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Al llegar a las fronteras que separan la Arabia pétrea de la Siria, y al pasar por junto a un fuerte castillo, salieron de él unos Árabes armados. Vióse rodeado de hombres que le gritaban: Ríndete; todo cuanto traes es nuestro, y tu persona pertenece a nuestro amo. En respuesta sacó Zadig la espada; lo mismo hizo su criado que era valiente, y dejaron sin vida a los primeros Árabes que los habían embestido: dobló el número de enemigos, mas ellos no se desalentaron, y se resolvieron a morir en la pelea. Veíanse dos hombres que se defendían contra una muchedumbre; tan desigual contienda poco podía durar. Viendo desde una ventana el dueño del castillo, que se llamaba Arbogad, los portentos de valor que hacia Zadig, le cobró estimación. Bajó por tanto, y vino en persona a contener a los suyos, y librar a los dos caminantes. Cuanto por mis tierras pasa es mío, dijo, no menos que lo que en tierras ajenas encuentro; pero me parecéis tan valeroso, que os eximo de la común ley. Hízole entrar en el castillo, mandando a su tropa que le tratase bien; y aquella noche quiso cenar con Zadig.
Era el amo de este castillo uno de aquellos Árabes que llaman ladrones, el cual entre mil atrocidades solía hacer alguna acción buena; robaba con una furiosa rapacidad, y daba con prodigalidad: intrépido en una acción, de buen genio en el trato de la vida, bebedor en la mesa, de buen humor cuando había bebido, y sobretodo sin solapa ninguna. Gustóle mucho Zadig, y con la conversación que se animó duró mucho el banquete. Díjole en fin Arbogad: Aconsejoos que toméis partido conmigo, no podéis hacer cosa mejor; no es tan malo el oficio, y un día podéis llegar a ser lo que yo soy. ¿Se puede saber, respondió Zadig, desde cuando ejercitáis tan hidalga profesión? Desde niño, replicó el señor. Era criado de un Árabe muy hábil, y no podía acostumbrarme a mi estado, desesperado de ver que perteneciendo igualmente la tierra a todos, no me hubiera cabido a mí la porción correspondiente. Fiéle mi pena a un Árabe viejo, el cual me dijo: Hijo mío, no te desesperes; sábete que en tiempos antiguos había un grano de arena que se dolía de ser un átomo desconocido en un desierto; andando años, se convirtió en diamante, y es hoy el mas precioso joyel de la corona del rey de las Indias. Dióme tanto golpe esta respuesta, que siendo grano de arena me determiné a volverme diamante. Robé primero dos caballos, me junté con otros compañeros, púseme en breve en estado de robar caravanas poco crecidas; y así fue disminuyéndose la desproporción que de mí a los demás había. Participé de los bienes de este mundo, v me resarcí con usura: tuviéronme en mucho, llegué a ser señor bandolero, y gané este castillo tomándole por fuerza. Quiso quitármele el sátrapa de Siria, pero era ya tan rico que nada tenia que temer: di dinero al sátrapa, y conservé así el castillo, y agrandé mis tierras, añadiendo a ellas el cargo que me confirió el sátrapa de tesorero de los tributos que pagaba la Arabia pétrea al rey de reyes. Yo hice las cobranzas, y me exime de hacer pagos.
Envió aquí el gran Desterham de Babilonia, en nombre del rey Moabdar, a un satrapilla para mandarme ahorcar. Cuando él llegó con la orden, estaba yo informado de todo; hice ahorcar en su presencia las cuatro personas que traía consigo para apretarme el lazo al cuello, y le pregunté luego cuanto le podía valer la comisión de ahorcarme. Respondióme que podría su gratificación subir a trescientas monedas de oro, y yo le hice ver con evidencia que ganaría mas conmigo: le creé bandolero inferior, y hoy es uno de los mejores y mas ricos oficiales que tengo; y si me queréis creer, haréis vos lo mismo. Nunca ha corrido tiempo mejor para robar, desde que ha sido muerto Moabdar, y que anda en Babilonia todo alborotado. ¡Moabdar ha sido muerto! dijo Zadig: ¿y que se ha hecho la reina Astarte? Yo no lo sé, replicó Arbogad; lo que sí sé, es que Moabdar se volvió loco, que fue muerto, que Babilonia esta hecha una cueva de ladrones, todo el imperio en la desolación, que se pueden dar buenos golpes, y que yo por mi parte he dado algunos ballantes. Pero la reina, dijo Zadig, ¿por vida vuestra nada sabéis de la suerte de la reina? De un príncipe de Hircania me han hablado, replicó; es de presumir que sea una de sus concubinas, a menos que en el alboroto la hayan muerto; pero a mí lo que me importa es averiguar donde hay que robar, y no noticias. Muchas mujeres he cogido en mis correrías, pero a ninguna conservo; cuando son bonitas, las vendo caras, sin informarme de lo que son, porque nadie compra la dignidad, y para una reina fea no se encuentra despacho. Posible es que haya yo vendido a la reina Astarte, y posible es que haya muerto; poco me importa, y me parece que tampoco debe de importaros mucho a vos. Diciendo esto bebía con tanto aliento, y de tal manera confundía las ideas todas, que no pudo Zadig sacar de él cosa ninguna mas.
Estaba confuso, pensativo y sin movimiento, mientras que bebía Arbogad y contaba mil historietas, repitiendo sin cesar que era el más venturoso de los hombres, y exhortando a Zadig a que fuera tan dichoso como él era. Finalmente embargados los sentidos con los vapores del vino, se fue a dormir un sosegado sueño. Zadig pasó aquella noche en la más violenta zozobra. ¡Con que se ha vuelto loco el rey, y ha sido muerto! decía; no puedo menos de compadecerle. ¡Está despedazado el imperio, y este bandolero es feliz! ¡O fortuna, o destino! ¡Un bandolero feliz, y la más amable producción de la naturaleza ha muerto acaso de un modo horrible, o vive en peor condición que la misma muerte! ¡O Astarte! ¿Qué te has hecho?
Desde que amaneció el día, hizo preguntas a todos cuantos había en el castillo, pero estaban todos ocupados, y nadie le respondió: aquella noche habían hecho nuevas conquistas, y se estaban repartiendo los despojos. Cuanto en esta tumultuaria confusión pudo conseguir, fue licencia para irse, que aprovechó sin tardanza, más sumido que nunca en sus tristes pensamientos.
Caminaba Zadig inquieto y agitado, preocupado su ánimo con la malhadada Astarte, con el rey de Babilonia, can su fiel Cador, con el dichoso bandolero Arbogad, con aquella tan antojadiza mujer que habían robado unos Babilonios en la frontera de Egipto, finalmente con todos los contratiempos y azares que había sufrido.