mozas que morían en la hoguera; y lo menos que podían hacer con Zadig era quemarle por el flaco servicio que les había hecho. Acusáronle por tanto de que llevaba opiniones erróneas acerca del ejército celestial, y declararon con juramento solemne que le habían oído decir que las estrellas no se ponían en la mar. Estremeciéronse los jueces de tan horrenda blasfemia; poco faltó para que rasgaran sus vestiduras al oír palabras tan impías, y las hubieran rasgado sin duda, si hubiera tenido Zadig con que pagarlas; mas se moderaron en la violencia de su dolor, y se ciñeron a condenar al reo a ser quemado vivo. Desesperado Setoc usó todo su crédito para librar a su amigo, pero en breve le impusieron silencio. Almona, la viuda moza que había cobrado mucha afición a la vida, y se la debía a Zadig, se resolvió a sacarle de la hoguera, que como tan abusiva se la había él presentado; y formando su plan en su cabeza, no dio parte de él a nadie. Al otro día iba a ser ajusticiado Zadig: solamente aquella noche le quedaba para libertarle, y la aprovechó como mujer caritativa y discreta.

Sahumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura con el mas bizarro y pomposo traje, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdote de las estrellas. Así que se halló en presencia de este venerable anciano, le habló de esta manera: Hijo primogénito de la Osa mayor, hermano del toro, primo del can celeste (que tales eran los dictados de este pontífice), os vengo a fiar mis escrúpulos. Mucho temo haber cometido un gravísimo pecado no quemándome en la hoguera de mi amado marido. Y en efecto, ¿qué es lo que he conservado? una carne perecedera, y ya marchita. Al decir esto, sacó de unos luengos mitones de seda unos brazos de maravillosa forma, y de la blancura del más puro alabastro. Ya veis, dijo, cuan poco vale todo esto. Al pontífice se le figuró que esto valía mucho: aseguráronlo sus ojos, y lo confirmó su lengua, mil juramentos de que no había en toda su vida visto tan hermosos brazos. ¡Ay! dijo la viuda, acaso los brazos no son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado. Diciendo esto, desabrochó el más lindo seno que pudo formar naturaleza; un capullo de rosa sobre una bola de marfil parecía junto a él un poco de rubia que colora un palo de box, y la lana de los albos corderos que salen de la alberca era amarilla a su lado. Este pecho, dos ojos negros rasgados que suaves y muelles de amoroso fuego brillaban, las mejillas animadas en púrpura con la mas cándida leche mezclada, una nariz que no se semejaba a la torre del monte Líbano, sus labios que así se parecían como dos hilos de coral que las mas bellas perlas de la mar de Arabia ensartaban; todo este conjunto en fin persuadió al viejo a que se había vuelto a sus veinte años. Tartamudo declaró su amor; y viéndole Almona inflamado, le pidió el perdón de Zadig. ¡Ay! respondió él, hermosa dama, con toda mi ánima se le concediera, mas para nada valdría mi indulgencia, porque es menester que firmen otros tres de mis colegas. Firmad vos una por una, dijo Almona, Con mucho gusto, respondió el sacerdote, con la condición de que sean vuestros favores premio de mi condescendencia. Mucho me honráis, replicó Almona; pero tomaos el trabajo de venir a mi cuarto después de puesto el sol, cuando raye sobre el horizonte la luciente estrella de Scheat; en un sofá color de rosa me hallaréis, y haréis con vuestra sierva lo que fuere de vuestro agrado. Salió sin tardanza con la firma, desando al viejo no menos que enamorado desconfiándose de sus fuerzas; el cual lo restante del día lo gastó en bañarse, y bebió un licor compuesto con canela de Ceylan y con preciosas especias de Tidor y Tornate, aguardando con ansia que saliese la estrella de Scheat.

En tanto la hermosa Almona fue a ver al segundo pontífice, que le dijo que comparados con sus ojos eran fuegos fatuos el sol, la luna, y todos los astros del firmamento. Solicitó ella la misma gracia, y él le propuso el mismo premio. Dejóse vencer Almona, y citó al segundo pontífice para cuando nace la estrella Algenib. Fue de allí a casa del tercero y cuarto sacerdote, llevándose de cada uno su firma, y citándolos de estrella a estrella. Avisó entonces a los jueces que vinieran a su casa para un asunto de la mayor gravedad. Fueron en efecto, y ella les enseñó las cuatro firmas, y les dio parte del precio a que habían vendido los sacerdotes el perdón de Zadig. Llegó cada uno a la hora señalada, y quedó pasmado de encontrarse con sus colegas, y todavía más con los jueces que fueron testigos de su ignominia. Fue puesto en libertad Zadig, y Setoc tan prendado de la maña de Almona, que la tomó por su mujer propia.


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